Una apuesta por el humanismo frente al fanatismo




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Eminencia gris que no es malo amenazar a un déspota con el infierno, porque a veces ésta es la única amenaza eficaz con los déspotas, y que el problema con los déspotas modernos es que son ateos, por lo tanto virtualmente inenmendables por otra cosa que no sea la fuerza.


121 Tractatus, Routledge and Kegan, Londres, 1961, Pag. 147.


122 F. Hegel, Filosofía del derecho, apartados 95 a 104. Para una exposición más pormenorizada, A. Valcárcel, Hegel y la ética: sobre la superación de la «mera moral», Anthropos, Barcelona, 1988, Pág. 334 y ss.


123 «Si aplicáis determinados principios generales de no sé qué moral que está en todos los labios, pero que nadie practica, resultará que lo negro es blanco y lo blanco negro. Señor filósofo, existe una conciencia general, como existe una gramática general y luego existen excepciones en cada lengua... Cada clase social tiene sus excepciones a la conciencia general, excepciones que yo denominaría idiotismos del oficio... idiotismos morales», op. cit. Cátedra, Madrid, 1985, Pág. 98.


124 «La voz de la conciencia y del honor es bastante débil cuando claman las tripas», afirma, mientras imagina cómo comportarse si las tornas cambiaran: exactamente como los demás hacen. «Hágase lo que se haga, cuando se es rico uno no puede deshonrarse», Pág. 100,101 y 103.


125 Ibíd., Pág. 107.


126 «Es preciso que exista cierta dignidad unida a la naturaleza humana que nada puede ahogar. Y se despierta sin venir a cuento. Sí, sin venir a cuento. Porque hay otros días que no me costaría nada ser tan vil como se quiera». Ibíd., Pág. 85.


127 A. Schopenhauer, Sobre el libre albedrío, Aguilar, Madrid, 1970, Pág. 148.


128 Ibíd., 201.


129 Con esta expresión, «libertinos prácticos», no me refiero a los libertinos del Barroco, Viau, Gassendi, La Fontaine, ni tampoco a Saint-Evremond, Bayle o Fontenelle, precursores del pensamiento ilustrado; tampoco a Voltaire, Diderot y Rousseau, que fueron tenidos por tales. Me refiero al conjunto de escritores, a veces pornógrafos, del que las figuras más conocidas, descontados los consabidos pornógrafos pseudónimos y anónimos, son Destut de Tracy y Sade, «libertinos» en lo que hoy ese término quiere decir.


130 Anotemos, por poner algún caso relevante, que Rohan, el cardenal, tenía fama de descreído y dado a la orgía; que el propio rey Luis XV, poseía un burdel propio, la «casa de los ciervos»; que era normal en los grandes mantener públicamente queridas e incluso pasarse las de unos a otros. En fin, lo que distinguía esta situación no era una depravación, sino una hipocresía que comenzaba a caducar, así como un nuevo interés por las víctimas, verdadero o fingido, ya presente en la novela de Defoe, Moll Flanders, o en Manon Lescaut, del abate Prévost.


131 Ese aspecto nunca falta en sus escritos, en los que la seducción, el inocular en la inocencia el atractivo del mal, desempeña un gran papel; sin contar con sus imaginaciones sobre cómo realizar mayor número de pecados mediante un solo acto.


132 Como demostró concluyentemente Praz en La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica (1948), Monte Ávila, Caracas, 1969.


133 Hanna Arendt subraya este aspecto inesperado en Sobre la revolución (1963) y apunta: «Las masas pobres, esta aplastante mayoría de todos los hombres a quienes la Revolución Francesa denominó les malheureux y a quienes ella misma transformó en les enragés, únicamente para abandonarlos y dejar que cayesen en el estado de les miserables, como los llamó el siglo XIX, trajo consigo la necesidad a la que habían estado sometidas desde tiempos inmemoriales, junto con la violencia, que siempre ha sido empleada para someter a la necesidad. Juntas, necesidad y violencia, les hicieron aparecer irresistibles: la puissance de la terre.» Op. cit. Pág. 114.


134 Para el mejor conocimiento del inicio de este proceso, Ph. Aries, La muerte en Occidente (1975), Argos Vergara, Barcelona, 1982, que es una introducción general a El hombre ante la muerte (1977), Taurus, Madrid, 1983; para los inicios del higienismo especialmente su cuarta parte.


135 Esta macabra precisión se la debemos a Charles Dickens, que la inserta un par de veces en la citada Tiempos difíciles (1854), Obras Completas, tomo II, Aguilar, Madrid, 1972, Pág. 1.280.


136  Así habló Zaratustra, «De las tarántulas», segunda parte, ed. cit., Pág. 297-298.


137  Ibíd., Pág. 306.


138  Ibíd., Pág. 323.

139  Ibíd., Pág. 359.

140  Ibíd., Pág. 365.


141 El poema inicial que Primo Levi coloca en el frontis de la espantosa narración de su vida en los campos de exterminio nazis, Si esto es un hombre (1958), Muchnick, Barcelona, 1987, a todos nos señala: «Pensad que esto ha sucedido: os encomiendo estas palabras. Grabadlas en vuestros corazones.»


142 «Comprender lo que es la tarea de la filosofía porque lo que es la razón. Por lo que concierne al individuo, cada uno es sin más hijo de su tiempo y también la filosofía es el propio tiempo captado por el pensamiento... Como pensar del mundo surge por primera vez en el

tiempo después de que la realidad ha cumplido su proceso de formación y está realizada. Cuando la filosofía pinta el claroscuro ya un aspecto de la vida ha envejecido... el búho de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo.» Filosofía del Derecho, prólogo, Pág. 37 de la ed. esp., Claridad, Buenos Aires, 1968.


143 Había comenzado este uso en La fenomenología del espíritu, en 1807, y lo conservó en sus Lecciones, dedicadas a la historia, el arte, la filosofía y la religión, donde señalaba sus fases y marcas.


144 Del filósofo Plotino, el mayor de los neoplatónicos, cuyas Enéadas son los mejores textos del pensamiento imperial previo a la filosofía cristiana, la cual heredó buena parte de sus recursos.


145 Mención especial merece lo aportado a la idea de espíritu por el pensamiento gnóstico, desde las especulaciones sobre el lado femenino de Dios (E. Pagels, Los evangelios gnósticos, Grijalbo, Barcelona, 1982), hasta las diversas versiones del maniqueísmo y emanaciones divinas; un espléndido y pormenorizado panorama en I. Gómez de Liaño, El círculo de la sabiduría, Siruela, Madrid, 1998.


146 Sobre el problema del cuerpo en la religión Cristina, ya desde sus momentos primitivos el excelente libro de W. A. Meeks, Los orígenes de la moralidad Cristiana, Ariel, Barcelona, 1994; sobre los orígenes romanos de la moral puritana, A. Rousselle, Pomeia (1983), Península, Barcelona, 1989.


147 Otro de nuestros rasgos, según Weber, ser hijos del Dios que roba el fuego del cielo; nunca contentarnos con lo que tenemos, sino siempre ir más allá.


148 Por ejemplo, R. Vaneigem, Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones (1967), Biblia que fue de la revuelta juvenilista, sentenciaba: «El estado de abundancia es un estado de voyeurismo... Se gana de todas las maneras: dos frigoríficos, un Dauphine, la TV. Un ascenso, tiempo que perder.» Gadgets que le parecían, sin duda, vergonzosos y desactivantes. Op. cit., Anagrama, 1977, Pág. 17.


149 Daryush Shayegan, La mirada mutilada, Edicions 62, Barcelona, 1990, Pág. 67 y ss.


150 G. Kepel, La yihad, Península, Barcelona, 2000. Del mismo autor, uno de los mayores especialistas en el desarrollo del fundamentalismo islámico, Al oeste de Alá, que recoge la penetración de pequeños grupos islámicos en las sociedades occidentales (Paidós, Barcelona, 1995).


151 Con la notable excepción, en este último caso y en el régimen talibán, de las imágenes que permiten al tiránico Estado mantener su control: puede y debe cada uno y una fotografiarse para carnets y pasaportes.


152 Op. cit., Espasa Calpe, Madrid, 1966, tomo II, Pág. 587-588; a la vista de la cita no extrañará que uno de los apodos de Spengler haya sido «el Nietzsche del pobre», e incluso más castizamente «el Nietzsche en alpargatas».


153 Ibíd., Pág. 504.


154 Ibíd., Pág. 469. El párrafo, poco después, continúa con la glosa de la «plutocracia»: «La libertad de la opinión pública requiere la elaboración de dicha opinión, y esto cuesta dinero; la libertad de prensa requiere la posesión de la prensa, que es cuestión de dinero, y el sufragio universal requiere la propaganda electoral que permanece en la dependencia de los deseos de quien la costea. Los representantes de las ideas no ven más que un aspecto; los representantes del dinero trabajan con el otro aspecto. Todos los conceptos de liberalismo y socialismo han sido puestos en movimiento por el dinero y en interés del dinero».


155 Ibíd., Pág. 487.


156 Ibíd., Pág. 503.


157 Me refiero con este nombre a algo bastante similar a lo que P. Bruckner llama en La tentación de la inocencia, Anagrama, Barcelona, 1996, «ciudadano niño»; se trata de un muy recomendable ensayo moral que analiza el tipo de individualismo de estos tiempos. Para el tema que nos ocupa, el rechazo e irresponsabilidad de la mancha, prefiero este nombre más clásico, los «puros», aunque no sé si hace justicia a los viejos cataros calumniados y martirizados.


158 Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el cambio verdadero, una colección de fragmentos y aforismos editada en castellano por Laia, Barcelona, 1975.


159 Sobre el proceso de modelado del consumidor, J. Rifkin, El fin del trabajo (1994), Paidós, Barcelona, 1996, Pág. 42 y ss.


160 Recuerdo ahora a mis amigos, casi todos entonces colombianos, que atendían el restaurante Windows of the World, de las Gemelas. Uno de ellos contribuyó lo suyo en los ochenta a hacerme ver «cómo éramos vistos» los europeos desde aquellas ventanas; una noche me contó que por fin había conseguido ahorrar lo suficiente y había hecho el viaje a Europa. Le había gustado mucho y, en efecto, ante mis preguntas, distinguía de este modo nuestra irreductible variedad: «Sí, es muy curioso cómo cambia el acento en cada sitio.» Esto es, el acento en el cual le hablaban en inglés... Tanta buena gente de la que no sé que ha sido.


161 Dos ejemplos preeminentes: C. Lasch, La rebelión de las élites (1995), Paidós, Barcelona, 1996; y de nuevo A. Mclntyre, Animales racionales y dependientes (1999), Paidós, Barcelona, 2001.


162 «La violencia, el crimen y el desorden general suelen parecer casi invariablemente a los visitantes extranjeros los rasgos más destacados de la vida estadounidense... Las primeras impresiones no se modifican demasiado cuando el conocimiento es más profundo. Un examen más minucioso sólo descubre síntomas menos dramáticos del inminente derrumbamiento del orden social. Quizás el cuadro esté algo exagerado, pero es suficientemente verdadero como para suscitar la ineludible pregunta de si una sociedad democrática puede prosperar o incluso sobrevivir.» Op. cit., Pág. 183.


163 J. Baudrillard, Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1978; el mismo autor ha exagerado más si cabe sus propias tesis en La guerra del Golfo no ha tenido lugar, Anagrama, Barcelona, 1991.


164 La continuidad entre T. de Chardin y M. McLuhan es relatada con picante ingenio por T. Wolfe en «Infoverborrea, polvos mágicos y el hormiguero humano», El periodismo canalla y otros artículos, B.S.A., Barcelona, 2001.


165 Por ejemplo «La Asociación de Amigos de la Tierra Plana», con sede en Valencia durante los años setenta. Constituidos desde antiguo, en la prensa manifestaban por aquellos años que no entendían y lamentaban la poca concurrencia a sus reuniones, así como los escasos nuevos socios que conseguían; ignoro si siguen activos.


166 Una apuesta teórica por el gobierno cosmopolita en D. Held, La democracia y el orden global, Paidós, Barcelona, 1997.


167 Es bien cierto que a menudo la política empírica tiene la tentación de olvidar el carácter normativo de la democracia y, por el contrario, actuar sólo según la cantidad y género de presiones que quienes gobiernan reciben. Esto es sin duda un indicio de corrupción, que puede ir desde el entender que lo público hay que tratarlo como una colección inconexa de intereses sin principio articulador, hasta el populismo más extremo. El fiel es mantener cada decisión allí donde la soberanía popular mantiene «su capacidad de juicio y razonamiento»; G. Sartori, Teoría de la democracia (1987), Alianza Editorial, Madrid, 1988, tomo I, Pág. 162 y ss.


168 Sobre evaluación y gestión de riesgos, el espléndido trabajo de J. A. López Cerezo y J. L. Lujan, Ciencia y política del riesgo, Alianza Editorial, Madrid, 2000.


169 H. Joñas, uno de los «grandes sabios», avisaba tempranamente de la urgencia de reintroducir ese importante tramo conceptual en una sociedad tecnológica avanzada: El principio de responsabilidad (1979), Herder, Barcelona, 1975, con Introducción de Andrés Sánchez Pascual.


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