Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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fecha de publicación26.12.2015
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bacon.

-Es el primer bocado que pruebo en toda la noche -explicó-. Lo único bueno de aquí es el desayuno. Te entra un hambre terrible andando por ahí sin hacer nada...

-Son seis chelines más -anunció el camarero.

Tras saciar el hambre, Effie se limpió los labios dándose suaves golpecitos y nos miró.

-A ti te he visto aquí muchas veces ¿verdad? -me preguntó.

-Me temo que no.

-¿Pero a ti sí te he visto? -interrogó a Mulcaster.

-Eso espero. ¿No habrás olvidado nuestra nochecita de septiembre?

-No, querido, claro que no. Eres el muchacho de la Guardia que se cortó el dedo del pie ¿verdad?

-Vamos, Effie, no te burles.

-Tienes razón, aquello fue otra noche ¿no? Ya sé... Estabas con Bunty aquella vez que vino la policía y todos nos escondimos donde guardan los cubos de basura...

-A Effie le encanta tomarme el pelo ¿verdad, Effie? Está molesta porque hace tiempo que no he venido a verla ¿no es así?

-Lo que tú digas. Pero sí es cierto que te he visto antes en alguna parte.

-Deja de burlarte.

-No pretendía burlarme. En serio. ¿Quieres bailar?

-Ahora no.

-Gracias a Dios. Esta noche me aprietan los zapatos de una manera espantosa.

Pronto Mulcaster y ella entablaron una absorbente conver­sación. Sebastian se echó hacia atrás en su asiento y me dijo:

-Voy a pedir que vengan aquellas dos.

Las dos mujeres sin pareja que nos habían mirado antes se acercaban de nuevo a nuestra mesa. Sebastian les sonrió, se levantó para invitarlas, y ellas tampoco tardaron en ponerse a comer con entusiasmo. Una de ellas tenía cara de calavera, la otra de niña enfermiza. Al parecer, la calavera me tocaba a mí.

-¿Qué os parece una fiestecita? -propuso ella-. Sólo no­sotros seis en mi casa.

-Con mucho gusto -dijo Sebastian.

-Cuando entrasteis, pensamos que erais maricas.

-Es nuestra extrema juventud...

La calavera emitió una risita.

-Eres muy simpático.

-La verdad es que sois un encanto -dijo la enfermiza-. Sólo tengo que avisarle a la señora Mayfield que salimos.

Todavía era temprano, poco más de medianoche, cuando salimos a la calle. El conserje intentó convencernos de que cogiéramos un taxi.

-Yo cuidaré de su coche, señor. Yo que usted no conduciría; se lo digo en serio.

Pero Sebastian se sentó al volante y las dos mujeres se instalaron una encima de la otra a su lado para indicarle el camino. Effie, Mulcaster y yo nos acomodamos detrás. Creo que aplaudimos cuando arrancó el coche.

No fuimos muy lejos. Cogimos Shaftesbury Avenue e íbamos en dirección a Piccadilly cuando, por muy poco, evitamos una colisión de frente con un taxi.

-¡Por el amor de Dios! -exclamó Effie-. Mira por dónde vas. ¿Nos quieres matar a todos?

-Muy descuidado ese hombre -comentó Sebastian.

-Tu manera de conducir es muy peligrosa -le reconvino la calavera-. Además, deberíamos ir por el otro lado de la calle.

-Es verdad -admitió Sebastian, pasando bruscamente al otro lado.

-Oye, para. Prefiero ir a pie.

-¿Que pare? Desde luego.

Frenó y el coche se detuvo bruscamente de costado en medio

de la calzada. Dos policías se aproximaron a paso ligero. -Dejadme salir de aquí -dijo Effie y, dando un salto con­siguió escapar corriendo.

Los demás nos vimos atrapados.

-Lo siento si estoy estorbando el tráfico, agente -se excusó Sebastian, pronunciando con cuidado-, pero la dama insistió en que parase para poderse apear. Era imposible negárselo. Como habrán observado, tenía mucha prisa. Cosa de los nervios ¿sabe?

-Déjame hablar a mí -intervino la calavera-. Vamos, sea bueno, guapo. Los muchachos no quieren molestar a nadie. Les meteré en un taxi y procuraré que lleguen a casa sin contra­tiempos.

Los policías nos miraron detenidamente para formarse un juicio sobre nosotros. Incluso es muy posible que todo hubiera salido bien, de no haber terciado Mulcaster.

-Vamos a ver, buen hombre -dijo-. No hay ninguna necesidad de decir que ha visto algo. Acabamos de estar en el local de Ma Mayfield. Imagino que ella les pagará una buena suma para mantener los ojos cerrados. Bueno, pues también pueden hacer la vista gorda en este caso y no van a perder nada.

Aquello resolvió cualquier duda que pudieran tener los po­licías. Poco después estábamos metidos en el calabozo.

Recuerdo muy poco del viaje hasta allí y de cómo nos detuvie­ron. Mulcaster, me parece, protestó enérgicamente y, cuando nos obligaron a vaciar nuestros bolsillos, acusó de robo a los carce­leros. Entonces nos encerraron y el primer recuerdo claro que conservo es el de las paredes de azulejos y una lámpara muy alta colocada detrás de un cristal muy grueso, una tarima y una puerta sin picaporte a mi lado. En algún lugar a mi izquierda, Sebastian y Mulcaster armaban un guirigay de mil diablos. Sebastian se había mantenido firme y bastante sereno camino de la comisaría; pero una vez encerrado parecía frenético, golpeaba la puerta, gritaba:

-¡Maldita sea, no estoy borracho! ¡Abran esta puerta! Insisto en ver a un médico. Les digo que no estoy borracho.

Mientras que Mulcaster, más lejos, gritaba:

-¡Por Dios, van a pagarlo muy caro! Están cometiendo un grave error, se lo aseguro. Llamen al ministro del Interior. Vayan a buscar a mis abogados. Obtendré un habeas corpus.

De las otras celdas, donde algunos vagabundos y rateros intentaban dormir un poco, salían gritos de protesta:

-¡Eh, chitón!

-¿No puede uno ni echar un sueño en paz?

-¿Qué es esto? ¿Una comisaría o un manicomio?

Y el sargento, al hacer su ronda, les amonestó a través de las rejas:

-Estarán aquí toda la noche si no se serenan.

Desanimado, me senté sobre la tarima y dormité un poco. Pronto aminoró el escándalo y Sebastian me llamó:

-Oye, Charles, ¿estás ahí?

-Aquí estoy.

-Qué lío de mierda.

-¿No podríamos salir bajo fianza?

Mulcaster parecía haberse quedado dormido.

-Te diré a quién necesitamos...; a Rex Mottram. Se encontraría en su elemento aquí.

Nos costó bastante ponernos en contacto con él. El policía de guardia tardó media hora en contestar a mi llamada. Por fin, con bastante escepticismo, accedió a enviar un mensaje telefónico al hotel donde se celebraba el baile. Hubo otra larga demora y luego abrieron las puertas de nuestra celda.

A través del ambiente viciado de la comisaría -olor amargo a suciedad y desinfectantes- nos llegó el humo dulce y suntuoso de un habano... o mejor dicho, de dos, ya que el agente de guardia también fumaba uno.

Rex estaba en la comisaría como si fuera la misma personi­ficación -o mejor, la parodia- del poder y la prosperidad; vestía un abrigo forrado de piel, con anchas solapas de astracán y llevaba sombrero de copa. Los policías se mostraban respetuosos y serviciales.

-Tuvimos que cumplir con nuestro deber. Hemos detenido a éstos para protegerlos.

Mulcaster adoptó una actitud beligerante e inició una queja confusa porque le habían denegado asistencia legal, pisoteando derechos civiles. Rex dijo:

-Más vale que hable yo.

Yo ya tenía la cabeza despejada y observé y escuché fascinado mientras Rex solucionaba el asunto. Examinó atentamente las hojas de acusación, departió cortésmente con los hombres que habían efectuado el arresto, insinuó el soborno con una alusión mínimamente perceptible y luego abandonó precipitadamente ese camino al darse cuenta de que las cosas habían durado demasiado y el asunto había trascendido. Se responsabilizó de presentarnos ante el magistrado a las diez de la mañana y luego nos llevó a la calle, donde nos esperaba su coche.

-Sería inútil discutir esto ahora. ¿Dónde pensáis pasar la noche?

-En Marchers -dijo Sebastian.

-Será mejor que vengáis a mi casa. Podéis quedaros esta noche. Dejadlo todo en mis manos.

Era evidente que disfrutaba su propia eficacia.

A la mañana siguiente, la representación fue aun más espec­tacular. Me desperté sobresaltado y confundido al verme en una habitación extraña y, durante los primeros segundos de concien­cia, volvió el recuerdo de la noche anterior, primero como una pesadilla y luego como realidad. El valet de Rex estaba desha­ciendo la maleta. Al ver que me movía, fue hasta el lavamanos y vertió en él el líquido de una botella.

-Creo que tengo todas sus cosas de Marchmain House -dijo-. El señor Mottram mandó a Happells a buscar esto. Tomé el brebaje y me sentí mejor.

Un empleado de la barbería Trumper vino a afeitarnos. Rex se unió con nosotros en el desayuno.

-Es importante causar una buena impresión a los tribunales -dijo-. Afortunadamente, a ninguno se os nota demasiado.

Después del desayuno, llegó el abogado y Rex le expuso un resumen del caso.

-Sebastian está en un aprieto -dijo-. Le pueden echar hasta seis meses de cárcel por conducir borracho. Desgraciada­mente os toca el juez Grigg. Siempre ha mirado con muy malos ojos los casos de este tipo. Lo único que pasará esta mañana es que pediremos una semana para preparar la defensa de Sebastian. Vosotros dos os declararéis culpables, diréis que lamentáis lo ocurrido, y pagaréis la multa de cinco chelines. Veré lo que puedo hacer para acallar a la prensa de la tarde. El Star podría ocasionar dificultades.

»Acordaos: lo importante es no decir absolutamente nada del Old Hundredth. Por suerte, las furcias estaban sobrias y no las acusan de nada, pero les han tomado el nombre como testigos. Las llamarán a declarar si intentamos refutar las pruebas poli­cíacas. Y eso hay que evitarlo, cueste lo que cueste, de modo que tenemos que admitir entera la historia de la policía y apelar a la buena voluntad del juez para que no destroce la carrera de un muchacho por una imprudencia juvenil. Dará resultado. Ne­cesitaremos a un catedrático para dar testimonio de buena con­ducta. Julia me dice que tenéis uno domesticado que se llama Samgrass. Servirá. Mientras tanto, vosotros debéis decir simple­mente que habéis venido de Oxford para asistir a un baile de lo más respetable, que no estáis acostumbrados al vino, que os excedisteis un poco y os extraviasteis al volver a casa.

»Después habrá que ver cómo lo arreglamos con las autori­dades académicas de Oxford.

-Les dije que llamaran a mis abogados -dijo Mulcaster- ­y se negaron. Han quedado en posición muy desairada y no veo por qué tienen que salirse con la suya.

-Por el amor de Dios; no emprendas la menor polémica. Limítate a reconocerte culpable y a pagar. ¿Entendido?

Mulcaster refunfuñó, pero accedió.

Todo transcurrió en los tribunales como Rex había previsto.

A las diez y media, en Bow Street, Mulcaster y yo nos vimos en libertad y Sebastian quedó obligado a comparecer al cabo de una semana. Mulcaster no expresó su protesta, nos amonestaron y tuvimos que pagar cinco chelines cada uno, amén de otros quince de gastos. Mulcaster ya empezaba a molestarnos y oímos con alivio su pretexto de que tenía un asunto que atender en Londres. El abogado se marchó rápidamente y Sebastian y yo nos quedamos solos y desconsolados.

-Supongo que mamá tendrá que enterarse. ¡Maldita sea, maldita una y mil veces! Hace frío. No volveré a casa. No tengo adónde ir. ¿Por qué no volvemos tranquilamente a Oxford y esperamos que vengan ellos a molestarnos a nosotros?

La concurrencia de pillos que suelen frecuentar los tribunales entraba y salía, subía y bajaba las escaleras; permanecimos un rato indecisos en la esquina expuesta al viento.

-¿Por qué no hablamos con Julia?

-Podría irme al extranjero.

-Mi querido Sebastian, lo único que va a pasar es que te largarán un sermón y te pondrán una multa de unas cuantas libras.

-Ya lo sé, pero es todo tan molesto... Mamá, Bridey, toda la familia y los catedráticos. Preferiría ir a la cárcel. Podría escaparme al extranjero y no tienen medio de hacerme volver, ¿verdad? Es lo que hace la gente cuando la policía le sigue los pasos. Sé que mamá fingirá que debe afrontar ella sola el enojoso asunto.

-Vamos a llamar a Julia y a proponerle que nos reunamos en alguna parte para hablarlo.

Nos reunimos en Gunter's, en Berkeley Square. Julia, como la mayoría de las mujeres de la época, lucía un sombrero verde caído sobre los ojos, con una aguja prendida que llevaba engar­zado un diamante. Llevaba un perrito debajo del brazo, casi invisible bajo la piel de su abrigo. Nos saludó con una muestra inusitada de interés.

-Vaya un par de tontos. Debo reconocer que parece haberos sentado muy bien. La única vez que me emborraché estuve totalmente paralizada al día siguiente. Al menos podríais haber­me llevado con vosotros. El baile fue soporífero, y siempre he tenido ganas de ir al Old Hundredth. Nadie me quiere llevar. ¿Es un paraíso?

-Así que también sabes todo aquello.

-Rex me llamó esta mañana y me lo contó todo. ¿Qué tal las chicas que os acompañaron?

-No seas lasciva -dijo Sebastian.

-La mía parecía una calavera.

-La mía era medio tuberculosa.

-¿De verdad?

Era evidente que el hecho de haber salido con mujeres nos había elevado en la apreciación de Julia; las fulanas eran para ella lo más interesante del embrollo.

-¿Lo sabe mamá?

-Lo de las calaveras y las tuberculosas, no. Sabe que habéis estado en chirona. Se lo dije yo. Se portó divinamente, claro. Sabes que todo lo que hacía el tío Ned era siempre perfecto y una vez le encerraron por llevar un oso a una de las reuniones de Lloyd George, así que juzga el asunto con bastante humanidad. Quiere que los dos almorcéis con ella.

-¡Dios mío!

-El único problema son los periodistas y la familia. ¿Tu familia es terrible, Charles?

-Sólo un padre. Nunca se enterará.

-La nuestra es horrible. La pobre mamá va a pasar un mal rato con ella. Le escribirán cartas, le harán visitas de conmise­ración y la mitad de los parientes estará pensando: «Eso pasa por haberle dado al niño una educación católica»; y la otra mitad dirá: «Eso pasa por enviarle a Eton y no a Stonyhurst». ¡Pobre mamá! Nunca acertará.

Almorzamos con lady Marchmain. Lo aceptó todo con resig­nación y buen humor. Su único reproche fue:

-No puedo entender por qué os fuisteis a pasar la noche con el señor Mottram. Podríais haber venido a contármelo a mí primero. ¿Cómo voy a explicarle a toda la familia? Van a escandalizarse mucho al descubrir que les preocupa el incidente más que a mí. ¿Conocéis a mi cuñada Fanny Rosscommon? Siempre ha pensado que malcrié a mis hijos. Ahora estoy em­pezando a pensar que debe de tener razón.

Cuando nos marchábamos dije a Sebastian:

-No hubiera podido estar más encantadora. ¿Por qué te preocupabas tanto?

-No sabría explicarlo -se lamentó Sebastian.
Una semana más tarde, Sebastian compareció a juicio y fue sancionado con una multa de diez libras. Los periódicos infor­maron de ello con dolorosa insistencia, uno de ellos bajo el irónico titular: «Hijo de marqués poco familiarizado con el vino». El juez dijo que sólo gracias a la rápida acción de la policía no recayó en él una sentencia más severa... «Por pura casualidad no incurrió en responsabilidad grave...» El señor Samgrass tes­timonió que Sebastian tenía un carácter irreprochable y que estaba en juego un brillante futuro universitario. De esto también hablaron los periódicos... «Carrera de estudiante modelo en el banquillo.» Si no fuera por el testimonio del señor Samgrass, dijo el juez, habría estado dispuesto a dictar una sentencia que sirviera de ejemplo; la ley era la misma para un estudiante de Oxford que para cualquier joven maleante; aun más, cuanto mejor la familia, más vergonzosa la falta...

El señor Samgrass supuso una valiosa ayuda no sólo en Bow Street. En Oxford mostró todo el entusiasmo y buen tino que en Londres denotó Rex Mottram. Se entrevistó con las autori­dades del College, los prefectos y el vicerrector, indujo a mon­señor Bell a hablar con el decano de Christ Church, lo arregló para que lady Marchmain pudiera hablar con el mismísimo rector y, como resultado, a los tres se nos prohibió salir del College durante el resto del trimestre. Hardcastle, por una razón que no quedó muy clara, fue despojado otra vez del uso de su coche y el asunto se olvidó. El castigo más grande que sufrimos fue la intimidad con Rex Mottram y el señor Samgrass, pero como la vida de Rex transcurría en el mundo de la política y las altas finanzas de Londres y la del señor Samgrass, más cercana a la nuestra, en Oxford, la más dolorosa fue la compañía de este último.

Nos persiguió durante el resto del trimestre. Ahora que estábamos «confinados», no podíamos pasar las veladas juntos y, a partir de las nueve de la noche, nos quedábamos solos y a merced del señor Samgrass. Parecía no poder pasar ni una noche sin visitar a Sebastian o a mí. Hablaba de «nuestra pequeña escapada» como si él también hubiera estado en los calabozos y le uniera una complicidad con nosotros... Una vez salté los muros del College y el señor Samgrass me descubrió en las habitaciones de Sebastian después de haberse cerrado las puertas. También eso se convirtió en una trampa. En consecuencia, no me sorprendió cuando llegué a Brideshead después de navidad, encontrar al señor Samgrass como si me estuviera esperando, sentado solo delante de la chimenea en la habitación que llama­ban la sala de los tapices.

-Aquí me ves como dueño y señor.

En efecto, parecía el dueño de la sala y de las sombrías escenas de caza que adornaban las paredes; dueño de las cariátides de ambos lados de la chimenea, y dueño de mí cuando se levantó para darme la mano y saludarme como anfitrión:

-Esta mañana -prosiguió- se ha reunido en el prado la jauría de Marchmain... Un espectáculo deliciosamente arcaico... Y todos nuestros jóvenes amigos han salido a la caza del zorro, incluso Sebastian, quien, no te sorprenderá saberlo, está extraor­dinariamente elegante con su casaca roja. Brideshead estaba hoy más impresionante que elegante. Es el jefe de la partida, junto a esa caricatura local llamada sir Walter Strickland-Venables. Ojalá pudiera incluirse a ambos en estos tapices más bien mo­nótonos... Les agregarían un toque de fantasía. Nuestra anfitriona se ha quedado en casa; también un dominico convaleciente que ha leído demasiado a Maritain y muy poco a Hegel; sir Adrian Porson, naturalmente, y dos primos húngaros bastante siniestros: he practicado el alemán y el francés con ellos, pero no son entretenidos en ninguna de esas lenguas... Todas estas personas se han ido en coche a visitar a un vecino. He pasado una tarde muy cómoda delante del fuego con el incomparable Charlus. Tu llegada me da valor para llamar y pedir que traigan el té. ¿Cómo podría describirte la compañía?
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