Una apuesta por el humanismo frente al fanatismo




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MORAL Y CULTURA DE LA DEMOCRACIA O LA DEMOCRACIA COMO PEDAGOGÍA

Don Fernando de Valdés-Salas fue gran inquisidor de Castilla y una de las personas más poderosas y temidas de las Españas. Arrancó de cuajo los brotes de reforma luterana mediante expeditivos procesos, seguidos de los correspondientes autos de fe. Persiguió con saña y previsión cualquier diferencia doctrinal; confiscó los bienes y acabó con las vidas de cristianos dudosos, ya por conversos o por moriscos. Ayudó a su rey Felipe II a la consolidación de una España autárquica en ideas, en la que la práctica de la delación del disidente se protegió y alentó. Sus restos reposan en un espléndido mausoleo en la villa asturiana de Salas, realizado por el gran escultor Leone, por cierto, uno de los que hubieron de padecer sus inquisiciones. Se deshizo de todos sus oponentes y destruyó a todos sus enemigos. Acumuló una fortuna inmensa y murió en paz en el año del Señor de 1568.

Es difícil, aun en una historia tan proclive como la española a tales vástagos, encontrar una figura de la que podamos tener la seguridad completa de que produjo en sus contemporáneos un inmenso miedo. Yo todavía sentía ciertas reverberaciones de temor cuando hace unos meses inauguraba bajo su sepulcro, con una conferencia sobre la tolerancia, el curso del 2000. Para alguien como él casi todos los allí presentes hubiéramos sido carne de hoguera.34

Mientras me extendía sobre el tema de la educación en valores e imaginaba sin quererlo los efluvios siniestros que descendían de la urna del gran inquisidor, percibía cómo nos encontrábamos en un punto focal en el que de un lado teníamos la cultura y valores de la autocracia, y de otro la democracia como cultura. La democracia, esto es, como sin duda sabían repetir cuantos allí se sentaban, «el gobierno del pueblo por y para el pueblo». En ese contexto ¿qué era lo que estábamos haciendo?

El tema de las relaciones entre valores, cultura y democracia merece ser bien enfocado. La democracia es el gobierno del pueblo, en efecto. Sin embargo, una vez establecido esto debe reconocerse que es imposible que un grupo tan grande y difuso gobierne. En una sociedad siempre un grupo de élite gobierna con el consentimiento del resto. Esta verdad, por primera vez expuesta magníficamente por Montesquieu, significa la comprensión ilustrada del fenómeno de las democracias antiguas. Un gobierno es una articulación establecida de la toma de decisiones. La democracia es una de las formas posibles de gobierno, pero ¿es más que una forma de gobierno?

La democracia y sus valores

Al contrario de lo que sucedía en el mundo de hace tan sólo cincuenta años, la democracia tiene casi universalmente buen nombre.35 Esto se muestra en que hasta aquellos que en absoluto son demócratas usan esta denominación, complementada siempre con algún adjetivo, para llamar a sus peculiares formas de gobierno. Podemos pensar que las expresiones «democracia orgánica», «democracia popular», «democracia islámica» y algunas otras son tributos que los más remisos rinden a la aceptación contemporánea de esta forma de gobierno. Porque, como esta cultura de la democracia exige, hay que comenzar modestamente: la democracia es, en principio, sólo una forma de articular las decisiones. La violencia del enfrentamiento queda en ella sustituida por la regla de mayorías. La unicidad de la voluntad de un grupo en el que cada uno espera cumplir sus objetivos es impensable. Por lo tanto lo primero es fraguar esa voluntad sobre unos fundamentos mínimos. La estructura subyacente de la democracia es un contrato en el que cada uno renuncia a algo y obtiene algo. Renuncia, primeramente, a su capacidad de violencia y obtiene la paz común. El Estado entendido como un contrato garante de la paz interna es uno de los primeros pasos políticos de la Modernidad y lo dio Hobbes. El leviatán estatal existe para que la paz interior exista. Por lo mismo que garantiza la paz, el Estado es sobre todo violencia: internamente ley penal y externamente potencial de agresión. No tiene otro fin ni otra legitimidad. Un Estado —y alguno todavía hoy hay— que no sea capaz de mantener con su poder la propia paz, no es tal Estado. Para Hobbes es igual que lo gobierne un autócrata que una corporación delegada. La forma de gobierno no es lo decisivo, sino que el poder político cumpla primero su fin. El mantenimiento de la paz interna fue un problema en las democracias antiguas, que vivieron sus cortas vidas bajo la amenaza del espectro de la guerra civil. Fundadas sobre la regla de mayorías, desconfiaban de ella, como también eran cicateras con el reconocimiento de la excelencia. Esto son caras de la misma moneda: nada asegura en la regla de mayorías más que la propia regla. Si ha de imponerse la decisión de los más, ello no certifica que se trate de la mejor decisión. Por lo mismo, ningún parecer es en sí mejor que otro, sino que todos son en principio iguales hasta que uno de ellos resulta el adecuado porque tiene a una mayoría que lo sustenta. De este modo, cultura de la democracia y cultura de la mayoría llegan a ser equivalentes y puede pensarse, y así lo hizo Platón, que este modo de gobierno rechaza y pervierte toda excelencia. La excelencia, la decisión experta, la calidad es siempre de los pocos: a ésos debería asegurar la ciudad el gobierno. La República es uno de nuestros primeros textos políticos y en él los alegatos principales se presentan contra la regla de mayorías y a favor del principio de excelencia. Pero Platón no era el único ateniense disconforme con la marcha de las cosas. Su contemporáneo Aristófanes se mofaba sobre todo de la credulidad y codicia de Demos, el pueblo, que se convirtió en un personaje frecuente en sus comedias. Demos es un viejo senil que siempre quiere más y que está dispuesto a seguir a cualquier impresentable que le prometa algo y que le adule lo bastante. La democracia da como resultado un pueblo sin nervio que sigue a políticos mendaces. En Los caballeros se dice que «dirigir al pueblo no es cometido de un hombre instruido y de buenas costumbres, sino que esto exige un ignorante, un bribón». Y ante la pregunta de cómo ser capaz de gobernar, se apostilla: «Es bien sencillo. Sigue haciendo lo que sueles hacer de ordinario. Enreda, especula, mezcla los negocios todos juntos; y en cuanto al pueblo, gánatelo siempre por medio de pequeñas expresiones azucaradas, de buena cocina.
Todo lo demás lo tienes de sobra para llegar a ser demagogo: voz de crápula, nacimiento despreciable, facciones y maneras de granuja. Tienes todo lo que hace falta para gobernar.»36 Los mejores de entre los griegos desconfiaron de que la regla de mayorías no fuera pervertida o no fuera perversa ella misma. La demagogia, el conducir a la mayoría mediante engaños, era el peligro principal de la democracia. Y pensaban que era casi inevitable. En opinión de los mejores, demagogos y sicofantes eran inseparables compañeros de la democracia. Un Estado que logre conservar la paz interna y se gobierne por la regla de mayorías es una democracia. Ahora bien, es una democracia imperfecta. Tal sistema necesita un horizonte de cohesión valorativa, una «religión civil». Este último apunte se lo debemos a Rousseau.37 La democracia no es sola mente un modo, un procedimiento entre otros, de poner a funcionar la voluntad colectiva. En sí misma significa la admisión de unos valores que están ausentes o tienen poco peso en otras formas de gobierno. Cuando Montesquieu daba los rasgos de las repúblicas ya había señalado que éstas se articulaban en torno a la virtud, un conglomerado formado por el amor a la patria, el deseo de auténtica gloria, la renuncia de sí mismo, el sacrificio de los propios y más caros intereses. En fin, resume «todas aquellas virtudes heroicas que encontramos en los antiguos y de las que sólo hemos oído hablar»38. Esa soñada virtud antigua debe ser de nuevo puesta en ejercicio, piensa Rousseau, y para ello el Estado deberá contar con su propia religión civil y con un nuevo fundamento: un ciudadano, a su vez nuevo, producto de una educación especial. No se puede desvincular al Rousseau pedagogo del filósofo político: la voluntad general, en cuanto distinta de la voluntad de todos, exige que cada uno firme con ella el pacto de ciudadanía, esto es, se comprometa mediante un imperativo categórico con la superior vigencia de su universalidad.

En la cultura política de la democracia encontramos tramos menos exigentes. Locke se contenta con que el Estado haga posible no sólo la paz, sino la libertad, que no es poca cosa. Desde él, el pensamiento liberal siempre ha mantenido bajo sospecha a un Estado demasiado fuerte y vigilante. «Pero, aunque los hombres, al entrar en sociedad, renuncian a la igualdad, a la libertad y al poder ejecutivo que tenían en el estado de naturaleza, poniendo todo esto en manos de la sociedad misma para que el poder legislativo disponga de ello según lo requiera el bien de la sociedad, esa renuncia es hecha por cada uno con la exclusiva intención de preservarse a sí mismo. Y por eso el poder de la sociedad o legislatura constituida por ellos no puede suponerse que vaya más allá de lo que pide el bien común.»39 Recapitulando: una democracia es una sociedad política que garantiza la paz interna, asegura la libertad individual, se rige por la regla de mayorías, posee una tabla de mínimos de bien común y se funda en un conjunto de valores que significa con las prácticas y ritos adecuados. La reunión de todas estas características la transforma en una cultura, en el sentido antropológico del término, en cuanto conjunto de prácticas y representaciones.

Volviendo al gran inquisidor, conferenciaba yo bajo su sepulcro porque me había invitado a impartir la lección inaugural del curso una persona a la que estimo mucho, el director del Instituto de Secundaria local de la Villa de Salas, de la que diré, para retratarlo con un rasgo, que es alguien que encontró un centro donde el vandalismo y los graffiti eran moneda corriente y hoy resulta un lugar en el que la convivencia es agradable, la docencia posible y las paredes se llenan con murales realizados por las y los estudiantes en los que las declaraciones universales y la historia de las libertades tienen el protagonismo. Asistiendo a la ceremonia de apertura de curso en la nave gótica había sentados, con más o menos ganas, unos trescientos estudiantes de ambos sexos. ¿Qué hacían allí?

Estaban practicando un rito civil. Ante la presencia de las autoridades municipales y educativas intentaban mantener la compostura y seguir un discurso en el que reconocían palabras familiares: tolerancia, libertad, igualdad, solidaridad, esfuerzo, bien común, globalización, valores y algunas otras como perfeccionamiento, lucha obrera, feminismo, consenso, diálogo, convencimiento... pongamos por caso. El ritual formaba parte del sistema educativo. Se supone que todo él existe y funciona para garantizar uno de los valores fundantes: la igualdad. Es deber y previsión del Estado mantener un monto homogéneo de contenidos de conocimiento que son transmitidos y convalidados por la enseñanza reglada. La posesión de tales conocimientos y los certificados que la acreditan colocan a la población escolar en un rasero de igualdad a partir del cual funcionará la meritocracia. En los tiempos del gran inquisidor estas actividades no tenían sentido. La población ya estaba igualada en relación a su destino eterno, del que el clero administraba los medios de salvación. La enseñanza y la cultura eran un «capital cultural»40 que algunos podían conseguir y por medio de él asegurarse un puesto mejor. Era algo trabajoso y caro que no siempre rendía los beneficios prometidos o, por lo menos, tantos como los esperados.41 El gran inquisidor fue un simple bachiller en cánones con conocimientos probablemente más restringidos que la mayoría de los allí sentados.

Educar en ciudadanía

Ahora gran parte de los recursos de un Estado democrático se gastan en educación. La educación ya no es del todo un «capital cultural», algo que sólo algunos adquieren para luego vivir de ello, porque todo el mundo es obligado a tener un tramo educativo bastante notable. En realidad, nunca, cuantitativa y cualitativamente, tal cantidad de gente ha tenido tantos saberes. Saberes que no están regidos por el principio de utilidad, aunque en ocasiones así se los presente. Quiero decir que de buena parte de esos conocimientos es poco probable que cualquier individuo se vea obligado a hacer uso en el curso de su vida. Y en cuanto a los certificados que los validan, son más bien precisos que útiles, porque son universalmente requeridos y por lo tanto, en lo que a los básicos se refiere, no establecen diferencias meritocráticas.

¿En qué se distinguen cultura y educación? En bien poco en este orden de cosas. Es distinta una visión antropológica de cultura como conjunto de normas, ritos y representaciones, de una visión dentro del contexto político gerencial, es decir, la cultura como un área de gestión dotada de sus propios oropeles. Sin embargo, esto no debe equivocarnos sobre su continuidad. En verdad el sistema educativo transmite, mejor o peor, tanto contenidos como modales, esto es, maneras de estar en el mundo y modos convalidados de relacionarse con el altar común de lo respetable. En ese sentido, la educación y la cultura de la democracia se fundan en y fundan ellas mismas una visión valorativa o éticamente guiada que forma parte de las prácticas fuertes de la religión civil. Una democracia actual no podría prescindir del sistema público educativo, no sólo porque ello atentaría contra el declarado principio de igualdad, sino porque la democracia completa en tanto que cultura se mantiene por medio de esas prácticas masivas. Prácticas, las educativas, que son obligatorias, universales y cada vez más altas.

Pese al lugar común que afirma que «antes» la formación era mayor y mejor, lo cierto es que los planes educativos cada vez comportan cantidades más extensas de materias y contenidos, hasta el punto de que, para quienes no pueden seguirlos, se prevén sistemas de diversificación. El monto de lo que se considera imprescindible cambia de vez en cuando, pero nunca desciende, sino que sistemáticamente aumenta. Y ello no se debe tan sólo a las presiones interesadas de los diversos estamentos y áreas docentes, sino que tiene que ver con requerimientos más generales. Una democracia necesita para su complejo sistema de funcionamiento un nivel muy elevado de saberes en común, de prácticas de transmisión de lo relevante, de diálogo, en suma, que es como la filosofía ha dado en llamar últimamente a ese sustrato. La relativa y a la vez necesaria cohesión social se intenta y se logra mediante una prolongada estabulación escolar de todos y cada uno de los futuros ciudadanos.

Sin embargo, así que la educación y la cultura se hayan convertido en la horma de la ciudadanía y las proveedoras del horizonte común social, moral y político, desbancando a la religión que lo fue en el pasado, esto no deja de provocar tensiones.

De las élites cultas y los genios malignos

Hay dos grupos influyentes que mantienen sobre la cultura de la democracia y sus prácticas severos recelos. Uno está formado por las vanguardias intelectuales, el otro por algunos poseedores de imperios mediáticos. El fenómeno de las vanguardias es lo suficientemente complejo como para no pretender despedirlo de un plumazo. Pero a los efectos presentes, baste con señalar que desde sus inicios la relación que han mantenido las vanguardias con los contenidos de cultura heredados no ha sido precisamente pacífica. Nadie puede poner en duda que ciertas vanguardias contribuyeron de modo decisivo a renovar una cultura anquilosada, pero, del mismo modo, otras se encerraron en un elitismo sesgado. Buena parte de las grandes figuras intelectuales del siglo XX fueron disconformes con lo recibido y lo que tuvieron delante y, en bastantes casos, por buenas razones. Sin embargo, otras, apoyándose probablemente en una idea de genialidad romántica, llevaron al paroxismo este enfrentamiento. Quiero referirme a quienes no encontraron otro modo de existencia intelectual que oponerse a lo admitido, fuera ello lo que fuese, calculando que cualquier consenso es de suyo despreciable. Del mismo modo las prácticas masivas de cultura han sido observadas con suficiencia cuando no displicencia por tales vanguardias. Haciendo de la cultura un territorio creativo exclusivamente suyo, se han desinteresado —como si de un oficio bajo y servil se tratara— de cuantos y cuantas la recrean, consolidan y transmiten. Cultura y educación, de este modo, pueden alejarse una de la otra a causa de prácticas elitistas desarrolladas por los que se autoconciben como «creadores culturales». Este tipo de elitismo es bastante más frecuente en las humanidades que en las ciencias. Desde que, en efecto, se estabilizara lo que Snow llamó «las dos culturas», la reticencia de la cultura humanística hacia las instancias generales ha tenido fases bastante virulentas. Quizá en parte se deba al papel secundario que los intelectuales «de letras» desempeñan en la toma de decisiones y el reparto presupuestario. Cierta mística anti-sistema se explicaría por el trasfondo vanguardista aliado con la deflación de expectativas: si el sistema no los premia, ellos por su parte no se sienten especialmente llamados a mantenerlo. Y también puede existir un componente exhibicionista. Mantener las opiniones comunes y generales no provoca particular escándalo, luego no asegura la repercusión individual —aunque sea breve y polémica— del propio hacer. Es más agradecido, estratégicamente y en el horizonte corto, manifestarse contra el consenso común, asegurado además como lo está ese colchón de consenso por la masa cultural, aparentemente inerte, del sistema cultural principal y las instituciones educativas que lo mantienen.

Este elitismo puede mantenerse también contra las cifras y de dos maneras. Una, declarando trivial y falto de interés todo aquello que consiga una audiencia relativamente grande. Otra, por inversión sin mediaciones de la anterior, suponiendo gran excelencia a cuanto no consiga traspasar los reducidos círculos propios. Ambas, que son en origen estrategias consoladoras, tienen, sin embargo un cierto fondo de verdad. Victoria Camps, tanto en su obra El malestar de la vida pública42 como en los trabajos de la Comisión del Senado sobre medios de comunicación que presidió, realiza una afirmación a la que conviene atender. Mientras que el mercado suele asegurar que el producto mejor acaba por imponerse, sea por innovador, eficaz o por su relación calidad-precio, en el mundo de la cultura y los medios eso no sucede. La competencia juega a la baja, de tal modo que lo probable es que cuanto peor sea algo, mayor podrá ser su aceptación. Para juzgar la excelencia cultural no hay parámetros estables y nadie parece querer ayudar a establecerlos. En parte esto se debe a las condiciones de la cultura masiva.43 Camps escribe: «La cultura de masas es mediocre si sólo busca la atención de las masas.» Y en un artículo reciente desarrolla la misma idea: «En el mercado libre cada cual busca enriquecerse compitiendo con los demás, lo que le obliga a cuidar la calidad del producto y revierte, en definitiva, en el bien de todos. Ahora bien, esa dinámica, que funciona de acuerdo con la más ortodoxa doctrina liberal, sólo vale para productos materiales de calidad verificable. No vale para productos culturales cuya calidad o no calidad depende de apreciaciones más subjetivas.»44 Como a veces, añadiría yo, violentamente elitista y subjetiva es su propia génesis. A continuación Camps da una descripción que hay que compartir porque es innegable: «Es un hecho comprobado que el aumento y la expansión de las televisiones, la pluralidad de canales, la mayor competencia, no ha significado una mejora en la calidad. Ni siquiera ha significado una diversidad mayor en la oferta. Ofrecer más programas significa sólo tener más de lo mismo. La lucha por el mercado o por la audiencia no implica, en este caso, una mejora del producto.» Esta constatación de Victoria Camps pareciera que da razón al elitismo cultural. Sin embargo, dudo de que avale sus prácticas elitistas más corrientes.

El mundo de la Cultura con mayúscula, ese germanismo con fecha de nacimiento en el siglo XIX, puede permitirse en muchas ocasiones practicar el terrorismo intelectual, sea de derechas o de izquierdas. La Kultur, por lo mismo, es a menudo considerada mera «farándula» por el poder, que sólo se ocupa de mantenerlo contento mediante recompensas selectivas. Esta manera de funcionar la cultura en un contexto de democracia o en uno autoritario es manifiesta y fue retratada por Rafael Ferlosio en un artículo célebre en que enfrentaba los lemas «Cuando oigo la palabra "cultura" saco la pistola» y «Cuando oigo la palabra "cultura" saco la chequera». En la democracia el modo de acción prevalente es la subvención y para alcanzarla es a veces mejor mostrarse airado que adicto. Sumisos ya lo son, se supone, por su situación en el panorama sociolaboral y su puesto en el aprecio público, los «intelectuales orgánicos», esto es, los esforzados docentes comunes, que afrontan la tarea de llenar de contenidos menos vanguardistas las cabezas de los ciudadanos corrientes.

Sin embargo, esta tarea puede fácilmente convertirse en un infierno griego. Las Danaides tenían por castigo en el Hades rellenar sin pausa unos cántaros que, por estar agujereados, se vaciaban con tanta presteza como ellas ponían en colmarlos. Su agotador trabajo había de durar por toda la eternidad. Y aquí entran los genios malignos.

Utilizo esa suposición de Descartes en un sentido meramente alusivo. No creo, como creyeron, sin embargo, algunas élites culturales hasta hace bien poco, que haya en algún lugar del planeta un sujeto o un grupo de ellos confabulado para mantenernos en estupidez permanente, hacernos vivir en un mundo de sueño o pesadilla que él o ellos fabrican para nosotros e impedirnos conocer las cosas tal como realmente son. La razón de mi incredulidad es que difícilmente podría tan maléfico centro de intoxicación pasar desapercibido justamente en democracia. Se supone, más bien, que en democracia «todo se acaba sabiendo», precisamente porque la libertad de información y expresión lo hacen posible. En ese sentido la sociedad es transparente como afirma el filósofo Vattimo.45 Se supone que los medios de comunicación, el cuarto poder, sirven a este buen propósito.

No obstante, si bien el genio maligno pudiera no existir en este estado, por así decir, perfecto, de maldad, eso no descarta que genios igualmente malvados de menor capacidad sí pudieran existir. Imaginemos que alguien suficientemente dotado de dinero, poder e influencia diera en pensar que los seres humanos son idénticos a sí mismos en cualquier lugar donde se les encuentre. Que estarán marcados por la envidia, el recelo, la violencia, el resentimiento y la rapacidad. Que la política los organiza, pero no los cambia. En ese caso, la educación, que es sólo capital cultural para algunos y formación mínima de contenidos de ciudadanía para la mayoría, sería la única barrera a abatir para poder cumplir otros fines suyos: mayor poder aún, por ejemplo. Me explico: la capa educativa, a veces tenue, que hace estable y visualiza nuestra igualdad ciudadana, en tanto que en una democracia no somos únicamente iguales ante la ley, sino que lo somos también para refrendarla, ésa, la común educación que es la igualdad más real que poseemos, debería ser desbaratada para que la mayoría pudiera regresar a un, indeseable en términos generales, pero deseable para los propósitos de alguno, estado previo. Una ciudadanía carente de ese recurso o con él en entredicho se convertiría así en plebe, en plebe manejable.

Tocqueville escribió que el peligro de la democracia, al reposar sobre el valor prevalente de la igualdad, parecía ser el igualitarismo. La democracia estadounidense, y cualquier otra futura, daba la impresión de tener su talón de Aquiles allí donde tenía su fuerza: si la pasión por la igualdad se dejaba crecer sin mayores controles, las democracias se autosuprimirían dando origen a igualitarismos tiránicos.46 Y de esta hipótesis temprana de Tocqueville, el siglo XX ha dado pruebas concluyentes. Sin embargo, yo busco referirme a una situación tal que formalmente la democracia siga existiendo, la pasión igualitarista se mantenga dentro de unos límites aceptables y, no obstante, el cemento sociomoral civil se evapore.

La escena es relativamente fácil de imaginar porque ha tenido alguna vez algo parecido a precedentes. Roma siguió siendo formalmente una república hasta casi su final. Los años se seguían nombrando por sus consulados y el Senado se seguía reuniendo. Sin embargo, el poder verdadero estaba en el emperador. El pueblo romano, en una etapa en que la ciudadanía romana se había extendido bastante, estaba bastante más pendiente de los repartos y los espectáculos que del gobierno. Religiones extrañas a la Urbe, venidas casi todas de Oriente, contribuían también a su encuadre más que las antiguas divisiones y adscripciones republicanas. Los ejércitos se alquilaban. El otrora orgulloso pueblo romano, sin dejar de estar bastante contento de sí mismo, ni siquiera parecía tomar a mal que se le llamara «plebe».

Cuando se sale de la ciudad de Roma hacia la Vía Apia aparecen ante el paseante las impresionantes ruinas del Estadio de Magencio. A principios del siglo W de nuestra era y antes de ser derrotado por Constantino en el Puente Milvio, Magencio reinó brevemente. Fue uno de los últimos emperadores paganos. Su política para la Urbe parece que llevó a la máxima expresión el lema panem et circenses. Carreras, naumaquias, teatro, cultos antiguos... En fin, todo lo que se suponía que mantenía a la plebe contenta. Los romanos estaban acostumbrados a la paz puesto que sus guerras se dirimían sólo en las fronteras del imperio. De vez en cuando una revolución de palacio sacudía la política, pero la plebe no se inmutaba: quien resultara triunfador estaría obligado a darle lo suyo para mantenerla, si no adicta, tranquila. Los juegos de poder afectaban a las alturas y desinteresaban en la calle. A la gente corriente le conmovían los horóscopos, las profecías, los actores, las nuevas religiones y los triunfadores en los estadios. La espléndida pax antemina del siglo anterior, faltando cien años para la desaparición del Imperio de Occidente, se había mejorado notablemente, por lo menos desde el punto de vista de la plebe. Para unos el poder, sus gozos y sinsabores, y para el resto alimentación, vestido y diversión asegurados.

La democracia aparente

¿Es deseable una situación parecida en nuestros días? Personalmente pienso que para algunos sí lo es. A ésos me refiero cuando uso la expresión «genios malignos». Antes aun les he calificado de sembradores de entropía. Si, por seguir el razonamiento de Camps, la libre competencia no asegura una mejor calidad del producto en el mundo de la cultura, puede incluso darse el caso de que algunos estén ayudando a este mecanismo, ya en sí suficientemente perverso y lo hagan compitiendo a la baja. Panem et circenses como cultura común, con la facilidad añadida de que en la actual situación ellos sólo deben ocuparse de los circenses, porque el panem no es de su incumbencia.

¿Puede una democracia convertirse en un gregarismo? Sí naturalmente. Aunque nunca tanta gente haya tenido tantos bienes y saberes se la puede intentar conducir al modo clásico. Se puede promover la hegemonía sociocultural de los tifosi. ¿Por qué no? Basta con que los imperios mediáticos bajen el listón y a la gente se le premie que se interese más por los asuntos deportivos o los sexosentimentales de algunas figuras selectas que, por ejemplo, por los presupuestos generales del Estado. Todo amarillismo se nutre de buscar la vía más baja y alentarla. Que la Kultur juegue a sus juegos inanes y elitistas. Es ocio selecto. Subvenciónese: panem. Permitamos y alentemos a los grandes imperios mediáticos que conviertan el ocio común en más y más abyecto. Que para tal fin compitan incluso los medios públicos por todos mantenidos: «Pues que lo paga el pueblo, es justo, hablarle en necio para darle gusto.» Circenses, pero es que ese pueblo de Lope no consumía magnos presupuestos educativos.

Hay una diferencia fuerte —la posesión de este bien del saber común— entre las democracias actuales y el pasado socio-político, sea respecto de las democracias antiguas o de los populismos imperiales: la educación universal. Y, por otra parte, es evidente que hay otra diferencia de calado entre nosotros, incluso aplebeyados, y la plebe clásica. La plebe romana no votaba y nosotros sí. Educación universal y derecho al voto se solicitan mutuamente en las democracias trabajosamente surgidas de la Modernidad. Si en un principio la libertad que el voto representa fue acordada en función de las rentas, de modo que sólo tenía ese derecho aquel que pudiera lockeanamente mantenerlo —los que no son dueños de sí mismos por razón de su sexo o de su salario no pueden ostentar tal libertad—, ahora es el registro educativo el que lo valida y asegura.

No en vano los regeneracionismos, incluido el español, han insistido en jugar una fuerte baza educativa. No sólo pretendían la formación de una nueva élite, sino también de la ciudadanía capaz de seguirla. En España la queja v el dolor causados por la incultura y el fanatismo de un pueblo conducido a ser populacho se puede rastrear en las mejores mentes, desde Blanco White a Jovellanos, pero la tímida solución de tal problema no comienza hasta la Institución Libre de Enseñanza y la consolidación en la década de 1920 del Cuerpo de Maestros Nacionales. Los énfasis educativos están en segundo o tercer plano en la fase previa, decididamente burguesa, de la articulación del Estado nacional español.47 Y lo mismo sucede, con escasas diferencias de calendario, en el resto de los países europeos no marcados por una fuerte tradición republicana. La insistencia en la educación común en tanto que cultura común de la democracia se va afirmando a medida que el propio sufragio avanza. Avalada al principio por el liberalismo en sus aspectos meritocráticos, la inclusión de la educación como un derecho va ganando terreno por la acción del movimiento obrero y el sufragismo. Un derecho ya tan profundo e inamovible para nosotros que los planes educativos son una de las piezas más sensibles que los gobiernos pueden tocar y, cuando lo hacen, no es raro que se agiten convulsivamente los resortes sociales.

Esto sucede porque el sistema general educativo es la horma y el cemento de la ciudadanía, de la capacidad de ser igual o aspirar a serlo. La democracia y la educación están vinculadas como lo están la educación y la igualdad. Nuestra igualdad se resuelve en libertades y oportunidades. Tocar mínimamente el sistema educativo es tocar la carne viva de los valores básicos. No sucede lo mismo con la Kultur. En ella el elitismo, la excelencia, la diferencia y el vanguardismo se tocan y tienen tramos comunes con géneros de trabajo y discursivos menos sujetos al corto plazo. Que la democracia sea ella misma una cultura de la que la Kultur forma parte no debe equivocarnos: la Kultur en sí no es ninguna forma de democracia, ni puede medirse por esos parámetros.

Esa Cultura puede desdeñar por elitismo de izquierda los saberes transmitidos en las aulas (fue el caso de Adorno) o puede dedicarse a alabar la subcultura mediática; lo uno y lo otro constituyen en ocasiones una forma de divertirse transgrediendo lo aceptado. Si Adorno opina que enseñar música en el aula no es verdaderamente enseñar, porque ese gusto sólo se adquiere en familia, Vargas Llosa y otros compañeros sesentaiochistas pueden hacer pasar por tema de la gran cultura su pretendida fascinación por la novela rosa. Para el caso es lo mismo. Son estrategias individuales en las que siempre se detecta cierto esnobismo. Sus actantes las pueden cambiar rápidamente si no procuran los esperados beneficios. Son «libres» en un sentido distinto de aquél de la libertad común. Libres para competir por sus territorios en su reducido mundo. Pero libertad en el contexto común, «Libertad» con toda su carga, designa al propio espacio y las reglas que lo gobiernan. Esa otra libertad creativa individual, a veces brillante, algo autista y hasta esnob, está casi ausente, y no sin motivo, en el caso de la cultura común, más lenta y pesante, que se reproduce institucionalmente. La libertad común aguanta pocos juegos intelectuales. La convivencia y la paz públicas no son divertimentos. Ambas exigen decenas de hábitos estables de acción correcta y millones de ciudadanos y ciudadanas que los validen en el día a día y varias veces a lo largo de cada jornada.

La cultura de la democracia

Nunca nos debemos cansar de repetir que las democracias necesitan imperiosamente una ciudadanía experta para no quedarse sin contenido. No son solamente sistemas de decisión, sino también sistemas de valores, lo que quiere decir no un conjunto de creencias con cierta fe más o menos profunda en entidades transmundanas, sino una masa relativamente bien articulada de prácticas y expectativas. Reposan sobre gran número de conductas adquiridas y validadas a través de los modales y contenidos de la estabulación educativa. Sin embargo, aunque a veces parezca inerte e inalterable, esa masa está en perpetua ebullición. Los contenidos constantemente se reacomodan y los modales tantean y mutan. La democracia misma no tiene zonas francas. Al ser justamente también una cultura, no prevé su límite y tiende a expandirse fuera de su núcleo de origen. Trasciende lo público e invade otras esferas: la familia, la enseñanza, las relaciones personales. Esto, que se achaca a menudo al postulado de su infinita perfectibilidad se debe más bien al uso sistemático de la misma regla para organizar situaciones para las que en principio no estaba concebida o pensada. En cualquier caso, esta ausencia de zonas francas produce en la democracia una gran motilidad a la que sólo su transmisión cultural institucional logra dar la apariencia de orden. Mantener esta apariencia cuesta esfuerzos que no son normalmente visibles: los de todos o casi todos los dedicados a hacer que el macrosistema educativo funcione.

Y ese trabajo en la sombra no se facilita cuando algún genio maligno intenta convertir —convertirnos— al pueblo en plebe. Entonces son los sufridos trabajadores opacos de la cultura común los que, como las Danaides, se desesperan queriendo llenar vasijas que otros agujerean. Se vuelven responsables de lo que no está en su mano evitar. Las familias quieren que sus hijos sean correctamente educados, con independencia de lo que éstos puedan observar en sus propias casas. Las organizaciones quieren individuos bien dispuestos —dóciles y creativos a la vez, es decir, mirlos blancos— de los que nutrirse. Y se los piden al sistema educativo. E incluso los genios malignos, quienes utilizan su poder mediático para socavar la confianza y la decencia comunes, dicen querer que en lo esencial sus prédicas y modelos no sean atendidos, sino que de nuevo el sistema educativo suture las heridas abiertas. El sistema educativo termina por ser una panacea en la que, sin embargo, la gente bastantes veces no cree y apoya decididamente poco. Si transmite los valores comunes compitiendo con las verdaderas creencias familiares y con la capacidad entrópica de los medios masivos de comunicación y publicidad, afronta una tarea interminable.

Incúlquense en las aulas hábitos democráticos, respeto por la dignidad ajena, decisiones argumentadas —hágase esto incluso cambiando substancialmente las mismas formas jerárquicas de transmitir los saberes, lo que no es poca cosa— y todo se fragilizará si en el sistema global aparece el «ruido» suficiente: si lo que se oye allí, se niega en las prácticas familiares y se ridiculiza en las mediáticas. Cuando varias instancias normativas compiten con mensajes diferentes, ¿a quién se creerá? Aparece aquí el tema clásico de la anomia, que le debemos a Durkheim. Nuestra situación no es exactamente como la que él describía, sino que tenemos una versión diferente y nueva, que conocemos bien. La anomia durkheimiana se producía cuando se alteraban las solidaridades que vinculan a cada grupo social; entonces la realidad normativa comenzaba a desdibujarse y la gente principiaba a ser incapaz de determinar qué estaba bien o qué estaba mal. Nosotros damos por hecho que bastantes de los lazos sociales fuertes y rígidos del pasado, como los familiares o la posición de las mujeres, son ahora más dúctiles y vivir con ello no nos hace anómicos. Para nosotros el problema no reside en la alteración de las viejas y duras solidaridades: vivimos en un mundo que las ha dulcificado y nos gusta. Ya no pretendemos, por poner un único ejemplo, que la hija pequeña quede soltera, casta y amargada para que cuide a los ancianos padres; confiamos en instancias menos personalizadas y también menos abusivas. Pero conocemos otra anomia, la que surge de la pura diafonía normativa. El mareo moral de que todo da lo mismo producido por la suma constante de mensajes contrarios y contradictorios que nos martillea inmisericorde desde que nos despertamos: cientos de opinadores, que no conocemos, llenando el espacio sonoro con una cháchara continua en la que todo se mezcla; decenas de grupos interesados en hacer llegar su singular punto de vista sobre las cosas más dispares; instituciones relevantes y poderosas que se enfrentan dialécticamente unas a otras. Resumidamente, diafonía, mensajes que no armonizan, ruido. Somos el primer mundo histórico en que la diafonía ha sido y es una experiencia cotidiana y mediática para cada oyente. Hay muchas más palabras sueltas que nunca en el pasado. La diafonía produce anomia en nuestro mundo. Es uno de los precios costosos de la libertad. Y no puede prohibirse. Si existe, por respeto a la libertad de expresión, obligación democrática de soportarla, el problema entonces es cómo contrarrestarla.

Cultura y presupuesto

«Si hubiera más cultura...», se le oye decir a tanta gente cada vez que enfrenta una situación de desencaje normativo que le desagrada. Lo cierto es que en una democracia estable y rica hay bastante cultura, común y de élite, pero la que importa a quienes hacen esa invocación suele ser la que se traduce en hábitos de acción mutua, en civismo. Las relaciones entre la democracia y la cultura nos llevan de nuevo a la cultura de la democracia. En ella los derechos suponen deberes, por lo general, deberes de civismo. La queja fácil por la falta de cultura suele referirse a la falta de hábitos de civismo. Como escriben Camps y Giner48, «la democracia contribuye a formar demócratas, pero no lo hace automáticamente. De la misma forma que no basta con tener buenos hospitales para que haya salud, tampoco basta que haya instituciones democráticas para que haya civismo». En efecto, la intermediación es absolutamente necesaria. Se la tenemos endosada a la educación. De manera que a todos debe importarnos no sólo cómo funciona cuando surge algún problema, sino que funcione bien, esto es, que sea respetada y respetable, en la institución y en las personas que la sirven. De lo que España ha sido en un pasado no tan lejano sirve de muestra la sabida frase «pasar más hambre que un maestro de escuela», donde se sintetiza de modo desgarrado y admirable una de las mayores vergüenzas patrias: el desprecio y la inquina del absolutismo y el clericalismo por la educación. El empeño demócrata debe siempre seguir los pasos del regeneracionismo: darle un lugar central y rodearlo de respeto.

Lo que de sí da una democracia depende de su ciudadanía, y apunto que ésta tiene mucho que ver con el pago de los impuestos. Ése es otro género de cemento común que nos hace juzgar con mayor precisión los actos de los demás, sobre todo los de quienes tienen el poder. La cultura del dislate y el enriquecimiento rápido atenta contra el civismo. No es tolerable e indigna que algunos no tengan empacho en prevalerse de cargos' en los que los demás les hemos refrendado, porque no los pusimos en ellos para eso. La cultura de la democracia es una cultura de la responsabilidad, los deberes y la transparencia. Una cultura en que además las formas deben ser cuidadas.

La educación y el voto generalizados no han existido en ninguna forma de gobierno anterior, como ya quedó apuntado, pero los resultados que de ello se derivan son todavía incipientes y a veces extraños. La democracia es joven en general, y en algunos Estados, adolescente. En ella la plebe repunta de vez en cuando, con su escepticismo, anomia, egoísmo y cicatería. Y esta tendencia plebeya aparece por igual «entre los encumbrados y los humildes». Todos somos conscientes o debemos serlo del potencial de plebe que cada uno llevamos dentro. Sin embargo, hay un lugar en que no deberíamos tener empacho en mostrarlo porque se puede transformar en algo valioso: en la indagación del gasto. Se impone elevar la cicatería a civismo.

El interés por los usos de la caja común, tan de todos como la educación y el voto, es siempre bueno y legítimo. Y una correcta educación cívica debería procurar que se reforzara su inteligibilidad. Los ciudadanos tienen el derecho de que los presupuestos no les resulten esotéricos, ni se suponga que son para uso de especialistas en Hacienda. Y no es lo menos relevante conocer cuánto de esa caja común se gasta en la cultura común. Los montos presupuestarios son la mejor muestra del aprecio de un Estado por un asunto o una actividad. «Dignidad» también quiere decir dinero, racionalidad del gasto, buenas instalaciones, apoyo a las actividades. Eso es política democrática a largo plazo, más allá de eventuales alternancias en el poder. La cultura es así, de modo fehaciente y verdadero, garantía de la libertad.49 De nuevo y a través de las instituciones educativas necesitamos que se nos dote de habilidades necesarias en democracia: saber discernir entre lo que vemos, lo que comporta educar en el uso de los medios50, y saber leer las cuentas públicas, lo que implica una educación en derechos algo menos abstracta de la corriente.

Como ciudadanos y ciudadanas ejercientes y en lo que a cultura y democracia toca, debemos mantenernos en que no es cometido del Estado divertirnos, ni con proteccionismo inargumentado a las élites creativas apesebradas a quien ostente el poder, ni con subvenciones —generalmente mucho mayores— a los circenses masivos. Ni Luis de Baviera ni Magencio pasan el rasero cultural de lo conveniente. El deber primario del Estado es ampliar el consenso sobre los valores comunes y educarnos en las prácticas ciudadanas. Que el mecenazgo haga lo suyo por la excelencia, y el interés económico lo haga, si puede con algo menos abyecto que hasta el momento, por los ocios. Prudente y calculadamente la instancia común estatal debe compensar las deficiencias, pero nunca tomar como suyas estas áreas. Quien tiene derecho a su trabajo y preocupación es la cultura propia, esto es, la misma democracia haciéndose real en las prácticas civiles.
La democracia es un tipo de cultura que, precisamente porque corrige pautas antropológicas profundas y arcaicas de interrelación, necesita constantemente un elevado monto de acción y discurso. En ese sentido la democracia es diálogo. En efecto, hablamos y hablamos mucho, incluso en espacios no calculados para su lenguaje. La defensa institucional de la tolerancia bajo el cenotafio de un gran inquisidor es un ejemplo entre cientos y miles de los nuevos hábitos. Esta cultura del diálogo51 es el signo de los tiempos. Define ahora a la cultura de la democracia tanto o más que la regla de mayorías. Frente a la antigua oposición entre mayorías ineptas y minorías selectas, la democracia actual ha de buscar las mayorías informadas. Ése es su reto en el mundo de la cultura. Y en el de la educación, su parte práctica.

Lo viejo y lo nuevo, otra vez: creatividad, libertad de opinión y libertad de cátedra

No se me oculta que entre los docentes también hay casos aislados de facundia. Porque es cierto que enseñar al que no sabe es obra de misericordia y, de la misma manera, enseñar lo que no se sabe debiera estar penado por la ley. De vez en cuando saltan a los medios de comunicación noticias que sonrojan. Recuerdo que no hace tanto, tres o cuatro años, nos desayunamos con la pública befa de los textos de un profesor de la Universidad Complutense, de nombre principal Quintana (porque también utilizaba pseudónimos), que contenían lo que levemente se pueden considerar exabruptos e ideas más que erróneas a propósito de lo público, las mujeres, las minorías y todo lo que se imagine.

La publicidad de sus, digamos, libros y lecciones, puso sobre la mesa el pesado tema de la libertad de cátedra. No hay necesidad de entrar en el contenido de las opiniones, pintorescas y gansas, del docente Quintana. Que las mujeres son pérfidas, los negros gregarios, los socialistas envidiosos y en general cualquiera que se esfuerce por mejorar la realidad, un tarado, no son afirmaciones desconocidas. Lo irritante es que se avalen con la pompa académica. De tales opiniones sabemos que no son las mejores para fomentar la convivencia ni fundamentar el Estado de Derecho. Sabemos también que, tomadas como consignas políticas, han producido espantosos crímenes que avergüenzan a la humanidad toda. Incluso sabemos que no resisten el análisis de la más elemental prudencia, no sólo política, sino científica. Pero, insisto, ése no es el caso. El caso es que se fijen en libros de texto, que se transmitan dentro de la estructura autorizada de las clases magistrales, que se obligue por tanto a aprenderlas y repetirlas y, si llega el caso, compartirlas.

¿Sólo hay un docente en la enseñanza española, universitaria o media, que practica el esperpento? Probablemente no. De hecho yo conozco personalmente a otro par. Y probablemente cada uno tiene experiencia de alguno de estos «gerundios». Digo gerundios con razón, porque quiero recordar a nuestro ilustrado Isla, que en el siglo XVIII avisaba en su Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes de la existencia en cátedras y pulpitos de ingenios tergiversados y pervertidos, incapaces de edificar saber noble alguno y tocados por la extravagancia. Confusos que confundían a los que enseñaban y enseñaban a confundir. Leyendo a un predecesor de Isla, Torres de Villarroel, que dice lo mismo y da divertidos ejemplos, se llega a intuir que la universidad española, ya desde el Barroco, cuenta con una plantilla fija de dómines extemporáneos que cultivan lo que podríamos llamar la vena tosca-cañí, castiza, de la intemperancia patria. Son, por así decir, típicos. Otros, a menudo tan típicos como ellos pero mejor disimulados, les dejan hacer. Y nadie se mueve hasta que tales gerundismos y dislates no trascienden.52 En ese momento la «libertad de cátedra» se levanta para ampararlos. Sin embargo, si hay muestras suficientes de que el personaje en cuestión no guarda ya las formalidades mínimas de curso legal en la Academia, malamente puede entonces ampararle la libertad de cátedra que, por el contrario, supone respeto a estas formalidades.

Opiniones tergiversadas, o aun perversas, lo cierto es que puede mantenerlas cualquiera. O dicho en otros términos, no creo que nunca sea bueno restringir la libertad de opinión individual. Allá cada cual. La que sí debe normarse es la libertad de opinión organizada. No es lo mismo ser un racista, sexista y, en fin, un individuo del cretácico y estarse tranquilo en su casa haciéndoselo padecer sólo a los amigos y a la familia, que aquel que con semejante bagaje de ideas se una con otros para ver de imponérnoslas a todos. Un individuo, insisto, debe poder ser en su esfera individual, y si allí se lo permiten, todo lo majadero que dé de sí. No es loable, pero no es punible. El caso es muy otro si nos salimos de la esfera individual. En un aula, en una tribuna, en un parlamento, lugares todos ellos rodeados de dignidad, sólo quien respete al menos las apariencias de la dignidad puede ser admitido. Mal papel haríamos si no cuidáramos de que lo estrambótico no ocupe tales sedes.

La universidad, como cualquier institución, se inclina al corporativismo. En principio defiende y ampara a los suyos. Sin embargo, tal defensa no debe hacer que sea sorda a casos llamativos de gerundismo o incompetencia.53 La sociedad civil debe ser atendida cuando denuncia estas prácticas y, tras investigarlas, la institución universitaria debe dirimir responsabilidades. No puede tolerar que la libertad de cátedra las ampare. Probablemente no sean delictivas, pero son claramente insuficientes y carecen de la mínima solvencia universitaria. No se trata de legislar la libertad de cátedra. Seguramente la indefinición en que está es buena y en todo caso resulta mejor que una inquisición que siempre podría desviarse. Es algo mucho más simple: no permitir el esperpento allí donde debe por el contrario darse ejemplo de sabiduría y transmisión correcta del saber. Si es cierto que la verdadera sabiduría a veces tiene un ápice de extravagancia, no lo es que la mucha, sistemática y pura extravagancia tenga derecho a vestirse con la dignidad de la sabiduría. Y la responsabilidad de que esto no ocurra es de la universidad, de sus tribunales calificadores que dan la venia docendi, y de las instancias estatales que deben cuidar de que sea en efecto respetable lo que se hace en las sedes dignas de respeto.

De todos modos, no podemos cómodamente pensar que la responsabilidad intelectual se produce en un terreno en el que no hay otros jugadores que los que usan ideas y argumentos. El de las ideas es un campo de fuerzas en el que juegan también quienes tienen torpes propósitos, incluidos algunos actores que no en vano reciben el nombre de imperios mediáticos.

Éstos tienen capacidad de sobra para comprar plumas y pareceres. Y casi siempre lo hacen con perfecto conocimiento de causa. De ahí que ni su fuerza ni sus fines puedan ser tomados a la ligera: su capacidad de influencia en la opinión es casi tan grande como la que tienen en las propias instancias de poder. En realidad una y otra se realimentan. El poder desnudo no produce por sí mismo respeto, sino miedo, como ya nos enseñó Montesquieu, de modo que, casi desde que el mundo es mundo, se cubre con las galas de la sacralidad, de la autoridad. El saber, el prestigio, rodean con su aura y visten al rey más desnudo. Son necesarios. Ello nos ha de llevar a considerar con un poco más de rigor la responsabilidad de los intelectuales. Convendría bromear menos con el acervo común de valores y enseñar más a la ciudadanía en qué consisten. Habría que dedicar fuerzas intelectuales a agrandar el terreno de la común libertad, aunque semejante tarea no produjese ni diversión ni dividendos. Ser un poco menos esdrújulos y no desdeñar ni bromear con la sensatez de los valores que, con tantas penalidades, la humanidad ha venido a establecer.

Estoy convencida de que la ironía y aun la burla sobre lo comúnmente aceptado es un buen recurso en una situación cerrada y opresiva; es más, a veces, y lo sabemos españolas y españoles en carne propia, es el único recurso. Sin embargo, dudo mucho de que la receta tenga el mismo sentido y los mismos efectos en una situación abierta y libre. Reírse de las estridencias morales del clérigo de turno se ha hecho siempre y al menos ha tenido el resultado de despejarse un poco. Recuerdo a un poeta islámico de la alta Edad Media que escribía: «Me reprende el piadoso porque en ramadán me pescaron en la taberna por la mañana; pero, la verdad, este ramadán se me hacía tan triste que, inocente, pensé que ya era de noche.» A ciertos rechazados y malditos les debemos, si no grandes innovaciones morales, al menos el haber mantenido encendida la vela de la crítica en situaciones insoportables. Sin embargo, ¿dónde está la gracia del malditismo cuando es profesado contra la libertad común?

La puesta en solfa de la decencia y los valores compartidos por la democracia no es tal malditismo, en primer lugar porque no se corre ningún riesgo, sino que, por el contrario, su práctica reporta algún beneficio a los que lo protagonizan y bastantes más a quienes les ponen en el pulpito del público interés. La libertad de expresión los ampara. En “El escándalo de Larry Flint” el actor (Woody Harrelson) que encarna al empresario del porno repite una de las afirmaciones severas que avalan al personaje real: «La democracia nos hace tener que tolerar cosas con las que no estamos de acuerdo e incluso nos repugnan.» No obstante, me repetiré: nunca en los lugares donde se debe manifestar la presencia de los valores compartidos. Y éstos son, al menos, todos aquellos que se financian con los presupuestos públicos.

CAPITULO IV

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