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Vida y obra de Simone Weil

Entre la conciencia del dolor y el dolor de la conciencia

A ellos les sucede cierto día que tropiezan con la realidad desnuda, una visión cualquiera, o una voz los arranca de su sueño que se llama yo, contemplan el rostro de la vida, su horrible y maravillosa grandeza, su inmensa plétora de dolor, aflicción, amor irredento y anhelo equivocado. Y ellos responden a la vista del abismo con el único sacrificio omnivalente y definitivo, con el sacrificio de su propia persona. Se ofrendan a los hambrientos, a los enfermos, a los viciosos, no importa quién, ellos se dejan atraer, succionar y devorar por toda deficiencia, toda desnudez, todo dolor. Éstos son los verdaderos amantes, los santos. Hacia ellos tiende toda la humanidad que aspira más que a la norma y a la rutina, ganados por su sacrificio. Todo otro sacrificio pequeño adquiere valor y sentido, en ellos se cumple y justifica todo el problema de los solitarios, de los superdotados, de los difíciles y a menudo desesperados. Pues el genio es amor, es anhelo de abnegación y no se satisface sino en este último y total holocausto”.
Hermann Hesse, en una carta dirigida a un joven de 18 años; Montagnola (Suiza), 28 de febrero de 1950.

Si existen pensadores cuya obra es difícil de clasificar dentro de una tendencia filosófica, el caso de la filósofa francesa Simone Weil es especialmente paradigmático. Lo vasto que dejó escrito y fue publicado en su mayoría póstumamente jamás se podría entender si no es a la luz de su experiencia de vida. Dotada de una extraordinaria sensibilidad humana y de una profunda y dolorosa consciencia de los males que aquejan a nuestra época, Simone, en toda la complejidad de su pensamiento y actitud de vida, nunca podría ser calificada sólo como una activista social marxista ni tampoco como una conversa al cristianismo que llegó a ser una de las pocas místicas que registra el siglo XX. Salir de estas dos lecturas convencionales nos permitirá comprender el hondo sentido de humanidad que vibra en la vida y obra de esta –siempre considerada- “extraña” y “exagerada” mujer.

Simone Weil nace el 3 de febrero de 1909 en París, en el seno de una familia judía agnóstica. Crece en un ambiente familiar de contención y afecto que fomenta su desarrollo intelectual. Su padre, médico, se moviliza con frecuencia de ciudad en ciudad escapando de la primera guerra mundial. Su hermano André se convierte en un matemático brillante y precoz, hecho que muchos de los biógrafos de Weil señalan como el origen de su arrolladora auto-exigencia personal que en parte podría explicarse por su inclinación a compararse con su hermano (incluso cuando ella misma también es intelectualmente precoz). De pequeña suele enfermarse con frecuencia, pero en ella se manifiestan desde temprano un gran potencial intelectual así como una inmensa capacidad de conmoverse ante las situaciones adversas (Una anécdota refiere que a la edad de cinco años, al ver el infortunio de otros niños de su edad, decide privarse de golosinas).

Durante su adolescencia estudia con gran entusiasmo literatura y filosofía clásicas. Bajo el impulso intelectual de sus padres va pasando por los más prestigiosos liceos donde recibe una fuerte cultura humanista de la mano de sus profesores René Le Senne y “Alain” (Émile Chartier). Con este último mantendrá una amistad duradera que se manifestará en una asidua correspondencia. Durante esta época en los liceos, se entusiasmará con la lectura de los diálogos de Platón y también con Descartes, Kant y Spinoza, al mismo tiempo que comienza a familiarizarse con la doctrina marxista. A los 19 años Simone ingresa con la calificación más alta a la École Normale Superiore (seguida, en segundo lugar, por Simone de Beauvoir). En uno de sus escritos autobiográficos, Beauvoir comenta sobre ella: “me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dones como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”. En esta época comienzan sus agudos dolores de cabeza producto de una sinusitis crónica que no le abandonarán jamás. Se recibe a los 21 años en 1930 con notas brillantes y en 1931 obtiene su agregación en filosofía con la tesis Ciencia y percepción en Descartes. Ese mismo año comienza su carrera docente como profesora de filosofía en el liceo para jóvenes mujeres de la ciudad de Le Puy.

Un año después, en 1931, encabeza una manifestación de protesta de obreros desempleados. Este hecho –que es inaceptable para un funcionario de gobierno- ocasiona el traslado inmediato de Simone, por parte de las autoridades educativas, hacia el liceo de señoritas de Auxerre.

Durante estos años se desarrolla su pensamiento social y político en relación con el trabajo y la condición de opresión de los obreros, siguiendo la fuerte impronta marxista que ha recibido en su educación. Simone piensa que el trabajo manual debe considerarse como el centro de la cultura. La ciencia debe perfeccionar la técnica, pero ésta no tiene que instaurar su poderío deshumanizando al trabajador, sino que debe ser siempre un instrumento para mejorar y facilitar el trabajo. Pero este mejoramiento no debe producirse meramente en vistas a aumentar el rendimiento del trabajo y de la producción, sino que siempre debe estar en relación con las necesidades del hombre trabajador. Simone sostiene que la creciente separación a lo largo de la historia entre la actividad manual y la actividad intelectual ha sido la causa de la relación de dominio y poder que ejercen los que manejan la palabra sobre los que se ocupan de las cosas.

En estos años, Simone organiza -aparte de sus clases- cursos destinados a educar y concientizar a los obreros. (Ésta era una experiencia que ella había iniciado cuando tenía 18 años. Junto con su hermano y unos amigos de ambos; formaban un equipo que enseñaba todo tipo de conocimientos a la gente más humilde y que se auto-denominaba “Grupo de educación social”). Les enseña la doctrina marxista, economía, matemáticas, literatura y conocimientos básicos. Cree que una revolución bien preparada con conciencia puede liberar a los obreros de su opresión y humillación. Sin ser totalmente comunista apoya a los sindicatos y se asocia a algunos de ellos. Escribe en publicaciones sindicalistas intentando alertar contra los peligros del dogmatismo comunista: la excesiva confianza colocada en la capacidad de los obreros para auto-organizarse y lograr la emancipación, la burocratización del estado comunista, la irracionalidad de los partidos políticos, etc. Como consecuencia de estas audaces actividades, mantiene continuas discusiones con las autoridades educativas en relación a su accionar político y docente. En 1933, nuevamente es trasladada hacia el liceo de Roanne y luego, años más tarde, a Bourges y Saint-Quentin también. El último día de diciembre de ese año, se encuentra con Trotsky en París con quien polemiza sobre el marxismo, la situación socio-política rusa y el pensamiento estalinista.

Como producto de toda esta experiencia como activista vinculada a los sindicatos de trabajadores, escribe en 1934 Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión obrera (versión castellana: Paidós, 1995). En esta obra Simone, emprende una lúcida y poderosa crítica a la doctrina marxista, a la vez que expone sus propias ideas acerca de las causas de la opresión y también, su propia formulación teórica de una hipotética sociedad libre. Muchos de los puntos sobre los que se centran las críticas de Weil adelantan la posición de lo que hoy se denomina como post-marxismo: la creencia en un progreso histórico ilimitado al que los hombres se subordinan, el reduccionismo a un materialismo económico que no tiene en cuenta otras dimensiones más profundas en las que se manifiesta la explotación capitalista, el mecanicismo naturalista en la concepción de las transformaciones sociales, la creencia en el crecimiento ilimitado del rendimiento productivo, la confianza puesta en la capacidad de organización de las clases obreras, etc.

Frente a estas críticas, Simone propone que para mejorar la organización de la producción es necesaria una comprensión profunda del mecanismo de la opresión así como de la manera en que se vincula con el régimen de producción. Cree que la opresión tiene su expresión primera en la supremacía de la necesidad que la naturaleza impone al hombre. Sin embargo, progresivamente el ser humano la iría dominando y desacralizando, produciendo en él una aparente sensación de emancipación creciente. Pero esta sensación no es más que ilusoria: como dice Fernández Buey1, “la acción humana sigue siendo en general pura obediencia al aguijón brutal de la necesidad inmediata con la diferencia de que en vez de estar acosado por la naturaleza el hombre está acosado por el hombre”. Este tipo de opresión viene dado por el poder. El autor anterior dice2: “el poder encierra una especie de fatalidad que pesa tan implacablemente sobre los que mandan como sobre los que obedecen. De este modo el más funesto de los círculos viciosos arrastra a la sociedad entera detrás de sus amos en una ronda insensata. Nunca hay poder sino solamente carrera hacia el poder y una carrera sin término, sin límite y sin medida, como no hay límite ni medida a los esfuerzos que exige”. Esta carrera sin término hacia el poder es lo que va creando y perfeccionando de manera permanente los instrumentos de dominación (entre ellos los medios de producción). El mejoramiento de estos instrumentos –para lo cual la técnica deshumanizante contribuye- es precisamente aquéllo por lo cual se genera la opresión: oprimido y opresor se convierten en meros juguetes de los instrumentos de dominación. De este modo, se subordina la condición humana en su plenitud vital a estar al servicio de un proyecto técnico unívoco e inerte. Simone destaca particularmente el hecho de que en esta planificación mecánica, el cuerpo –que naturalmente es un misterio- se convierte en un dócil intermediario entre el pensamiento tecnificante y los instrumentos, porque su movimiento programado contribuye a la aplicación exitosa de esta tecnocracia.

No obstante, Simone afirma que el impulso de libertad inherente al hombre, jamás podrá ser eliminado por la opresión. Piensa que la libertad es una facultad que le ha sido dada al hombre para compensar su constitutiva limitación al no poder llevar a cabo el máximo acto creador: poder otorgarse a sí mismo la existencia. Pero precisamente la libertad, entendida como libre acto creador del pensamiento, si le da la posibilidad al hombre de ser el artífice de sus propias circunstancias. Por ello, la sociedad utópica que plantea Simone es aquélla en la que las condiciones materiales son exclusivamente obra del pensamiento sobre la acción. No un pensamiento deshumanizante, sino el que parte de considerar a la libertad como una facultad que debe ampliar las posibilidades de la experiencia de cada individuo. En este sentido, una de las preocupaciones capitales de Weil es la distancia que parece haber entre el pensamiento y la acción. Por ésto, sus formulaciones en este período se dirigen a tratar de concebir una sociedad -funcionando no como un ideal realizable, pero sí con una tarea regulativa- que se sostenga sobre la base de la acción individual autónoma y crítica y sobre la concepción de una ciencia centrada en el mejoramiento de las condiciones concretas de los individuos. Simone destaca fuertemente el hecho de que la colectividad no piensa y por ello la organización de la sociedad ideal debe apoyarse sobre los hombres considerados como individuos y en su esfuerzo consciente. Debido a la necesaria primacía de una constante reflexión para lograr la acción razonable, Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión obrera refleja a una Simone más técnica y científica, preocupada por elaborar una propuesta teórica concreta que fundamente y guíe su ilusión revolucionaria.

Sin embargo, Simone sostiene que no puede hablar del trabajo y de la condición obrera como intelectual sin haber experimentado ella misma la situación concreta de la opresión a la que se somete el trabajador todos los días. Por ello, en 1934, pide licencia docente e ingresa a trabajar como operaria en la compañía eléctrica de Alshtom en París, con la esperanza de poder observar desde cerca qué modificaciones deberían hacerse para mejorar la condición de los obreros. En 1935 se traslada a una fábrica metalúrgica y a mediados de ese mismo año ingresa a la fábrica Renault en Boulogne-Billancourt. En ellas trabaja a un ritmo agotador todo el día en cadenas de montaje o en prensas industriales. Su salud se deteriora; el dolor de cabeza se intensifica debido al fuerte ruido de las máquinas. Su falta de fuerza física, su escasa salud determinan su despido a fines de 1935 a raíz de su bajo nivel de producción. Como fruto de esta dura experiencia resulta Ensayos sobre la condición obrera (versión castellana: Nova Terra, 1962), una recopilación de cartas escritas entre 1934 y 1936, del diario que Simone lleva sobre su vida en la fábrica en 1934 y ensayos sobre la condición obrera realizados entre 1936 y 1942.

El trabajo fabril durante un año se convierte en una experiencia decisiva en la vida de Simone y anuncia el comienzo de una etapa difícil, marcada por el desánimo y la angustia. Descubre que la condición de opresión y esclavitud a la que están sometidos los obreros no es meramente una vicisitud o consecuencia de determinadas condiciones sociales, históricas o económicas que una revolución bien preparada podría transformar en pos de obtener la libertad. Al haber sufrido ella misma en carne propia la humillación que experimenta el obrero, la esclavitud se le presenta como un verdadero drama individual que impregna y degrada toda la existencia. La opresión no es una circunstancia laboral contingente sino que asume la gravedad de ser una condición ontológica, un modo de estar y percibir el mundo. “El que tiene los miembros deshechos por una jornada de trabajo, es decir una jornada en la que ha estado sometido a la materia, lleva en su carne como una espina la realidad del universo. Para él la dificultad es mirarlo y amarlo” –dirá Simone en A la espera de Dios, un escrito posterior (la cursiva es nuestra). Años más tarde, en una carta dirigida a su amigo el sacerdote dominico J. M. Perrin, dirá lo que para ella significó el trabajo obrero: “Cuando entré en la fábrica ... la desgracia penetró en mi carne y en mi alma. Nada me separaba de ella, puesto que realmente había olvidado mi pasado y no esperaba ningún futuro, ya que difícilmente podía imaginar la posibilidad de sobrevivir a esas fatigas. Lo que he sufrido allí me ha marcado de una forma tan duradera, que aún hoy, cuando un ser humano, sea el que fuere y en cualquier circunstancia, me habla sin brutalidad, tengo la impresión y no puedo remediarlo, de que hay un error ... Allí he sido marcada, y para siempre, con la impronta de la esclavitud ... Desde entonces siempre me he visto como una esclava”3 (la cursiva es nuestra).

En los Ensayos sobre la condición obrera, Simone determina que la opresión viene dada por varias circunstancias: la velocidad exigida en la producción, con la cual el trabajador queda sometido a la máquina, la humillación de las órdenes de la patronal, la completa marginación del obrero en la toma de decisiones y lo más terrible de todo, la perpetua fatiga e inanición con las que vive el trabajador, por las cuales le es imposible pensar, a la vez que le hacen perder el sentimiento del valor y dignidad de la propia vida y los deseos y esperanzas de revertir tal situación. (En 1936, Simone asistirá a una proyección de la película Tiempos modernos de Charles Chaplin, con la cual quedará admirada por la fidelidad con la que se retrata el sometimiento de los obreros a las máquinas y en general, las condiciones infrahumanas de la vida fabril).

En 1936, retoma la docencia en institutos, pero su precaria salud le impide continuar y por ello pide una licencia por mala salud durante un año. Mientras tanto, su esperanza en la revolución liberadora se va disolviendo y su visión del futuro se llena de un negro pesimismo. En efecto, el panorama internacional se ve amenazado por la inminencia de los totalitarismos en Italia y Alemania y se vive un clima apremiante de sospechas e intrigas políticas. Simone se muestra especialmente preocupada por el inexplicable apoyo manifestado por el pueblo alemán al ascenso del nacionalsocialismo. Por ello en 1932 había viajado a la Alemania nazi –cuando Hitler ya era el
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