Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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fecha de publicación26.12.2015
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Volví a casa para las largas vacaciones de verano sin dinero y sin proyectos. Cubrí los gastos de fin de curso vendiendo mi biombo a Collins por diez libras, de las cuales me quedaban cuatro. El último talón que firmé dejó en descubierto unos chelines, y en el banco me dijeron que no podía disponer de más dinero sin una autorización de mi padre. Mi próxima asignación no llegaría hasta octubre, por lo tanto, me esperaba un sombrío porvenir y, al pensar en él, me invadió una sensación parecida al remordimiento por el despilfarro de las últimas semanas.

Había empezado el trimestre con los gastos de manutención y matrícula pagados y más de cien libras en el bolsillo. Lo gasté todo, a pesar de que nunca pagaba ni un penique al contado si podía conseguir crédito. No tenía ninguna razón particular para hacer eso: obrar así tampoco me proporcionó un placer especial; el dinero se esfumó en tonterías. Sebastian solía burlarse de mí diciendo:

-Gastas el dinero como un corredor de apuestas.

Y, sin embargo, lo había gastado en él y con él. Su propia situación económica no era nada clara y siempre estaba en apuros.

-Todas esas cosas las llevan los abogados -explicaba, de­primido-, y supongo que distraen una buena parte del dinero. De todas formas, a mí no me llega gran cosa. Claro que mamá me daría lo que le pidiese.

-Entonces ¿por qué no le pides una asignación decente?

-Bueno, es que a mamá le gusta que todo sea un regalo. Es tan buena... -dijo, añadiendo una pincelada más al retrato que yo me estaba formando de ella.

Y ahora Sebastian había desaparecido para llevar su otra vida, de la que yo estaba excluido, y me quedé abandonado y arre­pentido.

¡Con qué falta de generosidad renegamos, andando el tiempo, de los buenos propósitos de nuestra juventud, al evocar largos días de verano de irreflexiva disipación! No es sincero el relato sobre la historia de un muchacho, entre adolescente y adulto, si no describe la nostalgia que siente por la sana moral de los niños, el arrepentimiento, el propósito de enmienda, y esas horas negras que, como el cero en la ruleta, aparecen con una prevista regu­laridad.

Así transcurrió mi primera tarde en casa. Erré de una habi­tación a otra, mirando por los cristales, ya al jardín, ya a la calle, mientras me hacía amargas recriminaciones.

Sabía que mi padre estaba en casa, pero su estudio era inviolable y no salió a saludarme hasta la hora de la cena. Tenía entonces cerca de sesenta años, pero se esforzaba por aparentar muchos más; viéndolo se le daban setenta años, oyéndolo, casi ochenta. Vino a mi encuentro con su paso característico, arras­trando los pies al estilo mandarín, y con una tímida sonrisa de bienvenida dibujándose en sus labios. Cuando cenaba en casa, y pocas veces cenaba en otra parte, vestía esmoquin de terciopelo, que tan de moda estuvo hace muchos años y que volvería a estarlo más tarde, pero que en aquel momento era un arcaísmo deli­berado.

-Mi querido muchacho, nadie me dijo que estabas aquí. ¿Has tenido un viaje muy fatigoso? ¿Te sirvieron el té? ¿Te encuentras bien? Acabo de hacer una adquisición algo audaz en Sonerscheins: un toro de terracota del siglo V. Lo estaba examinando y me olvidé de tu llegada. ¿Estaba muy lleno tu compartimiento? ¿Conseguiste asiento al lado de la ventanilla?

El viajaba tan poco que los relatos de viajes de los demás despertaban su curiosidad.

-¿Te dio Hayter el periódico de la tarde? Noticias no hay, claro... Sólo un montón de tonterías.

Se anunció la cena. Siguiendo una costumbre de largos años, mi padre se llevó un libro a la mesa y, al recordar mi presencia, lo dejó caer furtivamente debajo de su silla.

-¿Qué te apetece beber? Hayter, ¿qué tenemos para el señorito Charles?

-Queda algo de whisky.

-Queda whisky. ¿Prefieres quizá otra cosa? ¿Qué más te­nemos?

-No hay nada más en la casa, señor.

-No hay nada más. Debes decirle a Hayter lo que te gusta beber y te lo conseguirá. Últimamente no tengo vino en casa. A mí me lo han prohibido y nadie viene a verme. Pero mientras

estés aquí debes tomar lo que más te guste. ¿Te quedarás mucho tiempo?

-No lo sé con certeza, padre.

-Estas vacaciones son muy largas -dijo con nostalgia-. En mi época solíamos hacer lo que llamábamos excursiones instructivas, siempre a regiones montañosas. ¿Por qué? ¿Por qué -repitió, irritado- se piensa que el escenario alpino es propicio para el estudio?

-Había pensado inscribirme en una escuela de arte... en las clases de dibujo al natural.

-Mi querido muchacho, las encontrarás todas cerradas. Los alumnos se van a Barbizon o sitios así y pintan al aire libre. En mis tiempos había una cosa llamada «club de dibujo»: jóvenes de uno y otro sexo [resuello], todos en bicicleta [resuello], knic­kers de mezclilla, sombrillas de holanda y, según se decía, amor libre [resuello]. ¡Cuánta tontería! Supongo que siguen existiendo. Podrías probar.

-Uno de los problemas que tengo estas vacaciones es el económico, padre.

-Bueno, a tu edad una cosa así no debería preocuparte.

-Verá, es que ando un poco escaso.

-¿Ah, sí? -comentó mí padre sin la menor muestra de interés.

-En realidad, no sé exactamente cómo voy a arreglármelas durante los próximos dos meses.

-Bueno, yo soy la persona menos indicada para darte con­sejos. Nunca me he quedado «escaso», como tan penosamente lo llamas tú. Sin embargo, ¿de qué otra forma podrías haberlo expresado? ¿Sin blanca? ¿En la penuria? ¿Apurado? ¿Sin cinco? ¿Con el bolsillo vacío? [resuello]. ¿En las últimas? ¿A dos velas? Digamos que te encuentras apurado, y dejémoslo así. Tu abuelo me dijo una vez: «Debes vivir dentro de tus posibilidades, pero si alguna vez te ves en un aprieto, recurre a mí. No acudas nunca a los judíos». ¡Cuántas tonterías! Pruébalo. Vete a ver a esos caballeros de Jermyn Street que ofrecen adelantos sólo a cambio de tu firma. Mi querido muchacho, no te darán ni una libra.

-¿Qué sugiere que haga entonces?

-Tu primo Melchior hizo unas inversiones imprudentes y se encontró en muy graves apuros. El se marchó a Australia.

No había visto a mi padre tan regocijado desde que halló dos páginas de papiros del siglo II entre las hojas de un breviario lombardo.

-Hayter, se me ha caído el libro.

Le fue devuelto de debajo de sus pies. Lo apoyó contra el épergne y durante el resto de la cena guardó silencio, exceptuando un resuello de júbilo que se le escapaba de vez en cuando y que, estoy convencido, no estaba provocado por lo que estaba leyendo.

Nos levantamos de la mesa, fuimos a sentarnos en la sala y, sin más, dejó de pensar en mi persona. Sus pensamientos, yo lo sabía, estaban muy lejos. Estaba reviviendo aquella época lejana en la que se desenvolvía a sus anchas, en la que el tiempo transcurría por siglos, las cifras quedaban desfiguradas y los nombres de sus compañeros no eran más que una falsa inter­pretación de palabras cuyo significado era totalmente distinto. Su manera de sentarse habría resultado del todo incómoda para cualquier otra persona: con el cuerpo torcido en su butaca de respaldo recto, mantenía el libro en alto y oblicuo con respecto a la luz. De vez en cuando sacaba un lápiz dorado de la cadena del reloj y anotaba algo al margen. Las ventanas estaban abiertas a la noche veraniega y los únicos sonidos audibles eran el tic­tac de los relojes, el murmullo distante del tráfico en Bayswater Road, y el ruido que hacía mi padre al pasar las páginas a intervalos regulares. Había pensado que sería poco diplomático fumar un puro después de proclamar mi pobreza, pero ahora, desesperado, subí a mi habitación en busca de uno. Mi padre ni siquiera levantó la cabeza. Lo perforé, lo encendí, y con renovada confianza dije:

-Padre, no querrá que pase todas las vacaciones aquí con usted, ¿verdad?

-¿Cómo?

-¿No le resultará muy pesado tenerme en casa durante tanto tiempo?

-Confío en que nunca exteriorizaría semejante sensación aunque la sintiera -repuso mi padre tranquilamente. Y volvió a su lectura.

La velada terminó: los muchos relojes repartidos por toda la sala dieron las once en diversos tonos musicales. Mi padre cerró el libro y se quitó las gafas.

-Sé bienvenido, mi querido muchacho. Quédate el tiempo que te convenga. -Al llegar a la puerta se detuvo y volvió a mirarme.- Tu primo Melchior se ganó el pasaje a Australia al pie del mástil [resuello]. Me pregunto qué significaría eso de «al pie del mástil».
Durante la semana siguiente, húmeda y bochornosa, las re­laciones con mi padre se deterioraron de manera evidente. Le veía muy poco durante el día, pues pasaba interminables horas encerrado en la biblioteca. De vez en cuando salía y se acercaba a la barandilla, desde donde gritaba:

-Hayter, llame un coche.

Y se marchaba, algunas veces durante media hora o menos, otras durante todo el día. Nunca dio una explicación de sus ausencias. Yo veía a menudo que le subían bandejas a horas extrañas, con refrigerios frugales, más apropiados para niños: galletas, un vaso de leche, plátanos... Si por casualidad nos encontrábamos en un pasillo o en las escaleras, me miraba inexpresivamente y me decía: «Ajá» o «Mucho calor ¿eh?» o «Perfecto, perfecto»; por la noche, cuando bajaba a la sala con su esmoquin de terciopelo, siempre me saludaba con toda for­malidad.

La mesa del comedor era a la hora de la cena nuestro campo de batalla.

La segunda noche me llevé un libro a la mesa. Su mirada afable y observadora se fijó en él con repentina atención y, al pasar por el vestíbulo, con gesto furtivo, dejó el suyo sobre una mesita. Una vez sentados ambos, dijo con tono quejumbroso:

-En serio, Charles, podrías hablar conmigo. He tenido un día muy agotador. Esperaba con ilusión poder conversar un rato.

-Naturalmente, padre. ¿De qué podríamos hablar?

-Anímate. Ayúdame a salir de mí mismo -dijo, malhumo­rado-. Háblame de los estrenos de teatro.

-Pero ¡si no he ido a ninguno!

-Deberías hacerlo, ¿sabes?, te lo digo en serio. No es natural que un muchacho pase todas las noches encerrado en casa.

-Bueno, padre, ya se lo dije. No me sobra dinero para permitirme el lujo de ir al teatro.

-Mi querido muchacho, no deberías dejarte dominar de esa forma por el dinero. Fíjate, a tu edad tu primo Melchior era copropietario de una obra musical. Fue una de sus pocas empresas logradas. Deberías ir al teatro como parte de tu educación. Si lees biografías de hombres eminentes, descubrirás que al menos la mitad de ellos iniciaron sus conocimientos del género dramático desde el gallinero. Tengo entendido que no hay mayor placer. Es allí donde se encuentran los críticos y aficionados de verdad. A eso se le llama «sentarse con los dioses». El gasto es irrisorio e, incluso mientras haces cola, en la calle actúan los saltimbanquis para entretenerte. Tú y yo nos sentaremos con los dioses una noche de éstas. ¿Qué te parece la cocina de la señora Abel?

-Igual que siempre.

-Fue tu tía Philippa quien la inspiró. Dio diez menús a la señora Abel y ella nunca los ha variado. Cuando estoy solo, no me doy cuenta de lo que como, pero ahora que estás aquí tenemos que pedir otras cosas. ¿Qué te apetecería? ¿Qué es lo propio de esta época del año? ¿Te gusta la langosta? Hayter, dígale a la señora Abel que mañana haga langosta para cenar.

Aquella noche la cena consistía en una sopa blanca e insípida, unos filetes de lenguado demasiado hechos, acompañados por una salsa rosada, costillas de cordero apoyadas contra un cono de puré de patatas, y de postre unas peras hervidas sobre una especie de bizcocho, cubiertas de gelatina.

-Ceno tanto únicamente por respeto a tu tía Philippa. Insistió en que una cena de tres platos era muy de clase media. «Si dejas que los criados se salgan con la suya, aunque sólo sea una vez», decía, «verás cómo acabas cenando todas las noches nada más que una costilla». La verdad es que me encantaría. Con toda confianza, eso es exactamente lo que hago cuando la señora Abel tiene la noche libre y ceno en el club. Pero tu tía dio orden de que cuando estoy en casa debo tomar sopa y tres platos: unas veces toca pescado, carne y un postre no dulce; otras, carne, un plato dulce y otro no dulce. Existen varias combinaciones posi­bles. Es asombroso cómo algunas personas logran imponer su voluntad de forma contundente. Tu tía poseía ese don.

»Es curioso pensar que hubo un tiempo en que ella y yo cenábamos juntos todas las noches..., exactamente como lo es­tamos haciendo tú y yo, hijo. Ella sí se esforzaba incansablemente en ayudarme a salir de mí mismo. Solía hablarme de sus lecturas. Tenía el propósito de que formáramos un hogar ¿sabes? Pensaba que me volvería un excéntrico si vivía solo. A lo mejor es cier­to que me he vuelto raro. ¿A ti qué te parece? Pero no funcionó. Al final conseguí que se fuera.

Lo dijo en un inequívoco tono de amenaza.

En gran parte a causa de mi tía Philippa me sentía como un extraño en casa de mi padre. Vino a vivir con nosotros tras la muerte de mi madre, con la idea, como acababa de decir mi padre, de formar su hogar junto a nosotros. Yo ignoraba entonces el mal rato que representaba todas las noches la hora de la cena. Mi tía se propuso convertirse en mi compañera, y yo la acepté sin resistencia. Aquello duró un año. Luego todo cambió: prime­ro, mi tía volvió a abrir su casa de Surrey, que había pensado vender, y vivía en ella durante el curso escolar. Sólo pasaba en Londres unos días para ir de compras y ver algún espectáculo. Y luego, durante mi último trimestre en el colegio, se marchó de Inglaterra. «Al final conseguí que se fuera», dijo mi padre con tono de burla y triunfo al referirse a aquella bondadosa mujer, y a él le constaba que yo había captado cierto desafío en sus palabras y que debía darme por aludido.

Al salir del comedor, mi padre preguntó:

-Hayter, ¿ha hablado ya con la señora Abel de las langostas que encargué para mañana?

-No, señor.

-Pues no lo haga.

-Muy bien, señor.

Y cuando llegamos a la sala y nos dispusimos a sentarnos, dijo:

-Me pregunto si Hayter tenía realmente la intención de decirle lo de las langostas. Me parece más bien que no. ¿Sabes una cosa? Creo que él ha pensado que lo decía en broma.

Al día siguiente, por pura casualidad, hallé un arma para contraatacar: me encontré en la calle con un antiguo compañero de colegio, llamado Jorkins. Nunca había simpatizado demasiado con él. Una vez, en tiempos de mi tía Philippa, había venido a tomar el té, y ella dictaminó que posiblemente fuera encantador en el fondo, pero muy poco atractivo a primera vista. Le saludé con entusiasmo y le invité a cenar. Vino y demostró no haber cambiado apenas. Hayter debía haber prevenido a mi padre de que había un invitado, porque en vez de su esmoquin de tercio­pelo vestía frac, chaleco negro, un cuello muy alto y una corbata blanca muy estrecha. Llevaba esa indumentaria con aire melan­cólico, como si fuera un traje de luto riguroso. Aquel aire lo había adoptado en su primera juventud y, al descubrir que el estilo le iba bien, decidió conservarlo. Nunca tuvo un esmoquin normal.

-Buenas noches, buenas noches. Qué amable, haber venido de tan lejos.

-Oh, no de tan lejos -replicó Jorkins, que vivía en Sussex Square.

-La ciencia acaba con las distancias -sentenció mi padre, desconcertándonos-. ¿Está aquí por cuestión de negocios?

-Bueno, yo me dedico a los negocios, si es lo que quiere saber.

-Yo tenía un primo que era hombre de negocios... no lo conocerá; era de otros tiempos. Precisamente la otra noche hablaba de él con Charles. He estado pensando mucho en él. Fracasó -en este punto, mi padre hizo una pausa para impre­sionarnos con el adjetivo-... estrepitosamente.

Jorkins emitió una risa nerviosa, y mi padre fijó en él una mirada cargada de reproche.

-¿Estima usted que su desgracia es motivo de risa? Quizá la palabra que he empleado no sea muy corriente; sin duda usted diría que «su empresa se vino abajo».

Mi padre era dueño de la situación. Había creado para su propio uso una pequeña fantasía según la cual Jorkins era nor­teamericano y, durante toda la velada, jugó con él, como prac­ticando un delicado juego de salón, explicándole los términos típicamente ingleses que surgían en la conversación, traduciendo libras en dólares y dirigiéndose cortésmente a él con expresiones tales como: «Claro, según el criterio de ustedes...»; «Todo esto le debe parecer muy provinciano, señor Jorkins»; «En esas enormes extensiones a las que está usted acostumbrado...». De manera que mi invitado se quedó con la vaga sensación de que se había establecido de algún modo un concepto equivocado en cuanto a su identidad, pero nunca tuvo oportunidad de aclararlo. Una y otra vez buscó la mirada de mi padre, durante la cena, esperando descubrir en ella una simple prueba de que aquel modo de dirigirse a él era una broma refinada, pero se encontró con una mirada de tan bondadosa complacencia que le dejó perplejo.

En un momento dado, creí que mi padre se había excedido cuando dijo:

-Me temo que, si vive en Londres, debe echar mucho de menos su deporte nacional.

-¿Mi deporte nacional? -preguntó Jorkins, quien pese a su falta de agudeza intuía que por fin había encontrado la oportu­nidad de aclarar el asunto.

Mi padre le miró primero a él y luego a mí, y su expresión amable se tornó maliciosa, para volver a reflejar amabilidad cuando se dirigió de nuevo a Jorkins. Era la mirada de un jugador que muestra una mano de cuatro ases contra un full.

-Su deporte nacional -insistió suavemente--, el cricket -­resolló sin poder controlarse, mientras le temblaba todo el cuerpo y se secaba los ojos con la servilleta-. Seguramente, ya que trabaja en la City, le queda muy poco tiempo para acudir a los campos de cricket.

Nos dejó en la puerta del comedor.

-Buenas noches, señor Jorkins. Espero que nos volverá a visitar la próxima vez que «cruce el charco».

-Oye, ¿qué quería decir tu progenitor con eso? Al parecer, me toma por americano.

-A veces es un poco raro.

-Me refiero a todo eso de aconsejarme que visite la abadía de Westminster... Me ha parecido muy extraño.

-Sí, me cuesta explicarlo.

-Por un momento he pensado que me estaba tomando el pelo -dijo Jorkins confundido.
Mi padre lanzó su contraataque unos días más tarde. Me buscó para decirme:

-¿Sigue aquí el señor Jorkins?

-No, padre; claro que no. Sólo vino a cenar.

-Vaya, pensaba que estaba de visita. Un joven tan versátil... Pero tú sí que cenas en casa, ¿verdad?

-Sí.

-He invitado a algunas personas para aliviar un poco la monotonía de tus veladas en casa. ¿Crees que la señora Abel estará a la altura de las circunstancias? No lo creo. Pero nuestros invitados no son exigentes. Sir Cuthbert y lady Orme-Herrick serán el centro de la reunión. Espero poder escuchar un poco de música después de la cena. Pensando en ti, he incluido en las invitaciones a algunas personas jóvenes.

Los presentimientos que el proyecto de mi padre me provo­caron fueron ampliamente superados por la realidad. Mientras los invitados se iban reuniendo en lo que mi padre, con toda naturalidad, llamaba «la galería», me di perfecta cuenta de que habían sido elegidos cuidadosamente para incomodarme. Las «personas jóvenes» eran la señorita Gloria Orme-Herrick, estu­diante de violoncelo; su novio, un joven calvo que trabajaba en el Museo Británico, y un editor «monóglota» de Munich. Vi que, mientras hablaba con ellos, mi padre me dirigía disimuladamente una mirada llena de burla desde atrás de una caja que contenía objetos de cerámica. Esa noche se había puesto a modo de caballeresco escudo de batalla, una pequeña rosa roja en el ojal.

La cena duró mucho y fue elegida, al igual que los invitados, conforme a una intención de esmerada burla. No era uno de los menús de la tía Philippa; se había inspirado en una época muy anterior a ella, y antes de que mi padre tuviera edad para cenar en el comedor con los mayores. Las fuentes estaban dispuestas según cierto criterio ornamental, alternando los colores rojo y blanco. Tanto la comida como el vino eran insípidos. Después de cenar, mi padre llevó al editor alemán al piano y luego, mientras éste tocaba, salió del salón para enseñar a sir Cuthbert Orme-Herrick el toro etrusco de la galería.

Fue una velada horrorosa y, cuando por fin se marcharon los invitados, quedé sorprendido al descubrir que sólo pasaban unos minutos de las once. Mi padre se sirvió un vaso de agua de cebada y dijo:

-¡Qué amigos tan pesados tengo! ¿Sabes? Sin el aliciente de tu presencia, nunca me habría animado a invitarlos. He aban­donado mucho mis deberes sociales últimamente. Pero ahora que me estás haciendo una visita tan larga, organizaré muchas veladas así. ¿Te ha caído bien la señorita Gloria Orme-Herrick?

-No.

-Ah, ¿no? ¿Fue su bigotito lo que no te ha gustado, o sus pies francamente grandes? ¿Crees que ella lo ha pasado bien?

-No.

-Esa misma ha sido mi impresión. Dudo de que alguno de nuestros invitados recuerde esta noche como una de sus veladas más felices. Aquel joven extranjero tocó, en mi opinión, de modo atroz. ¿Dónde pude haberle conocido? Y la señorita Constantia Smethwick... ¿dónde la habré conocido? Pero hay que cumplir con las obligaciones de la hospitalidad. Mientras estés aquí, no te aburrirás.

La batalla resultó recíprocamente destructiva durante los si­guientes quince días. Pero no fue él quien más sufrió, porque tenía mayores reservas para sacar partido, y un territorio más amplio para maniobrar, mientras yo estaba sujeto a mi cabeza de puente entre las montañas y el mar. El nunca declaraba sus objetivos bélicos y aún hoy ignoro si eran puramente punitivos... No sé si tan sólo estaba obsesionado con alguna idea geopolítica de echarme fuera del país, del mismo modo que mi tía Philippa se vio obligada a marcharse a Bordighera y el primo Melchior a Darwin, o bien -y esto parecía lo más probable- si luchaba por el simple placer de mantener una batalla en la que, no cabe duda, llevaba la voz cantante.

Recibí una sola carta de Sebastian, un sobre impresionante que un mediodía me entregaron en presencia de mi padre mientras comíamos. Observé que lo miraba con curiosidad, y me lo llevé para leer tranquilamente a solas. El sobre y el papel eras de un pesado papel de luto victoriano, con la corona y los borde:, negros. Leí ansiosamente:
Castillo de Brideshead

Wiltshire

Me pregunto qué fecha será

Querido Charles:

Encontré una caja de este papel de cartas en el fondo de un escritorio: lo utilizo porque estoy de luto por mi inocencia perdida. Nunca pareció que fuera a vivir. Los médicos desesperaron desde el primer momento.

Pronto me marcho a Venecia a vivir con mi papá en su pecaminoso palacio. Ojalá vinieras tú también. Ojalá estuvieras aquí.

Nunca me encuentro del todo solo. Siempre hay miem­bros de mi familia que se presentan para recoger sus cosas y volverse a marchar, pero las frambuesas blancas ya están maduras.

Me parece que no voy a llevar a Aloysius a Venecia. No quiero que conozca a esos horribles osos italianos y adquiera malas costumbres.

Un abrazo, o lo que prefieras.

Hacía tiempo que yo estaba familiarizado con sus cartas, después de haber recibido algunas en Rávena. No debería ha­berme decepcionado, pero ese día, al romper la regia hoja de papel y dejarla caer en la papelera, mi vista recorrió los descui­dados jardines y desiguales fachadas posteriores de las casas de Bayswater, el revoltijo de cañerías de desagüe y escaleras de incendio y las pequeñas galerías sobresaliendo de las paredes, y evoqué la cara pálida de Anthony Blanche mirándome a través de un claro entre las escasas hojas, del mismo modo que miraba a través de la llama de una vela en Thame y, por encima del murmullo del tráfico, oí su voz clara...

-No debes reprocharle a Sebastian que a veces parezca un poco insulso... Cuando le oigo hablar, me recuerda a aquel dibujo, en cierto modo nauseabundo, de Bubbles.

Durante muchos días después de recibir la carta, creí que odiaba a Sebastian. Y un domingo por la tarde llegó un telegrama suyo, que disipó esa sombra para tender otra más oscura.

Mi padre había salido y al volver me halló en un estado de ansiedad febril. De pie en la entrada, tocado aún con su panamá, su expresión rebosaba alegría.

-¿A que no sabes dónde he pasado el día? He estado en el zoológico. Ha sido sumamente agradable. ¡Los animales parecían disfrutar tanto del sol!

-Padre, tengo que marcharme en seguida. -Ah, ¿sí?

-Un gran amigo mío... ha sufrido un terrible accidente. Debo ir a verle en seguida. Hayter me está preparando el equipaje. Salgo en tren dentro de media hora.

Le enseñé el telegrama, que decía simplemente: «Gravemente herido. Ven en seguida. Sebastian».

-Vaya -dijo mi padre-. Lamento verte tan preocupado. Por el mensaje yo no diría que el accidente haya sido tan grave como pareces creer...; si fuera así, difícilmente lo habría firmado la propia víctima. Pero en fin... Claro, es posible que esté totalmente consciente, pero ciego o paralizado y con la columna rota. ¿Por qué es tan necesaria tu presencia? No tienes cono­cimientos médicos. Tampoco eres sacerdote. ¿Esperas una he­rencia?

-Ya se lo he dicho; es un gran amigo.

-Bueno, Orme-Herrick es un gran amigo mío, pero yo no iría corriendo a su lecho de muerte una cálida tarde de domingo. No creo que lady Orme-Herrick se alegrara mucho de verme. Sin embargo, veo que no te asaltan tales dudas. Te echaré de menos, mi querido muchacho, pero tampoco hace falta que regreses precipitadamente para complacerme.

Un espíritu menos ansioso que el mío se habría tranquilizado con la vista de la estación de Paddington aquella tarde de domingo de agosto en que el sol atravesaba los oscuros cristales del techo, los puestos de periódicos estaban cerrados y unos cuantos pasajeros caminaban sin prisas por delante de los mozos.

El tren estaba casi vacío. Hice que me colocaran la maleta en el rincón de un compartimiento de tercera clase, y fui a sentarme en el vagón restaurante.

-Primer servicio de cena después de Reading, señor; a las siete, aproximadamente. ¿Puedo servirle alguna cosa?

Pedí ginebra con vermut y me lo sirvieron cuando el tren abandonaba la estación. Los cuchillos y tenedores empezaron a tintinear mientras el brillante paisaje desfilaba por la ventanilla. Pero mi ánimo no estaba propicio para serenas contemplaciones. Al contrario, el miedo iba fermentando en mi mente e iba sacando a la superficie, en grandes y turbias burbujas, imágenes de catástrofe: una escopeta cargada descuidadamente apoyada contra una verja, un caballo encabritado que cae por tierra, un estanque sombrío con una estaca sumergida, la rama de un olmo que se cae de repente una tranquila mañana, un coche en una curva sin visibilidad... el catálogo completo de las amenazas de la vida civilizada desfiló para obsesionarme. Incluso llegué a imaginar a un maníaco homicida haciendo muecas desde las sombras, con un caño de plomo balanceándose en su mano. Los campos de trigo y los frondosos bosques se sucedían rápidamente, difusos en el atardecer dorado, y la vibración de las ruedas repetía con monotonía en mis oídos: «Demasiado tarde. Demasiado tarde. Está muerto. Está muerto. Está muerto».

Cené y luego cambié de tren para coger la línea local. Atar­decía cuando llegué a Melstead Carbury, mi destino.

-¿A Brideshead, señor? Pase, lady Julia le está esperando.

Estaba sentada al volante de un descapotable. La reconocí en el acto; habría sido imposible confundirla.

-¿Charles Ryder? Suba.

Su voz era la de Sebastian; su manera de hablar también.

-¿Cómo está?

-¿Sebastian? Oh, perfectamente. ¿Ha cenado? ¿Sí? Seguro que de mala manera. Comerá algo en casa. Sebastian y yo estamos solos, así que decidimos esperarle.

-¿Qué le ha ocurrido?

-¿No se lo dijo? Supongo que pensaría que usted no iba a venir si se lo contaba. Se rompió un hueso del tobillo, un hueso tan pequeño que ni siquiera tiene nombre. Pero ayer le hicieron una radiografía y le dijeron que no se moviera durante un mes. Para él ha sido una catástrofe porque ha estropeado todos sus planes. Ha estado insoportable... Todos los demás se han ido. Intentó que yo me quedara. Bueno, me imagino que conoce su exasperante propensión a lo patético. Estuve a punto de acceder, y luego dije: «Debe haber alguien a quien puedas recurrir». . Replicó que todo el mundo estaba fuera u ocupado, y que además no deseaba la presencia de nadie. Pero por fin accedió a intentar dar con usted y yo le prometí que me quedaría si usted fallaba, así que ya puede imaginarse cuánto le aprecio en estos momentos. Es realmente muy noble por su parte haberse apresurado a venir desde tan lejos.

Pero en sus palabras yo advertía -o me parecía advertir- un sutil matiz de desprecio, inspirado por mi disponibilidad. -Pero, ¿cómo se lo hizo?

-No se lo va a creer: jugando al croquet. Se enfadó y tropezó con uno de los aros. Ya ve, una herida muy poco honorable.

Se parecía tanto a Sebastian que, sentado a su lado a la luz menguante del anochecer, me sentía confundido por una doble ilusión de familiaridad y extrañeza. Era como observar a través de un potente catalejo cómo se acerca un hombre desde lejos, estudiar cada detalle de su cara y ropas, tener la impresión de que sólo hace falta extender la mano para poder tocarle, hasta el punto de maravillarnos de que no nos oiga ni levante la cabeza si nos movemos, y luego, al verle sin ayuda del catalejo, acordarse de repente de que no somos para él más que un punto distante, escasamente humano. Yo la conocía, pero ella no me conocía a mí. Su cabello oscuro era apenas más largo que el de Sebastian; el viento se lo echaba hacia atrás, como al de su hermano. Los ojos que miraban la carretera oscura eran los de él, pero más grandes. La expresión de su boca pintada era menos amistosa. Llevaba en la muñeca una pulsera de pequeños amuletos, y en las orejas dos argollas de oro. Su abrigo de verano revelaba unas pulgadas de un vestido de seda estampado; las faldas se llevaban cortas en aquella época, y sus piernas, estiradas hacia los pedales del coche, eran largas y delgadas, asimismo acordes con la moda de entonces. Como el sexo era la diferencia palpable entre lo familiar y lo extraño, parecía llenar el espacio entre nosotros, de manera que me resultaba especialmente femenina, sensación que ninguna otra mujer me había inspirado con tanta intensidad.

-Me aterroriza conducir a esta hora del anochecer -dijo-. Al parecer, en casa no hay ahora nadie que sepa conducir un coche. Sebastian y yo estamos prácticamente acampando allí.

Espero que no haya venido con la esperanza de encontrar una tertulia fastuosa.

Se inclinó hacia delante para sacar una caja de cigarrillos de la guantera.

-No, gracias. -Enciéndame uno, ¿quiere?

Era la primera vez en mi vida que alguien me pedía eso y, al quitar el cigarrillo de mis labios y colocarlo entre los suyos, sentí un leve deseo sexual, que sólo yo percibí.

-Gracias. Usted ya ha estado aquí. Nanny me lo contó. A las dos nos pareció muy raro que no se quedaran a tomar el té. -Fue cosa de Sebastian.

-Por lo visto se deja manejar usted mucho por él. No debería consentirlo. A él no le conviene.

Ya habíamos salido de la carretera para adentrarnos en la propiedad. El color había desaparecido del bosque y del cielo. La casa parecía pintada en grisaille, excepto el cuadrado de luz dorada delante de las puertas centrales abiertas. Un criado esperaba para subir mi equipaje.

-Ya hemos llegado.

Me precedió al subir los escalones y entrar en el vestíbulo, arrojó su abrigo sobre una mesa de mármol y se agachó para acariciar a un perro que había venido a recibirla.

-No me extrañaría nada que Sebastian ya hubiera empezado a cenar.

En ese momento él apareció entre las columnas del fondo del vestíbulo, conduciendo una silla de ruedas. Llevaba pijama y batín, y un grueso vendaje en el pie.

-Bueno, querido, aquí tienes a tu compinche -anunció Julia, empleando otra vez un tono apenas perceptible de desprecio.

-Creí que te estabas muriendo -dije, consciente como era de que, en ese momento, desde mi llegada, la irritación y no el alivio se iba apoderando de mí, al verme privado de la gran tragedia que yo había anticipado.

-Yo también lo creí. El dolor era inaguantable: Julia, ¿crees que si se lo pidieras tú, Wilcox nos daría champaña esta noche?

-Aborrezco el champaña y el señor Ryder ya ha cenado.

-¿El señor Ryder? ¿Señor Ryder? Charles bebe champaña a todas horas. ¿Sabéis una cosa? Al ver este pie enorme envuelto en vendajes, no puedo quitarme de la cabeza la idea de que tengo gota y eso me da unas ganas terribles de beber champaña.

Cenamos en una habitación que llamaban el «salón pintado». Era un octógono espacioso, de un diseño posterior al resto de la casa. Las paredes estaban adornadas de guirnaldas que forma­ban medallones; decoraban la cúpula escenas pastorales, con grupos de gazmoñas figuras pompeyanas. Todo lo cual, junto con los muebles de caoba y bronce dorado, la alfombra, el candelabro colgante, asimismo de bronce, y los espejos, había sido diseñado con criterio unitario por una mano ilustre.

-Solemos comer aquí cuando estamos solos -explicó Sebas­tian-. Es muy acogedor.

Mientras cenaban, comí un melocotón y les referí la guerra con mi padre.

-Me encantaría conocerle -dijo Julia-. Y ahora, mucha­chos, voy a dejarlos solos.

-¿A dónde vas?

-A la habitación de los niños. He prometido a Nanny una última partida de damas.

Dio un beso a Sebastian en la coronilla y yo le abrí la puerta.

-Buenas noches, señor Ryder, y adiós. No creo que nos veamos mañana. Me marcho temprano. No sé cómo expresarle mi gratitud por haberme relevado como enfermera.

-Mi hermana está muy pomposa esta noche –comentó Sebastian en cuanto ella hubo salido.

-Creo que no le caigo muy bien.

-Creo que nadie le cae muy bien. Yo la quiero. Es tan parecida a mí.

-¿De verdad la quieres? ¿De verdad se te parece?

-En el físico, quiero decir, y en su manera de hablar. Yo no amaría a nadie que tuviera un carácter como el mío.

Tras acabar nuestros oportos, acompañé a Sebastian con su silla a través del vestíbulo de columnas hasta la biblioteca, donde estuvimos charlando esa noche y casi todas las del mes siguiente. Estaba situada en el lado d e la casa que daba a los lagos. Por las ventanas abiertas se veían las estrellas y la noche perfumada, el paisaje índigo y plata del valle iluminado por la luz de la luna, y se oía el rumor del agua que caía en la fuente.

-Lo pasaremos muy bien solos -dijo Sebastian.

A la mañana siguiente, mientras me afeitaba, vi a Julia desde

la ventana de mi cuarto de baño con el equipaje en el asiento posterior del coche. Abandonó el patio y desapareció detrás de la colina, sin volver la mirada, y yo sentí una liberación y una paz semejantes a las que habría de conocer años más tarde, cuando, después de una noche de agitación, las sirenas anunciaban «Todo en calma».
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