Colección andanzas




descargar 1.19 Mb.
títuloColección andanzas
página3/18
fecha de publicación26.12.2015
tamaño1.19 Mb.
tipoLección
p.se-todo.com > Derecho > Lección
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   18

2

Hacia el final de aquel trimestre de verano recibí la última visita y Gran Reprimenda de mi primo Jasper. Acababa de librarme de las clases; la tarde anterior había hecho el último examen de Introducción a la Historia. El traje pardusco y corbata blanca de Jasper indicaban que aún estaba pasando los exámenes finales; tenía además el aire fatigado, pero resentido, de quien teme no haber dado de sí todo lo que podía frente al tema del orfismo de Píndaro. Sólo el deber lo había traído a mis habi­taciones aquella tarde, a pesar de la molestia que significaba para sí mismo y casualmente para mí, a punto como estaba, cuando me cogió en la puerta, de salir para ocuparme de los últimos preparativos de una cena que daba aquella noche: Formaba parte de una serie de fiestas cuyo objetivo era consolar a Hardcastle: una de las tareas que nos había tocado última mente a Sebastian y a mí, desde que, al dejar su coche a la intemperie, le metimos en un grave aprieto con los prefectos de la universidad.

Jasper no quiso sentarse; no se trataba de una charla amistosa. Se quedó de pie, de espaldas a la chimenea y, según sus propias palabras, me habló «como lo haría un tío».

-...He intentado dar contigo varias veces en estas últimas semanas. Es más, tengo la impresión de que me estás evitando expresamente. Si es así, Charles, la verdad es que no me sor­prende.

»Puedes pensar que no es de mi incumbencia -prosiguió-, pero en cierto sentido me siento responsable. Sabes tan bien como yo que desde que tu... bueno, desde la guerra, tu padre no ha estado del todo en sus cabales; vive en un mundo aparte. No quiero quedarme de brazos cruzados viendo los errores que estás cometiendo cuando una simple advertencia en el momento opor­tuno podría evitarlos.

»Ya suponía que durante tu primer año ibas a cometer errores. Todos lo hacemos. Yo me adherí a una asociación por demás indeseable, que organizó una acción de proselitismo entre los recolectores de lúpulo durante las vacaciones de verano. Pero tú, mi querido Charles, seas o no consciente de ello, has ido a caer directamente en el peor grupo de toda la Universidad. Puedes pensar que no me entero de lo que pasa en los Colleges, porque resido en la ciudad; pero he oído rumores. La verdad es que oigo demasiados rumores. He descubierto que me he con­vertido en motivo de burla en el Dining Club. Y luego está ese Sebastian Flyte de quien por lo visto eres inseparable. Quizá sea un buen tipo, no lo sé. Su hermano Brideshead era correctísimo. Pero ese amigo tuyo tiene un aspecto algo extraño y ha conse­guido que se hable mucho de él. Reconozco que son una familia rara. Sabrás que los Marchmain han vivido separados desde la guerra. Fue algo sorprendente, porque todo el mundo estaba convencido de que formaban una pareja perfecta. Pero lo cierto es que él se marchó a Francia con su cuerpo de voluntarios de caballería y después de la guerra no volvió. Así sin más. Fue igual que si le hubieran matado. Ella es católica, de modo que no puede divorciarse, o no quiere, supongo. En Roma puedes conseguir lo que quieras por dinero y son inmensamente ricos. Es posible que Flyte sea un buen tipo, pero Anthony Blanche... ése sí que no admite la menor excusa.

-A mí tampoco me cae especialmente bien -le dije.

-Bien, siempre está rondando por aquí, y a los elementos más severos del College no les gusta en absoluto. En Christ Church no le soportan. Anoche estuvo otra vez en Mercurio. Ni una sola de esas personas que frecuentas tiene el menor peso en sus respectivos Colleges, y eso es una prueba decisiva. Creen que porque disponen de mucho dinero para despilfarrar pueden hacer lo que se les antoje.

»Y otra cosa. No sé qué asignación te ha fijado mi tío, pero no me costaría creer que estás gastando el doble. Todo esto... -dijo, señalando con un amplio movimiento de la mano las pruebas de desenfreno que le rodeaban. Era verdad; despojado de sus austeros ropajes invernales, y por etapas no especialmente lentas, mi salón poseía ahora un avío más suntuoso-. ¿Esto está pagado? [la caja de cien Partagás sobre el aparador] ¿Y esto? [una docena de libros nuevos, de contenido frívolo, encima de la mesa] ¿Y aquello? [un jarrón y copas de Lalique], ¿y ese objeto particularmente repugnante? [una calavera recién adquirida en la facultad de Medicina que, en medio del ancho jarrón de rosas, constituía en aquel momento la principal decoración de mi mesa. Llevaba el lema Et in Arcadia ego grabado en la frente].

-Sí -dije, contento de ser inocente de al menos uno de los cargos-. La calavera la tuve que pagar al contado.

-Es imposible que estés haciendo nada. No es que todo esto importe mucho, si estuvieras haciendo algo por tu carrera en otros aspectos, pero ¿lo estás haciendo? ¿Has hablado en la Asociación de Debates o en alguna de las otras asociaciones? ¿Tienes alguna relación con las publicaciones de la universidad? ¿Te interesa, siquiera, participar en la Sociedad Dramática? ¡Y tu ropa! -prosiguió mi primo-. Cuando ingresaste, recuerdo ha­berte aconsejado que te vistieras como lo harías en una casa de campo. Tu indumentaria actual parece uña desafortunada con­junción entre la ropa adecuada para una fiesta de gente de teatro de Maidenhead y el atuendo para un concurso coral en un jar­dín de suburbio.

»Y en cuanto a la bebida: nadie piensa mal de un estudiante que coja una buena curda un par de veces al trimestre; es más, en ciertas ocasiones tiene que hacerlo. Pero tengo entendido que se te ve constantemente borracho a media tarde.

Calló. Ya había cumplido con su deber. Las complejidades del aula de exámenes recobraban prioridad en su mente.

-Lo siento, Jasper -dije-. Entiendo que esto te debe resultar incómodo. Pero ocurre que me gusta esa mala compañía. Me gusta emborracharme a la hora de comer y, aunque todavía no he llegado a gastar el doble de mi asignación, lo haré indudablemente antes de que termine el curso. Acostumbro beber una copa de champaña a esta hora. ¿Te apetece tomarla conmigo?

Y así mi primo Jasper desesperó de mí y, lo supe más tarde, escribió a su padre sobre el tema de mis excesos; éste, a su vez, escribió a mi padre, que no tomó cartas en el asunto ni se preocupó especialmente, en parte porque no tragaba a mi tío desde hacía casi sesenta años, y en parte porque, como dijera Jasper, vivía en un mundo distinto desde la muerte de mi madre.

De este modo esbozó Jasper a grandes rasgos los aspectos más prominentes de mi primer año. Puede añadirse algún detalle de la misma índole.

Me había comprometido con anterioridad a pasar las vaca­ciones de pascua con Collins y, aunque hubiera incumplido mi palabra sin el menor remordimiento y dejado solo a mi antiguo amigo a la menor insinuación de Sebastian, tal insinuación no llegó a producirse. Por consiguiente, Collins y yo pasamos juntos unas semanas baratas e instructivas en Rávena. Sobre aquellas tumbas enormes soplaba el viento helado del Adriático. En la habitación de hotel, concebida para una época más cálida, yo escribía largas cartas a Sebastian y todos los días pasaba por la oficina de correos a recoger su contestación. Llegaron dos, cada una de ellas desde una dirección diferente, pero en ninguna daba noticias concretas de sí mismo, porque escribía en un estilo de remota fantasía que me dejaba desasosegado: «Mamá y dos poetas de su séquito han cogido serios resfriados de cabeza, así que aquí estoy. Están celebrando la fiesta de San Nicodemo de Tiatira, a quien martirizaron clavándole una piel de cabra en la coronilla; por eso es el patrón de los calvos. Díselo a Collins, que estoy seguro de que será calvo mucho antes que nosotros. Hay demasiadas personas aquí, pero ¡gracias a Dios!, una lleva una trompetilla de sordo y eso me mantiene de buen humor. Y ahora tengo que intentar pescar un pez. Estás demasiado lejos para mandártelo, o sea que te guardaré la espina...». Collins tomaba apuntes para hacer una pequeña tesis que ponía de relieve la inferioridad de los mosaicos originales con respecto a su fotografía. Allí fue donde se plantó la semilla de lo que llegaría a ser la cosecha de su vida. Cuando, muchos años después, apareció el primer grueso volumen de su todavía inacabado trabajo sobre el arte bizantino, me emocioné al encontrar mi nombre entre las dos páginas de agradecimientos preliminares: «...a Charles Ryder, con la ayuda de cuyos ojos perspicaces vi por primera vez el mausoleo de Gala Placidia y San Vital...».

A veces me pregunto si, de no haber sido por Sebastian, hubiera seguido el mismo camino que Collins, dando vueltas en la noria cultural. En su juventud, mi padre quiso ingresar en All Souls y, tras un año de ardua competición, fue rechazado;*7 más tarde tendría otros éxitos y honores, pero aquel primer fracaso le dejó la marca y, por su intermedio, también a mí, de modo que llegué a la universidad con la equivocada opinión de que allí estaba el objetivo lógico y preciso de una vida racional. Es indudable que yo también habría fracasado, pero, de haber sido así, quizá podría haberme escabullido en pos de una vida acadé­mica menos solemne en cualquier otra parte. Sí, hubiera sido concebible, pero no, creo yo, probable, porque el ardiente ma­nantial de anarquía que brotaba de profundidades donde no había tierra firme, y emergía a la luz del sol formando un arco iris al enfriarse, tenía una fuerza tal que ni las rocas podían reprimir.

En cualquier caso, aquellas vacaciones de pascua fueron un trecho corto y llano en el vertiginoso descenso que me había vaticinado Jasper. ¿Descenso o ascenso? Creo que me rejuvenecía con cada hábito adulto que iba adquiriendo. Había vivido una infancia solitaria, y una adolescencia limitada por la guerra y ensombrecida por el luto; a la dura vida de la adolescencia inglesa entre hombres, y a la prematura solemnidad y autoridad del sistema escolar, se añadía mi propio carácter, más bien melan­cólico y severo. En consecuencia, aquel trimestre de verano junto a Sebastian, era como si me hubiera sido otorgado un breve período de lo que nunca había conocido: una infancia feliz. Y aunque nuestros juguetes fueran camisas de seda, licores y cigarros, y nuestras travesuras figurasen en los primeros puestos de la lista de pecados graves, en todo lo que hacíamos había cierta frescura infantil que no distaba mucho de la alegría de la ino­cencia. Al final del primer trimestre tuve mis primeros exámenes parciales; había que aprobar para seguir en Oxford, y aprobé tras una semana en la que prohibí a Sebastian la entrada en mis habitaciones, y me quedé despierto hasta altas horas de la noche, con café negro helado y galletas secas, empollando los textos abandonados. No recuerdo ni una sílaba de ellos, pero el otro saber, mucho más antiguo, que adquirí durante aquel trimestre me acompañará bajo una u otra forma hasta mi última hora.

«Me gusta esa mala compañía y me gusta emborracharme durante el almuerzo»; entonces bastaba con eso. ¿Haría falta ahora algo más?

Hoy, cuando veinte años después miro hacia atrás, son muy pocas las cosas que no hubiera hecho o que hubiera hecho de otra forma. A la madurez de gallo de pelea de mi primo Jasper, yo podía oponer un ave más fuerte. Podía decirle que toda la iniquidad de aquella época era como el alcohol que mezclan con la uva pura del Duero, algo embriagador y lleno de oscuros ingredientes; enriquecía y retrasaba a la vez todo el proceso de la adolescencia, de la misma forma que el alcohol retiene el proceso de fermentación del vino, lo vuelve imbebible, y debe permanecer en la oscuridad, año tras año, hasta que por fin se lo puede sacar a la luz listo para servir.

Podía decirle también que conocer y amar a otro ser humano, aunque sea uno solo, es la raíz de toda sabiduría. Pero no sentía la menor necesidad de estos sofismas mientras estaba sentado frente a mi primo, mientras le veía, liberado de su combate todavía inconcluso con Píndaro, con su traje oscuro, su corbata blanca y su toga de erudito, mientras oía los tonos graves de su voz y disfrutaba, al mismo tiempo, del perfume de los alhelíes en flor debajo de mis ventanas. Poseía mi propia defensa, secreta y segura; la llevaba en mi pecho como un talismán, la buscaba en momentos de peligro, la encontraba y la asía firmemente. De modo que le dije lo que, de hecho, no era verdad: que a aquella hora yo tenía por costumbre tomar una copa de champaña, y le invite a acompañarme.
El día que siguió a la Gran Reprimenda de Jasper recibí otra, en términos distintos y de una fuente inesperada.

Durante el trimestre había frecuentado a Anthony Blanche más de lo que justificaba mi simpatía por él. Vivía entre sus amigos, pero nuestros frecuentes encuentros eran más cosa suya que mía, pues a mí me inspiraba un temor reverente.

Era poco mayor que yo, pero parecía cargado por el peso de la experiencia del judío Errante. Era, ciertamente, un nómada sin nacionalidad fija.

En su infancia habían intentado hacer de él un inglés; pasó dos años en Eton; luego, en plena guerra, desafió a los subma­rinos para reunirse con su madre en la Argentina. A su séquito de mayordomo, doncella, dos chóferes, un pequinés y un segundo marido se añadía un listo y audaz colegial. Viajó con ellos de aquí para allá alrededor del mundo, habituándose a la perversidad como un paje de Hogarth. Al llegar la paz, volvieron a Europa, a los hoteles y las villas amuebladas, a los balnearios, casinos y baños de mar. A los quince años, para ganar una apuesta, lo disfrazaron de niña y lo llevaron a jugar a la mesa grande del Jockey Club de Buenos Aires. Cenó con Proust y Gide, y conoció más íntimamente a Cocteau y Diaghilev. Firbank le mandaba sus novelas con ardientes dedicatorias. Provocó tres enemistades irreconciliables en Capri. Y, según él mismo contaba, había practicado la magia negra en Cefalú, se había curado de la adicción a las drogas en California y de un complejo de Edipo en Viena.

A veces todos parecíamos niños a su lado; a veces, pero no siempre, porque había en Anthony algo de la bravuconería y el entusiasmo de los que el resto de nosotros se había desprendi­do en algún momento durante nuestra más apacible adolescen­cia, en el campo de deporte o en el aula. Sus vicios apuntaban menos a la búsqueda de placer que al deseo de escandalizar y, cuando estaba en el apogeo de sus refinadas exhibiciones, me recordaba a menudo a un golfillo que vi una vez en Nápoles haciendo cómicas cabriolas con gestos obscenos, inequívocos, ante un grupo de turistas ingleses. Cuando contaba la historia de aquella noche en la mesa de juego, por la viveza del movimiento de sus ojos se podía ver perfectamente cómo había mirado disimuladamente, de reojo, el menguante montón de fichas co­locado ante los amigos de su padrastro. Mientras nosotros nos revolcábamos en el fango del campo de fútbol y nos atiborrá­bamos de bollos, Anthony ayudaba a untarse de aceite a bellezas marchitas en arenas subtropicales y sorbía su apéritif en peque­ños bares de moda, de manera que el salvaje que habíamos dominado en nosotros aún se debatía en su interior. Era también cruel, como los niños que torturan alegremente a los insectos, y temerario como un niño cargando con la cabeza baja y los puñitos en ristre contra los mayores del colegio.

Me invitó a cenar y me desconcertó un poco descubrir que íbamos a estar solos.

-Iremos a Thame -dijo-. Allí hay un hotel encantador que por suerte no tiene el menor atractivo para los de Bullingdon. Beberemos vino del Rin e imaginaremos que estamos en... ¿dónde? No en una e-e-excursión con J J Jorrocks, desde luego. Pero primero tenemos que tomar un apéritif.

En el George pidió «cuatro cócteles Alexandra, por favor», los alineó delante de él y los sorbió con un «ñam-ñam» agudo que llamó la indignada atención de toda la concurrencia.

-Supongo que preferirías jerez, pero, mi querido Charles, te vas a quedar sin jerez. ¿No es un brebaje delicioso? ¿No te gusta? Entonces lo beberé por ti. Uno, dos, tres, cuatro... ¡ya no está! ¡Cómo miran los estudiantes!

Me llevó afuera, al coche que nos esperaba.

-Espero que allí no encontraremos estudiantes. No simpa­tizamos mucho en estos momentos. ¿Te enteraste de lo que me hicieron el jueves? Creo que se pasaron un poco. Menos mal que llevaba mi pijama más gastado y hacía una noche de calor agobiante, porque si no es muy posible que me hubiera enfadado en serio.

Anthony tenía la costumbre de acercar mucho la cara a su interlocutor: en su aliento noté el olor dulce y cremoso del cóc­tel. Me aparté de él y me recosté en el rincón del coche alqui­lado.

-Imagínatelo, querido: allí estaba yo, solo y aplicado. Aca­baba de comprar un libro más bien ominoso titulado Antic Hay, que me propuse leer antes de ir a Garsington el domingo, porque estaba seguro de que todo el mundo hablaría de él... y es tan trivial decir que no has leído el libro de moda si de verdad no lo has leído... Supongo que la solución sería no ir a Garsington, pero no se me ocurrió hasta ahora. Como decía, querido, me comí una tortilla, un melocotón y tome una botella de agua de Vichy, me puse el pijama y me dispuse a leer con toda tranquilidad. Debo admitir que mis pensamientos empezaron a vagar, pero seguía pasando las páginas mientras contemplaba cómo se iba desva­neciendo la luz del día, algo que en Peckwater*8, querido, es toda una experiencia: mientras cae la noche, parece que la piedra se va desintegrando literalmente bajo tu mirada. Me hacía pensar en aquellas fachadas leprosas del vieux port de Marsella, cuando, de repente, me sorprendieron unos gritos y una algarabía como nunca había oído, y allí abajo, en la pequeña piazza, vi a una pandilla de unos veinte muchachos horribles, y ¿sabes lo que estaban salmodiando? «Queremos a Blanche. Queremos a Blan­che», como una especie de letanía. ¡Una declaración tan pública! Bueno, me di cuenta de que el señor Huxley iba a salir perdiendo esa noche, y confieso que había llegado a un grado de tedio tal que cualquier interrupción era bienvenida. Los bramidos sí que me intimidaron, pero ¿sabes una cosa? Cuanto más fuerte gri­taban, más tímidos parecían. Repetían una y otra vez: «¿Dónde está Boy?». «Es amigo de Boy Mulcaster.» «Boy tiene que traerle aquí.» Tú conoces a Boy, claro; siempre está entrando y saliendo de las habitaciones de Sebastian. Es lo que nosotros, los latinos, esperamos de un lord inglés. Un gran partido, te lo aseguro. Todas las jóvenes de Londres andan detrás de él. Es muy altanero con ellas, según me dicen. Querido, lo que pasa es que está aterrorizado. Un gran papanatas, ese Mulcaster, y además, que­rido, un sinvergüenza. Vino a Le Touquet por pascua y, por alguna razón inexplicable, le invité a quedarse. Perdió una suma infinitesimal a las cartas y, por lo tanto, esperaba que yo le pagara todos sus caprichos... Bueno, pues Mulcaster formaba parte de la pandilla; vi su figura desmañada arrastrando los pies allá abajo y le oí decir: «Es inútil, ha salido. Vamos a tomar una copa». Entonces saqué la cabeza por la ventana y le llamé: «Buenas noches, Mulcaster, vieja esponja, adulón, ¿te escondes ahora entre los adolescentes? ¿Has venido a devolverme los trescientos fran­cos que te dejé para pagar a aquella pobre ramera que encontraste en el Casino? Era una suma muy mezquina para las molestias que ella se tomó y ¡qué molestias, Mulcaster! ¡Sube y págame, desgraciado rufián!». Eso, querido, les hizo despabilarse un poco, y subieron alborotando por las escaleras. Unos seis entraron en la habitación, y el resto se quedó despotricando afuera. Querido, su aspecto era francamente extraordinario. Habían estado en una de las ridículas cenas de su club y todos llevaban frac de colores... como una especie de librea. «Queridos», les dije, «parecéis una horda muy indisciplinada de lacayos». Entonces uno de ellos, a decir verdad un bocado bastante sabroso, me acusó de vicios pervertidos. «Querido», le repliqué, «es posible que sea invertido, pero no insaciable. Vuelve cuando estés solo». Entonces empe­zaron a blasfemar de manera muy grosera hasta que yo también empecé a irritarme. «La verdad», me dije, «pensar en todo el escándalo que se armó cuando tenía diecisiete años y el duque de Vincennes (el viejo Armand, naturalmente, no Philippe) me retó a duelo por un asunto de corazón (y de muchísimo más que corazón, puedo asegurártelo) con la duquesa (Stephanie, claro, no la vieja Poppy), y ahora tener que aguantar la impertinencia de estos donceles llenos de granos y alcohol...». Bien, pues abandoné mi tono de burla ligera y me permití ser un poquitín ofensivo.

»Entonces empezaron a decir: "Cogedle. Metedle en Mercu­rio". Bueno: como tú sabes, tengo en mi sala esculturas de Brancusi y algunas cosas bonitas, y no quería que empezaran a ponerse violentos, así que dije, apaciguador: "Estimados truha­nes, si supiérais algo de psicología sexual sabríais que nada me daría mayor placer que verme manoseado por muchachotes fuertes como vosotros. Sería un éxtasis de los más pervertidos. O sea que si alguno de vosotros quiere ser mi pareja en la felicidad, que venga por mí. Si, por el contrario, simplemente deseáis verme en el agua para satisfacer alguna libido oscura y menos fácil de clasificar, acompañadme a la fuente, queridos patanes".

»¿Sabes una cosa? Cuando dije eso, todos se sintieron un poco ridículos. Bajé las escaleras con ellos y nadie se me acercó a menos de un metro. Entonces me metí en la fuente y, figúrate, la verdad es que resultó tan refrescante, que me quedé jugueteando un rato en el agua y adopté algunas poses, hasta que dieron media vuelta y se fueron malhumorados a casa. Oía como Boy Mulcaster decía: "Bueno, al menos conseguimos meterle en Mercurio".

»¿Sabes, Charles? Eso es exactamente lo que estarán diciendo dentro de treinta años. Cuando estén todos casados con mujeres flacuchas como gallinas y tengan por hijos a unos porcinos majaderos exactamente iguales a ellos, se emborracharán en las mismas cenas del club, con las mismas chaquetas de colores y seguirán diciendo, cuando alguien mencione mi nombre: "Le metimos en Mercurio una noche", y sus rústicas hijas reirán tontamente y pensarán que su padre echó su canita al aire en su día, lástima que se haya vuelto tan aburrido. ¡Oh, la fatigue du Nord!

No era, me constaba, la primera vez que habían tirado a Anthony al agua, pero el incidente parecía obsesionarle, porque otra vez durante la cena volvió al tema.

-Es imposible concebir que una cosa tan desagradable le ocurriera a Sebastian, ¿verdad?

-Sí -reconocí-; es imposible.

-No; Sebastian tiene tal encanto. -Levantó su vaso de vino del Rin a la luz de las velas y repitió-: Tantísimo encanto... ¿sabes? Fui a hacerle una visita al día siguiente. Pensé que el relato de mis aventuras nocturnas podría divertirle. ¿Y qué crees tú que encontré... aparte, naturalmente, del divertidísimo oso de peluche? A Mulcaster y a dos de sus compinches de la noche anterior. Ellos sí que se sintieron muy ridículos al verme, y Sebastian, tan sereno como la señora P-p-ponsonby-de-Tomkyns en Punch, dijo: «Conoces a lord Mulcaster, naturalmente», y los zoquetes, a su vez, dijeron: «Oh, sólo hemos venido a ver cómo estaba Aloysius». Porque ellos encuentran el osito de peluche tan divertido como nosotros... O me atrevería a insinuar que, incluso, un poquito más. Y se marcharon. Yo dije: "S-s-sebastian, ¿te das cuenta de que esos adulones calumniadores me insultaron anoche, y si no fuera por el buen tiempo que hace hubiera podido coger un g-g-grave resfriado?". "Pobrecitos", replicó; "imagino que estarían borrachos". Tiene una palabra caritativa para todo el mundo, ¿entiendes? Tiene tanto encanto...

»Me doy cuenta de que te ha cautivado por completo, querido Charles. Bueno, no me sorprende. Claro que no le conoces tanto como yo. Estuve en la escuela con él. No lo creerás, pero en aquella época la gente solía decir de él que era un bastardo. Bueno, sólo algunos muchachos malvados que le conocían bien. Los mejores deportistas le querían, claro, y los profesores también. Supongo que en el fondo tenían celos de él. Nunca le veías en aprietos. A los demás nos pegaban constantemente, de la manera más salvaje, con los pretextos más frívolos, pero a Sebastian nunca. Era el único a quien nunca le pegaron. Aún lo recuerdo bien a la edad de quince años. No tenía granos ¿sabes? Todos los demás tenían. Boy Mulcaster era literalmente escrofuloso. Pero Sebastian no. O quizá sí tenía alguno, uno algo pertinaz en la nuca. Me parece, pensándolo bien, que sí. Narciso con una pústula. El y yo éramos católicos, así que solíamos ir a misa juntos. Pasaba tantísimo tiempo en el confesionario que me preguntaba qué podría tener que confesar, porque nunca hacía nada malo; nunca nada del todo malo. Al menos, nunca le castigaron. Quizá se limitaba a prodigar su encanto a través de la rejilla. Yo me marché, como suelen decir, envuelto en una nube de desprestigio ¿sabes?... No llego a comprender esta expresión. Más bien me parecía un resplandor indeseable. El proceso exigió una serie de entrevistas desgarradoras con mi tutor. Fue descon­certante descubrir hasta qué punto aquel viejo afable resultó ser un observador. Las cosas que sabía de mí, y que yo creía nadie sabía excepto, quizá, Sebastian.

»Me enseñó a no confiar nunca en los viejos afables... o en los colegiales encantadores, ¿en cuál de los dos?

»¿Tomamos otra botella de este vino u otra cosa? Mejor algo diferente: un poco de borgoña, ¿qué te parece? ¿Lo ves, Charles? Entiendo todos tus gustos. Debes venir a Francia conmigo y beber sus vinos. Iremos a la vendimia. Te llevaré a pasar unos días a Vincennes. He hecho las paces con ellos, y el duque tiene el mejor vino de Francia; él y el príncipe de Portallon... También te llevaré allí. Creo que los encontrarás divertidos y, naturalmente, tú vas a encantarles. Quiero presentarte a muchos de mis amigos. Le he hablado a Cocteau de ti, y está deseando conocerte. Entiéndelo, mi querido Charles, tú eres esa cosa tan rara: un artista. ¡Oh, sí, no te hagas el modesto! Detrás de ese exterior frío, británico y flemático, eres un artista. He visto esos dibujitos que tienes escondidos en tu habitación. Son exquisitos. Y tú, mi querido Charles, si me lo permites, tú no eres un exquisito, nada en absoluto. Los artistas no son exquisitos. Yo sí lo soy; Sebastian, en cierto modo, lo es también, pero el artista es un tipo eterno, sólido, decidido, observador... y, debajo de todo esto, apasionado, ¿eh, Charles?

»Pero ¿quién os reconoce? El otro día estaba hablando de ti con Sebastian, y dije: "Tú sabes que Charles es un artista. Dibuja como un joven Ingres". Y ¿sabes lo que dijo Sebastian? "Sí, Aloysius también hace dibujos muy bonitos. Pero, claro, su estilo es un poco más moderno." Tan encantador, tan divertido...

»Claro que quienes tienen encanto en verdad no necesitan tener cabeza. Stephanie de Vincennes me fascinó hace cuatro años. Fíjate, querido ¡si hasta usaba yo el mismo esmalte de uñas de los pies que ella! Empleaba sus palabras y encendía los ci­garros del mismo modo que ella, e imitaba su voz al hablar por teléfono, de manera que el duque mantenía largas e íntimas conversaciones conmigo, creyendo que era ella. Fue eso, en gran parte, lo que le inspiró la idea, tan pasada de moda, de recurrir a las pistolas y los sables. Mi padrastro pensaba que era una excelente educación para mí. ¡Creía que así yo perdería lo que llamaba mis "costumbres inglesas"! Pobre hombre, es muy su­damericano... ¡Nunca oí a nadie hablar mal de Stephanie, excepto al duque; y ella, querido, es indudablemente una cretina!

Anthony había perdido su tartamudeo al sumirse en las aguas profundas de su viejo romance. Pero, a la hora del café y los licores, el defecto volvió a aflorar momentáneamente a la super­ficie.

-Chartreuse Verde d-d-de verdad, fabricado antes de la expulsión de los monjes. Al circular por la lengua tiene cinco gustos diferentes. Es como tragar un espectro. ¿Te gustaría que Sebastian estuviera con nosotros? Claro que te gustaría. ¿Me gustaría a mí? Me lo pregunto. ¡Cómo vuelven siempre nuestros pensamientos a ese manojo de encantos! Creo que me debes estar hipnotizando, Charles. Te traigo aquí, me gasto una suma considerable, querido, para hablarte sólo de mí mismo, y resulta que no hablo más que de Sebastian. Es extraño, porque en el fon­do, no hay ningún misterio en él, aparte del hecho de haber nacido en una familia tan siniestra.

»No recuerdo si conoces a su familia. Me figuro que nunca permitirá que la conozcas. Es demasiado listo. Son francamente horrendos. ¿Nunca habías pensado que hay algo con un toque de horror alrededor de Sebastian? ¿No? Quizá sean imaginacio­nes mías. Será simplemente por lo mucho que, a veces, se parece a su familia.

»Está Brideshead, un poco arcaico, salido de una caverna sellada hace siglos. Tiene una cara que parece obra de un escultor azteca que se hubiera propuesto hacer el retrato de Sebastian; es un intolerante ilustrado, un bárbaro ceremonioso, un lama atrapado por las nieves... Bueno, todo lo que quieras. Y Julia, ¿sabes cómo es ella? Sería imposible no saberlo. Su fotografía aparece con tanta regularidad en las revistas como los anuncios de Pastillas Beecham. La impecable belleza de un rostro del quattrocento florentino; cualquier otra persona con esas facciones sentiría la tentación de convertirse en artista; pero lady Julia, no. Es tan lista como... bueno, tan lista como Stephanie. Ni un ápice de artificio en ella. Es tan alegre, tan cumplida, tan sincera... Me pregunto si será incestuosa. Lo dudo; lo único que quiere es poder. Debería existir una Inquisición establecida especialmente para quemarla. Hay otra hermana, me parece que aún en la escuela. No se sabe nada de ella todavía, aparte de que su institutriz se volvió loca y se ahogó no hace mucho. Así que, como puedes ver, a Sebastian le queda muy poco que hacer aparte de ser simpático y encantador.

»Y si hablamos de los padres, se abre un pozo sin fondo. Querido, ¡qué pareja! ¿Cómo se las arregla lady Marchmain? Es uno de los grandes interrogantes de la época. ¿La has visto? Muy, muy hermosa. Nada artificial: su pelo apenas empieza a volverse gris en elegantes mechones plateados. Nada de carmín. Muy pálida, unos ojos enormes: es extraordinario lo grandes que parecen y que tenga los párpados cubiertos de venas azules, donde cualquier otra tendría que haberse aplicado un toque de pintura. Perlas y algunas grandes alhajas relucientes, objetos de herencia engastados en antiguas monturas, y una voz tan suave como una oración e igualmente poderosa. Lord Marchmain... bueno, algo entrado en carnes quizá, pero muy atractivo, un magnífico si­barita, byroniano, aburrido, de una indolencia contagiosa, todo lo contrario del tipo de hombre a quien uno imagina fácilmente humillado. Y aquella monja de Reinhardt lo ha destrozado totalmente, querido. No se atreve a asomar su enorme cara morada por ninguna parte. Es el último caso auténtico e histórico de alguien acosado por la sociedad. Brideshead se niega a verle, a las muchachas no se les permite, Sebastian sí le visita, natu­ralmente, siempre tan encantador... Nadie más se acerca a él. Fíjate, el pasado mes de septiembre lady Marchmain se hospe­daba en el Palazzo Fogliere de Venecia. A decir verdad, allí resultaba un poquitín ridícula. Nunca se acercaba al Lido, claro, pero siempre estaba navegando por los canales en góndola, con sir Adrian Porson... Qué ínfulas, querido... Parecía madame Ré­camier. Una vez me crucé con ellos, y el gondolier de los Fogliere, a quien yo, por supuesto, conocía, me guiñó el ojo, querido, pero de una manera... Ella acudía a todas las fiestas vestida con una especie de crisálida de finísima seda, como si fuera una actriz celta o una heroína de Maeterlinck; e insistía en ir a la iglesia. Bueno, como sabes, Venecia es precisamente la ciudad de Italia donde nadie ha ido jamás a la iglesia. En fin, se puso bastante en ridículo, y entonces, ¿quién aparece en el yate de los Malton? El pobre lord Marchmain. Había alquilado un pequeño palacio, pero ¿tú crees que le dejaron entrar? Lord Malton los puso a él y a su valet en una lancha, querido, y lo obligó, sin más, a tomar el vapor para Trieste. Ni siquiera iba acompañado por su amante. Ella estaba pasando sus vacaciones anuales. Nadie averiguó jamás cómo se enteraron de que lady Marchmain estaba en Venecia. ¿Y sabes una cosa? Durante una semana lord Malton se mostró esquivo, como si fuera él quien hubiese caído en desgracia. Y, en efecto, había caído. La principesca Fogliere dio un baile y no invitó a lord Malton ni a nadie de su yate, ni siquiera a los de Pañoses. ¿Cómo se las arregla lady Marchmain? Ha convencido al mundo entero de que lord Marchmain es un monstruo. ¿Y cuál es la verdad? Que estuvieron casados unos quince años, creo, y entonces lord Marchmain se fue a la guerra. Nunca volvió y se unió a una bailarina de singular talento. Existen miles de casos similares. Ella se niega a concederle el divorcio porque es muy piadosa. Bueno, de eso también ha habido precedentes. Por regla general, esta situación provoca simpatía hacia el adúltero, pero en el caso de lord Marchmain no es así. Podrías pensar que el viejo calavera la había torturado, robado su patrimonio, echado de casa, comido a sus hijos asados y rellenos, que se había ido de juerga engalanado con todas las flores de Sodoma y Gomorra; y en vez de eso ¿qué hizo? Engendró cuatro hijos espléndidos, le dejó el castillo de Brides­head y Marchmain House, en St. James, y todo el dinero que pudiera necesitar para sus gastos, mientras él cenaba tranquila­mente en Larue, con su pechera inmaculada, en compañía de una atractiva dama de teatro de mediana edad, al estilo eduardiano más convencional del mundo. Y ella, entretanto, mantiene una cuadrilla de prisioneros esclavizados y extenuados para su único y exclusivo placer. Les chupa la sangre. Se pueden ver las marcas de sus dientes en los hombros de Adrian Porson cuando se baña en el mar. Y él, querido, fue el más grande, el único poeta de nuestro tiempo. Hay cinco o seis personajes más, de todas las edades y todos los sexos, que la siguen por todas partes como fantasmas. Una vez que ella les ha clavado los dientes en la carne no pueden escapar. Es brujería. No hay otra explicación.

»Comprenderás ahora que no le podemos reprochar a Sebas­tian que a veces parezca algo insulso... pero tú no se lo reprochas ¿verdad, Charles...? Con un ambiente familiar tan siniestro, ¿qué podía hacer sino convertirse en una persona sencilla y encan­tadora, sobre todo no siendo ninguna lumbrera? De esto no cabe duda, ¿verdad? A pesar de lo mucho que le queremos.

»Dímelo con toda franqueza: ¿le has oído decir a Sebastian algo que al cabo de cinco minutos no hayas olvidado por com­pleto? ¿Sabes? Cuando le oigo hablar, me recuerda aquel dibujo, en cierto modo nauseabundo, de Bubbles. La conversación debería ser como un juego malabar: arriba las pelotas y los platos, unos encima de otros, hacia dentro y hacia fuera, sólidos objetos que brillan a la luz de los focos y caen estrepitosamente si no los coges a tiempo. Pero cuando habla nuestro querido Sebastian es como una pequeña y esférica pompa de jabón que sale de una vieja pipa de arcilla en cualquier dirección, flotando durante un segundo con los colores del arco iris, y luego... ¡puf! desaparece y no queda nada, nada en absoluto.

Y Anthony habló entonces de las auténticas experiencias de un artista, del reconocimiento, críticas y estímulos que debe esperar de sus amigos, de los riesgos que debe correr en búsqueda de emociones, de esto y de lo otro, mientras yo me iba sintiendo cada vez más amodorrado y dejaba vagar un poco mis pensa­mientos. Luego volvimos a casa en coche, pero mientras cruzábamos el puente Magdalen, sus palabras remitían al tema central de la cena:

-Bueno, querido, no dudo por un momento de que lo pri­mero que harás mañana por la mañana será ir corriendo a ver a Sebastian para contarle todo lo que he dicho sobre él. Y te diré dos cosas. Una, que eso no hará cambiar en absoluto los sen­timientos de Sebastian hacia mí. Y dos -y te ruego que lo recuerdes a pesar de que está clarísimo que te he aburrido mortalmente-, que inmediatamente empezará a hablar de su divertido osito. Buenas noches. Que sueñes con los angelitos.
Pero dormí muy mal. Una hora después de haberme echado en la cama, rendido por el sueño, volví a despertarme sediento, inquieto, con calor y frío alternativamente, excitado hasta un punto inhabitual en mí. Es cierto que había bebido mucho, pero la zozobra de aquella noche poblada de fantasmas no podían explicarla ni el brebaje, ni el Chartreuse, ni el Mavrodaphne Trifle, ni siquiera el hecho de que había estado inmóvil y en silencio durante la velada en vez de despejarnos, como normal­mente hacíamos, brincando y saltando. Ningún sueño vino a distorsionar con formas terroríficas las imágenes de la velada. Permanecí tumbado, despierto y lúcido. Me repetía a mí mismo las palabras de Anthony, recordaba mentalmente su acento, y el énfasis y la cadencia de su hablar, mientras debajo de mis párpados cerrados veía su cara pálida, iluminada por la luz de las velas, tal como la había visto frente a mí durante la cena. En un momento, en el transcurso de las horas de la oscuridad, saqué los dibujos guardados en mi sala de estar, me senté junto a la ventana abierta y los miré uno a uno. En el patio todo estaba negro e inmóvil; las campanas sólo se despertaban cada cuarto de hora y cantaban por encima de los gabletes. Bebí agua de Seltz, fumé y me atormenté hasta que la luz del nuevo día y una suave brisa matinal me hicieron volver a la cama.
Al despertar, Lunt estaba de pie en el umbral.

-Le he dejado dormir. Me ha parecido que no tenía intención de ir a la iglesia.

-Tenías toda la razón.

-La mayoría de los estudiantes de primer año y bastantes de segundo y tercero han ido. Es por el nuevo capellán. –Nunca había habido una comunión colectiva...; sólo comulgaban los que querían, y había oficios religiosos de mañana y de tarde.

Era el último domingo del trimestre; el último del año. Cuando iba a darme un baño, el patio se fue llenando de estudiantes con toga y sobrepelliz que se dirigían tranquilamente de la capilla al comedor. Al volver a mi habitación, les hallé fumando en pequeños grupos. Jasper había venido en bicicleta desde la ciudad para estar con ellos.

Bajé la vacía calle Broad para ir a desayunar, como a menudo hacía los domingos, en un salón de té frente a Balliol. Las campanas de todas las iglesias resonaban en el aire, y el sol que proyectaba largas sombras sobre los espacios abiertos disipó mis temores nocturnos. La sala estaba silenciosa como una biblioteca. Algunos estudiantes solitarios de Balliol o Trinity, calzados con zapatillas, levantaron la cabeza cuando entré y luego volvieron a enfrascarse en sus periódicos del domingo. Comí los huevos revueltos y la mermelada amarga con ese entusiasmo que, en la juventud, sigue a una mala noche. Encendí un cigarrillo y me quedé sentado, mientras uno por uno los estudiantes de Balliol y de Trinity pagaban sus cuentas y salían arrastrando los pies para atravesar la calle hasta sus respectivos Colleges. Salí cuando eran casi las once. Durante mi paseo cesaron las campanadas, y por toda la ciudad sonó la que anunciaba, con un toque uniforme, el inicio del servicio religioso.

Parecía que las únicas personas que habían salido aquella mañana iban a la iglesia: estudiantes y graduados, amas de casa y tenderos, todos caminando a ese paso tan inequívocamente británico que tienen los que se dirigen a la iglesia, que no es un deambular ni apresurado ni ocioso. En la mano, forrados de piel de cordero negro y celuloide transparente, los libros litúrgicos de media docena de sectas opuestas, camino de St. Bernabas, St. Columba, St. Aloysius, St. Mary, Pusey House, Blackfriars, y Dios sabe a dónde más... A las iglesias de estilo normando restauradas, a las góticas recobradas, a las disfrazadas de Venecia y de Atenas; todos, a la luz del sol veraniego, acudían a los templos de su culto. Únicamente cuatro orgullosos infieles pro­clamaron su desacuerdo: cuatro hindúes que salían de Balliol con pantalón de franela blanca y chaqueta de sport recién planchados, con turbantes blancos como la nieve, y en sus manos rechonchas y oscuras, cojines de alegres colores, un cesto de comida y Plays Unpleasant de Bernard Shaw, en dirección al río.

En Cornmarket un grupo de turistas discutían con su chófer sobre un mapa de carreteras en las escalinatas del hotel Clarendon y enfrente, saludé, a través de la venerable arcada de Golden Cross, a un grupo de estudiantes de mi College que habían desayunado allí y que ahora, fumando sus pipas, hacían tiempo en el patio de paredes cubiertas de hiedra. Una tropa de boy­scouts, que también iban hacia la iglesia, envueltos en cintas y escudos de colores, pasaron a medio galope en formación nada militar; y en la encrucijada de Carfax encontré al alcalde y su séquito, con sus togas escarlatas y cadenas doradas, precedidos por los portadores de la vara, entre la mayor indiferencia, en procesión para escuchar el sermón en la iglesia de la ciudad. En St. Aldate me crucé con una fila de niños cantores de cuellos almidonados y extrañas gorras, camino de Tom Gate y de la catedral. De esta forma, a través de un mundo piadoso, llegué a las habitaciones de Sebastian.

Había salido. Leí las cartas -ninguna de ellas muy revela­dora- que encontré desperdigadas por su escritorio, y examiné las invitaciones sobre la chimenea... no había ninguna nueva. Entonces me puse a leer Lady into Fox hasta que él volvió.

-He estado en la misa del Antiguo Palacio -dijo-. No he ido durante todo el trimestre, y monseñor Bell me invitó a cenar dos veces la semana pasada. Sé muy bien lo que eso significa: mamá le ha escrito varias cartas. Así que me senté delante de todos, donde por fuerza hubo de verme, y recé a gritos las avemarías del final; se acabó. ¿Qué tal tu cena con Anthony? ¿De qué hablasteis?

-Bueno, fue él quien habló casi todo el tiempo. Dime una cosa, ¿le conociste en Eton?

-Le expulsaron durante mi primer trimestre. Recuerdo ha­berle visto por allí. Siempre ha llamado la atención.

-¿Iba a la iglesia contigo?

-Me parece que no, ¿por qué?

-¿Conoce a algún miembro de tu familia?

-Charles, ¡qué raro estás hoy! No. Lo dudo mucho.

-¿No conoció a tu madre en Venecia?

-Creo que ella dijo algo al respecto, pero he olvidado qué. Me parece que ella estaba en casa de unos primos míos italianos, los Fogliere, y Anthony se presentó en el hotel con su familia. Los Fogliere dieron una fiesta a la que no fueron invitados. Sé que mamá dijo algo al respecto cuando le comenté que era amigo mío. No se me ocurre la razón para querer asistir a una fiesta de los Fogliere. La princesa está tan orgullosa de su sangre inglesa que nunca habla de otra cosa. En fin, tengo entendido que Anthony no molestaba especialmente a nadie. Era su madre quien resultaba difícil de aceptar.

-¿Y quién es la duquesa de Vincennes?

-¿Poppy?

-Stephanie.

-Eso debes preguntárselo a Anthony. Afirma haber vivido un idilio con ella.

-¿Y es verdad?

-Podría ser. Creo que es algo más o menos obligatorio en Cannes. ¿Por qué te interesa tanto?

-Sólo quería averiguar cuánto de verdad hay en lo que me contó anoche.

-Me extrañaría que te hubiera dicho una sola verdad. En eso reside su gran encanto.

-Tú quizá le encuentres encantador. Yo creo que es diabólico. ¿Sabes que se pasó toda la velada intentando ponerme en tu contra, y que casi lo logra?

-¿De verdad? Qué tonto. Aloysius no lo aprobaría en ab­soluto, ¿verdad que no, viejo osito pomposo? Y entonces entró Boy Mulcaster en la habitación.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   18

similar:

Colección andanzas iconColección Puyal

Colección andanzas iconColección Materia

Colección andanzas iconColección Materia

Colección andanzas iconColección Materia

Colección andanzas iconColección: a debate

Colección andanzas iconColección 30 años

Colección andanzas iconDirección de Colección

Colección andanzas iconColección ideas

Colección andanzas iconColección latinoamérica

Colección andanzas iconColección Materia




Todos los derechos reservados. Copyright © 2015
contactos
p.se-todo.com