Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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Waugh, Evelyn




Retorno a Brideshead

Brideshead revisited



Traducción de Caroline Phipps





COLECCIÓN ANDANZAS

6ª Edición

Isbn -84-7223-251-4

Título original: Brideshead revisited
1.ª edición: julio 1987

2.ª edición: septiembre 1987

3.ª edición: octubre 1987

4.ª edición: enero 1990

5.ª edición: abril 1991

6.ª edición: enero 1993
© 1945 by Evelyn Waugh
Traducción del inglés de Caroline Phipps

Diseño de la colección: Guillemot-Navares

Reservados todos los derechos de esta edición para

Tusquets Editores, S.A. - Iradier, 24, bajos - 08017 Barcelona ISBN: 84-7223-251-4

Depósito legal: B. 1.299-1993

Fotocomposición: Tecnitype - San Alejandro, 7 - 08031 Barcelona Impreso sobre papel Offset-F Crudo de Leizarán, S.A. - Guipúzcoa Libergraf, S.A. - Constitución, 19 - 08014 Barcelona Impreso en España






Andanzas
Retorno a Brideshead

Evelyn Waugh
El retorno de Charles Ryder a Brideshead —la elegante mansión de lord Marchmain, convertida ahora en cuartel— devuelve a su memoria aquellos tiempos, anteriores a la guerra, en que paseaba embelesado por sus hermosos jardines y salones y se dejaba sucumbir al hechizo de sus singulares habitantes. En realidad, nunca pudo Charles librarse de su ambigua amistad con el inquieto Sebastian, ni de su obsesivo amor por la hermana de éste, lady Julia, ni de la oscura y contradictoria fatalidad que dejó marcada para siempre la atribulada vida de los Marchmain con su huella de drama y desvarío.
Retorno a Brideshead, una de las novelas más importantes de la aclamada obra del célebre escritor inglés, fue motivo de una espléndida serie televisiva, interpretada entre otros, por Laurence Olivier, Claire Bloom y Stépahne Audran, que obtuvo un enorme éxito mundial.





Índice

Prefacio

Prólogo

Libro primero:

Et in Arcadia ego

Libro segundo:

Adiós a Brideshead
Libro tercero:

Tirando del hilo
Epílogo:

Retorno a Brideshead

A Laura

Yo no soy yo:

Tú no eres ni él ni ella: ellos no son ellos


Prefacio
Esta novela, reeditada ahora con numerosos añadidos de poca importancia y algunos recortes sustanciales, me hizo perder el escaso respeto de que había disfrutado entre mis contemporá­neos, y me introdujo en un extraño mundo de cartas de admi­radores y fotógrafos de prensa. El tema -la influencia de la gracia divina en un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente relacionados- era quizá de una am­bición inmoderada, pero no voy a pedir disculpas por eso. Menos satisfecho me siento de su forma, cuyos defectos más patentes pueden achacarse a las circunstancias en que la obra fue escrita.

Cuando en diciembre de 1943 me lancé en paracaídas, tuve la buena fortuna de sufrir una herida sin importancia que me proporcionó una temporada de descanso del servicio militar. Un comandante comprensivo la prolongó, y pude así permanecer sin destino hasta que terminé el libro, en junio de 1944. Escribí con una fruición que no era propia de mí, pero también con impa­ciencia para volver al combate. Era una época deprimente, de privaciones y continuas amenazas -la época de la sopa de judías y el lenguaje llano-, y en consecuencia el libro está teñido de un matiz de sibaritismo, de nostalgia por la buena comida y los buenos vinos, por los esplendores de un pasado reciente, y por un lenguaje retórico y adornado, que ahora, con el estómago lleno, encuentro de mal gusto. He modificado los pasajes más exagerados, pero no los he eliminado porque son una parte esencial del libro.

He estado dudando acerca del tratamiento del apasionado coloquio de Julia sobre el pecado mortal y del soliloquio de lord Marchmain en su lecho de muerte. Estos pasajes nunca deberían ser interpretados, naturalmente, como palabras en verdad pro­nunciadas. Pertenecen a una manera de escribir distinta de, por ejemplo, las primeras escenas entre Charles y su padre. Hoy no los incluiría en una novela que, en conjunto, se propone ser verosímil. Pero los he conservado muy próximos a su forma original porque, como el vino de borgoña y la luz de la luna, formaban parte esencial de mi humor en el momento de escribir; y también porque gustaban a muchos lectores, aunque ésa no sea una razón primordial.

En la primavera de 1944 era imposible prever el culto que ahora se rinde a la casa de campo inglesa. En aquella época, las mansiones ancestrales, que significaban nuestro mayor logro artístico, parecían condenadas a la decadencia y al expolio, como los monasterios en el siglo XVI. Quizá por eso me excedí en su defensa, pero lo hice con apasionada sinceridad. Hoy en día, el castillo de Brideshead estaría abierto a los turistas, manos ex­pertas habrían reordenado sus tesoros, y toda la tapicería se hallaría en un estado de conservación mejor que cuando perte­necía a lord Marchmain. Además, la aristocracia inglesa ha conservado su identidad hasta un punto que entonces parecía imposible. La ofensiva de Hooper y los suyos ha sido detenida en varios frentes. Esto hace que gran parte de este libro consis­ta en un discurso fúnebre ante un ataúd vacío. Pero resultaría imposible ponerlo al día sin destruirlo totalmente. Lo ofrezco a una generación de lectores jóvenes más bien como un recuerdo de la segunda guerra mundial que de los años veinte o treinta, en los que aparentemente se desarrolla la historia.

E. W.

Combe Florey, 1959
Prólogo
Cuando llegué a las líneas de la Compañía C, en la cima de la colina, me detuve y miré hacia el campamento, que empezaba a perfilarse claramente a mis pies bajo la neblina grisácea de la madrugada. Aquél era el día de la partida. Tres meses antes, cuando llegamos, el paraje estaba cubierto de nieve; ahora aso­maban las primeras hojas de la primavera. Entonces me había dicho que, cualesquiera que fueran las escenas de desolación que nos esperasen, nunca presenciaría ninguna más brutal que aquel panorama, y ahora me decía que no conservaba un solo recuerdo feliz del lugar.

Aquí, en efecto, acabaron los amores entre el ejército y yo.

Aquí morían también las líneas del tranvía, y los hombres que volvían bebidos de Glasgow podían dormitar en los asientos hasta que les despertara el final del trayecto. Quedaba un buen trecho entre la terminal del tranvía y las puertas del campamen­to: un cuarto de milla en el que los soldados podían abrocharse la guerrera y enderezarse la gorra antes de pasar por el cuerpo de guardia; un cuarto de milla en el que el cemento se convertía en hierba al borde de la carretera. Era el límite de la ciudad, donde terminaba el territorio cerrado y homogéneo de las urbanizacio­nes y los cines, y empezaba el campo.

El campamento se encontraba en tierras que muy poco antes habían sido de pasto y labranza; la granja seguía de pie en un repecho de la colina y allí habíamos instalado las oficinas del batallón; la hiedra sostenía aún lo que quedaba de los muros de un huerto de frutales; ahora el vergel se reducía a medio acre de viejos árboles mutilados detrás de los lavaderos. El lugar estaba predestinado a desaparecer incluso antes de que llegara el ejército. Un año más de paz y no hubieran quedado ni granja, ni muros, ni manzanos. Ya se extendía media milla de carretera de cemento entre desnudas laderas arcillosas, y, a cada lado del camino, una serie de zanjas abiertas señalaba el lugar donde los arquitectos municipales habían previsto una red de drenaje. Otro año de paz y aquel lugar se hubiera convertido en parte del suburbio colindante. Ahora los barracones en que habíamos invernado esperaban su turno para ser destruidos.

Al otro lado de la carretera, disimulado incluso en invierno tras la espesura de los árboles, se encontraba el manicomio municipal, blanco de tantos comentarios irónicos, cuyas nobles puertas y verjas de hierro forjado resaltaban lo mezquino de nuestro burdo alambre de espino. Cuando hacía buen tiempo, podíamos ver a los locos saltar y correr por los cuidados senderos de grava y el césped prolijamente sembrado; felices colabo­racionistas que se habían rendido en, una batalla desigual, resuel­tas todas las dudas, el deber cumplido, herederos indiscutibles de un siglo de progreso, que disfrutaban tranquilamente de la herencia. Al pasar desfilando delante de las verjas, los hombres gritaban saludos a los de dentro: «Guárdame la cama caliente, compadre, que no tardaré en haceros compañía», pero Hooper, mi recién incorporado jefe de pelotón, se quejaba de sus vidas privilegiadas:

-Hitler los mandaría a la cámara de gas -dijo-. Podríamos aprender un par de cosas de él.

Cuando llegamos aquí, mediado el invierno, traje una com­pañía de hombres fuertes y optimistas; cuando nos trasladamos desde los páramos a esta zona portuaria, había corrido la voz de que por fin estábamos en camino hacia el Oriente Medio. A medida que pasaban los días y empezábamos a quitar la nieve y aplanar el terreno para el campo de instrucción, vi cómo el desencanto de los hombres se convertía en resignación. Olisquea­ban el conocido aroma del pescado frito y aguzaban el oído para captar los sonidos familiares de tiempos de paz, las sirenas de las fábricas y las orquestas de los bailes. Los días de permiso andaban cabizbajos por las esquinas y se escabullían cuando se acercaba un oficial, porque temían quedar mal delante de sus nuevas amigas al tener que saludar. En las oficinas de la compañía crecía la lista de faltas leves, y había cada vez más solicitudes de permiso por asuntos personales. Los días empezaban a la media luz de la madrugada con el gimoteo del que se finge enfermo y la cara larga y la mirada fija del hombre agraviado.

Y yo, cuyo deber era darles ánimos, ¿cómo podía ayudarles si ni siquiera lograba ayudarme a mí mismo? Por entonces, sin que nosotros lo supiéramos, el coronel bajo cuyas órdenes está­bamos fue promovido a otro mando, y le sustituyó un hombre más joven y menos estimado que llegaba de otro regimiento. Ya quedaban pocos de la hornada de voluntarios que hicieron la instrucción juntos al estallar la guerra; por una razón u otra, casi todos habían desaparecido: algunos quedaron inválidos, otros fueron ascendidos o destinados a batallones distintos o puestos burocráticos; otros se presentaron voluntarios para los servicios especiales; uno logró matarse en el campo de tiro y a otro se le juzgó en consejo de guerra. Los puestos de todos ellos fueron ocupados por nuevos reclutas; en la sala de los oficiales, la radio sonaba sin cesar y se bebía mucha cerveza antes de la cena; ya nada era como antes.

Aquí, a la edad de treinta y nueve años, empecé a envejecer. Por la noche, cansado y dolorido, no tenía ganas de salir del campamento; comencé a reclamar derechos de propiedad sobre determinadas sillas y periódicos; acostumbraba beberme tres vasos de ginebra antes de cenar, ni más ni menos, y me acostaba inmediatamente después de las noticias de las nueve. Siempre me despertaba, inquieto, una hora antes de que tocaran diana.

Aquí murió mi último amor. No hubo nada de particular en la forma de su muerte. Sucedió un día, poco antes del último mío en el campamento, mientras yacía en la cama a la espera de que tocaran diana, en el barracón Nissen, con la mirada fija en la completa oscuridad, rodeado de la respiración profunda y los murmullos de mis cuatro compañeros, dándole vueltas en la cabeza a lo que tenía que hacer ese día: ¿había inscrito o no a dos cabos en el curso de adiestramiento de armas? ¿Me corres­pondería una vez más el mayor número de ausentes entre los que volvían de permiso? ¿Podía fiarme de Hooper para que llevara la clase de cartografía? Mientras esperaba en la oscuridad, me horrorizó percatarme de que algo dentro de mí había muerto silenciosamente tras un largo período de deterioro, y me sentí como el marido que, después de cuatro años de matrimonio, se da cuenta de repente de que ya no siente deseo, ternura ni aprecio por la mujer que una vez amó; ningún placer en su compañía, ningún interés en gustarle, ninguna curiosidad por nada que ella pudiera hacer, decir o pensar; ninguna esperanza de que las cosas se arreglen, ningún sentimiento de culpa por el desastre. Yo conocí todo esto, el triste compás de la desilusión marital; todo eso lo habíamos pasado juntos, el ejército y yo, desde los primeros galanteos intempestivos hasta ahora, cuando ya no nos quedaban más que los fríos lazos de la ley, el deber y la costumbre. Yo había representado todas las escenas del drama conyugal, había visto cómo las primeras rencillas se hacían cada vez más frecuen­tes, cómo las lágrimas afectaban menos, cómo las reconciliaciones eran menos dulces, hasta que todo ello engendraba un sentimien­to de despego y de crítica indiferencia, y la creciente convicción de que el culpable no era yo sino la amada. Percibía las discor­dancias de su voz y aprendí a escucharlas con recelo; capté la incomprensión tajante y resentida que se leía en sus ojos y el rictus obstinado y egoísta de la comisura de sus labios. Le conocí de la misma manera que se conoce a la mujer con la que se ha compartido la casa, un día sí y otro también, durante tres años y medio; conocí sus hábitos de desaliño, descubrí lo rutinario y mecánico de sus encantos, sus celos y su egoísmo. El encanta­miento había terminado y ahora la veía como a una antipática desconocida con la que me había unido indisolublemente en un momento de locura.

Así pues, aquella mañana del traslado, sentía una completa indiferencia por cuál pudiera ser nuestro destino. Seguiría ha­ciendo mi trabajo, pero sin más entusiasmo que el de la mera resignación. Nuestras órdenes eran subir a un tren a las 09.15, en una vía muerta cercana, con lo que quedaba de la ración del día en la mochila; era lo único que yo tenía que saber. El segundo oficial de la compañía había salido ya con un pequeño grupo de avanzada. Las provisiones de la compañía estaban en el tren desde el día anterior. Hooper había recibido órdenes de inspec­cionar las líneas férreas. A las 07.30 la compañía estaba formada con los petates amontonados delante de los barracones. Se habían producido muchas maniobras parecidas desde aquella mañana tan emocionante de 1940, cuando creímos equivocadamente que se nos destinaba a la defensa de Calais. Desde entonces, nos ha­bíamos trasladado tres o cuatro veces al año. Esta vez, nuestro nuevo comandante había llevado a cabo un desacostumbrado despliegue de «seguridad», y hasta se había preocupado de hacer quitar todos los distintivos de uniformes y vehículos. Lo llamaba «entrenamiento valioso, realizado en condiciones de servicio activo».

-Y si encuentro algunas de esas vivanderas en el lugar a donde nos dirigimos -dijo-, sabré que ha habido una filtración.

El humo de las cocinas se desvanecía en la neblina y el campamento se revelaba como un laberinto de atajos sin ninguna planificación, superpuesto sobre las obras iniciales de un proyecto de viviendas, como si mucho tiempo después las hubiera desen­terrado un equipo de arqueólogos.
Los yacimientos Pollock nos proporcionan una conexión de incalculable valor entre las comunidades de ciudadanos-­esclavos del siglo xx y la anarquía tribal que habría de sucederlas. Podemos observar aquí a un pueblo de cultura avanzada, capaz de realizar un complejo sistema de drenaje y de construir carreteras permanentes, conquistado por una raza inferior.

De esta forma, pensé, podrían escribir los eruditos del futuro; y aparté la vista para saludar al sargento mayor de la compañía:

-¿Está por ahí el señor Hooper?

-No lo he visto en toda la mañana, señor.

Nos dirigimos a las desmanteladas oficinas de la compañía, donde descubrí que se había roto una ventana después de estar cerrado el libro de registro de daños.

-El viento de esta noche, señor -dijo el sargento mayor.

(Se atribuían todos los destrozos a eso, o bien a «ejercicios de zapadores, señor».)

Apareció Hooper; era un joven cetrino con el cabello peinado hacia atrás, sin raya, y con un claro acento de las Midlands; llevaba dos meses en la compañía.

Hooper no caía bien a los soldados porque no dominaba su trabajo y a veces les trataba individualmente de «George» durante los descansos en la instrucción, pero yo experimentaba por él un sentimiento casi de afecto, sobre todo después de un incidente ocurrido la primera noche que compareció en la sala de oficiales.

Por entonces, hacía menos de una semana que el nuevo coronel estaba con nosotros y aún no lo conocíamos bien. Había aguantado a pie firme varias rondas de ginebra en la cantina y, cuando se fijó en Hooper por primera vez, estaba un poco alborotado.

-Aquel joven oficial es de los suyos ¿verdad, Ryder? -me preguntó-. Necesita un buen corte de pelo.

-Es verdad, señor -le dije. Era verdad-. Me ocuparé del asunto.

El coronel bebió otro trago de ginebra y, mirando fijamente a Hooper, comentó en voz alta:

-¡Dios mío; vaya oficiales nos mandan ahora!

El coronel estaba obsesionado con Hooper aquella noche. Después de cenar, dijo de repente y en voz muy alta:

-En mi antiguo regimiento, si un oficial joven se hubiera presentado así, los demás alféreces le hubieran cortado el pelo por las buenas o por las malas.

Nadie mostró el más mínimo entusiasmo por ese deporte y nuestra indiferencia pareció enfurecer al coronel.

-Usted -dijo, dirigiéndose a un buen muchacho de la Compañía A-, vaya a buscar unas tijeras y córtele el pelo a ese joven oficial.

-¿Es una orden, señor?

-Es el deseo de su comandante y, que yo sepa, no hay mejor orden que ésa.

-Muy bien, señor.

Y así, en un ambiente tenso de vergüenza ajena, Hooper se sentó en una silla mientras le practicaban unos tímidos cortes en los mechones de la nuca. Al empezar la operación me marché de la sala, y más tarde pedí disculpas a Hooper por aquella recepción.

-No suelen ocurrir estas cosas en el regimiento -aclaré.

-Bah, no te preocupes -dijo Hooper-, sé aguantar las bromas.

Hooper no se hacía ilusiones con respecto al ejército o, mejor dicho, no se hacía la menor ilusión de que la milicia se destacara de la niebla gris a través de la cual contemplaba el universo entero. Había llegado al ejército sin entusiasmo, a la fuerza, después de hacer lo poco que estaba en sus manos para conseguir una prórroga. Lo aceptaba, decía, «como el sarampión». No era ningún romántico. De chico, jamás montó el caballo de Ruperto* 1 ni se sentó entre las fogatas a orillas del Xanthos;**2 a la edad en que a mí lo único que me hacía llorar era la poesía -ese período estoico que nuestras escuelas insertan entre la lágrima fácil del niño y el hombre- Hooper había llorado a menudo, pero nunca por el discurso del rey Enrique V en la función del día de San Crispín, ni por el epitafio de las Termópilas. En la historia que le habían enseñado, no se mencionaban demasiadas batallas pero, en cambio, abundaban los detalles sobre la legis­lación humana y las recientes transformaciones industriales. Gallípoli, Balaclava, Quebec, Lepanto, Bannockburn, Roncesvalles y Maratón; nada significaban estas batallas para Hooper, ni la del Oeste en la que cayó Arturo ni tampoco cientos de nombres cuyas resonancias de clarín -en el estado de apatía y desconcierto en el que yo estaba-, me llamaban irresistiblemente a través de los años con toda la claridad y fuerza de la juventud.

Rara vez se quejaba. Aunque fuera hombre al que no se le podía confiar la tarea más sencilla, tenía un respeto absoluto por la eficacia, y, refiriéndose a su modesta experiencia comercial, criticaba a menudo el sistema de pagos y abastecimientos del ejército y el uso del concepto «trabajo de un hombre por hora»:

-Así no llegarían muy lejos en los negocios.

Hooper siempre dormía como un tronco mientras que mis nervios me impedían descansar.

En las semanas que estuvimos juntos, se convirtió a mis ojos en un símbolo de la «Joven Inglaterra» y, cada vez que leía un discurso público en el que se proclamaba el Futuro que exigía la juventud, y lo que el mundo debía a la juventud, comproba­ba la validez de esas generalizaciones procediendo a la sustitu­ción de «Juventud» por «Hooper». Y así, durante la hora sombría que precedía al toque de diana, a veces rumiaba: «Concentracio­nes Hooper», «Albergues Hooper», «Organización de coopera­ción Hooper» y «la Religión de Hooper». Hooper significaba la prueba de ácido de todas estas aleaciones.

Si en algo Hooper había cambiado, era en ser aun menos marcial que cuando salió del curso de formación de oficiales. Aquella mañana, cargado con el equipo completo, no parecía humano. Se cuadró con una especie de paso de baile y se llevó a la frente una mano enguantada de lana.

-Sargento mayor, quiero hablar con el señor Hooper... ¿Dón­de diablos te habías metido? Te dije que inspeccionaras las vías.

-¿Llego tarde? Lo siento. Estaba haciendo el equipaje.

-Para eso tienes un asistente.

-Bueno, sí, supongo que rigurosamente así es. Pero ya sabes lo que pasa. El tenía cosas que hacer. Si te pones a malas con estos chicos, se las arreglan para hacerte la pascua.

-Bueno, vete ahora mismo a inspeccionar las vías.

-A la carrera.

-Y por el amor de Dios no digas «a la carrera».

-Lo siento. De verdad que intento acordarme. Pero se me escapa.

Al marcharse Hooper, volvió el sargento mayor.

-El comandante viene ya por el camino, señor -me dijo. Salí a su encuentro.

Gotas de sudor perlaban los pelos erizados de su bigotito rojo. -¿Todo en orden por aquí?

-Creo que sí, señor.

-¿Cree? Su deber es saberlo.

Sus ojos repararon en la ventana rota.

-¿Lo han apuntado en el registro de daños? -Aún no, señor.

-¿Aún no? Me pregunto qué hubiera ocurrido si yo no lo hubiera visto.

Se sentía incómodo conmigo, y su bravata tenía mucho de timidez, pero no por ello me caía mejor.

Me llevó por detrás de los barracones a una alambrada que separaba mi zona de la del pelotón de transporte, la saltó ágilmente y se dirigió a una zanja cubierta de maleza que había servido originalmente como límite de los terrenos de la granja. Empezó a escarbar con su bastón como un cerdo en busca de trufas y, de repente, lanzó un grito triunfal. Había descubierto uno de aquellos depósitos de basura, tan arraigados en el concepto de orden del soldado raso: un palo de escoba, una tapa de estufa, un cubo completamente oxidado, un calcetín y una barra de pan asomaban por debajo de los arbustos y ortigas, entre paquetes de cigarrillos y latas vacías.

-¡Fíjese en esto! -dijo el comandante-. ¡Vaya impresión vamos a causar al regimiento que nos reemplace! -Esto no está nada bien -admití.

-Es una vergüenza. Encárguese de quemarlo todo antes de abandonar el campamento.

-Muy bien, señor. Sargento mayor, vaya al pelotón de co­municaciones y dígale al capitán Brown que el comandante quiere ver limpia esta zanja.

Me pregunté si el coronel aceptaría aquel desaire; él también se lo preguntaba. Permaneció un momento indeciso, hurgando con el bastón en la basura de la zanja. Luego dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas.

-No debió hacer eso, señor -comentó el sargento mayor, que había sido mi guía y sostén desde que llegué a la compañía-. Se lo digo en serio.

-No era nuestra basura.

-Quizá no, señor. Pero ya sabe lo que pasa. Si uno se pone a mal con los superiores se las arreglan para fastidiarle en otras cosas.
Cuando pasamos por delante del manicomio, dos o tres de los locos más viejos farfullaron algunas palabras y esbozaron amables muecas a través de las rejas.

-Hasta luego, amigos, ya nos veremos; no tardaremos en volver; mantened esos ánimos... -les gritaban los hombres.

Yo marchaba con Hooper a la cabeza del pelotón de van­guardia.

-Oye ¿tienes alguna idea de adónde vamos?

-En absoluto.

-¿Crees que esta vez va en serio?

-No.

-¿Alguien se ha puesto nervioso?

-Sí.

-Todos dicen que esta vez va en serio. La verdad es que no sé qué pensar. Parece tonto, ¿verdad?, tanta instrucción y tanto entrenamiento si no vamos a entrar en acción...

-Yo no me preocuparía. Cuando toque habrá suficiente para todos.

-Bueno, tampoco quiero demasiada acción. Sólo para decir que he participado.

En el andén nos estaba esperando un tren de anticuados vagones, al mando de un oficial de transporte. Un grupo de soldados con uniforme de faena estaba trasladando los últimos petates desde los camiones al furgón de equipajes. Media hora más tarde estábamos listos para partir. Partimos al cabo de una hora.

Mis tres jefes de pelotón y yo teníamos un compartimiento para nosotros solos. Ellos comían bocadillos y chocolate, fumaban y dormían. Ninguno se había llevado un libro. Durante las primeras tres o cuatro horas se fijaban en los nombres de los pueblos por los que pasábamos y se asomaban por las ventanillas cuando, como ocurría a menudo, parábamos entre dos estaciones. Luego perdieron interés. Al mediodía y al anochecer nos sirvieron unos tazones de cacao tibio. El tren avanzaba lentamente hacia el sur a través de un paisaje llano y monótono.

La «Reunión de órdenes de campaña» convocada por el coronel fue el acontecimiento más relevante del día. Nos reu­nimos en el compartimiento del coronel a petición de un orde­nanza y los encontramos a él y a su ayudante con el casco de acero puesto y cargados con todo el equipo. Lo primero que dijo fue:

-Esto es una «Reunión de órdenes de campaña» y deberían asistir con la indumentaria apropiada. El hecho de encontrarnos a bordo de un tren no debe influir para nada.

Creí que nos iba a mandar de nuevo al compartimiento, pero, tras dirigirnos una mirada feroz, dijo:

-Siéntense. El campamento quedó en un estado lamentable. Por todas partes encontré muestras claras de que los oficiales no cumplen con su deber. El estado en que se deja un campamento es la mejor prueba de la eficacia de los oficiales de un regimiento. El buen nombre de un batallón y de sus mandos se basa en cosas como ésa. Y -¿lo dijo de verdad o me estoy inventando las palabras para expresar la indignación que traducían su voz y su mirada?- no tengo la menor intención de ver comprometida mi reputación por la incuria de unos cuantos oficiales tempo­rarios.

Nos sentamos, con un lápiz y una libreta a punto para anotar los detalles de nuestras próximas tareas. Un hombre más sensible hubiera advertido que no había logrado impresionarnos lo más mínimo; quizá sí lo había advertido porque, en el tono petulante de un maestro de escuela, añadió:

-Lo único que pido de ustedes es su leal cooperación. -Luego miró sus notas y leyó-: Ordenes de campaña. Infor­mación: el batallón se encuentra en tránsito entre el Emplaza­miento A y el Emplazamiento B. Es un movimiento de tropas significativo y puede ser objeto de bombardeo o ataque de gas por parte del enemigo. Intención: mi intención es llegar al Emplazamiento B. Método: el tren llegará a destino a las 23.15 aproximadamente...

Y así prosiguió su exposición.

El golpe vino al final, en el apartado «Administración». La Compañía C, menos un pelotón, tenía la responsabilidad de descargar el tren al llegar a la vía muerta, donde estarían esperando tres camiones de tres toneladas, para trasladar el

equipo del batallón al depósito provisional del nuevo campamen­to; el trabajo debía continuar hasta acabar; el pelotón montaría guardia en el depósito provisional y colocaría centinelas en el perímetro de la zona del campamento.

-¿Alguna pregunta?

-¿Se podría repartir cacao al grupo de trabajo?

-No. ¿Más preguntas?

Cuando le transmití las órdenes, el sargento mayor me dijo:

-Pobre Compañía C, ¡le ha vuelto a tocar la peor parte!

Y yo sabía que esto era un reproche por haberme granjeado la animadversión del coronel.

Transmití las órdenes a los jefes de pelotón.

-Creo que no va a ser nada agradable decírselo a los mu­chachos -manifestó Hooper-, les va a fastidiar mucho. Parece que siempre nos elige a nosotros para los peores trabajos.

-Tú montarás guardia.

-Bien. Pero vamos a ver ¿cómo voy a localizar el perímetro en la oscuridad?

Poco después de haber bajado las cortinas negras, nos sobre­saltó un ordenanza que caminaba lúgubremente a lo largo del tren, provisto de una carraca. Uno de los sargentos, que era hombre de mundo, anunció: Deuxiéme service.

-Nos atacan con gas de mostaza -dije-. Comprueben si las ventanas están bien cerradas.

Luego escribí un conciso informe explicando que no habíamos sufrido ninguna baja y que nada había quedado contaminado; que los hombres habían recibido órdenes de desinfectar el exterior del vagón antes de bajar del tren. Por lo visto, el informe dejó satisfecho al coronel y ya no volvió a molestarnos. Después de anochecer, todos dormimos.

Finalmente, muy tarde ya, llegamos al apeadero. El entrena­miento de seguridad en condiciones de servicio activo nos en­señaba que era preferible evitar las estaciones y los andenes. El desnivel entre el estribo del tren y el balasto de las vías propiciaba el desorden y las caídas en la oscuridad.

-A formar en la carretera, debajo del terraplén. Parece que la Compañía C se lo toma con mucha calma, como siempre, capitán Ryder.

-Sí, señor. Tenemos un pequeño problema con la lejía.

-¿La lejía?

-Para desinfectar el exterior de los vagones, señor.

-Ah. Muy concienzudo por su parte, no lo dudo. Déjenlo ya y dense prisa.

Mis hombres, soñolientos e irritados, estaban formando en la carretera. El pelotón de Hooper no tardó en alejarse, marcando el paso en la oscuridad. Encontré los camiones, organicé las hileras de hombres para pasar los pertrechos de mano en mano terraplén abajo, y los soldados se animaron un poco al ver que estaban haciendo algo que parecía tener una aparente finalidad. Trabajé con ellos durante la primera media hora; después lo dejé para ir al encuentro del segundo oficial de la compañía, que bajaba con el primer camión de vuelta.

-No está tan mal el campamento -dijo-; una gran casa particular con dos o tres lagos. Con un poco de suerte podremos cazar patos. El pueblo tiene una taberna y una estafeta de correos. No hay ninguna ciudad a varias millas a la redonda. He podido conseguir un barracón para nosotros dos.

A las cuatro de la madrugada terminamos el trabajo. Salí en el último camión; marchábamos por tortuosas veredas, y las ramas bajas de los árboles azotaban el parabrisas; no sé dónde dejamos la vereda para adentrarnos en una calzada, e ignoro asimismo cuándo llegamos a un espacio abierto en el que con­vergían dos calzadas y un círculo de linternas señalaba el em­plazamiento de un montón de provisiones. Allí descargamos el camión y, por fin, fuimos conducidos por los guías hasta nuestros barracones bajo un cielo sin estrellas y una fina llovizna.
Dormí hasta que me despertó mi asistente. Me levanté fa­tigado, me vestí y afeité en silencio. Al alcanzar la puerta me acordé de preguntarle a mi segundo oficial:

-¿Cómo se llama este sitio?

Me lo dijo y, en ese mismo instante, fue como si alguien hubiera apagado la radio y una voz que había estado ensorde­ciendo días y días mis oídos, incesante, necia, hubiera callado de repente. Siguió un inmenso silencio, al principio total, pero, gradualmente, a medida que mis maltrechos sentidos recobraban sus fueros, se fue llenando de una multitud de sonidos dulces, naturales, y largamente olvidados. Tan familiar me era aquel nombre, tan mágico me resultaba su poder ancestral que, al conjuro de su mero sonido, los fantasmas de aquellos últimos años hechizados empezaron a desvanecerse.

Salí aturdido del barracón. Había escampado, pero las nubes

se cernían, bajas y densas, sobre nuestras cabezas. Era una mañana tranquila y el humo de las cocinas del campamento ascendía en línea recta hacia el cielo plomizo. Un camino para carros, bien cuidado antaño, luego invadido por la hierba y ahora convertido en un cenegal, contorneaba la colina y se perdía de vista tras el recodo; a cada lado del camino se extendía el fortuito desorden de planchas de hierro ondulado del que surgían los traqueteos y voces, los silbidos y berridos, la algarabía zoológica del batallón que iniciaba un nuevo día. A lo lejos, veía un exquisito paisaje familiar, obra de la mano del hombre. Era un lugar recogido, en el regazo de un valle sinuoso. Nuestro campamento se alzaba a lo largo de una ligera pendiente. En­frente, el prado aún inviolado llegaba hasta el horizonte próximo, y en medio corría un riachuelo: se llamaba Bride y nacía a menos de dos millas, en una granja llamada Bridesprings, adonde tantas veces habíamos ido a merendar. Más abajo, el arroyo se volvía río caudaloso, antes de que sus aguas desembocaran en las del Avon. El cauce había sido represado para formar tres lagos: uno de ellos no era más que una charca entre los juncales, pero los otros, más espaciosos, reflejaban las nubes y las solemnes hayas de sus márgenes. Los bosques eran de robles y hayas: los robles, grises y desnudos; las hayas, ligeramente salpicadas del verde de las yemas que comenzaban a aflorar. Las arboledas formaban un cuadro sencillo y cuidadosamente diseñado, gracias a los claros y los amplios espacios verdes -¿seguirían pastando los corzos allí?-; y para que la vista no deambulara sin rumbo fijo, en el borde del lago se alzaba un templo dórico y un arco cubierto de hiedra se tendía sobre la presa inferior. Todo había sido con­cebido y plantado siglo y medio atrás, para que nuestra época pudiera contemplar el esplendor de su madurez. Desde donde estaba, un manchón verde me ocultaba la casa, pero yo sabía muy bien cómo y dónde se alzaba, cómo reposaba entre los limeros, cual un ciervo apostado sobre los helechos.

Hooper se acercó y me saludó con su tan imitado pero inimitable saludo. Traía la cara gris de la guardia nocturna y aún no se había afeitado.

-La Compañía B nos ha relevado. He mandado a los mu­chachos a que se laven un poco.

-Bien.

-La casa está allí, al doblar la esquina.

-Sí.

-El cuartel general de la brigada llega la semana que viene. Esta casa es un barracón de primera. He estado husmeando un poco. Demasiados adornos, diría yo. Y una cosa muy rara: hay una especie de templo católico anexo a la casa. He mirado dentro y estaban oficiando alguna ceremonia; no había más que un sacerdote y un anciano. Me sentí un poco fuera de lugar. Es más tu mundo que el mío.

Debía parecerle que no le escuchaba y, con un último esfuerzo para despertar mi interés, dijo:

-También hay una espantosa fuente delante de las escaleras, descomunal, hecha de rocas y de todo tipo de animales de piedra. Nunca habrás visto nada igual.

-Sí, Hooper, la he visto. He estado antes aquí.

Desde las profundidades de la mazmorra de mi vida, mis palabras parecían volver enriquecidas hacia mí.

-Ah, bueno. Entonces sabes perfectamente cómo es. Voy a arreglarme un poco.

Había estado antes allí... Lo conocía todo muy bien.

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