Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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fecha de publicación26.12.2015
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-Es típico de Oxford -dije- empezar el nuevo año en otoño.

Por todas partes, sobre guijarros, grava y césped caían las hojas. En los jardines del College el humo de las hogueras se unía a la húmeda neblina de los ríos, flotando por encima de los muros grises. Las losas del pavimento estaban resbaladizas y, al ir encendiéndose una a una las luces de las ventanas que rodeaban el patio, la luminosidad era difusa y lejana. Alumnos nuevos con togas nuevas paseaban al crepúsculo bajo los arcos: las campanadas familiares suscitaban recuerdos de un año entero.

La atmósfera de otoño se apoderó de los dos como si la bulliciosa exuberancia de junio hubiera muerto con los alhelíes, cuyo perfume había abierto paso en mis ventanas al de las hojas húmedas que ardían en rescoldo en un rincón del patio.

Era el primer atardecer dominical del trimestre.

-Me siento como si tuviera exactamente cien años -dijo Sebastian.

Había llegado la noche anterior, un día antes que yo, y era la primera vez que nos veíamos desde que nos despedimos en el taxi.

-Monseñor Bell me ha soltado un sermón esta tarde. Con éste ya son cuatro desde mi llegada: mi tutor, el decano adjunto, el señor Samgrass de All Souls, y ahora monseñor Bell.

-¿Quién es ese Samgrass?

-Un conocido de mamá. Todos dicen que empecé muy mal el año pasado, que me he hecho notar, y que si no me porto mejor conseguiré que me expulsen. ¿Qué debe hacer uno para portarse mejor? Supongo que ingresar en la Liga de las Naciones Unidas, leer el Isis todas las semanas, tomar café por la mañana en la cafetería Cadena, fumar una pipa enorme, jugar al hockey, merendar en Boar's Hill, asistir a las conferencias de Keble,montar una bicicleta con un cestito lleno de cuadernos, beber cacao caliente por la noche y discutir seriamente sobre el sexo. Oh, Charles, ¿qué ha pasado desde el trimestre pasado? ¡Me siento tan viejo!

-Yo me siento un hombre maduro, que es infinitamente peor. Creo que aquí ya no podremos divertirnos más.

Permanecimos sentados en silencio junto a la lumbre de la chimenea mientras caía la noche.

-Anthony Blanche se ha marchado.

-¿Por qué?

-Me escribió. Por lo visto, ha alquilado un piso en Munich... Se ha vinculado con un policía allí.

-Lo echaré de menos.

-Supongo que, en cierto modo, yo también.

Volvimos a guardar silencio, tan inmóviles ante la lumbre, que un estudiante que vino a visitarme aguardó un momento en el umbral y luego se marchó, creyendo que la habitación estaba vacía.

-Esta no es manera de empezar un nuevo año -dijo Se­bastian.

Pero el sombrío anochecer de octubre pareció insuflar su aire frío y húmedo a las semanas que siguieron. Durante todo aquel trimestre y el resto del año, Sebastian y yo vivimos cada vez más en la penumbra y, al igual que un fetiche que primero se esconde de los misioneros y al final se olvida, el oso de peluche, Aloysius, se quedó olvidado encima de la cómoda del dormitorio de Se­bastian.

Los dos sufrimos un cambio. Nos había abandonado la sen­sación de descubrimiento que inspiró la anarquía de nuestro primer año. Yo había empezado a adaptarme.

Inesperadamente, eché de menos a mi primo Jasper, quien había conseguido matrícula de honor en su examen final y llevaba una engorrosa vida de disipación pública en Londres. Le nece­sitaba para poder escandalizarle: sin su imponente presencia parecía faltarle solidez al College; ya no resultaba provocativo ni daba lugar al desafuero como en el verano. Además, yo había vuelto saciado y un poco más humilde, resuelto a aminorar la marcha. Nunca más me expondría a los humores de mi padre: su caprichosa persecución me había convencido, mejor que cual­quier reproche, de la locura de vivir por encima de mis posi­bilidades. Aquel trimestre no me llamaron la atención y el buen resultado de mi curso de historia antigua y una calificación «beta menos» en uno de mis exámenes finales me pusieron en buenas relaciones con mi tutor; y conseguí mantenerlas sin demasiado esfuerzo.

Conservé un ligero contacto con la facultad de historia: en­tregaba mis dos ensayos semanales y asistía ocasionalmente a alguna conferencia. Además, inicié mi segundo año en la uni­versidad haciéndome miembro de la Escuela de Arte Ruskin. Nos reuníamos dos o tres veces por semana cerca de una docena de estudiantes -la mitad, por lo menos, hijas de Oxford norte ­entre los moldes de yeso tomados del original en el Ashmolean Museum. Dos veces por semana dibujábamos desnudos en una pequeña habitación, encima de un salón de té. Las autoridades tomaron ciertas medidas para evitar cualquier posible insinuación de lubricidad durante estas veladas, y la joven que posaba para nosotros debía venir de Londres sólo ese día; no podía residir en la ciudad universitaria. Un costado de la muchacha, el más próximo a la estufa de petróleo -lo recuerdo bien-, estaba siempre rosado; el otro jaspeado y arrugado, como si le hubieran quitado las plumas. Allí, con el olor de la lámpara de petróleo, nos sentábamos a horcajadas sobre taburetes y evocábamos el espectro apenas visible de Trilby*9 Mis dibujos no valían nada. En mis habitaciones elaboraba pequeños pastiches, algunos de los cuales conservados por amigos de la época, para mi sonrojo, salen ahora a la luz.

Impartía la clase un hombre más o menos de mi edad, que nos trataba con una hostilidad defensiva. Vestía camisa de un azul muy oscuro, una corbata amarillo limón y gafas con montura de carey; debido en gran parte a este aviso modifiqué mi propia vestimenta hasta adoptar la que mi primo Jasper habría creído adecuada para ir de visita a una casa de campo. De ese modo, vestido con sobriedad y manteniéndome razonablemente ocupa­do, me transformé en un miembro bastante respetable de mi College.

El caso de Sebastian fue diferente. Su año de anarquía había colmado una profunda necesidad interior -evadirse de la reali­dad- y, al verse cada vez más limitado en donde antaño se sentía libre, a veces se volvía apático y melancólico, incluso conmigo.

Durante aquel trimestre estábamos tan compenetrados el uno con el otro que apenas frecuentamos otras compañías. No bus­camos nuevas amistades. Mi primo Jasper me había dicho que lo normal era deshacerse en el segundo trimestre de los amigos hechos durante el primero, y así fue. La mayoría de mis ami­gos eran los que había hecho Sebastian, y ambos nos deshicimos de ellos y no hicimos nuevas amistades. No fue un renunciamien­to. Al principio dio la impresión de que veíamos a aquellos compañeros con la misma frecuencia que antes; acudíamos a las fiestas, pero nosotros no dimos ninguna. Yo no tenía el menor interés en impresionar a los recién llegados que, al igual que sus hermanas en Londres, debutaban en sociedad; había muchas caras desconocidas en las fiestas, y yo, que meses atrás había sentido un apetito voraz por conocer gente, estaba saciado. Hasta nuestro pequeño círculo de íntimos, tan animado bajo el sol veraniego, parecía letárgico y callado en la niebla persistente, en el crepúscu­lo llegado del río que para mí suavizó y ensombreció todo aquel año. Anthony Blanche se llevó algo consigo cuando se marchó: había cerrado una puerta y colgado la llave en la cadena; y ahora todos sus amigos, para los que siempre había sido un extraño, lo necesitábamos.

Me sentí como si hubiera acabado la función matinal de be­neficencia; el empresario se había abotonado el abrigo de astracán y había cobrado las entradas; las desconsoladas actrices de la compañía se encontraban ahora sin su jefe. Sin él olvidaban sus papeles y salían a destiempo a escena; le necesitaban para dar la orden de alzar el telón en el momento justo; le necesitaban para orientar los focos; necesitaban oír sus susurros entre bas­tidores y ver su mirada imperiosa clavada en el director de orquesta. Sin él no había fotógrafos de la prensa semanal, no había buena voluntad acordada de antemano ni expectativas de placer. No las unía más lazo que el deseo de servir al mismo patrón; ahora que el vestuario de encaje y terciopelo dorado había sido guardado en los baúles para ser devuelto a la guardarropía del teatro, todas volvían a vestir el gris uniforme de diario. En las pocas horas que duraba el ensayo, durante los pocos minutos exultantes que duraba el espectáculo, habían representado en sus maravillosos papeles a sus magnos antepasados, aquellos retratos famosos a los que supuestamente se asemejaban. Ahora todo había concluido y a la desolada luz del día tenían que volver a su casa y reunirse con el marido que iba con demasiada frecuencia a Londres, el amante que perdía a las cartas, el hijo que crecía excesivamente aprisa...

El grupo de Anthony Blanche se dispersó y pasó a compo­nerse de una docena escasa de letárgicos adolescentes ingleses. Tiempo después comentarían alguna vez: «¿Te acuerdas de aquel personaje tan extravagante que conocimos en Oxford, Anthony Blanche? Me pregunto qué habrá sido de él». Todos ellos habían regresado casi por instinto a la manada de donde habían salido merced a una caprichosa selección; su personalidad se iba vol­viendo cada vez menos definible. Ellos no eran muy conscientes de su transformación y seguían reuniéndose de vez en cuando en nuestras habitaciones. Pero nosotros dejamos de buscar su compañía. En su lugar, preferimos frecuentar a gente menos refinada y pasábamos siempre las veladas en pequeñas tabernas al estilo de Hogarth, en los barrios de San Ebb y San Clement o en las calles entre el viejo mercado y el canal, donde conse­guíamos alegrarnos y donde la gente, creo, nos quería bien. En las tabernas Gardener's Arms (El escudo del jardinero), Nag's Head, (La cabeza de la yegua), Druid's Head (La cabeza del druida), cerca del teatro, y Turf en Hell Passage nos conocían muy bien. En la última de las mencionadas, sin embargo, corríamos el riesgo de encontrarnos con otros estudiantes -los ruidosos deportistas del Brasenose College que hacían la ronda de los bares-; una especie de fobia se apoderó de Sebastian, similar a la que a veces sufren los soldados contra su propia arma, de manera que la presencia de intrusos estropeó más de una velada. Sebastian posaba el vaso a medio beber y volvía malhu­morado al College.

Así nos encontró lady Marchmain cuando, a principios del trimestre de otoño, fue a pasar una semana en Oxford. Descubrió a Sebastian alicaído, y a su multitud de amigos reducida a uno solo: yo mismo. Me aceptó como amigo de Sebastian y se esforzó en que también fuera amigo suyo; de ese modo estremeció las raíces de nuestra amistad. Es el único reproche que me inspira la abrumadora amabilidad que me brindó.

Había viajado a Oxford para hablar con el señor Samgrass, de All Souls, quien empezaba a desempeñar un papel cada vez mayor en nuestras vidas. Lady Marchmain estaba recopilando datos para un libro -que se proponía repartir entre sus amis­tades- en homenaje a su hermano Ned, el mayor de los tres legendarios héroes que murieron entre Mons y Passchendaele.

Había dejado gran cantidad de papeles: poemas, cartas, discursos, artículos, y su publicación, incluso entre un círculo restringido, exigía tacto y la adopción de innumerables decisiones en las que era muy fácil que errara el juicio de una hermana amantísima. Consciente de ello, buscó consejo fuera de la familia y le reco­mendaron al señor Samgrass.

Era un joven catedrático de historia, un hombre bajito y rechoncho, atildado y de escaso cabello planchado sobre una cabeza demasiado grande; manos aseadas, pies pequeños y as­pecto general de bañarse con demasiada frecuencia. Su trato era cordial y tenía una manera de hablar muy personal. Llegamos a conocerle bien.

La actitud especial del señor Samgrass consistía en su faceta de colaborador de trabajos ajenos, aunque él mismo era autor de varias obras menores de moda. Aficionado a husmear en los archivos de documentos de títulos nobiliarios, poseía un olfato muy agudo para lo pintoresco. Sebastian no había dicho toda la verdad al describirle como «alguien que conoce mamá». El señor Samgrass conocía prácticamente a todos aquellos que poseyeran algo que atrajera su interés.

Era genealogista y legitimista; le encantaba la realeza despo­seída y conocía la validez exacta de los derechos invocados por pretendientes rivales a muchos tronos. No era hombre de cos­tumbres religiosas, pero sabía más que la mayoría de los católicos acerca de su Iglesia. Tenía amigos en el Vaticano y era capaz de hablar largo y tendido sobre la política vaticana y las audien­cias papales, afirmando cuáles de los eclesiásticos contemporá­neos gozaban de favor, cuáles no, qué hipótesis teológica reciente era sospechosa, y si este o aquel jesuita o dominico había come­tido un desliz o se había mantenido a favor de la corriente en su sermón de cuaresma. Lo tenía todo menos la fe. Tiempo después le gustaría asistir al oficio de la bendición de la capilla de Brideshead, para poder ver a las damas de la familia con la cabeza devotamente inclinada, bajo las mantillas de encaje negro. Le entusiasmaban los escándalos olvidados de la alta sociedad y era experto en parentescos putativos. Afirmaba amar el pasado, pero yo siempre tuve la impresión de que consideraba ligeramen­te absurda la espléndida compañía, viva o muerta, con la que se relacionaba. El señor Samgrass sí existía de verdad: lo otro no era más que una extravagante procesión de personajes irreales. El era el turista victoriano, de carne y hueso, bajo cuya mirada condescendiente -y para cuyo entretenimiento- se montaban tan extraños desfiles. Y había algo excesivamente brusco en su estilo literario; sospeché de la existencia de un dictáfono escon­dido en algún lugar de sus habitaciones revestidas de madera.

Estaba con lady Marchmain cuando los conocí a ambos, y pensé entonces que ella no podía haber encontrado nada más disímil de sí misma que aquel oportunista intelectual, ni mejor espejo para sus encantos. No era propio de su manera de ser irrumpir visiblemente en la vida de nadie, pero hacia el fin de semana, Sebastian dijo con cierta amargura:

-Mamá y tú parecéis carne y uña.

Y advertí que, en efecto, me estaba dejando atraer hacia su intimidad en rápidas e imperceptibles etapas, porque ella se impacientaba con cualquier relación que tardara en estrecharse. Al término de su visita, yo había prometido pasar las vacaciones en Brideshead, excepto el día de navidad.

Un lunes por la mañana, una o dos semanas más tarde, estaba esperando en la habitación de Sebastian a que él volviera de una reunión con su tutor, cuando entró Julia, seguida por un hombre macizo a quien presentó como «el señor Mottram» y a quien llamaba «Rex». Según dijeron, llegaban en coche después de un fin de semana en una casa de campo. Rex Mottram, con su gabán largo, era de trato cordial y rebosaba confianza en sí mismo; Julia, con su abrigo de piel, fría y algo cohibida, se dirigió directamente a la chimenea y se agachó tiritando junto a las llamas.

-Esperábamos que Sebastian nos invitara a almorzar -dijo-. Si él nos falla, siempre podríamos probar con Boy Mulcaster, pero pensé que comeríamos mejor con Sebastian, no sé por qué. Tenemos muchísima hambre. Los Chasm no nos han dado absolutamente nada de comer durante todo el fin de semana.

-Tanto Boy como Sebastian van a almorzar conmigo. Venid vosotros también.

Así, sin ningún reparo, se unieron al grupo en mis habita­ciones. Aquél fue uno de los últimos agasajos que di a la manera de antes. Rex Mottram se esforzó todo lo posible por causar una buena impresión. Era un tipo bien parecido, de pelo moreno que le crecía hasta bien entrada la frente y pobladas cejas negras. Hablaba con un atractivo acento canadiense. Se sabía rápidamen­te lo que él quería que se supiera sobre su persona: que era un hombre afortunado con el dinero, miembro del Parlamento, jugador, buen muchacho; que jugaba al golf regularmente con el príncipe de Gales y se tuteaba con «Max»,*10 «F. E.»,**11 «Gertie» Lawrence, Augustus John y Carpentier; con todo aquél, por lo visto, que saliera por casualidad en la conversación. De la uni­versidad dijo:

-No, nunca he estado aquí. Sólo sirve para empezar a vivir tres años más tarde que los demás.

Al parecer, su vida empezó durante la guerra, en la que consiguió la cruz militar al servicio del Canadá. Al terminar la contienda era ayudante de campo de un popular general.

No debía tener más de treinta años cuando le conocimos, pero a nosotros, en Oxford, nos pareció muy viejo. Julia le trataba -como parecía tratar a todo el mundo- con ligero desprecio, aunque también con gesto posesivo. Durante el almuerzo le envió a buscar cigarrillos al coche y, una o dos veces cuando él se excedía, Julia le disculpaba diciendo: «No olvidéis que es un colonial». El contestaba con una risa estrepitosa.

Cuando se hubieron marchado pregunté quién era.

-Oh, un conocido de Julia -dijo Sebastian.

Una semana más tarde, quedamos un poco sorprendidos al recibir un telegrama de él en el que nos invitaba a nosotros y a Boy Mulcaster a cenar en Londres la noche siguiente, con motivo de «una fiesta de Julia».

-Creo que él no conoce a nadie joven -comentó Sebas­tian-; todos sus amigos son viejos y acartonados carcamanes de la City y la Cámara de los Comunes. ¿Iremos?

Lo discutimos y, como nuestra vida en Oxford transcurría con tanta monotonía, decidimos ir.

-¿Por qué querrá que vaya Boy?

-Julia y yo le conocemos de toda la vida. Al verle almorzando contigo, habrá pensado que sois muy amigos.

Mulcaster no nos gustaba especialmente, pero los tres estábamos muy animados cuando, después de haber solicitado permiso de nuestros respectivos Colleges para pernoctar afuera, nos pusimos en camino hacia Londres en el coche de Hardcastle.

Íbamos a pasar la noche en Marchmain House. Fuimos allí a cambiarnos y, mientras nos vestíamos, bebimos una botella de champaña y pasamos de una a otra de nuestras habitaciones que estaban juntas en el tercer piso y parecían bastante desvencijadas en comparación con los esplendores de los pisos de abajo. Al bajar las escaleras nos cruzamos con Julia que subía a su habi­tación y todavía llevaba ropa de calle.

-Voy a llegar tarde -dijo-. Sería mejor que os adelantarais

a casa de Rex, muchachos. Es maravilloso que hayáis venido. -¿De qué fiesta se trata exactamente?

-Un espantoso baile de beneficencia en que me he visto comprometida. Rex insistió en dar una cena antes. Os veré allí. La casa de Rex no distaba mucho de Marchmain House y fuimos andando.

-Julia llegará tarde -dijimos-. Ahora mismo acaba de subir a vestirse.

-Eso significa una hora. Será mejor que tomemos un poco de vino.

Una mujer que nos fue presentada como «la señora Cham­pion» dijo:

-Estoy segura de que ella preferiría que empezáramos, Rex. -Bueno, pero antes vamos a tomar un poco de vino.

-¿Por qué un Jeroboam, Rex? -protestó malhumorada.

Siempre lo quieres todo demasiado a lo grande.

-No será demasiado grande para nosotros -contestó él cogiendo la botella para descorcharla.

Había dos jóvenes de la misma edad que Julia, al parecer responsables de la. organización del baile. Mulcaster las conocía desde hacía mucho tiempo, y ellas le conocían a él, aunque me pareció advertir que eso no les causaba ningún placer especial. La señora Champion hablaba con Rex. Sebastian y yo, como siempre, bebíamos juntos.

Por fin llegó Julia, sin prisa, exquisita, impenitente.

-No deberíais haber permitido que me esperara -dijo-. Siempre su cortesía canadiense.

Rex Mottram era un anfitrión generoso y, al acabar la cena, los tres llegados de Oxford estábamos bastante borrachos. Mien­tras aguardábamos de pie en el vestíbulo a que bajaran las mujeres, Rex y la señora Champion se habían apartado un poco de nosotros para hablar en voz baja en tono áspero. Mulcaster propuso:

-¿Qué os parece si nos escabullimos de este espantoso baile y nos vamos a casa de Ma Mayfield?

-¿Quién es Ma Mayfield?

-Ya sabéis quién es Ma Mayfield Todo el mundo conoce a Ma Mayfield de Old Hundredth. Tengo una chica allí, una monada llamada Effie. Nunca me perdonaría si se enterara de que he venido a Londres sin ir a verla. Venid a conocer a Effie a casa de Ma Mayfield.

-De acuerdo -dijo Sebastian-, vamos a conocer a Effie a casa de Ma Mayfield.

-Tomaremos otra botella de champaña a cuenta del bueno de Mottram, nos escaparemos del puñetero baile e iremos al Old Hundredth. ¿Qué os parece?

No era difícil marcharse del baile. Las muchachas que Rex Mottram había reunido conocían a mucha gente y, después 'de bailar una o dos veces con ellas, nuestra mesa empezó a llenarse. Rex Mottram encargó más vino, luego más, y pronto los tres nos encontramos en la calle.

-¿Sabes dónde está ese sitio?

-Claro que lo sé. El número cien de Sink Street.

-¿Y eso dónde cae?

-Muy cerca de Leicester Square. Mejor ir en coche.

-¿Por qué?

-Siempre es mejor llevar coche propio en una ocasión como ésta.

No impugnamos el razonamiento y ahí estuvo nuestro error.

El coche se encontraba en la entrada de Marchmain House, a cien metros del hotel donde se celebraba el baile. Mulcaster condujo y, después de algunos tropiezos, nos llevó a Sink Street sanos y salvos. Un conserje al lado de un portal oscuro y un hombre de mediana edad que vestía un frac al otro lado, con la cara vuelta hacia la pared, refrescándose la frente contra los ladrillos, nos indicaron que habíamos llegado.

-No entren, les van a envenenar -aconsejó el hombre de mediana edad.

-¿Socios? -preguntó el conserje.

-Mi nombre es Mulcaster. Vizconde Mulcaster.

-Bueno, pruebe adentro -concedió el conserje-. Quizá le conozcan.

-Le robarán, envenenarán, infectarán y le volverán a robar -dijo el hombre de mediana edad.

En el portal había una ventanilla iluminada.

-¿Socios? -preguntó una mujer corpulenta con traje de noche.

-¡Esta sí que es buena! -exclamó Mulcaster-. A estas alturas debería conocerme.

-Sí, querido -asintió la mujer, sin la menor muestra de interés-. Diez chelines cada uno.

-Oh, vamos, nunca me han hecho pagar.

-Es posible, querido. Estamos a tope esta noche, así que son diez chelines. Los que vengan después de vosotros tendrán que pagar una libra. Estáis de suerte.

-Déjeme hablar con la señora Mayfield.

-Yo soy la señora Mayfield. Diez chelines cada uno.

-Vaya, Ma, no te reconocí con ese traje tan espléndido. Me conoces ¿verdad? Soy Boy Mulcaster.

-Sí, encanto. Diez chelines cada uno.

Pagamos, y el hombre que hasta entonces se había interpuesto entre nosotros y la puerta interior se hizo a un lado para dejarnos pasar. En el interior hacía calor y el local rebosaba de gente, porque el Old Hundredth estaba a la sazón en el apogeo de su fama. Encontramos una mesa y pedimos una botella que el camarero cobró antes de abrir.

-¿Dónde está Effie esta noche? -preguntó Mulcaster. -¿Effie qué?

-Effie, una de las muchachas que siempre está aquí. Una morena y muy bonita.

-Aquí trabajan muchas chicas. Algunas son morenas y otras rubias. Supongo que algunas podrían considerarse bonitas. No tengo tiempo para conocerlas a todas por su nombre.

-Voy a ver si la encuentro -dijo Mulcaster.

Cuando se hubo ido, dos muchachas se acercaron a la mesa y nos observaron con curiosidad.

-Vámonos -aconsejó una a la otra-, estamos perdiendo el tiempo. Son maricas.

Pronto volvió Mulcaster triunfante en compañía de Effie a quien, sin que nadie lo pidiera, un camarero sirvió inmediata­mente un plato de huevos con
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