Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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fecha de publicación26.12.2015
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Fue idea de mi mujer inaugurar la exposición un viernes.

-Esta vez vamos a atraer la atención de los críticos -dijo-. Ya es hora de que empiecen a tomarte en serio, ellos bien lo saben. Es su oportunidad. Si inauguras el lunes, la mayoría de ellos acabarán de llegar del campo y se limitarán a redactar unas líneas de prisa y corriendo antes de salir a cenar. Naturalmente sólo me preocupan los semanarios. Si tienen todo el fin de semana para pensarlo, su actitud será cortés, la de señores que pasan el domingo en el campo. Se pondrán cómodos después de una buena comida, se subirán las mangas y escribirán con toda tranquilidad un bonito artículo que más tarde volverán a publicar en un libro elegante. Esta vez no nos contentaremos con menos.

Viajó a Londres varias veces desde la vieja rectoría durante el mes de preparativos, para revisar la lista de invitaciones y ayudar a colgar los cuadros.

La mañana de la inauguración llamé a Julia y le dije:

-Ya estoy harto de los cuadros y me gustaría no volverlos a ver nunca más, pero supongo que tendré que hacer acto de presencia.

-¿Quieres que vaya?

-Preferiría que no lo hicieras.

-Celia añadió a nuestra invitación: «Trae a todo el mundo» escrito en tinta verde -dijo Julia-. ¿Cuándo nos vemos?

-En el tren. Podrías recoger mi equipaje.

-Si te das prisa te recogeré a ti también y te dejaré en la galería. Tengo hora con la modista a las doce, y es al lado mismo.

Cuando llegué a la galería, mi mujer estaba junto a la ventana mirando la calle. Detrás de ella, media docena de amantes del arte iba de un lienzo a otro, catálogo en mano; era gente que alguna vez había comprado tal vez un grabado en boj y, en consecuencia, figuraba en la lista de los patrocinadores de la galería.

-Nadie ha llegado todavía -dijo mi mujer-. Llevo aquí desde las diez y ha sido muy aburrido. ¿De quién era ese coche en el que has venido?

-De Julia.

-¿Julia? ¿Por qué no la has traído? Es curioso, acabo de hablar sobre Brideshead con un hombrecito muy raro que parece conocernos muy bien a todos. Dice llamarse Samgrass. Por lo visto es uno de esos jóvenes maduros que trabajan para lord Copper en el Daily Beast. Intenté insinuarle algún párrafo para su artículo, pero parecía conocerte mejor que yo. Dijo que te había conocido hace años en Brideshead. Ojalá hubiera entrado Julia. Le podríamos haber preguntado quién es.

-Me acuerdo perfectamente de él. Es un ventajista.

-Eso se notaba a la legua. Hablaba todo el rato sobre lo que él llama «la pandilla de Brideshead». Por lo visto Rex Mottram ha transformado el lugar en un nido de sedición partidista. ¿Lo sabías? ¿Qué habría pensado Teresa Marchmain?

-Voy allí esta noche.

-Esta noche no; esta noche no puedes ir. Te esperan en casa. Prometiste que tan pronto estuviera lista la exposición vendrías a casa. Johnjohn y Nanny han preparado una gran bandera de bienvenida. Y todavía no has visto a Caroline.

-Lo siento. Ya está todo convenido.

-Además, papá se extrañará muchísimo. Boy viene a casa el domingo. Y tampoco has visto el estudio nuevo. No puedes ir esta noche. ¿Me han invitado a mí?

-Naturalmente, pero yo sabía que no podías venir.

-Ahora no puedo. Podría haber ido, si me lo hubieras dicho antes. Me hubiese encantado ver a la «pandilla de Brideshead» en su propio ambiente. Creo que eres muy antipático, pero no es el momento para una pelea de familia. El duque y la duquesa de Clarence prometieron pasar antes del almuerzo, y pueden llegar en cualquier momento.

Fuimos interrumpidos, sin embargo, no por la realeza, sino por la reportera de uno de los periódicos de más tiraje, que vino a nuestro encuentro acompañada por el director de la galería. No había venido para ver los cuadros sino para conseguir «una historia de interés humano» sobre los peligros de mi viaje. La dejé con mi esposa, y al día siguiente leí en su periódico: «Charles Casas señoriales Ryder se aventura por tierras desconocidas. Que las serpientes y vampiros de la selva no tienen nada que envidiar a Mayfair es la opinión del artista de la alta sociedad Ryder, quien ha sustituido las casas de los grandes por las ruinas de Africa ecuatorial...».

La galería empezaba a llenarse, y tuve que dedicarme a mostrarme sociable. Mi mujer estaba en todas partes saludando, presentando unos a otros, transformando hábilmente a la múl­tiple asistencia en una fiesta. Vi cómo llevaba a los amigos, uno tras otro, hasta la lista de suscriptores que se había abierto para el libro América latina de Ryder. Oí cómo decía:

-No, querida, a mí no me sorprenden en absoluto, pero, claro, es natural ¿verdad? Verás, Charles vive sólo para una cosa: la Belleza. Creo que llegó a aburrirle verla con tanta abundancia por aquí, en Inglaterra; tenía que ir a crearla por sí mismo. Necesitaba conquistar nuevos mundos. Después de todo, ya ha dicho todo lo que hay que decir de las casas de campo ¿no es cierto? Y esto no significa que lo haya dejado del todo; estoy segura de que siempre estará dispuesto a pintar una o dos más para los amigos.

Un fotógrafo nos unió, nos lanzó un destello de luz en la cara, y nos dejó libres, a cada uno por su lado.

Al cabo de un rato, se hizo sentir una especie de silencio y un movimiento de gente que se apartaba, como suele ocurrir al hacer su entrada un grupo real. Vi cómo mi mujer hacía una reverencia y la oí decir:

-Oh, sir qué amable es...

Y luego me llevaron a su presencia, y el duque de Clarence comento:

-Me imagino que haría mucho calor en esos parajes.

-Mucho, sir.

-Es increíble la impresión de calor que ha logrado. Me hace sentirme muy incómodo con este abrigo.

-Ja, ja.

Cuando se hubieron marchado, mi mujer exclamó:

-¡Dios mío! Vamos a llegar tarde al almuerzo. Margot da una fiesta en tu honor.

Y en el taxi propuso:

-Se me acaba de ocurrir algo. ¿Por qué no le escribes a la duquesa de Clarence y le pides permiso para dedicarle a ella América latina?

-¿Y por qué habría de hacerlo?

-A ella le encantaría.

-No había pensado dedicárselo a nadie.

-¿Lo ves? Eso es muy típico de ti, Charles. ¿Por qué des­perdiciar la ocasión de tener una gentileza?

Había una docena de invitados en el almuerzo y aunque la anfitriona y mi esposa querían pensar que habían acudido a mi homenaje, la verdad era que la mitad de ellos ni siquiera sabía nada de mi exposición y estaban allí porque los habían invitado y no tenían ningún otro compromiso. Durante todo el almuerzo hablaron, sin interrupción, de la señora Simpson; pero todos, o casi todos, volvieron con nosotros a la galería.

La hora de después del almuerzo era la de más actividad. Había representantes de la Tate Gallery y del Fondo para Co­lecciones Nacionales de Arte, que prometieron volver pronto con sus colegas y entretanto se reservaban algunos cuadros para poder decidir con más tiempo si les interesaban. El crítico de mayor influencia, que en el pasado me había zaherido con algunas recomendaciones hirientes, me miró con fijeza a los ojos entre el ala colgante de su sombrero y su bufanda de lana y dijo:

-Sabía que lo llevaba dentro. Lo vi claramente. Lo he estado esperando.

De todos los labios, elegantes o no, oí fragmentos de ala­banzas:

-Si me hubieran dicho que adivinara el autor -alcancé a oír-, Ryder es el último nombre que se me hubiera ocurrido. Son tan viriles, tan apasionados...

Todos estaban convencidos de que habían descubierto algo nuevo. No había ocurrido lo mismo en mi exposición anterior, celebrada en estas mismas salas, poco antes de irme al extranjero. En aquella ocasión, la conversación se había centrado menos en mí que en las casas: anécdotas de sus propietarios. Esa misma mujer, que ahora aplaudía mi virilidad y mi pasión, había sen­tenciado entonces, delante de un lienzo que me había costado horas de laborioso trabajo: «¡Qué superficial!».

Recordaba aquella exposición por otro motivo. Fue la semana en que descubrí que mi mujer me era infiel. Entonces, al igual que ahora, era la anfitriona infatigable, y me acuerdo de que dijo:

-Ahora, cada vez que veo una cosa hermosa, un edificio o un paisaje, pienso: «Eso lo ha hecho Charles». Veo todo a través de sus ojos. Para mí, él es Inglaterra.

Era la clase de cosas que solía decir. A lo largo de toda nuestra vida matrimonial, una y otra vez había sentido cómo se me encogía el estómago al oír las cosas que ella decía. Pero aquel día, en esta misma galería, no me afectaban sus palabras y, de repente, me di cuenta de que ya no podía hacerme más daño, nunca más. Era un hombre libre; con su breve y furtivo desliz, me había entregado mi manumisión. Mis cuernos de marido engañado me habían convertido en señor de la selva.

Al final del día, mi mujer dijo:

-Querido, tengo que irme ya. Ha sido un gran éxito ¿verdad? Pensaré en algo que decir en casa, pero hubiera preferido que las cosas salieran de otra manera.

«Así que ya lo sabe», pensé. «Es muy lista. Ha estado ras­treando desde el almuerzo y ha hallado la pista.»

Dejé que se marchara y estuve a punto de seguirla. Las salas estaban casi vacías cuando oí una voz en la puerta giratoria de entrada, una voz que no había oído en muchos años; un inol­vidable tartamudeo estudiado, una cadencia aguda de protesta.

-No, no he traído la tarjeta de invitación. Ni siquiera sé si la he recibido. No he venido a una reunión mundana. No vengo con el propósito de entablar amistad con lady Celia. No quiero que salga mi fotografía en el Tatler. No he venido para exhi­birme. He venido a ver los cuadros. Quizá usted ignore que aquí hay unos cuadros. Ocurre que tengo un interés personal en el artista, si es que esta palabra significa algo para usted.

-Antoine -dije-, adelante.

-Querido, aquí hay un esperpento que piensa que me quiero colar. Llegué ayer a Londres, y me enteré por pura casualidad durante el almuerzo de que celebrabas una exposición, así que, naturalmente, he venido al templo para rendir homenaje. ¿He cambiado? ¿Me reconocerías? ¿Dónde están los cuadros? Déjame que te los explique.

Anthony Blanche no había cambiado desde la última vez que le había visto ni tampoco, ciertamente, desde la primera. Atra­vesó la sala a paso ligero hasta el lienzo más llamativo -un paisaje selvático-, se detuvo un momento, con la cabeza incli­nada como un terrier perspicaz, y preguntó:

-¿Dónde, mi querido Charles, encontraste este follaje tan exuberante? ¿En el rincón de un invernadero en T-t-trent o T­t-tring? ¿Quién fue el pródigo avaro que cultivó estas frondas para tú provecho?

Entonces recorrió las dos salas; una o dos veces suspiró profundamente; el resto del tiempo guardó silencio. Al acabar, suspiró una vez más, con más sentimiento, y dijo:

-Y, sin embargo, me dicen, querido, que eres feliz en amores.

Es lo más importante ¿no es cierto? O casi.

-¿Tan malos son?

Anthony bajó la voz hasta que no fue más que un susurro agudo:

-Querido, no vamos a descubrir tú pequeña impostura de­lante de esta gente tan buena y sencilla. -Echó una mirada de conspirador en dirección a los últimos que quedaban en la sala.- No vamos a estropear su inocente placer. Sabemos, tú y yo, que, todo esto es de lo más necio... Vámonos de aquí antes de que ofendamos a los peritos. Conozco un local cerca de lo más sospechoso. Vamos y hablaremos de tus otras conquistas.

Me hacía bien esa voz del pasado que me desperezaba. Las incesantes e indiscriminadas alabanzas me habían ido trabajando todo el día como una sucesión de vallas publicitarias a lo largo de una carretera, kilómetro tras kilómetro entre los álamos, imponiendo la estancia en este o aquel hotel, de manera que al llegar a destino, tenso y polvoriento, parece inevitable dirigir el coche hacia el letrero con el nombre que al principio ha aburrido, luego molestado y finalmente llegado a formar parte inseparable de las fatigas de viaje.

Anthony me llevó por una calle lateral fuera de la galería, hasta una puerta situada entre una agencia de noticias y una farmacia, ambas de aspecto sospechoso, con un letrero que ponía: «Club Grata Azul. Sólo socios».

-No es precisamente tú ambiente, querido, pero el mío sí. Te lo aseguro. Después de todo, has estado en el tuyo todo el día.

Me guió escaleras abajo, desde el olor de gatos hasta el de ginebra y colillas y el sonido de una radio.

-Me dio la dirección un viejo verde en el Boeuf-sur-le-Toit. Le estoy muy agradecido. Llevo mucho tiempo fuera de Ingla­terra, y los lugares verdaderamente simpáticos como éste, cam­bian muy de prisa. Vine por primera vez anoche, y ya me siento totalmente como en casa. Buenas noches, Cyril.

-Hola, Toni. ¿Ya has vuelto? -saludó el muchacho de detrás de la barra.

-Llevaremos las bebidas a una mesa del rincón. No debes olvidar, querido, que aquí llamas tanto la atención, y si me lo permites, eres tan anormal, querido, como lo sería yo en B-b­bratt's.

El local estaba pintado de color cobalto; el suelo era de linóleo. Peces de papel dorado y plateado estaban pegados al azar por el techo y las paredes. Media docena de muchachos bebían y jugaban en las máquinas tragaperras; un hombre de mediana edad de aspecto crapuloso, vestido con elegancia, parecía ser el encargado; se oyeron risas disimuladas del grupo que rodeaba las tragaperras y luego uno de los chicos se nos acercó y dijo:

-¿Le gustaría a tu amigo bailar la rumba?

-No, Tom, no le gustaría, y no te voy a invitar a nada; por ahora no, al menos. Es un muchacho muy descarado, un verda­dero vividor en potencia, querido.

-Bueno -dije, adoptando un aire de naturalidad que estaba lejos de sentir en aquel antro-, ¿qué has estado haciendo todos estos años?

-Pero, querido, si estamos aquí para hablar de ti... Te he estado observando. Soy un viejo fiel y no te he perdido de vista.

Mientras hablaba, el bar y el camarero, los muebles de mimbre pintados de azul, las máquinas tragaperras, el tocadiscos, la pareja de jóvenes que bailaba sobre la pista encerada, las risitas tontas del grupo que rodeaba las máquinas, el hombre de avanzada edad de venas moradas y muy estirado, que bebía en un rincón frente a nosotros, el local entero, deslustrado y furtivo, pareció desva­necerse y me encontraba otra vez en Oxford, contemplando el césped de Christ Church a través de la ventana gótica.

-Vi tu primera exposición -dijo Anthony-. La encontré... encantadora. Había un interior de Marchmain House muy inglés, muy correcto, pero delicioso. «Charles ha hecho algo», me dije; «no es todo lo que hará, todo lo que es capaz de hacer, pero ya es algo».

»Incluso entonces, querido, dudaba un poquito. Me parecía que había algo demasiado caballeresco en tu pintura. Debes recordar que no soy inglés; no llego a entender esa.: tan intensa necesidad de ser bien educado. El esnobismo inglés me parece todavía más macabro que la moralidad inglesa. Sin embargo, me dije: "Charles ha hecho algo delicioso. ¿Qué hará ahora?".

»Luego vi aquel libro tuyo tan atractivo: Arquitectura aldeana y provincial, ¿no se llamaba así? Un señor volumen, querido. ¿Y qué encuentro? Encanto, otra vez. "Esto no me acaba de gustar", pensé; "es demasiado inglés". Prefiero las cosas más picantes ¿sabes? No todo eso de la sombra del cedro, los canapés de pepino, la jarrita de plata para la leche, la muchacha inglesa vestida con lo que visten las muchachas inglesas para jugar al tenis; no, todo eso a lo Jane Austen, a lo señorita M-m-mitford, no. Entonces, para serte sincero, mi querido Charles, perdí las esperanzas que había puesto en ti. "Soy un viejo d-d-dago*13 degenerado", me dije, "y Charles", me refiero a tu arte, querido "es la hija del decano vestida de muselina estampada".

»Imagínate entonces mi emoción durante el almuerzo de hoy. Todo el mundo hablaba de ti. Mi anfitriona era amiga de mi madre, una tal señora Stuyvesant Oglander; amiga tuya, también, querido. ¡Qué fósil, esa mujer! En absoluto la compañía que supuse que frecuentaras. Todos habían ido a tu exposición, pero era de ti de quien hablaban, de cómo lo habías abandonado todo para irte a los trópicos, de que te habías convertido en un Gauguin, en un Rimbaud. Puedes imaginarte cómo palpitaba mi viejo corazón.

»"¡Pobre Celia", decían, "después de todo lo que ha hecho por él!" "Se lo debe todo a ella, es una vergüenza." "Y además con Julia, después de cómo se portó en América." "Justamente cuando iba a volver con Rex."

»Pero, "¿y los cuadros?", dije. "Habladme de ellos."

»"Oh, los cuadros", dijeron, "son muy extraños. No se parecen en absoluto a lo que suele hacer. Tienen mucha fuerza. Total­mente bárbaros..." "Yo los calificaría pura y simplemente de malsanos", dijo la señora Stuyvesant Oglander.

»Querido, apenas pude mantenerme en mi silla. Quise salir corriendo de la casa, saltar a un taxi, y decir: "Lléveme a ver los cuadros malsanos de Charles". Bueno, he ido, pero después del almuerzo la galería estaba tan llena de absurdas mujeres con esos sombreros que deberían obligarles a comer, que esperé un poco; esperé aquí con Cyril y Tom y todos estos muchachos tan desvergonzados. Luego voy, a la inelegante hora de las cinco, rebosante de curiosidad, querido, y ¿qué es lo que encuentro? Encuentro, querido, una broma de mal gusto muy traviesa y muy lograda. Me hizo pensar en nuestro querido Sebastian cuando se divertía poniéndose bigotes falsos. Rebosan encanto otra vez, simple encanto inglés, jugando a hacer de tigre.

-Tienes toda la razón -dije.

-Querido, claro que tengo razón. Tenía razón hace años, más años, me alegra decirlo, de los que ambos aparentamos, cuando te previne. Te invité a cenar para prevenirte contra ese encanto. Te previne expresamente y con gran detalle contra la familia Flyte. El encanto es la gran plaga de los ingleses. No existe fuera de estas húmedas islas. Corrompe y mata todo lo que toca. Mata el amor; mata el arte; me temo muchísimo, mi querido Charles, que te ha matado a ti.

El joven llamado Tom se nos acercó otra vez.

-No seas malo, Toni; vamos, invítame a algo.

Recordé que tenía que coger el tren y dejé a Anthony con él.

Mientras esperaba en el andén, cerca del coche restaurante, vi pasar mi equipaje y el de Julia; su doncella, de rostro desabrido, caminaba como un pavo real al lado del mozo. Habían empezado a cerrar las puertas cuando llegó la propia Julia, sin prisas, y tomó asiento frente a mí. Había reservado una mesa para dos. Aquel tren era muy práctico: dejaba media hora antes de la cena y media después; y luego, en vez de cambiar a la línea local, como se solía hacer en tiempos de Lady Marchmain, nos iban a buscar a la estación de empalme. Ya era de noche cuando el tren salía de Paddington y el resplandor de la ciudad cedió el paso a las luces diseminadas de los suburbios, y luego a la oscuridad de los campos.

-Parece que han transcurrido días desde que te vi -dije. -Seis horas, y estuvimos juntos todo el día de ayer. Pareces agotado.

-Ha sido una pesadilla: la multitud, los críticos, los Clarence, un almuerzo en casa de Margot, para acabar con media hora de insultos muy acertados en un bar de maricas... Creo que Celia sabe lo nuestro.

-Bueno, tenía que enterarse un día u otro.

-Todo el mundo parece enterado. Mi amigo marica no llevaba veinticuatro horas en Londres y ya estaba enterado.

-Al infierno con todo el mundo.

-¿Y Rex?

-Rex no es nadie en absoluto -dijo Julia-; simplemente no existe.

Los cuchillos y tenedores tintineaban sobre las mesas mientras corríamos a toda velocidad en medio de la oscuridad; los circulitos de ginebra y vermut en los vasos se alargaban hasta volverse ovalados, volvían a contraerse con la oscilación del comparti­miento, tocaban el borde, y se enderezaban de nuevo con un suave chapoteo, sin derramarse nunca. El día quedaba atrás. Julia se quitó el sombrero y lo lanzó sobre la rejilla de arriba, luego se sacudió el pelo color de noche con un pequeño suspiro de satisfacción; un suspiro propio de la almohada, con la lumbre decreciendo en la chimenea, una ventana del dormitorio abierta a las estrellas y el murmullo de los árboles desnudos.
-Qué bien tenerte con nosotros otra vez, Charles; como en los viejos tiempos.

«¿Como en los viejos tiempos?», pensé.

Rex, recién cumplidos los cuarenta, estaba más macizo y más curtido: había perdido su acento canadiense y en su lugar había adquirido un tono de voz ronco y fuerte común a todos sus amigos, como si estuvieran obligados perpetuamente a forzar sus voces para hacerse oír por encima de la multitud, como si, al abandonarles la juventud, no les quedase tiempo de esperar la oportunidad para hablar, no para escuchar ni para contestar; había tiempo para reírse, con risa gutural, sin alegría; la falsa moneda en curso para demostrar buena voluntad.

Había media docena de tales amigos en la sala de tapices: políticos, «jóvenes conservadores», entre treinta y cuarenta años, con poco pelo y tensión arterial alta; un socialista de las minas de carbón que ya había contraído el acento sin matices de los demás, cuyos habanos se le deshilachaban entre los labios y cuya mano temblaba al servirse una bebida; un financiero más viejo que los otros y cabía suponer por el trato que le brindaban, más rico; un periodista con mal de amores, el único silencioso, que contemplaba con morboso interés a la única mujer de la reunión; una mujer a quien llamaban «Grizel», una experimentada mujer de mundo, a la que todos, en el fondo de sus corazones, temían un poco.

Todos temían, también, a Julia, incluso Grizel. Los saludó y se disculpó por no haber estado allí para recibirles; lo hizo de un modo tan ceremonioso que todos guardaron silencio duran­te un momento. Luego fue a sentarse a mi lado cerca de la chimenea, y el tumulto de voces se reanudó y nos envolvió:

-Claro, podría casarse con ella y hacerla reina mañana mismo.

-Tuvimos nuestra oportunidad en octubre. ¿Por qué no mandamos entonces la flota italiana al fondo del Mare Nostrum? ¿Por qué no hicimos volar La Spezia en pedazos? ¿Por qué no desembarcamos en Pantelleria?

-Franco no es más que un agente alemán. Le han apoyado para poder establecer bases aéreas desde donde bombardear Francia. Al menos esta jugarreta ha sido desenmascarada.

-Haría que la monarquía volviera a ser tan fuerte como no lo había sido desde los Tudor. El pueblo está con él.

-La prensa le apoya.

-Yo estoy con él.

-¿A quién le importa el divorcio ahora, aparte de a unas viejas solteronas?

-Si tuviera una confrontación decisiva con Los de Siempre, las críticas desaparecían, como...

-¿Por qué no cerramos el canal? ¿Por qué no bombardeamos Roma?

-No sería necesario. Una mano firme... -Un discurso enérgico...

-Una confrontación...

-De todas formas, Franco pronto volverá corriendo a Marruecos. Me he encontrado hoy con un tipo que acaba de llegar de Barcelona y dice que...

-...un tipo que acaba de llegar de Fort Belvedere...

-...un tipo que acaba de llegar del Palazzo Venezia..

-Lo único que necesitamos es una confrontación. -Una confrontación con Baldwin.

-Una confrontación con Hitler.

-Una confrontación con Los de Siempre.

-...que yo haya vivido para ver a mi país, el país de Clive y de Nelson...

-...mi país de Hawkins y de Drake...

-...mi país de Palmerston...

-¿Le molestaría mucho no hacer esto? -dijo Grizel al periodista, que había estado intentando, de una manera excesi­vamente sentimental, torcerle la muñeca-. Da la casualidad de que no me gusta.
-No sé lo que es peor -dije-, el Arte y la Moda de Celia o la Política y el Dinero de Rex.

-¿Por qué preocuparse de ellos?

-Oh, cariño mío, ¿cómo es que el amor me hace odiar al mundo? Se supone que produce el efecto contrario. Siento como si la humanidad entera, y Dios también, estuviera conspirando contra nosotros.

-Y lo hacen, lo hacen.

-Pero somos felices a pesar de ellos. Aquí y ahora nos hemos apoderado de la dicha. No pueden hacernos daño. ¿Verdad?

-Esta noche, no; ahora no.

-¿Durante cuántas noches no?
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