Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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Libro Primero
Et in Arcadia ego


1

«He estado antes aquí», dije; había estado, en efecto, prime­ro con Sebastian, más de veinte años atrás, un día claro de ju­nio, con las cunetas rebosantes de lechosas reinas de los prados y el aire cargado de todos los perfumes del verano. Era un día de especial esplendor y, a pesar de que había estado allí tantas veces y con tan distintos estados de ánimo, fue aquella primera visita la que mi corazón evocaba ahora, en la última.

Aquel día también había llegado sin saber adónde iba. Era la semana de las regatas universitarias. Oxford -hoy sumergido, arrasado, irrecuperable como Lyonnesse,* 3 por la velocidad con que las aguas lo han inundado-, Oxford, entonces, era todavía una ciudad de acuatinta. Los hombres paseaban y conversaban por sus calles espaciosas y tranquilas como en los tiempos de Newman; sus nieblas otoñales, sus primaveras grises y el esplen­dor excepcional de sus días de verano -como, por ejemplo, aquél-, cuando los castaños estaban en flor y las campanas re­picaban claras y sonoras sobre los gabletes y las cúpulas, exha­laban la suave atmósfera de siglos de juventud. Era esa quietud claustral la que prestaba resonancia a nuestra risa y la preservaba, alegremente, a pesar del clamor momentáneo. Allí, durante la semana en que se celebraban las regatas, ponía la nota discor­dante una multitud turbulenta de mujeres, varios centenares, que gorjeaban y revoloteaban por los adoquines, subían y bajaban los escalones, visitaban los monumentos y buscaban diversión, be­bían cócteles de clarete y comían emparedados de pepino; eran paseadas en batea por el río, y conducidas en manada a las barcazas de los Colleges;** 4 en la revista estudiantil Isis y en la Union,*** 5 las recibían con un súbito derroche de jocunda alga­rabía, del todo enfadoso, a lo Gilbert y Sullivan, y con peculiares efectos corales en las capillas de los Colleges. Los ecos de las intrusas retumbaban en todos los rincones y en mi propio College ya no era sólo un eco sino un alboroto por demás escandaloso. Íbamos a celebrar un baile. El patio principal, cuadrangular, sobre el que yo vivía, se había pavimentado con madera y techado con un toldo; la portería estaba rodeada de palmeras y azaleas; y lo peor de todo era que el profesor cuyas habitaciones estaban situadas encima de las mías, un hombrecito relacionado con el departamento de ciencias naturales, había cedido sus habitaciones para guardarropa de señoras y, a menos de seis pulgadas de mi puerta de roble, colgaba un letrero proclamando el atropello.

El más indignado era mi propio criado.

-Se ruega a aquellos caballeros que no vayan acompañados por señoritas que coman afuera estos días, en la medida en que les sea posible -anunció, desolado-. ¿Comerá usted aquí?

-No, Lunt.

-Dicen que es para dar un respiro a los criados. ¡Pues vaya respiro! Tengo que comprar un alfiletero para el guardarropa de señoras. ¿Para qué querrán bailar? No le veo el aliciente. Hasta ahora nunca ha habido baile durante las regatas. La fiesta que conmemora la fundación del College es otra cosa, ya que cae en vacaciones, pero durante las regatas... como si no tuvieran bas­tante con merendar y pasear en barca. Si quiere mi opinión, señor, la culpa de todo eso la tiene la guerra. No hubiéramos llegado hasta este punto de no ser por ella.

Estábamos en 1923 y para Lunt, como para tantos otros, las cosas no volverían a ser nunca como en 1914.

-Unas copas por la noche -prosiguió, mitad dentro y mitad fuera de la habitación, como era su costumbre- o invitar a comer a un par de caballeros, eso sí tiene sentido. Pero bailar, no. Todo eso empezó cuando los hombres volvieron de la guerra. Eran demasiado viejos y no sabían cómo comportarse ni querían aprender. Esa es la verdad. Y hasta hay algunos que van a bailar con gente de la ciudad en la sala de reuniones de los masones; pero ya verá, a ésos los cogerán los prefectos... Bueno, aquí llega lord Sebastian. No debería estar aquí de palique cuando faltan alfileteros...

Entró Sebastian: pantalones de franela gris tórtola, camisa crepe de Chine blanca, corbata Charvet -mi corbata, advertí­- con diseño de sellos de correos.

-Charles ¿qué demonios está pasando en tu Colegio? ¿Hay una función de circo? He visto de todo menos elefantes. Hay que reconocer que de repente Oxford se ha vuelto muy extraño. Anoche había mujeres por todas partes. Debes largarte ahora mismo, ponerte a salvo. He conseguido un automóvil, una cesta de fresas y una botella de Chateau Peyraguey, un vino que nunca has probado, así que no presumas. Con las fresas es divino.

-¿Adónde vamos?

-A ver a un amigo.

-¿A quién?

-Se llama Hawkins. Coge dinero por si acaso vemos algo que queramos comprar. El automóvil es propiedad de un estu­diante llamado Hardcastle. Devuélvele los pedazos si me mato; no conduzco muy bien.

Al otro lado del portal, al otro lado del jardín de invierno que una vez había sido la portería del College, nos aguardaba un descapotable Morris-Cowley de dos plazas. El oso de peluche de Sebastian estaba sentado ante el volante. Lo colocamos entre los dos -«Vigila que no se maree»- y arrancamos. Las cam­panas de St. Mary daban las nueve. Estuvimos a punto de chocar con un clérigo, con sombrero de paja negro y barba blanca, que pedaleaba tranquilamente por el lado ilícito de High Street, pasamos la encrucijada de Carfax y la estación, y pronto nos encontramos en la carretera de Botley y en campo abierto; en aquellos días se llegaba en seguida al campo.

-¿Verdad que es muy temprano? -comentó Sebastian-. Las mujeres se deben estar todavía haciendo lo que se hagan las mujeres antes de bajar a desayunar. La indolencia ha sido su perdición. Allá vamos. Dios bendiga a Hardcastle.

-Quienquiera que sea.

-El creyó que venía con nosotros. La indolencia también ha sido su perdición. Bueno, es verdad que le dije a las diez. Es un tipo de lo más sombrío que estudia en mi College. Lleva una doble vida. Al menos, me imagino que la lleva. Es imposible que siga siendo Hardcastle, día y noche, siempre lo mismo, sin morirse ¿no te parece? Dice que conoce a mi padre, y no puede ser. -¿Por qué no?

-Nadie conoce a papá. Es un leproso social. ¿No te habías enterado?

-Es una lástima que ninguno de los dos sepamos cantar -dije.

Dejamos la carretera principal al llegar a Swindon y, a medida que ascendía el sol en el cielo, nos adentramos entre muros de piedras encajadas y casas de cantería. Faltaba poco para las once cuando Sebastian, sin avisar, se metió por un camino de carros y nos detuvimos. Comimos las fresas y bebimos el vino sobre un montículo cubierto de hierba mordisqueada por las ovejas, bajo un grupo de olmos (y, tal como había prometido Sebastian, la combinación de vino y fresas resultaba deliciosa), encendimos gruesos cigarros turcos y nos tendimos de espaldas sobre la hierba. La mirada de Sebastian estaba fija en las hojas de los árboles; la mía, en su perfil, mientras el humo gris azulado ascendía, sin que ningún viento lo estorbara, hacia las sombras verdiazules del follaje. Nos envolvía la dulce fragancia del tabaco, mezclada con los no menos dulces aromas del verano a nuestro alrededor, y los vapores del dorado, exquisito vino parecían elevarnos a un dedo de la hierba y dejarnos suspendidos en el aire.

-Es el lugar perfecto para enterrar una hucha llena de oro -dijo Sebastian-. Me gustaría enterrar un objeto precioso en cada lugar donde haya sido feliz y, cuando sea viejo, feo y triste, volver para desenterrarlo y recordar.
Era mi tercer trimestre en la universidad, pero no considero iniciada mi vida en Oxford antes de mi primer encuentro con Sebastian, que se había producido, por casualidad, a mediados del trimestre anterior. Pertenecíamos a Colleges distintos y proce­díamos de diferentes escuelas. Podría haber consumido mis tres o cuatro años de universidad sin haberlo conocido nunca, de no haberse dado la casualidad de que se emborrachó una noche en mi College y de que mis habitaciones se hallaban en la planta baja y daban al patio principal.

Mi primo Jasper me había advertido de los peligros de estas habitaciones cuando llegué por primera vez. El fue el único que me consideró digno de recibir algunos detallados consejos. Mi

padre no me ofreció ninguno. En aquella ocasión, como en todas, evitó mantener una conversación seria conmigo. Sólo se refirió al tema cuando faltaban menos de dos semanas para empezar las clases; entonces me dijo, con cierta timidez y bastante malicia:

-He estado hablando de ti. Me encontré con tu futuro director en el Athenaeum Club, aquí en Londres. Yo quería hablar de las ideas etruscas acerca de la inmortalidad y él quería ha­blar de conferencias culturales para las clases trabajadoras, así que encontramos un justo medio y acabamos hablando. de ti. Le pregunté qué cantidad debería darte como asignación. Me con­testó: «Trescientas al año; en ningún caso debes darle más; es lo que recibe la mayoría de los estudiantes». Lo consideré una respuesta deplorable. Yo recibí más que la mayoría de los es­tudiantes cuando estuve en Oxford y, si no recuerdo mal, no hay ningún otro lugar en el mundo, ni época de la vida, en la que la diferencia de unos cientos de libras, en un sentido u otro, influya tanto en la importancia y popularidad de que uno goza. Acaricié el proyecto de darte seiscientas -dijo mi padre, con la voz gangosa que ponía cuando se divertía-, pero luego se me ocurrió que, si llegaba a oídos del director, podría parecerle una descortesía deliberada. Así que te daré quinientas cincuenta.

Le di las gracias.

-Sí, reconozco que es un detalle generoso por mi parte, pero todo sale del capital ¿sabes?... Supongo que éste es el momento adecuado para darte algún consejo. A mí nadie me dio jamás ninguno, excepto una vez tu primo Alfred. Fíjate, el verano antes de que yo ingresara en la universidad, tu primo Alfred se desplazó expresamente desde Boughton para darme un consejo. ¿Y sabes qué me aconsejó? «Ned», me dijo, «te ruego sólo una cosa: que lleves sombrero de copa todos los domingos mientras dure el curso. Se juzga a un estudiante por cosas de ese tipo, más que por cualquier otra». Y ¿sabes una cosa? -prosiguió mi padre, resollando profundamente-. Siempre lo llevé. Algunos lo hacían y otros no. Jamás noté la menor diferencia ni oí ningún comentario al respecto, pero yo siempre llevaba puesto el mío. Eso demuestra el efecto que puede producir un consejo juicioso, debidamente formulado en el momento preciso. Ojalá tuviera alguno que darte, pero no lo tengo. Mi primo Jasper compensó la falta. Era hijo del hermano mayor de mi padre, a quien se refería más de una vez con una expresión no totalmente burlona, como «la cabeza de la familia». Estaba en cuarto año y, en el curso anterior, había fracasado en la prueba de remo para formar parte del equipo de la universidad. Era secretario del Canning Club y presidente de la sala de asambleas de su College; un personaje influyente en la univer­sidad. Me hizo una visita formal durante mi primer fin de semana y se quedó a tomar el té; se comió con entusiasmo una consi­derable cantidad de bollos de miel, tostadas de anchoas y tajadas de pastel de nueces traídas de Fuller's. Luego encendió su pipa y, recostado cómodamente en el sillón de mimbre, estableció las normas de conducta que yo debía observar. Su discurso abarcó la mayoría de los temas; aún hoy creo poder repetir gran parte de lo que dijo, palabra por palabra.

-¿Estudias historia? Una escuela perfectamente respetable. La peor es la de literatura inglesa y después la de filosofía y ciencias políticas. Debes sacar un primer puesto o un cuarto. Los grados intermedios no tienen ningún valor. Pretender un segun­do puesto es perder el tiempo. Debes asistir a las mejores clases, Arkwright sobre Demóstenes, por ejemplo, sin tener en cuenta si corresponden a tu disciplina o no... En cuanto a la ropa, viste como vestirías en una casa de campo. No se te ocurra jamás llevar chaqueta de tweed ni pantalones de franela; siempre un traje. Y acude a un sastre de Londres: el corte es mejor y el crédito más largo... Clubs. Hazte socio del Carlton ahora mismo y del Grid al empezar 'tu segundo año. Si te interesa ser miembro de la Unión, y no es mala idea, fórjate primero una reputación fuera de ella, en el Canning o el Chatham, y empieza por artículos en la revista... Y no te acerques a Boar's Hill...

Encima de los tejados, frente a la ventana, el cielo que relucía se oscureció; añadí carbón al fuego y encendí la luz que destacó toda la respetabilidad de sus plus-fours hechos por un sastre de Londres y su corbata de remo Leander.

-No trates a los profesores como si fueran maestros; trátalos igual que al vicario de tu pueblo... Descubrirás que pasas la mitad de tu segundo año quitándote de encima a las amistades inde­seables que hiciste durante el primero... Cuidado con los anglo­católicos, todos son sodomitas con acento desagradable. Es más, manténte lejos de todos los grupos religiosos; sólo traen pro­blemas...

Y por fin, cuando ya se iba, dijo:

-Una cosa más. Cambia de habitaciones. -Eran espaciosas, con ventanas muy profundas y paneles pintados del siglo XVIII;

para un estudiante de primer año, era una suerte haberlas conseguido-. He visto arruinarse la carrera de más de uno por tener habitaciones en la planta baja que dan al patio principal -dijo mi primo con profunda gravedad-. La gente empieza a dejarse caer por aquí. Te dejan las togas y vienen a recogerlas antes de ir a clase; empiezas por ofrecerles jerez. Cuando te das cuenta, has abierto un bar gratuito a todos los indeseables del College.
Me parece que nunca, al menos conscientemente, seguí nin­guno de estos consejos. Desde luego no cambié de habitaciones; en verano se llenaban de la fragancia de los alhelíes que crecían bajo las ventanas.

Retrospectivamente, es fácil dotar a nuestra juventud de una falsa precocidad o una falsa inocencia; hacer trampas con las fechas que indican cada año los progresos de nuestra estatura en el marco de la puerta; me gustaría pensar -y a veces lo hago- ­que decoré aquellas habitaciones con telas Morris y grabados Arundel, y que tenía las estanterías repletas de tomos del siglo XVII y novelas francesas del Segundo Imperio encuadernados en tela tornasolada y cuero de Rusia. Pero no era verdad. La tarde de mi llegada colgué con orgullo una reproducción de Los gira­soles de Van Gogh encima de la chimenea y coloqué un biombo, decorado con un paisaje provenzal por Roger Fry, que había comprado a bajo precio cuando quebraron los talleres Omega. También clavé en la pared un cartel de McKnight Kauffer y hojas de poemas ilustrados que adquirí en la Librería Poética, y, lo que más me duele recordar, deposité entre dos velas negras, sobre la repisa de la chimenea, una figura de porcelana de Polly Peachum. Mis libros eran escasos y corrientes -Visión y diseño de Roger Fry, un ejemplar de Un muchacho de Shropshire, editado por la Medici Press, Victorianos eminentes, algunos volúmenes de Poesía georgiana, Calle siniestra y Viento del Sur-, y mis primeras amistades encajaban muy bien en este escenario: Collins, antiguo alumno de Winchester, profesor en estado embrionario, hombre de lecturas serias y humor pueril; y un pequeño círculo de intelectuales de mi propio College que se mantenían dentro de un ambiente cultural medio, entre los extravagantes «estetas» y los estudiosos proletarios que huronea­ban ferozmente en busca de datos en sus pensiones de Iffley Road y Wellington Square. Fui adoptado por este grupo durante mi primer año; me proporcionó el tipo de compañía del que había disfrutado durante el sexto año en la escuela, y para el cual me había preparado dicho curso. Pero incluso en los primeros días, cuando el simple hecho de estar viviendo en Oxford, con mis propias habitaciones y mi propio talonario de cheques, eran fuente de emoción, intuía que esto no era todo lo que Oxford tenía para ofrecer.

Al acercarse Sebastian, esas figuras grises parecieron desva­necerse silenciosamente en el paisaje de fondo hasta desaparecer por completo, como ovejas en la neblina de las tierras altas. Collins me había expuesto la falacia de la estética moderna: «...Todo el argumento de la Forma Significante se sostiene o se derrumba por el volumen. Si reconoces que Cézanne representa una tercera dimensión en sus lienzos bidimensionales, entonces tienes que admitir el destello de lealtad en la mirada del perro de Landseer»... Pero no se me abrieron los ojos hasta que Sebastian, volviendo distraídamente las páginas de Arte de Clive Bell, leyó: «¿Puede alguien sentir el mismo tipo de emoción ante una mariposa o una flor que el que se siente ante una catedral o un cuadro?» «Sí. Yo lo siento.»

Conocía de vista a Sebastian mucho antes de mi primer encuentro con él. Era inevitable que ocurriese, ya que, desde su primera semana en Oxford, era el estudiante que más se des­tacaba de su año en razón de su belleza, que era impresionante, y de las excentridades de su conducta, que parecían no tener límites. Le vi por primera vez en la puerta de la barbería Germer y, en aquella ocasión, me impresionó mucho menos su físico que el hecho de que llevara un gran oso de peluche en brazos.

-Ese joven -dijo el barbero cuando me senté- era lord Sebastian Flyte. Un caballero muy entretenido.

-Eso parece -dije con frialdad.

-Es el segundo hijo del marqués de Marchmain. Su hermano, el conde de Brideshead, acabó sus estudios el año pasado. Ahora bien, era muy diferente, un caballero muy tranquilo, casi como un anciano. ¿A que no adivina usted lo que quería lord Sebastian? Un cepillo de pelo para su osito; con cerdas muy duras; no, me ha dicho, para cepillarlo sino para amenazarle con una azotaina cuando se porte mal. Se ha llevado uno muy bonito, de marfil, y va a hacer grabar «Aloysius» en el dorso; es el nombre del oso.

Era evidente que aquel hombre, que había tenido tiempo de sobra para llegar a cansarse de las extravagancias estudiantiles, había quedado cautivado. Sin embargo, yo mantenía una actitud de censura que no llegaron a atemperar las ocasiones posteriores en que vi a Sebastian paseando en simón y cenando en el elegante restaurante George, con bigote postizo, a pesar de que Collins, que por entonces estaba leyendo a Freud, disponía de un arsenal de términos técnicos que explicaban cualquier comportamiento.

Cuando por fin nos conocimos, las circunstancias tampoco fueron propicias. Era poco antes de medianoche, a principios de marzo. Yo había invitado a los intelectuales del College a una velada de clarete caliente con especias. El fuego ardía con furia, el aire de la habitación rebosaba de humo y olor a especias, y mi mente se hallaba cansada de la metafísica. Abrí las ventanas de par en par y desde el exterior me llegó el sonido ya familiar de risas beodas y pasos inestables. Una voz dijo: «Espera». Otra: «Vamos». Otra más: «Hay tiempo... Puertas... última campana­da». Y otra voz, más clara que las demás: «¿Sabéis una cosa? Es algo increíble. Me encuentro fatal. Tengo que dejaros un mo­mento». Entonces apareció en mi ventana la cara que yo reconocí como la de Sebastian, pero muy distinta a como la había visto antes, vital y radiante de alegría. Me miró un momento con los ojos extraviados y entonces, inclinándose hacia adelante hasta meterse dentro de la habitación, vomitó.

Era frecuente que las cenas acabaran de esa forma. (Incluso el criado del College recibía una propina convenida para tales ocasiones.) Todos estábamos aprendiendo a beber, merced a pruebas y errores. Además había cierto orden descabellado y simpático en la elección de una ventana abierta hecha por Sebastian, en un momento de extrema necesidad. Pero, con todo, el encuentro no dejaba de ser poco propicio.

Sus amigos le acompañaron al portal y, poco después, su anfitrión, un afable etoniano de mi mismo año, volvió para disculparse. El también estaba achispado; sus explicaciones fueron repetitivas y, finalmente, lacrimógenas.

-Los vinos eran demasiado variados -dijo-; no tuvo la culpa ni la calidad ni la cantidad. Fue la mezcla. Entenderlo es llegar al fondo de la cuestión. Comprenderlo es perdonarlo.

-Sí -convine, pero a la mañana siguiente afronté los reproches de Lunt con cierto sentimiento de culpa.

-¿Todo esto sólo por un par de jarras de clarete caliente entre cinco? -dijo Lunt-. Ni siquiera fue capaz de llegar a la ventana. Los que no saben beber, más vale que se abstengan.

-No fue ninguno de mis invitados. Fue alguien de otro College.

-Bueno, fuera quien fuese, recogerlo es igual de desagradable.

-Encontrarás cinco chelines en el aparador.

-Ya los he visto. Gracias, pero prefiero mil veces quedarme sin el dinero y no tener que limpiar estas cosas ninguna mañana.

Cogí mi toga y lo dejé trabajando. En aquella época aún asistía a las clases, y eran más de las once cuando volví al College. Encontré la sala atiborrada de flores; parecían ser -y eran­- todas las existencias del día de un quiosco de flores, repartidas entre todos los recipientes imaginables por la habitación. Lunt estaba envolviendo furtivamente con papel de estraza las últimas en llegar, con intención de llevárselas a casa.

-Lunt, ¿qué es todo esto?

-El caballero de anoche, señor, le ha dejado una nota.

La nota estaba escrita con lápiz de dibujo conté en una hoja entera de mi papel de dibujo favorito, Whatman H. P.: «Estoy muy arrepentido. Aloysius se niega a hablar conmigo hasta asegurarse de que me has perdonado, de modo que te ruego aceptes mi invitación a almorzar conmigo hoy. Sebastian Flyte». Era típico de él, pensé, dar por supuesto que yo sabía dónde vivía; lo cierto es que sí lo sabía.

-Un caballero de lo más divertido; es casi un placer limpiar lo que va dejando. Si no he entendido mal, comerá afuera, señor. Así se lo he advertido al señor Collins y al señor Partridge; querían tomar sus meriendas aquí, con usted.

-Sí, Lunt, comeré afuera.

Aquel almuerzo -al que habían sido invitados varios estu­diantes más- fue el principio de una nueva época en mi vida. Acudí con cierta aprensión. El terreno me era extraño, y en mis oídos sonaba una voz advirtiéndome, en el tono que usaría Collins, que sería más elegante declinar la invitación. Pero en aquellos días yo iba en busca del amor, y me presenté lleno de curiosidad y de la aprensión -no reconocida por mi parte-, de que, allí, por fin, descubriría esa puerta baja escondida en el muro que otros, lo sabía, habían descubierto antes que yo, que llevaba a un jardín secreto y encantado, en alguna parte oculto, sin que ninguna ventana del corazón de aquella ciudad gris se asomara a él.

Sebastian residía en el Christ Church College, en la parte alta de Meadow Buildings. Estaba solo cuando llegué, y pelaba un huevo de chorlito que había cogido de un gran nido de musgo del centro de la mesa.

-Los acabo de contar -dijo-. Había cinco para cada uno y sobraban dos, así que me los estoy comiendo. Hoy tengo un apetito inexplicable. Confié sin reservas en Dolbear and Goodall y me siento tan drogado que empiezo a creer que todo lo de anoche no fue más que un sueño. Por favor, no me despiertes.

Era fascinante, de una belleza epicena que durante la extrema juventud canta el amor a viva voz y languidece al soplo del primer viento frío.

Su salón estaba atestado de un extraño revoltijo de objetos -un armonio de caja gótica, un pie de elefante que hacía de papelera, un cimborrio de frutas de cera, dos jarrones de Serves desmesuradamente grandes, dibujos enmarcados de Daumier­- que parecían todavía más incongruentes al lado de los austeros muebles del College y la gran mesa de comedor. La repisa de la chimenea estaba cubierta de tarjetas de invitación de famosas anfitrionas londinenses.

-El bestia de Hobson ha puesto a Aloysius en la otra habitación -dijo-. Quizá sea lo mejor, ya que no le habría tocado ningún huevo de chorlito. ¿Sabías? Hobson odia a Aloy­sius. Ojalá tuviera un fámulo como el tuyo. Fue encantador conmigo esta mañana; otros se hubieran mostrado más severos.

Llegaron los comensales. Eran tres etonianos de primer año, jóvenes amables, elegantes y distantes, que habían asistido a un baile en Londres la noche anterior y hablaban de él como si se tratara del funeral de un pariente cercano pero no muy querido. Lo primero que cada uno de ellos hizo al entrar en la habitación fue irse directamente a los huevos de chorlito; luego advirtieron la presencia de Sebastian y, por último, la mía, con una educada falta de curiosidad que parecía significar: «Ni dormidos se nos ocurriría ser tan insolentes como para insinuar que no nos co­noces».

-Los primeros este año -comentaron-. ¿Dónde los con­sigues?

-Me los manda mamá desde Brideshead. Los chorlitos em­piezan a poner pronto en su casa.

Cuando ya se habían acabado todos los huevos y estábamos comiendo la langosta Newburg, llegó el último invitado.

-Querido -dijo-, no he podido escaparme antes. Estaba almorzando con mi ab-b-bsurdo tutor. Le extrañó mucho que me marchara tan de prisa. Le dije que tenía que ir a cambiarme para el f-f-fútbol.

Era alto, esbelto, atezado, de grandes ojos insolentes. Los demás llevábamos ásperos trajes de tweed y zapatos claveteados. El vestía un suave traje color chocolate de llamativas rayas blancas, zapatos de ante y una espectacular corbata de lazo. Mientras entraba en la habitación se quitó unos guantes de color limón. Medio francés, medio yanqui, medio, quizá, judío; total­mente exótico.

No necesitaba que me dijeran que se trataba de Anthony Blanche, el esteta par excellence de la universidad, la peor reputación desde Chewell Edge hasta Somerville. Me lo habían señalado a menudo cuando paseaba por la calle con su incon­fundible paso de pavo real; había oído su voz en el George, desafiando las convenciones; y ahora, al conocerlo, bajo el hechizo de Sebastian, me descubrí disfrutando vorazmente de su pre­sencia.

Después de comer salió al balcón provisto de un megáfono que había surgido misteriosamente de entre el bric-à-brac de la habitación de Sebastian, y con entonación lánguida recitó pasajes de La tierra perdida a la multitud enjerseyada y embufandada que se dirigía al río. Desde los arcos venecianos sollozaba:
Yo, Tiresias, que me he anticipado a todo sufrimiento

decreté desde este mismo d-diván o 1-lecho

yo, que me senté al pie de la muralla de Tebas

y caminé entre los más í-ínfimos de entre los muertos...
Y luego, entrando ágilmente en la habitación:

-¡Se han quedado de piedra! Para mí, todos los remeros son Grace Darlings.

Seguimos sorbiendo Cointreau mientras el más afable y dis­tante de los etonianos cantaba «Al hogar... le trajeron su guerrero muerto», acompañándose al armonio.

Eran las cuatro cuando nos despedimos.

Anthony Blanche fue el primero en marcharse. Se despidió formalmente de cada uno de nosotros, sazonando su saludo con algún halago. A Sebastian le dijo:

-Querido, me gustaría dejarte el cuerpo acribillado de agudas flechas como si fuera un a-a-alfiletero.

Y a mí:

-Me parece verdaderamente espléndido que Sebastian te haya descubierto. ¿Dónde te ocultas? Voy a entrar en tu madri­guera para acosarte como una vieja co-co-comadreja.

Los demás se marcharon poco después. Me levanté para irme con ellos, pero Sebastian me retuvo.

-Toma un poco más de Cointreau. -Me quedé. Después dijo-: Tengo que ir al jardín botánico.

-¿Por qué?

-Para ver la hiedra.

Parecía una razón tan válida como cualquier otra, y le acom­pañé. Me cogió del brazo mientras caminábamos al abrigo de los muros de Merton.

-Nunca he estado en el jardín botánico -dije.

-¡Oh, Charles, cuánto tienes que aprender! Hay un arco precioso y más variedades de hiedra de las que creí que existieran. No sé lo que haría sin el jardín botánico.

Cuando finalmente regresé a mi alojamiento y lo encontré exactamente igual a como lo había dejado por la mañana, percibí una atmósfera insípida que antes no me había molestado. ¿Dónde estaba el fallo? Sólo los narcisos dorados parecían de verdad. ¿Era el biombo, quizá? Lo volví de cara a la pared. Ya estaba mejor.

Fue el fin del biombo. A Lunt nunca le había gustado, y a los pocos días se lo llevó a un misterioso escondite que tenía debajo de las escaleras, lleno de cubos y fregonas.

Ese día empezó mi amistad con Sebastian y, de este modo, llegamos a aquella mañana de junio cuando, tumbado a su lado, la sombra de los altos olmos, miraba cómo el humo iba elevándose hasta el ramaje.
Pronto reanudamos la marcha, y una hora después sentimos hambre. Nos detuvimos en una hostería que era granja al mismo tiempo y comimos huevos con bacon, nueces a la vinagreta y queso; bebimos cerveza en un umbrío salón en compañía del tic­tac de un viejo reloj envuelto en sombras y de un gato que dormía cerca del hogar apagado.

Proseguimos y llegamos a nuestro destino a primera hora de la tarde; portales de hierro forjado y dos clásicos e idénticos pabellones de guardas frente al prado comunal de la aldea, una avenida, más portales, los terrenos abiertos del parque, una curva en el camino... y, de repente, se extendió ante nosotros un paisaje desconocido y secreto. Nos hallábamos en la entrada de un valle y, a nuestros pies, a media milla de distancia, brillantes, grises y doradas a través del boscaje, se irguieron la cúpula y columnas de una vieja mansión.

-¿Y bien? -dijo Sebastian, deteniendo el coche.

Más allá de la cúpula se veían embalses de agua escalonados;

a su alrededor, suaves colinas los protegían y ocultaban. -¿Y bien?

-¡Vaya sitio para vivir! -exclamé.

-Tienes que ver el jardín que hay delante de la casa y la fuente. -Se inclinó hacia adelante y puso el coche en marcha-. Ahí vive mi familia.

Incluso entonces, absorto como estaba en la contemplación, las palabras que dijo me produjeron un sentimiento de desaliento, un momentáneo escalofrío de mal agüero: no dijo «Esta es mi casa», sino «Ahí vive mi familia.»

-No te preocupes -prosiguió-, están todos fuera. No estarás obligado a conocerlos.

-Pero si me encantaría...

-Pues no podrás. Están en Londres.

Pasamos por delante de la casa y nos detuvimos en un patio lateral.

-Está todo cerrado. Es mejor que entremos por aquí. -Y entramos por el ala de la servidumbre, por pasillos pavi­mentados con grandes losas de piedra y techos abovedados como los de una fortaleza-. Quiero que conozcas a Nanny Hawkins. Para eso hemos venido.

Subimos por unas escaleras sin alfombrar, de madera de olmo mil veces fregada, recorrimos más pasillos con suelo de anchas tablas de madera, cubierto en el centro con una estrecha tira de droguete, luego corredores con piso de linóleo, pasando por delante de los huecos de infinidad de escaleras menores y mul­titud de hileras de cubos carmesíes y dorados para incendios, hasta llegar a una última escalera en cuya cima había un pequeño portalón. La cúpula no era tal cosa; había sido diseñada para ser vista desde abajo, como las cúpulas del castillo de Chambord. Su tambor no era más que un piso adicional repleto de habitaciones rebajadas. Allí estaban las dependencias de los niños.

La vieja nodriza de Sebastian estaba sentada frente a la ventana abierta. A sus pies se extendían la fuente, los lagos, el templo y, en la lejanía, sobre la última estribación, un reluciente obelisco. Las manos abiertas sobre el regazo sostenían sin fuerza un rosario. Estaba dormida. Las largas horas de trabajo en la juventud, la autoridad de los años maduros y el reposo y seguridad de la vejez habían impreso su huella en la cara serena y arrugada.

-Vaya -dijo, despertándose-; esto sí que es una sorpresa.

Sebastian la besó.

-¿Quién ha venido contigo? -preguntó, mirándome-. No creo conocerle.

Sebastian nos presentó.

-Habéis llegado en el momento justo. Julia va a pasar aquí el día. ¡Cómo se divierten todos en Londres! Esto es bastante aburrido cuando no hay nadie. Sólo quedan la señora Chandler, dos de las muchachas y el viejo Bert. Y luego todos se irán de vacaciones, en agosto vendrán a limpiar la caldera, y tú te vas a Italia a ver a Su Señoría, y los demás por ahí; hasta octubre las cosas no volverán a la normalidad. Bueno, supongo que Julia tiene que divertirse igual que las otras jovencitas, aunque nunca he llegado a entender por qué siempre prefieren ir a Londres en lo mejor del verano, cuando el jardín está en flor... El padre Phipps estuvo aquí el jueves y le dije exactamente lo mismo -añadió, como si de esta manera su opinión hubiera adquirido autoridad sacerdotal.

-¿Dices que Julia está aquí?

-Sí, cariño, debes haberte cruzado con ella al llegar. Ha venido a la reunión de las Mujeres Conservadoras. Pidieron a la señora que viniera, pero no se encuentra bien. Julia no tardará; se marchará antes del té, apenas pronuncie el discurso.

-Me temo que también nos cruzaremos con ella al marchar.

-No hagas eso, hijo; se llevará una gran sorpresa al verte, aunque tenga que quedarse para el té. Se lo he dicho, es lo que más les gusta a las Mujeres Conservadoras. Bueno, ¿qué noticias me traes? ¿No levantas la cabeza de los libros?

-Me temo que no es mucho lo que estudio, Nanny.

-Ya, todo el día jugando al cricket, me imagino, igual que tu hermano. Pero él encontraba tiempo para estudiar. No ha venido aquí desde navidad, pero supongo que vendrá a la feria agrícola. ¿Viste aquel artículo sobre Julia en el periódico? Me lo ha traído para que lo lea. Claro que es mucho más bonita que en la fotografía, pero lo que escriben de ella está muy bien. «La encantadora hija de Lady Marchmain presentada en sociedad esta temporada... inteligente, además de guapa... la más popular de las debutantes.» Bueno, no es más que la pura verdad, aunque es una pena que se cortara el pelo; lo tenía precioso, exactamente igual que la señora. Le dije al padre Phipps que cortárselo así no era natural. Me dijo: «Las monjas lo hacen», y le contesté: «Pero bueno, padre, no querrá convertir a lady Julia en una monja... ¡Qué cosas se le ocurren!».

Sebastian y la anciana siguieron charlando. Era una habitación encantadora, cuyos extraños contornos se adaptaban a la forma de la cúpula. El papel de las paredes tenía un dibujo de lazos y rosas. En un rincón había un caballo de balancín, y encima de la chimenea colgaba una oleografía del Sagrado Corazón. Un ramo de cortadera y aneas ocultaba el hogar sin leña. Sobre la cómoda estaba distribuida la colección de pequeños regalos que le habían traído los niños en diversas ocasiones, todo meticulo­samente limpio: conchas y pedazos de piedra tallados, cuero repujado, madera pintada, porcelana, lignito de encina, plata damasquinada, alabastro, coral, recuerdos de muchas vacaciones...

Luego la niñera dijo:

-Toca el timbre, hijo, y tomaremos el té. Normalmente bajo a tomarlo con la señora Chandler, pero hoy lo tomaremos aquí arriba. La muchacha que suele ayudarme se ha ido a Londres con los demás. La nueva acaba de llegar de la aldea. Al principio no sabía hacer nada, pero se está desenvolviendo muy bien. Toca el timbre.

Pero Sebastian dijo que teníamos que irnos.

-¿Y Julia? Se va a disgustar muchísimo cuando se entere. Le hubieras dado una sorpresa tan grande...

-Pobre Nanny -dijo Sebastian cuando salimos del cuarto de los niños-. Lleva una vida tan aburrida... Pensaría en serio en llevármela a vivir conmigo a Oxford, si no fuera porque siempre estaría tratando de mandarme a la iglesia. Tenemos que apresurarnos antes de que vuelva mi hermana.

-¿De quién te avergüenzas, de ella o de mí?

-Me avergüenzo de mí mismo -declaró gravemente Sebas­tian-. No quiero que te relaciones con los miembros de mi familia. Son tan demencialmente encantadores. Me han ido quitando cosas durante toda mi vida. Una vez que se apoderen de ti gracias a su terrible encanto, te convertirán en amigo suyo, no mío, y no lo voy a permitir.

-De acuerdo -dije-. Me doy por satisfecho. ¿Pero tampoco se me permite seguir viendo la casa?

-Está todo cerrado. Vinimos a ver a Nanny. El día del cumpleaños de la reina Alexandra la abren entera al público por un chelín. Bueno, ven a verla si quieres...

Me llevó por una puerta de bayeta que daba a un oscuro pasillo; entreví una cornisa dorada y la bóveda de yeso del techo; luego abrió una pesada puerta de caoba que giraba ágilmente sobre sus goznes y me llevó a un vestíbulo a oscuras. Los rayos de luz se colaban por las rendijas de los postigos. Sebastian quitó la barra que aseguraba uno de ellos y lo abrió de par en par: el suave sol de la tarde inundó la sala, revelando el suelo desnudo, las enormes chimeneas gemelas de mármol tallado, el techo abovedado cubierto de frescos de deidades y héroes clásicos, los espejos dorados, las pilastras de scagliola y los islotes de muebles tapados con sábanas. Sólo fue una visión fugaz, como lo que se vislumbra desde la parte superior de un autobús, de un salón de baile iluminado; y Sebastian volvió a cerrar rápidamente los postigos.

-Ya lo ves -dijo-, es así.

Su estado de ánimo había cambiado desde que nos habíamos bebido el vino bajo los olmos, desde que doblamos la curva de camino y dijo: «¿Y bien?».

-¿Ves? No hay nada que ver. Algunas cosas bonitas me gustaría enseñártelas un día; pero no ahora. Queda la capilla. Tienes que verla. Es un monumento al modernismo.

El último arquitecto que trabajó en Brideshead añadió una columnata y pabellones laterales. Uno de ellos era la capilla. Entramos por la puerta pública (había otra puerta que llevaba directamente a la casa); Sebastian mojó los dedos en la pila de agua bendita, se santiguó e hizo una genuflexión. Le imité.

-¿Por qué haces eso? -preguntó, irritado.

-Simplemente por cortesía.

-Pues por mí no hace ninguna falta que lo hagas. Querías hacer turismo; ¿qué te parece esto?

Todo el interior del pabellón había sido vaciado, sofisticada­mente reamueblado y redecorado al estilo artesanal modernista de la última década del siglo XIX. Cubrían las paredes intrincados dibujos de vivos y brillantes colores: ángeles con túnicas de algodón estampado, rosas trepadoras, prados salpicados de flores, corderos saltarines, textos en escritura céltica, santos con arma­duras... Había un tríptico de roble claro, tallado de manera que tenía la curiosa propiedad de parecer moldeado en plastilina. La lámpara del sagrario y todo el mobiliario metálico era de bronce batido a mano hasta dar la pátina de una piel picada de viruela. Una alfombra de color verde césped, salpicada de margaritas blancas y doradas, cubría las gradas que llegaban al altar.

-¡Caramba! -exclamé.

-Fue el regalo de boda de papá a mamá. Y ahora, si ya has visto bastante, vámonos.

Por el camino de entrada a la finca nos cruzamos con un Rolls­Royce conducido por un chófer; en el asiento trasero entreví una vaga figura de muchacha que se volvió para mirarnos por la ventanilla.

-Julia -dijo Sebastian-. Hemos escapado justo a tiempo. Nos detuvimos para hablar con un hombre que iba en bici­cleta. «El viejo Bat», dijo Sebastian.

Atravesamos las verjas de hierro forjado, pasamos por delante de los pabellones de los guardas, salimos a la carretera y em­prendimos el camino de vuelta a Oxford.

-Lo siento -dijo Sebastian al cabo de un rato-. Me temo que no he sido muy amable esta tarde. Brideshead suele produ­cirme este efecto. Pero tenía que llevarte a ver a Nanny.

«¿Por qué?», pensé, pero guardé silencio. La vida de Sebastian estaba gobernada por un código de imperativos semejantes: «Tengo que conseguir un pijama color rojo buzón»; «tengo que quedarme en la cama hasta que el sol penetre por las ventanas»; «¡es preciso que beba champaña esta noche!».

-Pues a mí me produjo el efecto opuesto -me limité a comentar.

Tras una larga pausa, con tono petulante, dijo:

-Yo no te hago preguntas todo el día acerca de tu familia. -Ni yo sobre la tuya.

-Pero pareces curioso.

-Es posible. Eres tan misterioso con respecto a tu familia...

-Quisiera ser misterioso con respecto a todo.

-Quizá las familias despiertan en mí cierta curiosidad porque, verás... no sé mucho sobre el tema. Sólo quedamos mi padre y yo. Hubo una tía que me cuidó durante un tiempo, pero mi padre la obligó a marcharse al extranjero. A mi madre la mataron en la guerra.

-Oh... qué insólito.

-Fue a Servia con la Cruz Roja. Desde entonces mi padre se ha vuelto un poco raro. Vive solo en Londres, sin amigos, y mata el tiempo coleccionando curiosidades.

-No sabes de lo que te has librado -dijo Sebastian-. Nosotros somos muchísimos. Nos encontrarás en el Debrett *6.

Estaba de mejor humor. Cuanto más nos alejábamos de Brideshead más parecía librarse de su desazón... de la inquietud e irritabilidad apenas insinuadas que se habían apoderado de él. Avanzábamos de espaldas al sol y parecíamos estar persiguiendo nuestra propia sombra.

-Son las cinco y media. Llegaremos a Godstow a tiempo para cenar, tomar una copa en el Trout, dejarle el coche a Hardcastle y volver andando por la orilla del río. ¿No crees que será lo mejor?

Este es el relato de mi primera visita relámpago a Brideshead. ¡Cómo iba a saber yo entonces que un capitán de infantería de mediana edad un día la recordaría con lágrimas en los ojos!

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