Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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fecha de publicación26.12.2015
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La languidez de la juventud, única y quintaesenciada... ¡Qué pronto se pierde para siempre! Todos los demás atributos tra­dicionales de la juventud: el entusiasmo, los afectos generosos, las ilusiones, la desesperación -todos menos ése-, aparecen y desaparecen a lo largo de la vida. Forman parte de la vida misma. Pero la languidez, la relajación de los músculos todavía no agotados, la mente que busca la soledad y se entrega a la introspección, sólo pertenecen a la juventud y con ella mueren. Es posible que en las mansiones del Limbo los héroes disfruten compensaciones semejantes por haber perdido la Visión Beatí­fica; también es posible que dicha Visión tenga cierta afinidad remota con esa experiencia terrenal. Yo, por mi parte, creí estar muy cerca del Paraíso durante aquellos lánguidos días que pasé en Brideshead.
-¿Por qué le llaman «castillo» a esta casa? -Es 19 que era hasta que lo trasladaron. -¿Qué estás diciendo?

-Pues eso. Teníamos un castillo a una milla de aquí, allí abajo, cerca del pueblo. Después nos encaprichamos con el valle, desmontaron el castillo, trajeron las piedras hasta aquí arriba y edificaron una casa nueva. Me alegro de que lo hicieran, ¿y tú?

-Si fuera mía nunca viviría en otra parte.

-Eso es lo malo, Charles, que no es mía. Ahora mismo sí lo es, pero normalmente está llena de bestias rapaces. ¡Ojalá fuera siempre como ahora...! Siempre verano, siempre sin gente, la fruta siempre madura, y Aloysius de buen humor...

Es así como me gusta recordar a Sebastian, tal como era aquel verano, cuando vagábamos a solas por aquel palacio encantado: Sebastian bajando a toda velocidad en su silla de ruedas por los senderos del huerto, bordeados de boj, a la búsqueda de fresas alpinas e higos calientes, o impulsándose a través de los invernaderos, de un perfume a otro, de un clima a otro, para cortar un racimo de uvas moscatel o elegir una orquí­dea para nuestro ojal. Sebastian exagerando cómicamente las dificultades, mientras iba cojeando hasta las antiguas habitaciones de los niños, donde nos sentábamos uno al lado del otro sobre la raída alfombra floreada, con el contenido del armario de juguetes desparramado a nuestro alrededor y Nanny Hawkins bordando plácidamente en un rincón diciendo: «Sois tal para cual; un par de niños. ¿Es eso lo que os enseñan en la universidad?».

Sebastian tendido al sol, de espaldas sobre un banco del patio de columnas mientras que yo, acomodado en una silla dura, me esforzaba por dibujar la fuente.

-¿La cúpula también es de Iñigo Jones? Parece posterior.

-¡Oh, Charles, no seas tan turista! ¿Qué importa cuándo se hizo, si es bonita?

-A mí me interesan esas cosas.

-Pues es una lástima; pensaba que ya te habías curado de todo eso... Ese señor Collins... la culpa es suya.

Vivir entre aquellas paredes constituía una excelente educa­ción estética: vagar de una habitación a otra, de la biblioteca de estilo Soane al salón chino, deslumbrante con sus pagodas do­radas y sus afables mandarines, su papel pintado y sus adornos Chippendale en relieve; ir desde el saloncito pompeyano a la inmensa sala de paredes cubiertas de tapices que se conservaba en el mismo estado que doscientos cincuenta años atrás; sentar­nos hora tras hora a la sombra, contemplando la terraza.

La terraza representaba la culminación del proyecto de la casa. Se erguía por encima de los lagos sobre macizos baluartes de piedra, de manera que, desde las escaleras del vestíbulo, parecía sobrevolarlos y a uno le daba la impresión de que desde las balaustradas sería posible dejar caer una piedrecita en el lago más cercano, a nuestros pies. Los dos brazos de la columnata rodeaban la terraza; más allá, las alamedas de limeros se extendían hasta perderse en las colinas arboladas. Parte de la terraza estaba pavimentada y el resto cubierta de arriates de flores y arabescos de setos de boj enano. Otros setos de boj, más densos y altos, formaban un amplio óvalo recortado por nichos e interrumpido por estatuas; en el centro, dominando todo aquel espléndido panorama, se erguía la fuente, una fuente de las que uno espera encontrar en una piazza del sur de Italia; una fuente que, en efecto, fue descubierta allí hacía un siglo por un antepasado de Sebastian; descubierta, comprada, importada y reedificada en una tierra extraña aunque no hostil.

Sebastian insistió en que la dibujara. Era un tema francamente ambicioso para un aficionado: un cuenco ovalado con una isla de rocas esculpidas en el centro. Sobre las rocas crecía una pétrea y convencional vegetación tropical y frondosos helechos silves­tres ingleses, a través de los cuales corrían una docena de riachuelos en forma de falsos manantiales. Alrededor de ellos jugueteaban fantásticos animales tropicales: camellos, jirafas y un exuberante león, todos ellos vomitando agua. Sobre las rocas, hasta la altura del frontón, se alzaba un obelisco egipcio de arenisca roja... y sin embargo, por una extraña casualidad -el asunto superaba con creces mis posibilidades- logré plasmar el modelo gracias a algunas sabias omisiones y astutos trucos, consiguiendo un eco nada desdeñable de Piranesi.

-¿Quieres que se lo regale a tu madre? -pregunté.

-¿Para qué, si no la conoces?

-Por cortesía. Estoy viviendo en su casa. -Dáselo a Nanny -dijo Sebastian.

Así lo hice, y ella lo agregó a su colección de encima de la cómoda, comentando que se parecía bastante al original que muchas veces oyera alabar, pero cuya belleza nunca había sabido apreciar.

Para mí, su belleza era un descubrimiento muy reciente.

Desde los días en que, de escolar, solía pasear en bicicleta por las parroquias cercanas a mi casa para obtener calcos de las inscripciones de bronce y fotografiar las pilas bautismales, había abrigado amor por la arquitectura y, aunque intelectualmente había realizado ese salto fácil que va desde el puritanismo de Ruskin al puritanismo de Roger Fry, en el fondo de mi corazón mis sentimientos eran insulares y medievales.

Así me convertí al barroco. Bajo aquella cúpula alta e inso­lente, bajo los techos artesonados, mientras paseaba por los arcos y frontones rotos hasta la sombra de las columnas, quedándome, hora tras hora, ante la fuente, interrogando a las sombras, trazando sus ecos persistentes, regocijándome con sus recargadas proezas de temeridad e inventiva, sentí cómo dentro de mí se desarrollaba un sistema nervioso totalmente nuevo, como si el agua que salía a chorros burbujeante de entre sus piedras fuera en verdad un manantial vivificador.

Un día descubrimos en un armario una gran caja de laca japonesa que contenía pinturas al óleo todavía frescas.

-Mamá las compró hace un par de años. Alguien le dijo que sólo se podía apreciar la belleza del mundo intentando pintarla. Nos reímos mucho de ella. Era totalmente incapaz de dibujar, y por brillantes que fueran los colores dentro del tubo, cuando los mezclaba le salía siempre una especie de tono caqui.

Algunas manchas borrosas sobre la paleta lo confirmaban.

-A Cordelia siempre le tocaba limpiar los pinceles. Al final todos protestamos y obligamos a mamá a dejarlo.

Las pinturas nos dieron la idea de decorar el despacho, una habitación que daba a la columnata. En otro tiempo lo usaban para atender allí los negocios de la propiedad, pero estaba abandonado, y sólo contenía algunos juegos de jardín y una tina de áloes mustios. Era evidente que lo habían diseñado para cosas más agradables, quizá como salón de té o estudio, porque las paredes revocadas presentaban delicados paneles rococó y re­corrían el techo hermosas aristas de bóveda. Y fue allí, en uno de los marcos ovalados más pequeños, donde esbocé un paisaje romántico. En los días que siguieron lo llené de color, y, gracias a la suerte y a la feliz atmósfera del momento, resultó un trabajo logrado. De alguna manera, el pincel parecía ejecutar lo que yo esperaba de él. Era un paisaje sin figuras humanas, una escena veraniega de nubes blancas y distancias azules, con ruinas reves­tidas de hiedra en primer plano, luego rocas y una cascada que permitía iniciar un sendero escarpado hasta unos campos verdes que retrocedían hacia la lejanía. Sabía poco de la pintura al óleo, y aprendí su técnica mientras trabajaba. Y, cuando al cabo de una semana lo terminé, Sebastian, entusiasmado, quiso que me pusiera a trabajar en uno de los paneles mayores. Hice algún esbozo. El quería una fête champêtre con su columpio enguir­naldado, paje negro y pastor tocando la flauta. Pero la obra languideció. Yo sabía que mi paisaje era fruto logrado de la buena suerte, y que aquel sofisticado pastiche era demasiado para mí.

Un día bajamos a las bodegas con Wilcox y vimos las bóvedas vacías, que antaño contuvieron miles de botellas de vino; ahora sólo se usaba una nave, con arcones llenos de botellas, algunas de vino cosechado hacía cincuenta años.

-No se ha añadido nada desde que el señor se fue al extranjero -dijo Wilcox-. Muchas de las botellas más viejas están pidiendo a gritos ser bebidas. Ya deberíamos haber puesto a curar las del año dieciocho y las del veinte. He recibido va­rias cartas de los vinateros al respecto. Pero la señora dice que hay que preguntárselo a su hijo, lord Brideshead, y él dice que hay que preguntárselo al señor, y éste dice que hay que preguntárselo a los abogados. Y así nos vamos quedando sin reservas. Al paso que vamos, aquí hay suficiente para diez años, pero después... ¿qué?

Wilcox se alegraba de nuestro interés; le pedimos que nos subiera botellas de cada uno de los arcones y, durante aquellas tranquilas veladas con Sebastian, descubrí realmente el vino, sembrando así la semilla de una rica cosecha que me procuraría consuelo durante tantos años estériles. Nos sentábamos él y yo en el saloncito pintado, con tres botellas abiertas sobre la mesa y tres vasos delante de cada uno. Sebastian encontró un libro sobre el arte de catar vinos y seguimos sus instrucciones al pie de la letra. Calentábamos ligeramente el vaso a la llama de una vela, llenábamos tres cuartas partes, hacíamos que el vino se arremolinara, lo sosteníamos cariñosamente entre las manos, lo levantábamos hacia la luz, aspirábamos su aroma y tomábamos un sorbo, llenándonos la boca, haciéndolo pasar por encima de la lengua, y chasqueando ésta contra el paladar como quien echa una moneda sobre el mostrador. Inclinábamos la cabeza hacia atrás y dejábamos caer suavemente el líquido por la garganta. Luego hacíamos comentarios sobre el caldo mordisqueando unas galletas Bath Oliver, y pasábamos a otro vino; volvíamos a probar el primero, y luego otro, hasta que los tres vinos iban circulando, se confundía el orden de los vasos y confundíamos la identidad de cada vino. Nos pasábamos los vasos uno a otro hasta reunir seis, algunos con vinos mezclados, pues habíamos equivocado una botella. Entonces había que volver a empezar con tres vasos limpios cada uno y, al tiempo que las botellas se vaciaban, nuestras alabanzas se tornaban cada vez más exóticas:

-...un vinito tan tímido como una gacela.

-Como un duende.

-Moteado, como el orado de un tapiz.

-Como una flauta que se tañe junto a tranquilas aguas.

-...y éste es un vino viejo y muy sabio.

-Un profeta en su cueva.

-...y éste un collar de perlas sobre un cuello blanco. -Como un cisne.

-Como el último unicornio.

Y dejábamos la luz dorada de las velas del comedor para salir a la noche estrellada y sentarnos sobre el borde de la fuente, refrescando las manos en el agua y escuchando medio borrachos su chapaleo y gorgoteo entre las rocas.

-¿Crees que deberíamos emborracharnos todas las noches? -preguntó Sebastian una mañana.

-Sí, yo creo que sí.

-Yo también lo creo.
Casi no vimos a nadie. Estaba el gestor, un coronel cence­ño y ojeroso que, de vez en cuando, se cruzaba en nuestro camino y una vez vino a tomar el té. Casi siempre conseguimos escon­dernos de él. Los domingos venía un monje de un monasterio cercano para decir misa y desayunar con nosotros. Era el primer sacerdote que conocía en mi vida; observé cuán diferente era de un pastor protestante, pero Brideshead era para mí un lugar tan encantador que no me sorprendía que todas las cosas y todas las personas resultaran únicas y distintas. En realidad, el padre Phipps era un hombre insulso con cara de bollo, que se empeñaba en creer que compartíamos su gran pasión por los partidos de cricket entre condados.

-¿Sabe usted, padre? La verdad es que ni Charles ni yo sabemos absolutamente nada de cricket.

-Ojalá hubiera visto cómo marcó Tennyson aquellos cin­cuenta y ocho puntos el sábado pasado. Debe haber sido algo digno de ver. La crónica que publicó The Times era excelente. ¿Le vio jugar contra los sudafricanos?

-No lo he visto nunca.

-Ni yo tampoco. No he visto un partido de primera desde hace años, desde que el padre Graves me llevó a uno cuando íbamos de paso por Leeds, después de haber asistido al nombra­miento del abad de Ampleforth. El padre Graves descubrió un tren cuya hora de salida nos obligaba a tres horas de espera la tarde del partido contra Lancashire. Aquél sí que fue un buen partido. Me acuerdo de cada jugada. Desde entonces he tenido que enterarme por los periódicos. ¿Decían que no iban mucho al cricket?

-Nunca -dije, y me miró con una expresión que desde entonces he observado varias veces en los religiosos, una expresión de inocente sorpresa al comprobar que quienes se exponen a los peligros del mundo aprovechan muy poco sus variados consuelos.

Sebastian siempre asistía a sus misas, a las que acudía muy poca gente. Brideshead no era un centro católico de larga tra­dición. Lady Marchmain había contratado algunos criados cató­licos, pero la mayoría de ellos y todos los arrendatarios que vivían en la propiedad rezaban, si es que rezaban, entre las tumbas de la familia Flyte, en la pequeña iglesia gris cercana a las verjas.

La fe de Sebastian era entonces un enigma para mí, pero yo no sentía un interés especial en aclararlo. Yo no tenía ninguna religión. De niño me llevaban a la iglesia una vez a la semana; después, en el colegio, asistí diariamente a los oficios pero, quizá como compensación, desde que ingresé en el internado me dispensaron de los deberes religiosos durante las vacaciones. Mis profesores de religión me dijeron que los textos bíblicos no merecían mucho crédito. Nunca me sugirieron que intentara rezar... Mi padre no iba a la iglesia salvo en caso de celebraciones familiares, y se burlaba de ella. Mi madre, creo, era devota. Hubo un tiempo en que no comprendí cómo pudo creer que su deber consistía en abandonarnos a mi padre y a mí y marcharse con una ambulancia a Servia, para terminar pereciendo por agota­miento en la nieve de Bosnia. Pero más tarde reconocí esa misma actitud en mí. Y también más tarde llegué a admitir ideas que entonces, en 1923, nunca me tomé la molestia de examinar a fondo, y a aceptar lo sobrenatural como real. Aquel verano, en Brideshead, no era consciente de tales necesidades espirituales.

A menudo, casi a diario, desde que conocía a Sebastian, alguna palabra dicha al azar en su conversación me recordaba que era católico, pero lo tomé como una debilidad, lo mismo que su osito de peluche. Nunca hablamos del tema hasta mi segundo domingo en Brideshead. El padre Phipps se había marchado y estábamos sentados bajó la columnata con los periódicos dominicales, cuan­do me sorprendió oírle decir:

-¡Ay, es tan difícil ser católico!

-¿Cambia algo que lo seas o no?

-Claro, lo cambia todo.

-Pues no puedo decir que lo hubiese notado. ¿Luchas contra las tentaciones? No pareces mucho más virtuoso que yo.

-Soy mucho, mucho peor que tú -dijo Sebastian, indignado. -Pues entonces...

-¿Quién fue el que rezaba diciendo, «Oh Dios, haz que sea bueno, pero todavía no»?

-No lo sé. No me extrañaría que hubieras sido tú.

-Pues sí que lo digo, y todos los días. Pero no es eso.

-Y volvió a su lectura del News of the World.

-Otro jefe de boy-scouts que ha tenido un desliz -comentó.

-Supongo que intentan hacerte creer un montón de ton­terías.

-¿Tonterías? Ojalá lo fueran. A veces me parecen cosas terriblemente sensatas.

-Pero, mi querido Sebastian, no es posible que tomes todo eso en serio.

-¿No lo es?

-Me refiero a eso de la navidad, de la estrella, de los tres magos y el buey y el asno.

-¡Oh, sí! En eso, sí creo. Es una idea encantadora.

-Pero no puedes creer algo sólo porque sea encantador.

-Pues yo lo hago. Es mi manera de creer.

-¿Y crees en las oraciones? ¿Crees que puedes arrodillarte delante de una estatua, decir unas cuantas palabras, ni siquiera en voz alta, simplemente en tu cabeza, y cambiar así el tiempo? ¿O que algunos santos tienen más influencia que otros, y debes recurrir al indicado si quieres que te ayude con un problema determinado?

-Oh, sí. ¿No te acuerdas del trimestre pasado cuando me llevé a Aloysius y no sabía dónde lo había dejado? Recé como un loco a san Antonio de Padua aquella mañana y en seguida, después de comer, apareció el señor Nichols en Canterbury Gate con Aloysius en brazos, diciéndome que lo había dejado en su taxi.

-Bien, si puedes creer todo eso y no quieres ser bueno, ¿qué dificultades te plantea tu religión?

-Si no las ves, no las ves; eso es todo.

-Dímelo.

-Oh, no seas tan pesado, Charles. Quiero leer esto sobre una mujer de Hull que ha empleado cierto instrumento...

-Tú has iniciado el tema. Empezaba a interesarme.

-No hablaré de ello nunca más... A la hora de condenarla a seis meses se tomaron en consideración treinta y ocho casos anteriores...

Pero sí volvió a hablar de ello, unos diez días más tarde, cuando estábamos tumbados en la azotea de la casa, tomando el sol y observando por un catalejo el desarrollo de la Feria Agrícola en el parque, a nuestros pies. Era una feria modesta, para las parroquias cercanas, de dos días de duración y sobrevivía más como fiesta y reunión social que como centro de verdadera competición. Alrededor de un círculo señalado con banderitas estaban dispuestas media docena de carpas de diferentes tamaños. En la más grande despachaban refrescos; en ella se congregaban los granjeros en tropel. Los preparativos habían comenzado hacía una semana.

-Tendremos que escondernos -había dicho Sebastian, a medida que se acercaba el día-. Mi hermano estará allí. Desempeña una función muy importante en la Feria Agrícola.

De modo que estábamos en la azotea.

Brideshead, el hermano de Sebastian, llegó en tren por la mañana y almorzó con el gestor, coronel Fender. Estuve con él durante cinco minutos cuando llegó. La descripción de Anthony Blanche era particularmente acertada: tenía el rostro de los Flyte, como esculpido por un azteca. Ahora le veíamos a través del catalejo, moviéndose torpemente entre los colonos, parándose para saludar a los jueces sentados en su palco e inclinándose por encima de un redil para observar con grave interés al ganado.

-Un raro personaje, mi hermano -dijo Sebastian.

-Parece bastante normal.

-Oh, pero no lo es. ¡Si supieras! Es con mucho el más loco de todos nosotros, pero no se le nota. En el fondo es muy retorcido. Quería ser sacerdote, ¿sabías?

-No, no lo sabía.

-Yo creo que sigue queriéndolo. Estuvo a punto de hacerse jesuita, nada más salir de Stonyhurst. Fue terrible para mamá. No habría podido impedírselo, pero desde luego era lo último que ella de deseaba. Imagínate lo que habría dicho la gente... ¡El hijo mayor! No era lo mismo que si hubiera sido yo. Y ¡pobre papá! La Iglesia ya le ha causado bastantes problemas. Hubo una barahúnda terrible, con monjes y monseñores por todas partes, corriendo por la casa como ratones, y Brideshead no hacía más que quedarse sentado con expresión sombría y hablar de la voluntad de Dios. Fue él el más afectado cuando papá se fue al extranjero...; mucho más que mamá, en el fondo. Al final le convencieron de que estudiara tres años en Oxford para pensarlo. Ahora está intentando decidirse. Habla de ingresar en la Guardia Real o en la Cámara de los Comunes, y de casarse. No sabe lo que quiere. Me pregunto si me habría pasado lo mismo si hubiera ido a Stonyhurst. Tenía que haber ido, pero papá se marchó antes de que yo tuviera edad suficiente, y lo primero que hizo fue insistir en que yo fuera a Eton.

-¿Ha dejado tu padre la religión?

-Bueno; en cierto modo, se ha visto obligado a ello. Sólo empezó a practicarla al casarse con mamá. Cuando se fue, dejó la religión al mismo tiempo que a todos nosotros. Tienes que conocerle. Es muy simpático.

Hasta aquel día Sebastian no había hablado nunca en serio de su padre.

-Os debió de doler a todos la marcha de tu padre -observé.

-A todos menos a Cordelia. Era demasiado joven. A mí sí me dolió. Mamá intentó explicárnoslo a los tres mayores para que no odiáramos a papá. Yo fui el único que no le odié, y creo que eso la contrarió. Siempre fui el favorito de mi padre. Tendría que estar con él ahora si no fuera por este pie. Soy el único que va a verle. ¿Por qué no me acompañas? Te caería bien.

Un hombre con un megáfono gritaba los resultados de la última puja en el prado; su voz nos llegó muy débilmente.

-Ya ves que en el terreno religioso somos una familia variopinta. Brideshead y Cordelia son fervientes católicos; Julia y yo somos medio paganos. Yo soy feliz, pero sospecho que Ju­lia no lo es. La opinión generalizada sobre mamá es que es una santa, y papá está excomulgado... Yo no tengo la menor idea de cuál de ellos es feliz. De todas formas, desde todo punto de vista, la felicidad no parece tener mucho que ver con este asunto... y es lo único que me interesa... Ojalá me gustaran más los católicos.

-Parecen exactamente iguales que las demás personas.

-Mi querido Charles, eso es precisamente lo que no son..., sobre todo en Inglaterra, donde hay tan pocos. No es solamente el hecho de que formen una camarilla...; en realidad forman al menos cuatro camarillas que pasan la mayoría del tiempo insul­tándose unas a otras..., pero es que tienen un concepto totalmente distinto de la vida. Le dan importancia a cosas distintas que los demás. Se esfuerzan en disimularlo todo lo que pueden, pero se les nota continuamente. Es muy natural, en el fondo, que sean así. Pero es difícil ¿comprendes? para semipaganos como Julia y yo.

Esta conversación inusitadamente seria fue interrumpida por fuertes gritos infantiles desde detrás de las chimeneas: -¡Sebastian! ¡Sebastian!

-¡Dios santo! -exclamó Sebastian, alcanzando una manta-. Creo que es mi hermana Cordelia. Tápate.

-¿Dónde estás?

Apareció una robusta niña de diez u once años; tenía las inconfundibles facciones de la familia, pero mal organizadas, de una fealdad evidente y rechoncha. Dos gruesas y anticuadas trenzas le colgaban por la espalda.

-Márchate, Cordelia. No llevamos ropa.

-¿Por qué? Estáis muy decentes. Me figuré que estaríais aquí. No sabías que había llegado, ¿verdad? Bajé con Bridey y me detuve por el camino para hacerle una visita a Francisco Javier. -Y dirigiéndose a mí-: Es mi cerdo. Luego comimos con el coronel Fender y estuvimos en la feria. Francisco Javier- obtuvo una mención especial. El antipático de Randal obtuvo el primer premio con un bicho escuálido. Queridísimo Sebastian, estoy muy contenta de volver a verte. ¿Cómo está tu pobre pie?

-Saluda al señor Ryder.

-Ay, perdón. ¿Cómo está usted? -Su sonrisa resumía todo el encanto de la familia-. Ahí abajo ya están todos bastante bebidos; por eso me he ido. Oye, ¿quién ha estado pintando el despacho? He entrado a buscar un taburete y lo he visto. -Cuidado con lo que dices. Fue el señor Ryder.

-Pero ¡si es precioso! Dígame, ¿de verdad lo hizo usted? Es usted genial. ¿Por qué no os vestís y bajáis? No hay nadie.

-Seguro que Bridey invitará a los jueces a entrar en casa.

-No. Le he oído hacer planes para evitarlo. Hoy está muy amargado. No quería que yo cenara con vosotros, pero eso ya lo he arreado. Vamos. Estaré con Nanny cuando os hayáis vestido.

Aquella noche formamos un pequeño grupo bastante sombrío. Sólo Cordelia se sentía totalmente a sus anchas, disfrutando de la comida, de la hora tardía y de la compañía de sus hermanos. Brideshead tenía tres años más que Sebastian y yo, pero parecía pertenecer a otra generación. Poseía los rasgos físicos de su familia; su sonrisa, las pocas veces que aparecía, era tan hermosa como la de los demás. Hablaba con la misma voz que ellos, con una gravedad y un comedimiento que en mi primo Jasper habrían sonado pomposos y falsos, pero que en él carecían de toda pretensión y eran fruto de la inconsciencia.

-Siento mucho no poder disfrutar de su compañía -me dijo-. ¿Le están cuidando bien? Espero que Sebastian se encar­gue de los vinos. Wilcox tiende a escatimarlos cuando no hay nadie.

-Nos trata con mucha liberalidad.

-Me alegra saberlo. ¿Le gusta el vino?

-Mucho.

-Ojalá pudiera decir lo mismo. Simboliza un auténtico vín­culo entre los hombres. En Magdalen intenté emborracharme más de una vez, pero no me gustaba nada. Encuentro todavía menos apetitosa la cerveza y el whisky. En consecuencia, acon­tecimientos como los de esta tarde son un tormento para mí.

-A mí me gusta el vino -dijo Cordelia.

-Las últimas notas de mi hermana Cordelia decían que no sólo era la peor niña de la escuela, sino la peor que recuerda la monja más vieja.

-Eso es porque me negué a ser Hija de María. La madre superiora dijo que si no tenía mi habitación ordenada, no podría serlo, así que le dije: «Bueno, pues no lo seré, y estoy segura de que a Nuestra Señora le importa un bledo que pongamos el calzado de gimnasia a la derecha de las zapatillas de ballet o a la izquierda». La madre superiora se puso hecha una fiera.

-A Nuestra Señora le importa la obediencia.

-Bridey, no te pongas tan piadoso -aconsejó Sebastian-. Tenemos a un ateo entre nosotros.

-Agnóstico -precisé.

-¿En serio? ¿Hay muchos en su College? En Magdalen había alguno que otro.

-La verdad es que no lo sé. Yo lo era ya mucho antes de ir a Oxford.

-Los hay en todas partes -observó Brideshead.

La religión parecía ser un tema de conversación inevitable aquel día; durante algún tiempo hablamos de la Feria Agrícola.

Y luego Brideshead dijo:

Vi al obispo en Londres la semana pasada. ¿Os imagináis? Quiere cerrar nuestra capilla.

-¡Oh, no puede hacer eso! -protestó Cordelia. -No creo que mamá lo permita -dijo Sebastian.

-Está demasiado lejos -prosiguió Brideshead-. Hay una docena de familias cerca de Melstead que no pueden venir hasta aquí. Quiere establecer una parroquia allí.

-Pero ¿qué pasaría con nosotros? -preguntó Sebastian-. ¿Tendremos que ir en coche a Melstead en las frías mañanas de invierno?

-Tenemos que tener el Santo Sacramento aquí -dijo Cor­delia-. Me gusta poder entrar y salir cuando quiera; y a mamá también.

-Y a mí también me gusta -concedió Brideshead-, pero ¡somos tan pocos...! No es como si fuéramos una familia de larga tradición católica a cuya propiedad acude todo el mundo para oír misa. Deberemos prescindir tarde o temprano de la capilla, aunque tal vez podamos conservarla mientras viva mamá. La cuestión es si no sería mejor renunciar a ella ahora. Usted es artista, Ryder, ¿qué opina de la capilla estéticamente?

-Yo creo que es hermosísima -dijo Cordelia, con lágrimas en los ojos.

-¿Tiene verdadera categoría artística?

-Bueno, no sé exactamente lo que quiere decir -repuse, cauteloso-. Creo que es un ejemplar extraordinario... Es muy probable que dentro de ochenta años sea muy admirada.

-Pero ¿cómo es posible que fuera considerada buena hace veinte años, vaya a serlo dentro de ochenta, y ahora no?

-Es posible que lo sea, pero lo único que quiero decir es que a mí no me gusta mucho.

-Pero ¿existe alguna diferencia entre que una cosa guste y se sepa apreciar?

-Bridey, no seas tan jesuita -dijo Sebastian.

Sin embargo, yo sabía que esta discrepancia no era solamente una cuestión de palabras, sino que ponía de manifiesto un profundo e infranqueable abismo entre nosotros. No nos com­prendíamos ni remotamente ni nos comprenderíamos nunca.

-¿No es la misma distinción que hiciste al referirte al vino?

-No. Me gusta y apruebo el fin para el cual el vino sirve a veces de medio... fomentar el entendimiento y simpatía mutuos. Pero en mi caso particular no logra este objetivo, de modo que ni me gusta ni lo sé apreciar.

-Bridey, basta ya.

-Lo siento. Me parecía un punto interesante. -Gracias a Dios que fui a Eton -comentó Sebastian. Después de cenar, Brideshead dijo:

-Lo lamento, pero necesito a Sebastian durante media hora. Mañana estaré ocupado todo el día y quiero partir en cuanto acabe la fiesta. Tengo un montón de papeles que papá debe firmar. Sebastian tiene que llevárselos y explicarle de qué se trata. Es hora de que te acuestes, Cordelia.

-Primero tengo que hacer la digestión. No estoy acostum­brada a hartarme de este modo. Hablaré un poco con Charles.

-¿Charles? -le reprochó Sebastian-. ¿Charles? Señor Ryder para ti, hija mía.

-Vamos, Charles.

Cuando estuvimos solos me preguntó:

-¿De verdad eres agnóstico?

-, Tu familia habla siempre de religión?

-No siempre. Es uno de esos temas que surgen de manera espontánea ¿no crees?

-¿Ah, sí? A mí nunca me ha sucedido.

-Entonces quizá seas un verdadero agnóstico. Rezaré por ti.

-Muy amable de tu parte.

-No puedo dedicarte un rosario entero, ¿sabes? Sólo diez avemarías y un padrenuestro. Tengo una lista tan larga de gente... Rezo por ellas siguiendo un orden y les tocan diez oraciones, más o menos, una vez por semana.

-Estoy seguro de que es mucho más de lo que merezco.

-Oh, tengo casos más difíciles que el tuyo. Lloyd George, el káiser y Olive Banks.

-¿Quién es ella?

-La echaron del convento el trimestre pasado. No sé muy bien por qué. La madre superiora encontró algo que había escrito. Si no fueras agnóstico, te pediría cinco chelines para comprar una ahijada negra.

-Nada me sorprende de tu religión.

-Es una cosa nueva que un cura misionero empezó hace poco tiempo. Envías cinco chelines a unas monjas de África y ellas bautizan a un niño y le ponen tu nombre. Yo ya tengo seis Cordelias negras. ¿No es precioso?

Cuando volvieron Brideshead y Sebastian, Cordelia tuvo que irse a la cama. Brideshead reanudó la conversación.

-Claro, realmente tiene usted razón. Concibe el arte como un medio, no como un fin. Eso es teología pura. Pero es raro hallar un agnóstico que lo crea.

-Cordelia ha prometido rezar por mí -dije.

-Hizo una novena por su cerdo -comentó Sebastian. -¿Saben que todo esto me está confundiendo muchísimo? -dije.

-Creo que estamos provocando un escándalo -repuso Bri­deshead.

Aquella noche empecé a darme cuenta de lo poco que conocía a Sebastian y comprendí por qué siempre se había esforzado en mantenerme apartado de su vida privada. Era como una amistad que se entabla a bordo de un barco, en alta mar, y habíamos llegado al puerto natal de Sebastian.
Brideshead y Cordelia se marcharon. Los entoldados de la feria fueron desmantelados y las banderolas arrancadas; la hierba pisoteada empezó a recobrar su color. El mes, que se había iniciado con tanta tranquilidad, llegó rápidamente a su fin. Sebastian caminaba sin bastón y había olvidado su accidente.

-Creo que será mejor que vengas conmigo a Venecia -dijo.

-Estoy sin blanca.

-Ya he pensado en eso. Allí viviremos a costa de papá. Los abogados me pagan el pasaje: primera clase y litera. Por ese precio podemos viajar los dos en tercera.

Y así lo hicimos. Primero la larga travesía por mar en clase económica hasta Dunkerque, sentados toda la noche en cubierta bajo un cielo sin nubes, mirando cómo el amanecer se iba extendiendo sobre las dunas; luego a Paris, en asientos de madera. Una vez en la capital tornamos un coche y nos hicimos conducir al hotel Lotti, donde nos bañamos y afeitamos. Almor­zamos en Foyot: hacía calor y el local estaba medio vacío. Paseamos por las tiendas, adormilados, y pasamos largo rato sentados en un café a la espera de que llegase la hora de coger el tren. En el cálido y opaco atardecer, nos dirigimos a la Gare de Lyon para subir al lento tren del sur, otra vez en asientos de madera, en un compartimiento lleno de gentes humildes -que iban a visitar a su familia, rodeados -de multitud de pequeños fardos y con un aire de paciente sumisión a la autoridad, como viajan los pobres de los países del norte- y de marineros que volvían de permiso. Dormimos mal, entre sacudidas y pa­radas. Hicimos un transbordo durante la noche, dormimos de nuevo y despertamos con el compartimiento vacío, bosques de pinos desfilando por las ventanillas y el panorama lejano de cumbres montañosas. Uniformes diferentes en la frontera. Café y panecillos en el buffet de la estación, lleno de gentes dotadas de la gracia y alegría del sur. Seguimos por las llanuras: las coníferas dieron paso a viñedos y olivares. Transbordamos en Milán, y en la estación compramos a un vendedor ambulante un embutido con ajo, pan y una botella de Orvieto. (Habíamos gastado todo el dinero en París, salvo unos pocos francos.) El sol estaba alto, la campiña resplandecía y hacía calor. El com­partimiento se llenaba de campesinos que subían y se apeaban en cada estación, y el olor a ajo se hizo agobiante en aquella atmósfera cálida. Por fin, al atardecer, llegamos a Venecia.

En el andén nos aguardaba una figura sombría.

-El valet de papá, Plender.

-He ido a esperar el expreso -dijo Plender-. El señor creía que se habrían equivocado de tren. Daba la impresión de que éste procedía sólo de Milán.

-Viajamos en tercera.

Plender disimuló una risita de cortesía.

-Tengo la góndola aquí cerca. Yo iré detrás con el equipaje, en el vaporetto. El señor ha ido al Lido. No sabía si iba a volver a casa antes de que llegaran ustedes. Bueno, como pensábamos que vendrían en el expreso... sin duda el señor ya ha regresado.

Nos llevó hasta la góndola. Los gondoleros vestían librea verde y blanca y ostentaban una insignia de plata en el pecho. Sonrieron e hicieron reverencias.

-Palazzo. Pronto.

-Si, signore Plender.

Y nos alejamos por el canal.

-¿Has estado aquí antes?

-No.

-Yo vine una vez... en barco. Es la mejor manera de llegar.

-Ecco ci siamo, signori.

No era tan palacio como el nombre prometía: una estrecha fachada, escaleras cubiertas de musgo y un oscuro arco de piedra envejecida. Uno de los barqueros saltó a tierra, amarró la cuerda al poste y pulsó el timbre. El otro se puso de pie en la proa para mantener la embarcación cerca de las escaleras. Se abrieron las puertas. Un hombre con librea de verano de lino a rayas, algo desaliñada, nos condujo escaleras arriba, de la sombra a la luz. El piano nobile estaba bañado totalmente por el sol, que iluminaba con magnificencia los frescos de la escuela de Tintoretto.

Nuestras habitaciones se hallaban en la planta superior, a la que se llegaba por una empinada escalera de mármol. Unas celosías las protegían del sol de la tarde. El mayordomo las abrió de par en par y descubrimos el Gran Canal. Las camas estaban provistas de mosquiteras.

-Mostica ahora no.

Había un pequeño ropero torneado en cada habitación, un espejo empañado de marco dorado y nada más. El suelo era de grandes baldosas desnudas de mármol.

-¿Un poco austero? -preguntó Sebastian.

-¿Austero? ¿Pero qué dices? Mira eso.

Le llevé de nuevo a la ventana y le mostré el incomparable espectáculo que se extendía debajo y alrededor de nosotros. -No, no se le puede llamar austero.

Una explosión tremenda nos atrajo a la habitación contigua. Descubrimos un cuarto de baño que parecía haber sido construido dentro de una chimenea: no tenía techo, y las paredes subían a través del piso de arriba hasta el cielo abierto. Casi no se veía al mayordomo, envuelto como estaba en el vapor de una anti­cuada caldera. El olor a gas era agobiante y sólo caía un hilillo de agua fría.

-No funciona.

-Si, si, .cubito, signori.

El mayordomo corrió a la escalera y se puso a gritar a alguien que estaba abajo. Le contestó una voz de mujer, todavía más estridente que la suya, Sebastian y yo volvimos a contemplar el espectáculo que se extendía bajo nuestras ventanas. Pronto acabó la discusión y apareció una mujer, acompañada por un niño; nos sonrió, miró al mayordomo con mal humor y puso encima de la cómoda de Sebastian una jofaina de plata y un aguamanil lleno de agua hirviendo. Mientras tanto, el mayordomo deshizo nues­tro equipaje \y dobló nuestra ropa. De nuevo en italiano, nos explicaba los méritos ignorados del calentador de agua hasta que, de repente, ladeó la cabeza, se volvió con expresión atenta, y dijo:

-Il marchese -y bajó corriendo las escaleras.

-Será mejor que nos pongamos presentables antes de ver a papá -dijo Sebastian-. No hace falta que nos vistamos de etiqueta. Tengo entendido que está solo en estos momentos.

Yo sentía gran curiosidad por conocer a lord Marchmain. Cuando al fin la satisfice, lo primero que me asombró fue su naturalidad, pero a medida que fui conociéndole mejor, descubrí que era fingida, como si, consciente de su aura byroniana, considerase de mal gusto exhibirla e hiciera todo lo posible por reprimirla. Estaba ante el balcón de la sala y, al darse la vuelta para saludarnos, su cara apareció cubierta por la espesa sombra.

Yo sólo percibí una figura alta y erguida.

-Querido papá -dijo Sebastian-. ¡Qué joven se te ve!

Besó a lord Marchmain en la mejilla, y yo, que no había besado a mi padre desde que era niño, me quedé rezagado.

-Este es Charles. ¿No te parece que mi padre es muy guapo, Charles?

Lord Marchmain me estrechó la mano.

-El que consultó la hora de vuestro tren -dijo, y su voz también era la de Sebastian- cometió una bêtise. Ese tren no existe.

-Hemos venido en él.

-Es imposible. Sólo había un tren lento desde Milán a esa hora. Yo estaba en el Lido. Ahora me dedico a jugar allí al tenis por las tardes con un profesional. Es la única hora del día en que no hace demasiado calor. Espero que no estéis demasiado incómodos arriba, muchachos. Esta casa parece haber sido dise­ñada para la comodidad de una sola persona, que soy yo. Tengo una habitación del mismo tamaño que ésta y un cuarto de vestir muy decente. Cara ha tomado posesión de las otras habitaciones grandes.

Me fascinaba oírle hablar de su amante de una manera tan sencilla y espontánea; más tarde sospeché que lo hacía adrede debido a mi presencia.

-¿Cómo está?

-¿Cara? Bien, espero. Volverá mañana. Está visitando a unos amigos americanos en una villa del canal Brenta. ¿Dónde cena­mos? Podríamos ir al Luna, pero ahora siempre está lleno de ingleses. ¿Os aburriría mucho cenar en casa? Seguro que Cara querrá salir mañana... y nuestro cocinero es excelente.

Se había apartado de la ventana y estaba de pie, expuesto a la plena luz del atardecer, con el damasco rojo de la paredes como fondo. Tenía una cara noble, una cara controlada; al parecer, exactamente como él había planeado que fuera: algo cansada, un poco sardónica, ligeramente voluptuosa. Parecía hallarse en la flor de la vida; se me hacía extraño pensar que sólo tuviera unos años menos que mi padre.

Cenamos en una mesa de mármol en el hueco de las ventanas. Todo en la casa era de mármol, terciopelo o yeso mate y dorado. Lord Marchmain preguntó:

-¿Y cómo pensáis emplear vuestra estancia? ¿Nadando o haciendo turismo?

-Haciendo algo de turismo, al menos -respondí.

-A Cara le gustará eso... Ella, como te habrá dicho Sebastian, será vuestra anfitriona aquí. No podéis hacer las dos cosas, ya sabéis. Una vez que hayáis puesto los pies en el Lido no hay escapatoria: uno se pone a jugar al chaquete, a hacer tertulias en el bar y a aturdirse con el sol. Más vale visitar las iglesias.

-A Charles le interesa mucho la pintura.

-Ah, ¿sí? -Y yo capté un matiz de profundo aburrimiento que tan bien conocía en mi propio padre-. ¿Sí? ¿Algún pintor veneciano en particular?

-Bellini -contesté, un tanto al azar.

-¿Sí? ¿Cuál de ellos?

-Lo siento; ignoraba que hubiera dos. '

-Tres, para ser exacto. Descubrirás que durante las grandes épocas artísticas la pintura solía ser un negocio familiar. ¿Cómo dejasteis a Inglaterra?

-Estaba preciosa -dijo Sebastian.

-¿De verdad? ¿De verdad? Mi gran tragedia ha sido que siempre he detestado la campiña inglesa. Supongo que es ver­gonzoso heredar grandes responsabilidades y ser totalmente indiferente a ellas. Soy todo lo que los socialistas me acusarían de ser y además constituyo un gran estorbo para mi propio partido. Bueno, mi hijo mayor cambiará todo eso, no lo dudo. Vamos, si le dejan algo que heredar... Me pregunto por qué se considera que los dulces italianos son los mejores. Hasta la época de mi padre siempre había un pastelero italiano. El tenía uno austríaco \que era muchísimo mejor. Y ahora supongo que habrá alguna matrona inglesa de rollizos brazos.

Después de cenar salimos del palacio por una puerta lateral, paseamos por un laberinto de puentes, plazas y callejuelas, hasta llegar a Florian y tomar allí un café mirando a las gentes de cara seria que transitaban por delante del campanario.

-No hay nada que se parezca al vulgo de Venecia -dijo lord Marchmain-. La ciudad está plagada de anarquistas, pero la otra noche echaron a una mujer norteamericana que quiso sentarse aquí con los hombros desnudos. Vinieron a mirarla, en completo silencio; la rodeaban como gaviotas y volvían una y otra vez, hasta que ella se marchó. Nuestros compatriotas son mucho menos dignos cuando quieren expresar su desaprobación moral.

Un grupo de ingleses que acababa de acercarse desde el muelle se dirigió a una mesa cercana a la nuestra pero, de repente, cambió de rumbo y se sentó al otro lado. Desde allí nos obser­varon con curiosidad mientras hablaban entre sí con las cabezas juntas.

-A ese matrimonio lo conocí cuando hacía política. El es un miembro prominente de tu Iglesia, Sebastian.

Cuando nos disponíamos a acostarnos aquella noche, Sebas­tian dijo:

-Es un encanto, ¿no te parece?
La amante de lord Marchmain llegó al día siguiente. Yo tenía diecinueve años y lo ignoraba todo sobre las mujeres. Con toda seguridad, habría sido incapaz de reconocer a una prostituta en la calle. Por lo tanto, no era indiferente al hecho de vivir bajo el mismo techo con una pareja adúltera, pero a mi edad era ya capaz de disimular mi interés. La amante de lord Marchmain, en consecuencia, me halló sumido en un mar de sentimientos contradictorios respecto a ella. En principio, su apariencia física defraudó todas mis expectativas. No era una voluptuosa odalisca a lo Toulouse-Lautrec ni lo que podría llamarse una «leve ma­riposa», sino una mujer de mediana edad, bien conservada, bien vestida y bien educada, parecida a las que había visto en innu­merables reuniones mundanas y a las que ocasionalmente había conocido. Tampoco parecía marcada por ningún estigma social. El día de su llegada almorzamos en el Lido y la saludaban desde casi todas las mesas.

-Vittoria Corombona nos ha invitado a todos a su baile del sábado.

-Es muy amable de su parte. Sabes que yo no bailo -dijo lord Marchmain.

-Pero ¿y los muchachos? Es algo digno de ver... El palacio Corombona iluminado para el baile... Quién sabe cuántos más bailes de éstos habrá...

-Los muchachos pueden hacer lo que quieran. Nosotros debemos declinar la invitación.

-Y he invitado a la señora Hacking Brunner a comer. Tiene una hija encantadora. A Sebastian y a su amigo les gustará.

-A Sebastian y a su amigo les interesa más Bellini que las herederas.

-Pero ¡si eso es lo que siempre he deseado! -exclamó Cara, cambiando de táctica hábilmente-. He estado aquí innumerables veces y Alex ni siquiera me ha dejado ver el interior de San Marcos. Nos convertiremos en turistas, ¿eh?

Y nos convertimos en turistas. Cara consiguió que hiciera de cicerone un minúsculo noble para quien todas las puertas se abrían, y con él a su lado y la guía del viajero en la mano, ella nos acompañó a contemplar los abrumadores esplendores del lugar, flaqueando a veces, pero sin perder en ningún instante su aire pulcro y prosaico.

Los quince días en Venecia pasaron rápida y dulcemente..., quizá demasiado dulcemente. Me estaba ahogando en miel, sin sentir el aguijón. Algunos días la vida discurría a la misma velocidad que las góndolas, cuando avanzan por los canales laterales, mientras el barquero emite a modo de aviso su grito de pájaro quejumbroso y musical. Otros días, la lancha saltaba sobre la laguna con su estela de espuma iluminada por el sol. Conservé un recuerdo confuso de sol ardiente sobre arena y de frescos en interiores de mármol; de agua por todas partes, lamiendo la piedra pulida, reflejada en una mancha de luz sobre los techos pintados; de una noche en el palacio Corombona como las que pudo haber vivido Byron; de otra noche byroniana pescando scampi en los bajíos de Chioggia -la estela fosfores­cente de la pequeña barca, la linterna balanceándose en la proa, y la red que izamos llena de algas, arena y peces que rebullían-; de melón y prosciutto en el balcón al fresco de la madruga­da; de pan y queso calientes y cócteles de champaña en Harry's.

Recuerdo cuando Sebastian alzaba la mirada hacia la estatua de Colleoni y decía:

-Es triste pensar que, pase lo que pase, tú y yo nunca nos veremos envueltos en una guerra.

Y recuerdo, sobre todo, una conversación que tuvo lugar hacia el final de mi estancia.

Sebastian había ido a jugar al tenis con su padre y Cara reconoció por fin que estaba cansada. A última hora de la tarde, estábamos sentados cerca de las ventanas que daban al Gran Canal, ella en el sofá, bordando, y yo en el sillón, ocioso. Era la primera vez que nos encontrábamos a solas.

-Creo que quieres mucho á. Sebastian -dijo.

-Pues sí, desde luego.

-Estas amistades románticas se dan entre ingleses o alema­nes, pero no entre latinos. Creo que son muy positivas si no duran demasiado.

Hablaba de una manera tan segura y tan práctica que no pude tomar a mal sus palabras, pero tampoco supe encontrar una respuesta. No parecía esperar ninguna y continuó bordando, deteniéndose alguna vez para elegir un hilo de seda de la bolsa de labores que tenía a su lado.

-Es ese amor que experimentan los niños aun antes de conocer su significado. En Inglaterra llega cuando casi sois hom­bres; creo que eso me gusta. Es mejor tener esa clase de amor por otro muchacho que por una muchacha. Alex, ¿sabes? lo sintió por una muchacha, por su mujer. ¿Crees que me ama a mí?

-Vamos, Cara... haces unas preguntas... ¿Cómo puedo saber­lo? Supongo...

-No me ama. Ni lo más mínimo. Entonces, ¿por qué no me deja? Te lo diré: porque le protejo de lady Marchmain. La aborrece. No puedes imaginarte cuánto la odia. Tal vez creas que es muy calmo y muy británico; el milord hastiado, muertas en él todas las pasiones, que sólo quiere comodidad y tranquilidad y sólo aspira a dejarse llevar, que busca en mí lo único que un hombre es incapaz de procurarse por sí mismo. Amigo mío, es un volcán de odio. No puede respirar el mismo aire que ella. No pondrá el pie en Inglaterra porque ella vive allí. Le cuesta ser feliz con Sebastian porque es hijo de ella. Pero Sebastian también la odia.

-Estoy seguro de que en esto se equivoca.

-Es posible que nunca lo reconozca ante ti. Es posible que ni siquiera lo reconozca ante sí mismo. Alex y su familia están llenos de odio, odio hacia ellos mismos. ¿Por qué crees que no hace vida social?

-Yo pensaba que la gente se había puesto en su contra.

-Mi querido muchacho, eres muy joven. ¿Desde cuándo la gente se vuelve contra un hombre guapo, inteligente y rico como Alex? ¡Jamás en la vida! Es él quien ha prescindido de la gente. Todavía hay muchas personas que insisten en venir una y otra vez, y él las humilla y se burla de ellas. Y todo a causa de lady Marchmain. No tocará una mano que pueda haber tocado la de ella. Cuando tenemos invitados, adivino que está pensando:

«Quizá hayan estado hace poco en Brideshead. Acaso vayan después a Marchmain House. ¿Me hablarán de mi mujer? ¿Son un enlace entre ella y yo? ¡Cuánto la odio!». En serio, te lo digo de todo corazón: eso es lo que piensa. Está loco. ¿Y qué ha hecho ella para merecer todo ese odio? Nada más que dejarse querer por alguien que aún no había crecido. Nunca he hablado con lady Marchmain; sólo la he visto una vez. Pero si vives con un hombre llegas a conocer a la mujer a quien ha amado. Ella es buena y sencilla, y ha sido amada de una forma equivocada.

»Cuando una persona odia con tanta fuerza, en realidad odia algo de ella misma. Alex odia todas sus ilusiones de muchacho: la inocencia, Dios, la esperanza. La pobre lady Marchmain ha tenido que soportar todo esto. Una mujer no ama de tantas maneras diferentes.

»Ahora bien: Alex me tiene mucho cariño y yo le protejo de su propia inocencia. Nos llevamos bien.

»Sebastian está enamorado de su propia infancia. Eso le hará muy desgraciado. Su osito de juguete, su nanny... Y tiene die­cinueve años...

Cambió de postura en el sofá para poder contemplar los barcos que pasaban y dijo con amable tono burlón:

-Qué bien se está aquí, sentada a la sombra, hablando del amor. -Y luego añadió, como volviendo súbitamente a la rea­lidad-: Sebastian bebe demasiado.

-Supongo que los dos lo hacemos.

-En tu caso no tiene importancia. Os he observado. En el caso de Sebastian es diferente. Se convertirá en un borracho si alguien no lo remedia. ¡He conocido a tantos! Alex era casi un borracho cuando me conoció; lo llevan en la sangre. Yo lo veo por la manera de beber de Sebastian. La tuya es distinta.
Llegamos a Londres un día antes de iniciarse el trimestre. En el camino desde la estación de Charing Cross, dejé a Sebastian en la puerta de la casa de su madre.

-Ya estamos en «Marchers» -dijo con un suspiro que significaba el final de las vacaciones-. No te invito a entrar porque la casa debe estar llena de parientes. Nos veremos en Oxford.

Atravesé el parque en el coche hasta mi casa.

Mi padre me saludó con su habitual aire de leve congoja. -Hoy aquí -dijo-, y mañana allá. Te veo muy poco. Quizá esto te parezca aburrido... Es natural. ¿Te has divertido?

-Muchísimo. He estado en Venecia.

-Claro, claro, me imagino. ¿Hizo buen tiempo?

Cuando se fue a dormir, después de una velada de silenciosa lectura, se detuvo a preguntarme:

-Ese amigo por el que estabas tan preocupado ¿murió? -No.

-Me alegro. Debiste decírmelo por carta. Me tenía muy inquieto...

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