Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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fecha de publicación26.12.2015
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¡Hélas! Se dispersa mañana. Lady Julia se marcha para celebrar el año nuevo en otra parte y se lleva el beau monde con ella. Echaré de menos a estas preciosas criaturas rondando por la casa, sobre todo a una tal Celia. Es la hermana de nuestro viejo amigo en la adversidad, Boy Mulcaster, y resulta maravillosamente distinta de él. Su conversación hace pensar en los pájaros: picotea cada tema de una manera que encuentro encantadora y tiene un estilo de vestir a lo maestra de escuela que no tengo más remedio que denominar «atrevido».

La echaré de menos, ya que no me voy mañana. Mañana empiezo a trabajar en serio en el libro de nuestra anfitriona, el cual, créeme, es un caudal de joyas de época: año 1914 puro y auténtico.

Trajeron el té y, poco después de haberlo tomado, regresó Sebastian. Había perdido al resto de los monteros al principio de la cacería, dijo, y vuelto a casa a paso normal por los caminos.

Los demás no tardaron en llegar, ya que los habían recogido en coche al término de la jornada. Brideshead estaba ausente: tenía algo que hacer en la perrera y Cordelia le había acompañado.

Los demás llenaron la sala y en seguida sirvieron huevos revueltos y bollos fritos. El señor Samgrass, que había almorzado en la casa y pasado toda la tarde dormitando delante del fuego, comió con ellos lo mismo. Poco después regresó el grupo de lady Marchmain y cuando ésta propuso: «¿Quién viene a la capilla a rezar el rosario?», Sebastian y Julia dijeron que tenían que darse un baño en seguida, pero el señor Samgrass la acompañó a ella y al fraile.

-Ojalá se marchara Samgrass -dijo Sebastian, ya en el baño-. Estoy harto de estarle agradecido.

Durante los siguientes quince días, el sentimiento de antipatía hacia Samgrass llegó a convertirse en secreto no confesado entre todos los que ocupábamos la casa. En su presencia, los hermosos ancianos ojos de sir Adrian Porson parecían buscar un punto en el horizonte lejano, y sus labios se cerraban con clásica expresión de pesimismo. Los primos húngaros que, confundiendo su con­dición de tutor, le tomaron por un criado de alto rango con privilegios excepcionales, eran los únicos a quienes no parecía molestar su presencia.
El señor Samgrass, sir Adrian Porson, los húngaros, el fraile, Brideshead, Sebastian y Cordelia siguieron en la casa tras la gran fiesta de navidad.

La religión predominaba en aquel hogar; no sólo en cuanto a las prácticas -misa y rosario diarios, por la mañana y por la tarde en la capilla- sino en las relaciones humanas.

-Debemos hacer un católico de Charles --dijo lady March­main.

Tuvimos muchas breves charlas juntos durante mis visitas en las que llevaba delicadamente la conversación a temas sagrados. Después de la primera de estas conversaciones, Sebastian me preguntó:

-¿Ha estado mamá celebrando una de sus «pequeñas char­las» contigo? Siempre lo hace... Ojalá no lo hiciera. ¡Me disgusta tanto!

Nunca llamaba expresamente para mantener una «charla» ni las provocaba conscientemente. Cuando quería mantener una conversación íntima con alguien, se tropezaba casualmente con ella; si era verano, en un camino apartado, cerca de los lagos o en un rincón de los rosedales amurallados; si era invierno, en su sala de estar, en el primer piso.

Esa habitación era exclusivamente suya. La había elegido y transformado de manera que, al entrar, daba la impresión de ser otra cosa. Había hecho bajar el techo y, la primorosa cornisa que de una forma o de otra estaba presente en todas las demás estancias, allí era invisible. Las paredes, una de ellas decorada con brocados, habían sido despojadas de sus paneles de madera y estaban desnudas, pintadas de azul y cubiertas de innumerables acuarelas agradablemente combinadas. Olía bien, gracias al per­fume de las flores frescas y a una mezcla de aromas rancios. Sus libros, encuadernados en piel suave -obras de poesía y devoción muchas veces leídas- llenaban una pequeña biblioteca de pa­lisandro. La repisa de la chimenea estaba cubierta de pequeños tesoros personales: una virgen de marfil, un san José de arga­masa, y miniaturas póstumas de sus tres hermanos soldados. Cuando Sebastian y yo estuvimos solos en Brideshead durante aquel brillante agosto, nunca entramos en la habitación de su madre.

Fragmentos de conversación vuelven a mi mente junto con el recuerdo de aquel cuarto. Una vez me dijo:

-Cuando era joven, mi familia era relativamente pobre, pero aun así más rica que la mayoría de la gente del mundo; cuando me casé me convertí en una persona muy rica. Al principio me preocupaba, creía que no estaba bien tener tantas cosas hermosas mientras los otros no tenían nada. Ahora sé que los ricos también pueden pecar cuando desean los privilegios de los pobres. Los pobres siempre han sido los favoritos de Dios y de sus santos, pero yo creo que uno de los mayores logros de la gracia consiste en santificar la vida en su totalidad, las riquezas comprendidas. En la Roma pagana la riqueza era algo inevitablemente cruel; ya no lo es.

Dije entonces algo acerca de un camello y el ojo de una aguja, y se alegró de poder aprovechar la parábola:

-Exactamente; es insólito que un camello pase por el ojo de una aguja, pero el Evangelio es un verdadero catálogo de cosas insólitas. No es nada frecuente que un buey y un asno adoren un pesebre. En la vida de los santos, los animales siempre hacen las cosas más extrañas. Todo ello forma parte de la poesía, de ese sabor de Alicia en el país de las maravillas propio de la religión.

Pero su fe me dejó tan frío como su encanto; o, mejor dicho, ambos me impresionaron de la misma manera. En aquella época sólo pensaba en Sebastian. Incluso entonces le veía amenazado, si bien no sabía aún hasta qué punto era sombría la amenaza.

Su ruego continuo y desesperado era que le dejaran solo. Al abrigo de las aguas azules y palmeras susurrantes de su propia mente era tan feliz e inofensivo como un polinesio. Cuando la gran goleta largaba el ancla más allá del arrecife de coral, varaba en la laguna y, subiendo por la pendiente nunca hollada por una bota, llegaba la malévola invasión de comerciante, administrador, misionero y turista, entonces, y sólo entonces, llegaba el momen­to de desenterrar las arcaicas armas de la tribu y de hacer sonar los tambores en las colinas; o bien, lo que era más fácil, de dar la espalda a la puerta soleada y echarse en la oscuridad, donde los dioses pintados, impotentes, desfilaban en vano por las paredes; o toser hasta echar el alma entre botellas de ron.

Además, como Sebastian consideraba como intrusos a su propia conciencia y todas sus necesidades de afecto humano, sus días en Arcadia estaban contados. Porque fue en esta época, para mí tranquila, cuando Sebastian empezó a sentir miedo. Yo co­nocía bien ese estado suyo: alerta y suspicaz, parecía un ciervo que de repente levanta la cabeza al oír el ruido lejano de la cacería. Ya le había visto volverse cauteloso con respecto a su familia o su religión, pero entonces descubrí que yo también le resultaba sospechoso. No desfalleció su amor, pero ya no le daba la alegría de antes porque yo ya no formaba parte de su soledad. A medida que crecía mi intimidad con su familia, me convertí en parte del mundo del que anhelaba escapar. A lo largo de nuestras pequeñas charlas, su madre intentaba precisamente que yo desempeñara ese papel. Nada de ello se dijo de manera explícita; sólo vaga­mente pero en ciertos momentos aislados sospeché lo que estaba ocurriendo.

Exteriormente, el señor Samgrass era el único enemigo. Du­rante quince días, Sebastian y yo hicimos nuestra propia vida en Brideshead. Su hermano estaba ocupado con sus deportes y la buena marcha de la propiedad; Samgrass trabajaba en la biblio­teca sobre el libro de lady Marchmain; sir Adrian Porson exigía la mayor parte del tiempo de ésta. Así que les veíamos poco, excepto por las noches: bajo aquel techo amplio cabía una diversidad de vidas independientes.

Al cabo de quince días, Sebastian dijo:

-No aguanto más a Samgrass. Vámonos a Londres.

Vino pues a mi casa y empezó a frecuentarla más que a Marchers. Cayó bien a mi padre.

-Tu amigo me entretiene mucho -dijo-. Invítale a menudo.

Y después, de vuelta a Oxford, reanudamos una vida que el aire frío parecía encoger. La tristeza que había invadido a Sebastian tan intensamente el trimestre anterior desembocó en una especie de hosquedad incluso conmigo. De alguna manera que yo ignoraba, su corazón estaba herido; y yo sufría por él, incapaz de ayudarle.

Ahora sólo se le veía alegre si estaba borracho y cuando se emborrachaba iba incubando una obsesión: la de «burlarse del señor Samgrass». Compuso una cancioncilla cuyo estribillo era: «Culo verde, Samgrass; Samgrass, culo verde», al aire de las campanas de St. Mary, y le daba la serenata, quizá una vez por semana, bajo sus ventanas. Samgrass se había distinguido por ser el primer catedrático que instalara un teléfono privado en sus habitaciones. Cuando Sebastian estaba borracho, solía llamarle por teléfono y cantarle esta simple canción. Y Samgrass se lo tomó todo con buen talante, como suele decirse, sonriendo obsequiosamente cuando nos cruzábamos con él, pero cada vez con más confianza en sí mismo, como si de alguna manera cada afrenta reforzara su dominio sobre Sebastian.

Fue durante ese trimestre cuando empecé a darme cuenta de que Sebastian era un borracho totalmente distinto a mí. Yo me embriagaba a menudo, pero por exceso de alegría, para vivir el instante más intensamente, para prolongarlo y enaltecerlo; Sebastian bebía para evadirse. Al hacernos mayores y más formales, yo bebía cada vez menos y él cada vez más. Descubrí que algunas veces, cuando yo ya había vuelto a mi College, se quedaba hasta muy tarde trasegando. Se le echaron encima una serie de de­sastres con tanta rapidez y con violencia tan inesperada, que es difícil decir cuándo me percaté exactamente de que mi amigo tenía un problema muy grave. Llegué a conocerlo a fondo durante las vacaciones de pascua.

Julia solía decir:

-¡Pobre Sebastian! Es algo químico que lleva dentro.

Era la frase de moda en aquella época, derivada de dios sabe qué mala interpretación de la ciencia popular. «Hay algo químico entre ellos», solía servir de explicación para un odio o un amor arrollador entre dos personas. Era el viejo concepto del deter­minismo bajo una nueva forma. No, no creo que hubiera nada químico en el problema de mi amigo.

La pascua en Brideshead fue una temporada amarga, que culminó en un doloroso incidente, pequeño pero inolvidable: una noche en casa de su madre, Sebastian se emborrachó antes de la cena de mala manera iniciando el principio de una nueva era de su triste crónica, una zancada más en su huida de la familia, que habría de llevarle finalmente a la perdición.

Ocurrió a última hora del día. El numeroso grupo de invitados que había pasado las pascuas en Brideshead se marchó. Se le llamaba el grupo de pascua aunque, de hecho, la reunión empezó el Martes Santo ya que todos los Flyte hacían un retiro en la hospedería de un monasterio desde jueves Santo hasta Domingo de Resurrección. Aquel año, Sebastian dijo que no iría, pero en el último momento cedió y volvió a casa en un estado de depresión aguda de la que no logré sacarle.

Había estado bebiendo muchísimo durante una semana; sólo yo sabía cuánto; bebía nervioso, a escondidas, todo lo contrario de lo que acostumbraba. Cuando tenían invitados, siempre había una bandeja con bebidas en la biblioteca y Sebastian adquirió el hábito de entrar allí en diferentes momentos del día sin decir nada a nadie, ni siquiera a mí. Yo estaba trabajando en la pintura de otro panel de la pequeña habitación que daba sobre la colum­nata. Sebastian se quejó de sentirse resfriado, se quedó en casa y, durante todo ese tiempo, nunca estuvo del todo sobrio. No llamaba la atención, ya que permanecía muy callado. De vez en cuando me daba cuenta de que atraía miradas de curiosidad, pero la mayoría de los invitados le conocían poco y no notaban ningún cambio en él. Los miembros de su propia familia estaban ocu­pados, cada uno con sus invitados particulares.

Le hice una recriminación y me dijo:

-No soporto a toda esta gente.

Pero cuando por fin se marcharon y tuvo que hacer frente a su familia en la intimidad, se derrumbó del todo.

La costumbre de la casa consistía en hacer servir a las seis una bandeja con diversas bebidas en la sala de estar. Mezclábamos nosotros mismos nuestros cócteles y retiraban las botellas al subir a vestirnos. Más tarde, inmediatamente antes de la cena, los cócteles volvían a aparecer y esta vez los servían los criados.

Sebastian desapareció después de tomar el té. Ya no era de día y pasé la hora siguiente jugando al mah-jongg con Cordelia. A las seis me hallaba solo en la sala de estar, cuando volvió Sebastian; fruncía el entrecejo de una manera que yo conocía demasiado bien, y cuando habló detecté en su voz la pastosidad propia del borracho.

-¿Todavía no han traído los cócteles?

Tiró con torpeza de la cuerda de la campana. -¿Dónde has estado? -Arriba, con Nanny.

-No te creo. Has estado bebiendo.

-He estado leyendo en mi habitación. Hoy ha empeorado mi catarro.

Llegó la bandeja y, derramando el líquido, se sirvió un vaso de ginebra y de vermut que se llevó consigo. Le seguí escaleras arriba, pero me cerró la puerta de su dormitorio en las narices y echó la llave.

Regresé a la sala de estar desalentado y lleno de malos presentimientos.

La familia se reunió. Lady Marchmain preguntó: -¿Dónde se ha metido Sebastian? -Ha ido a echarse un rato. Se encuentra peor.

-Vaya, espero que no sea una gripe. Ya me parecía verle algo febril estos días. ¿Necesita algo?

-No; insistió en que no le molestáramos.

Me pregunté si debería hablar con Brideshead, pero aquella máscara severa, de cristal de roca, vedaba cualquier confidencia.

En cambio, al subir las escaleras para vestirme se lo dije a Julia. -Sebastian está borracho.

-Es imposible. Ni siquiera ha bajado a tomar un cóctel. -Ha estado bebiendo en su habitación toda la tarde.

-¡Qué extraño! ¡Pero qué pesado es! ¿Estará bien para la cena?

-No.

-Pues tienes que ocuparte de él. No es cosa mía. ¿Lo hace a menudo?

-Últimamente, sí. -¡Qué pesado!

Traté de abrir la puerta de Sebastian, que encontré cerrada con llave. Esperaba que estuviera durmiendo, pero cuando volví de mi baño, le encontré sentado en la silla delante de mi chimenea, vestido para la cena, pero sin zapatos. Tenía la corbata torcida y los cabellos erizados; estaba muy rojo y bizqueaba ligeramente. Hablaba con muy poca claridad.

-Charles, lo que dijiste era cierto. No estuve con Nanny sino bebiendo whisky aquí arriba. En la biblioteca ya no hay, ahora que se han ido los invitados. Se han ido y sólo queda mamá. Estoy bastante borracho. Será mejor que me suban algo en una bandeja. No voy a cenar con mamá.

-Vete a la cama -le aconsejé-. Diré que tu resfriado va peor.

-Mucho peor.

Le llevé a su habitación, contigua a la mía, e intenté que se metiera en la cama, pero se sentó delante del tocador mirando de soslayo su imagen en el espejo y esforzándose por arreglarse el nudo de la corbata. Encima del escritorio, al lado del fuego, había una garrafa de whisky medio vacía. La cogí, pensando que no me vería, pero se volvió con rapidez y dijo:

-Deja eso donde estaba.

-No seas idiota, Sebastian. Ya has tomado bastante.

-¿Qué demonios te importa a ti? Sólo eres un invitado; mi invitado. Bebo lo que quiero en mi propia casa.

En aquel momento se habría peleado conmigo para disputar­me el whisky.

-Muy bien -dije, posando de nuevo la garrafa-, pero, por el amor de Dios, que no te vea nadie.

-Oh, métete en tus asuntos. Viniste aquí como amigo mío; ahora me espías por cuenta de mi madre, y lo sé muy bien. Bueno, puedes largarte y decirle de mi parte que de ahora en adelante yo elegiré a mis amigos y ella a sus espías.

Le dejé y bajé a cenar.

-He ido a ver a Sebastian -expliqué-. Se encuentra bas­tante peor. Se ha metido en la cama y dice que no quiere comer nada.

-¡Pobre Sebastian! -se compadeció lady Marchmain-. Se­ría mejor que tomara un vaso de whisky caliente. Se lo llevaré yo misma y así veré cómo está.

-No, mamá, iré yo -dijo Julia, levantándose.

-Yo iré -terció Cordelia, que aquella noche cenaba con nosotros para celebrar la partida de los invitados.

Había llegado a la puerta y la había cruzado antes de que nadie pudiera impedírselo.

Mi mirada se cruzó con la de Julia, quien encogió impercep­tible y tristemente los hombros.

Al poco rato, Cordelia volvió con expresión solemne.

-No, no parece necesitar nada -dijo. -¿Cómo se encuentra?

-Pues no estoy segura, pero creo que está borracho.

De pronto, la niña empezó a reírse tontamente.

-«Hijo de marqués poco familiarizado con el vino» -re­citó-. «Carrera de estudiante modelo en el banquillo.»

-Charles, ¿es verdad eso?

-Sí.

En ese momento se anunció la cena y pasamos al comedor, donde no se mencionó el tema.

Cuando estuvimos solos, Brideshead me preguntó:

-¿Has dicho que Sebastian está borracho?

-Sí.

-Qué momento más raro ha elegido. ¿No pudiste impe­dírselo?

-No.

-No -repitió Brideshead-. Supongo que no. Una vez vi a mi padre borracho en esta misma habitación. No debía de tener yo más de diez años. No se puede impedir a la gente que se embriague si está empeñada en hacerlo. Mi madre nunca pudo impedírselo a mi padre ¿sabes?

Hablaba de la forma habitual, extraña, impersonal. Conforme iba conociendo más a la familia, la encontraba más extraordi­naria.

-Pediré a mi madre que nos lea en voz alta.

Era costumbre, según supe más tarde, pedirle a lady March­main que leyera en voz alta en noches de gran tensión familiar. Tenía una hermosa voz y una gran expresividad. Aquella noche leyó un fragmento de La sabiduría del Padre Brown. Julia tenía a su lado un taburete cubierto de útiles de manicura y se dedicó a pintarse cuidadosamente las uñas. Cordelia mimaba al pequinés de Julia. Brideshead hacía un solitario. Yo guardaba silencio sin hacer nada y, observando el bonito conjunto que formaban, me sentía apesadumbrado por mi amigo, solo arriba.

Pero los horrores de la noche todavía no habían terminado.

Cuando estaban en familia, lady Marchmain tenía la costum­bre de ir algunas veces a la capilla antes de retirarse a dormir. Acababa de cerrar el libro y proponer una visita a la capilla cuando la puerta se abrió y apareció Sebastian. Iba vestido tal como le había visto antes, pero en lugar de tener la cara colorada, ahora estaba mortalmente pálido.

-He venido a disculparme -anunció.

-Sebastian, querido, te ruego que vuelvas a tu habitación -dijo lady Marchmain-. Podemos hablar de esto mañana.

-No contigo. He venido a disculparme con Charles. He estado muy grosero con él y es mi invitado. Es mi invitado y mi único amigo, y he estado grosero con él.

Nos invadió a todos una sensación de desaliento. Le acompañé de nuevo a su habitación y la familia fue a rezar sus oraciones. Cuando llegamos arriba vi que la botella ya estaba vacía.

-Deberías estar en la cama -dije.

Sebastian se echó a llorar.

-¿Por qué te pones de su parte? Sabía que ibas a hacerlo si te dejaba conocerles. ¿Por qué me espías?

Dijo mucho más, cosas cuyo recuerdo me resulta intolerable, incluso veinte años después. Por fin conseguí que se durmiera y, lleno de tristeza, me retiré a descansar.

A la mañana siguiente entró muy temprano en mi habitación mientras el resto de la casa seguía durmiendo. Descorrió las cortinas y el ruido me despertó; le vi, totalmente vestido, fuman­do de espaldas a mí, mirando por la ventana el jardín, en donde las largas sombras de la aurora caían sobre el rocío y los pájaros madrugadores cotorreaban en las ramas que empezaban a flo­recer. Al dirigirle la palabra se volvió. Su cara no mostraba la menor huella de los estragos de la noche anterior; estaba fresca y huraña como la de un niño desilusionado.

-Bueno -le saludé-, ¿cómo te encuentras?

-Un poco raro. Creo que estoy todavía un poco borracho. He ido a las cuadras en busca de un coche, pero está todo cerrado. Nos vamos.

Bebió de la jarra de agua al lado de mi cama, tiró el cigarrillo por la ventana y encendió otro con manos trémulas como las de un anciano.

-¿Adónde vas?

-No lo sé. A Londres, supongo. ¿Puedo quedarme en tu casa? –

Naturalmente.

-Pues vístete entonces. Pueden enviar nuestro equipaje más tarde por tren.

-No podemos marcharnos así, sin más. -No podemos quedarnos.

Se sentó en el banco de la ventana, sin mirarme, con la vista perdida en el jardín. Luego dijo:

-Sale humo de algunas chimeneas. Ya deben haber abierto las cuadras. Vámonos.

-No puedo irme -objeté-. Debo despedirme de tu madre.

-¡Pobrecito sabueso!

-Simplemente, no me gusta huir.

-Y a mí me importa un bledo, y seguiré huyendo tan lejos y tan deprisa como pueda. Conspira todo lo que quieras con mi madre; no pienso volver.

-Dijiste lo mismo anoche.

-Lo sé. Lo siento, Charles. Te he dicho que todavía estoy borracho. Si te sirve de consuelo, me desprecio.

-No me sirve de ningún consuelo.

-Habría pensado que sí, al menos un poco. Bueno, si no quieres venir, dale un beso a Nanny de mi parte.

-¿De verdad te vas? -Claro que sí.

-¿Te veré en Londres? -Claro. Voy a vivir en tu casa.

Se marchó, pero no volví a dormirme. Casi dos horas más tarde entró un mayordomo con té y pan con mantequilla, y dispuso mi ropa para un nuevo día.
Aquella misma mañana busqué a lady Marchmain. El viento había refrescado y nos quedamos en casa. Me senté junto a ella al lado del fuego en su habitación, mientras se inclinaba sobre el bordado y los brotes de la enredadera golpeaban los cristales.

-Ojalá no le hubiera visto -dijo-. Fue una escena cruel. La idea de que estuviera borracho no me importa. Es algo que hacen de jóvenes todos los hombres. Estoy acostumbrada a la idea. Mis hermanos eran unos desenfrenados a su edad. Lo que me dolió de anoche fue que no había alegría en él.

-Sí, lo sé. Nunca le había visto así.

-Y tenía que ser precisamente anoche..., cuando todos se habían ido y sólo estábamos nosotros. ¿Ves, Charles? Te con­sidero uno de nosotros. Sebastian te quiere y no había ninguna necesidad de que se esforzara en parecer alegre. Dormí muy poco anoche, y no hice más que pensar en lo mismo: que parecía tan desgraciado...

Me era imposible explicarle lo que yo mismo sólo entendía a medias. Incluso entonces pensé: «Tarde o temprano lo descu­brirá. Quizá ya lo sepa».

-Fue horrible -dije-. Pero le ruego que no crea que siempre está así.

-El señor Samgrass me contó que ha bebido muchísimo durante el trimestre pasado.

-Sí, pero no tanto... Nunca lo había hecho.

-Entonces, ¿por qué ahora? ¿Por qué aquí? ¡Con nosotros! Toda la noche he estado pensando y rezando y preguntándome lo que debía decirle y ahora, esta mañana, ya no está aquí. Ha sido muy cruel por su parte marcharse sin decir una sola palabra. No quiero que se sienta avergonzado... Es precisamente ese sentimiento de vergüenza lo que empeora las cosas.

-Está avergonzado de sentirse desgraciado -dije.

-Samgrass dice que es muy alborotador y muy alegre. Me parece —dijo, una chispa de humor iluminó las nubes…— me parece que él y tú os burláis un poco del señor Samgrass. Sois muy pícaros. Yo le tengo cariño y vosotros también deberíais tenérselo, después de todo lo que ha hecho por vosotros. Pero pienso que si yo tuviera vuestra edad y fuera un hombre, es posible que también tuviera ganas de burlarme un poquito de Samgrass. No es eso lo que me preocupa; lo de anoche y lo de esta mañana son cosas totalmente distintas. Verás, todo esto ha ocurrido antes...

»Oh, no quiero decir con Sebastian. Quiero decir hace muchos años. He vivido todo esto antes con otra persona a quien quise. Bueno, debes saber a quién me refiero: a su padre. Solía em­borracharse exactamente de la misma manera. Alguien me dijo que ya no es así. Rezo para que sea verdad y doy gracias a Dios con todo mi corazón si es cierto. Pero esto de huir... El también huyó, ¿sabes? Era como dijiste hace un momento: se avergonzaba de sentirse desgraciado. Ambos desgraciados, avergonzados y huyendo. ¡Es tan triste! Los hombres con los que crecí no eran así -y su mirada se desplazó de su bordado a las tres miniaturas en su marco plegable de piel, sobre la repisa de la chimenea-. No lo entiendo en absoluto. ¿Lo entiendes tú, Charles?

-Sólo un poco.

-Y, sin embargo, Sebastian te quiere más que a cualquiera de nosotros. Tienes que ayudarle. Yo no puedo.

He sintetizado en unas pocas frases lo que entonces requirió muchas. Lady Marchmain no era excesivamente habladora, pero abordaba cualquier tema de una manera femenina, coqueta; lo rodeaba, se acercaba, amagaba; revoloteaba por encima como una mariposa; jugaba a «Un, dos, tres... pica pared» con él, acercán­dose imperceptiblemente al corazón del asunto cuando uno no estaba mirando y permaneciendo quieta cuando se la observaba. La tristeza y la huida: ésas eran sus penas, y lo expuso todo a su manera antes de terminar. Cuando ya me levantaba para marcharme añadió como si se le acabara de ocurrir:

-Me gustaría saber si has visto el libro sobre mi hermano. Acaba de aparecer.

Le dije que lo había hojeado en' la habitación de Sebastian.

-Me gustaría que tuvieras un ejemplar. ¿Me permites que te lo regale? Eran hombres maravillosos; Ned fue el mejor de los tres. Fue el último en morir; cuando llegó el telegrama, y yo sabía que iba a llegar, pensé: «Ahora le toca a mi hijo hacer lo que Ned ya no podrá hacer». Yo me encontraba sola entonces. Sebastian estaba a punto de ingresar en Eton. Si lees el libro sobre Ned lo entenderás.

Tenía un ejemplar dispuesto sobre su escritorio. Pensé en­tonces: «Planeó esta despedida incluso antes de que yo entrara. ¿Habrá ensayado toda la conversación? Si las cosas hubieran tomado un rumbo diferente, ¿habría vuelto a colocar el libro en el cajón?».

Escribió en la guarda su nombre y el mío, la fecha y el lugar.

-He rezado también por ti durante la noche -dijo.

Al cerrar la puerta detrás de mí, la cerré sobre la bondieuserie, el techo bajo, la zaraza lustrosa, las encuadernaciones de piel de cordero, las vistas de Florencia, los floreros llenos de jacintos y de pebete, el petit point, el íntimo y moderno mundo de mujer, y volví a encontrarme bajo el techo abovedado y artesonado, las columnas y entablamentos de la sala central, en la atmósfera austera, masculina, de una época mejor.

No era tonto. Tenía edad suficiente para saber que habían intentado sobornarme, y era lo bastante joven para considerar agradable la experiencia.

No vi a Julia aquella mañana, pero cuando me marchaba, Cordelia corrió hacia la puerta del coche y dijo:

-¿Vas a ver a Sebastian? Por favor, transmítele mi cariño muy especial. ¿Te acordarás...? ¿Mi cariño muy especial?
En el tren que me llevaba a Londres leí el libro que me había regalado lady Marchmain. En la portada aparecía la fotografía de un muchacho con el uniforme de los granaderos y vi clara­mente revelado en esa cara el origen de la sombría máscara que, en Brideshead, se sobreponía a las elegantes facciones de la familia del padre de mi amigo. Aquél era un hombre de los bosques y las cuevas, un cazador, un miembro del consejo de la tribu, el depositario de las duras tradiciones de un pueblo, en guerra con el ambiente que le rodea. Había otras ilustraciones en el libro -instantáneas de los tres hermanos de vacaciones- y en cada una vislumbré las mismas facciones arcaicas. Y al pensar en lady Marchmain, frágil y etérea, no hallé ningún parecido con ella en aquellos hombres sombríos.

Ella aparecía poco en el libro. Tenía nueve años más que el mayor de ellos y se había casado y marchado de casa cuando eran todavía colegiales. Había dos hermanas más entre ella y ellos. Después del nacimiento de la tercera hija, habían hecho pere­grinaciones, obras de beneficencia y rogativas con el fin de que les fuera concedido un hijo varón, porque el suyo era un gran patrimonio y su apellido se remontaba a tiempos muy antiguos. Los herederos varones llegaron tarde y, cuando llegaron, nacieron en una profusión que en la época parecía la promesa de con­tinuidad del linaje. Pero la tragedia acabó bruscamente con él.

La historia de la familia era característica de los terratenientes católicos ingleses. Desde el reinado de Isabel I hasta el de Victoria, vivieron alejados del resto de la sociedad entre sus colonos y familiares; enviaban a sus hijos a estudiar al extranjero, donde a menudo se casaban, y si no, se unían entre ellos, una veintena de familias excluidas de todo ascenso, y aprendían, a lo largo de esas generaciones perdidas, lecciones que aún podían leerse en las biografías de los tres últimos hombres de la casa.

La acertada revisión del señor Samgrass había reunido y ordenado un conjunto curiosamente homogéneo: poesías, cartas, fragmentos de un diario, un par de ensayos inéditos, todo lo cual exhalaba la misma atmósfera de buen humor serio, caballeresco, distante. Las cartas de sus contemporáneos, escritas después de que ellos hubieran muerto -algunas más inteligibles que otras- también hablaban de hombres que, en la cúspide de sus éxitos académicos y deportivos, de la popularidad y con la perspectiva de grandes recompensas, estaban considerados de alguna manera diferentes de sus compañeros, como víctimas engalanadas des­tinadas al sacrificio. Aquellos hombres debían morir para crear un mundo a la medida de Hooper. Eran los aborígenes, alimañas por derecho de ley, a los que se puede rematar cuando hace falta a fin de que las cosas sigan siendo seguras para el viajante de comercio, con sus quevedos poligonales, su húmedo y graso apretón de manos, su sonriente dentadura. Mientras el tren me alejaba cada vez más de lady Marchmain, me preguntaba si también ella estaría marcada, ella y los suyos, por el mismo hierro que los destinaba a la destrucción por otros medios que no fueran la guerra. ¿Percibiría una señal de ese destino en el centro incandescente del fuego de su acogedora chimenea, o bien oía aquel aviso susurrado de muerte en el castañeteo de la enredadera contra los cristales?

Llegué a Paddington y al volver a casa encontré a Sebastian y desaparecieron todos mis presentimientos trágicos porque él estaba tan alegre y libre como cuando le conocí.

-Cordelia te manda su cariño muy especial.

-¿Tuviste «una pequeña charla» con mamá?

-Sí.

-¿Te has pasado a su bando?

El día anterior habría contestado: «No hay dos bandos». Aquel día, sin embargo, le dije:

-No; estoy contigo. Sebastian contra mundum.

Aquélla fue la primera y última conversación que mantuvimos sobre el tema.
Pero las sombras estaban cercando a Sebastian. Regresamos a Oxford y los alhelíes florecieron de nuevo bajo mis ventanas, los castaños alegraban las calles y los viejos muros rociaban los adoquines de lascas que se desprendían por el calor. Pero no era como antes: en el corazón de Sebastian reinaba un frío invernal.

Pasaban las semanas. Buscamos alojamiento y hallamos unas habitaciones en una casita tranquila y cara de Merton Street, cerca de la pista de tenis.

Cuando me encontré con Samgrass, con quien no tratábamos mucho últimamente, se lo conté. Estaba en la librería Blackwell's, al lado de una mesa donde se exhibían libros en alemán recién publicados, e iba apartando una pequeña pila de los que le interesaba comprar.

-¿Así que vas a compartir vivienda con Sebastian? -preguntó-. Entonces ¿sigue estudiando?

-Supongo que sí. ¿Por qué no habría de seguir?

-No lo sé; tenía la impresión de que posiblemente lo iba a dejar, pero no sé por qué. Siempre me equivoco en esta clase de cosas. Me gusta la calle Merton.

Me enseñó los libros que iba a comprar, pero como yo no sabía nada de alemán, no me interesaron. Al marcharme me dijo:

-No quisiera que me considerases un entrometido, pero yo no tomaría una decisión definitiva en cuanto a Merton Street hasta estar completamente seguro.

Le conté la conversación a Sebastian.

-Sí, hay una conspiración. Mamá quiere que vaya a vivir con monseñor Bell.

-¿Por qué no me lo dijiste?

-Porque no pienso ir a vivir con monseñor Bell.

-Aun así me lo podías haber dicho. ¿Cuándo empezó todo esto?

-Huy, desde hace tiempo. Mamá es muy lista, ¿sabes? Se dio cuenta de que había fracasado contigo. Imagino que fue la carta que le escribiste después de leer el libro sobre el tío Ned.

-Pero si apenas hablaba de ello...

-Por eso precisamente. Le hubieras servido de algo si hu­bieras hablado muchísimo sobre ello. El tío Ned es como una prueba, ¿entiendes?

Pero, por lo visto, lady Marchmain no se había rendido del todo, ya que algunos días más tarde recibí una nota suya que decía: «Pasaré el martes por Oxford y espero veros a Sebastian y a ti. Me gustaría verte a solas cinco minutos antes de verle. ¿Es demasiado pedir? Iré a tu casa alrededor de las doce».

Se presentó, en efecto, y admiró mis habitaciones:

-...Mis hermanos Simon y Ned estuvieron aquí ¿sabes? Ned ocupaba cuartos que daban sobre el jardín. Yo quería que Sebas­tian también hubiera venido a este College, pero mi marido estuvo en Christ Church y, como sabes, fue él quien tomó las decisiones sobre la educación de Sebastian.

Admiró mis dibujos.

-A todo el mundo le encantan tus pinturas de la salita del jardín. Nunca te perdonaremos si no las acabas.

Finalmente salió a relucir el tema que la había traído. -Supongo que ya habrás adivinado lo que vengo a preguntarte. Te lo diré sin rodeos: ¿bebe mucho últimamente Sebastian? Era cierto que yo lo había adivinado; contesté:

-Si lo hubiera estado haciendo, no le habría contestado. Pero puedo decirle: «No».

-Te creo. ¡Gracias a Dios!

Y fuimos juntos a comer a Christ Church.

Aquella noche deparó a Sebastian el tercer desastre. Fue descubierto por el ayudante del decano a la una, totalmente ebrio, deambulando por el patio de su College, bajo la campana Tom.

Yo le había dejado taciturno pero completamente sobrio poco antes de las doce. Durante la siguiente hora se había bebido media botella de whisky él solo. No se acordaba mucho de nada cuando vino a contármelo a la mañana siguiente.

-¿Lo has hecho con frecuencia -le pregunté-, eso de beber tú solo después de marcharme yo?

-Un par de veces; quizá cuatro. Sólo ocurre cuando empiezan a atosigarme. Estaría perfectamente si me dejaran en paz.

-Ahora no te dejarán.

-Lo sé.

Ambos sabíamos que aquello era una crisis. Aquella mañana Sebastian no me inspiraba afecto. El lo necesitaba, pero yo no podía dárselo.

-En serio -dije-, que vayas a emprender una juerga en solitario cada vez que veas a un miembro de tu familia, es totalmente desesperanzador...

-Ah, sí -asintió Sebastian, con profunda tristeza-. Lo sé. Desesperanzador.

Pero mi orgullo estaba herido porque había quedado como un mentiroso y porque no era capaz de responder a su necesidad de comprensión.

-Bueno, ¿y qué te propones hacer?

-Nada. Ellos lo harán todo.

Y permití que se marchara sin consuelo.

Entonces toda la maquinaria empezó a ponerse otra vez en marcha y vi cómo todo lo ocurrido en diciembre iba repitiéndose. El señor Samgrass y monseñor Bell hablaron con el decano de Christ Church; Brideshead vino a pasar una noche en Oxford; las ruedas pesadas se ponían en marcha y las pequeñas giraban deprisa. Todo el mundo se compadecía de lady Marchmain, el nombre de cuyos hermanos resaltaba en letras de oro en el monumento a los caídos, la memoria de cuyos hermanos estaba todavía fresca en muchos corazones...

Acudió a verme y, aquí también, debo reducir a unas pocas palabras una conversación que nos llevó a través del parque y por encima del río hasta el norte de Oxford, donde ella pernoc­taba en un convento de monjas que de alguna manera estaban bajo su protección.

-Debe creerme -le dije-. Cuando le conté que Sebastian no bebía le decía la verdad. Yo lo creía así.

-Sé que quieres ser un buen amigo.

-No lo digo por eso. Yo creía lo que le conté. Y hasta cierto punto sigo creyéndolo. Creo que se ha emborrachado dos o tres veces, no más.

-Es inútil, Charles. Lo único que esto significa es que ni tienes tanta influencia sobre él ni le conoces tanto como yo pensaba. No serviría de nada que tú y yo nos esforzáramos en creer lo que dice. Yo conozco a los borrachos. Uno de sus defectos más terribles es su capacidad para engañar. El amor a la verdad es lo primero que pierden. Después de aquel feliz almuerzo los tres juntos, cuando te marchaste, se mostró muy cariñoso con­migo, exactamente igual que cuando era niño, y yo accedí a todo lo que me pedía. Sabes que tenía mis dudas acerca de que compartiera habitaciones contigo, y estoy segura de que me entenderás. Tú sabes que todos te queremos mucho y no sólo por ser el amigo de Sebastian. Te echaríamos muchísimo de menos si alguna vez dejaras de venir a visitarnos. Pero quiero que Sebastian tenga toda clase de amigos, no sólo uno. Monseñor Bell me dice que nunca frecuenta a los demás católicos, que nunca va al Newman, que incluso apenas va a misa. Dios nos libre de que sólo conociera a católicos, pero debe conocer por lo menos a algunos. Es preciso tener una fe muy fuerte para quedarse totalmente solo, y la de Sebastian no es fuerte. Pero me sentí tan feliz el martes, que olvidé todas mis objeciones. Le acompa­ñé a ver los cuartos que habíais escogido. Son encantadores. Y acordamos qué muebles podríais Ilevaros de la casa de Londres para mejorarlos. Y entonces, aquella mismísima noche, después de pasar el día conmigo... ¡No, Charles, no cabe dentro de la lógi­ca de las cosas!

Al decirlo, yo pensaba: «Esta es una frase que ha aprendido de uno de sus admiradores intelectuales».

-Bueno -dije-, ¿tiene algún remedio?

-En el College se están portando maravillosamente. Dicen que no le expulsarán si se va a vivir con monseñor Bell. No ha sido sugerencia mía sino del propio monseñor. Me pidió expre­samente que te dijera que siempre serás muy bien recibido. No hay sitio para ti en el viejo palacio, pero imagino que tampoco te gustaría vivir allí.

-Lady Marchmain, si quiere que él se convierta en un alcohólico, por esa vía lo conseguirá. ¿No se da cuenta de que la idea de sentirse vigilado le sería fatal?

-Vaya, es inútil querer explicarlo. Los protestantes siempre piensan que los curas católicos son unos espías.

-No quería decir eso -intenté explicarme mejor, pero sin mucho éxito-. El tiene que sentirse libre.

-¡Pero si siempre ha sido libre hasta ahora, y no ha dado resultado!

Habíamos llegado a una encrucijada, a un punto muerto. Sin apenas intercambiar más palabras, la acompañé al convento y luego a Carfax en autobús.

Sebastian me estaba esperando en mi domicilio.

-Voy a mandar un cable a papá -dijo-. El no consentirá que me obliguen a vivir en casa de ese cura.

-Pero ¿y si lo ponen como condición para que puedas seguir estudiando?

-Pues no iré. ¿Me ves a mí haciendo de monaguillo dos veces por semana, tomando el té con tímidos católicos de primer año, cenando con el conferenciante de paso por el Newman, bebiendo una copa de oporto cuando haya invitados, con monseñor Bell pendiente de que no me sirvan demasiado? ¿Que hablen de mí cuando no estoy, y expliquen mi presencia como la de un beodo a quien se ha aceptado como huésped porque su madre es encantadora?

Le dije que no podría ser.

-¿Qué te parece si nos emborrachamos de verdad esta noche?

-Esta sí que es una ocasión en que no puede hacer el menor daño.

-Contra mundum?

-Contra mundum.

-Dios te bendiga, Charles. Ya no nos quedan muchas noches.

Y aquella noche, por primera vez desde hacía semanas, nos emborrachamos juntos, deliberadamente. Le acompañé hasta la puerta de entrada en el momento en que todas las campanas daban la medianoche, y volví tambaleándome a casa bajo un cielo estrellado que nadaba locamente entre las torres. Por último, me dormí vestido, cosa que no había hecho desde hacía un año.

Al día siguiente, lady Marchmain se marchó de Oxford en compañía de Sebastian. Brideshead y yo fuimos a sus habitaciones para decidir lo que había que mandarle y lo que dejaría allí.

Brideshead actuaba de forma tan solemne e impersonal como siempre.

-Es una lástima que Sebastian no conozca mejor a monseñor Bell. Descubriría que la convivencia con él puede resultar muy agradable. Yo viví con él durante mi último año. Mi madre está convencida de que Sebastian es un borracho acérrimo. ¿Lo es?

-Corre el riesgo de llegar a serlo.

-Creo que Dios prefiere los borrachos a mucha gente res­petable.

-¡Por el amor de Dios! -protesté, porque aquella mañana tenía muchas ganas de llorar-. ¿Por qué mezclar a Dios en todo?

-Lo siento. Me olvidé. Pero ¿sabes que tu pregunta es realmente muy divertida?

-¿Ah, sí?

-Para mí, sí. Aunque para ti no lo sea.

-No, para mí, no lo es. Me parece que sin vuestra religión Sebastian tendría la posibilidad de ser un hombre feliz y sano.

-Es discutible -replicó Brideshead-. ¿Crees que volverá a necesitar esta pata de elefante?

Aquel atardecer atravesé el patio para ver a Collins. Estaba solo con sus libros, trabajando a la luz menguante que entraba por la ventana abierta.

-Hola -me saludó-. Entra. No te he visto en todo el trimestre. Me temo que no tengo nada que ofrecerte. ¿Por qué has abandonado a tus elegantes amigos?

-Soy el hombre más solitario de Oxford. Han expulsado a Sebastian Flyte.

Más tarde le pregunté qué pensaba hacer durante las vaca­ciones de verano. Me lo dijo; parecía espantosamente aburrido. Luego le pregunté si tenía habitaciones para el próximo trimes­tre. Sí, me contestó, un poco lejos pero muy cómodas. Las compartiría con Tyngate, el secretario de la Union, sociedad de debates del College.

-Queda una habitación vacía. Barker iba a venir, pero ahora que ha presentado su candidatura a presidente de la Union, piensa que debe vivir más cerca de la universidad.

Los dos teníamos la idea de que quizá yo pudiera ocupar aquel cuarto.

-¿Dónde te vas a alojar?

--Iba a vivir con Sebastian Flyte en Merton Street. Pero todo eso se ha venido abajo.

Ambos seguimos sin sugerir la solución y el momento pasó. Cuando me marché, me dijo:

-Espero que encuentres a alguien para Merton Street.

-Espero que encuentres a alguien para Iffley Road.

Y jamás volví a dirigirle la palabra.

Sólo quedaban diez días del trimestre; los pasé de cualquier manera y volví a Londres, como había hecho en circunstancias tan diferentes un año antes, sin ningún proyecto.

-Aquel amigo tuyo tan bien parecido -preguntó mi pa­dre-, ¿no viene contigo?

-No.

-Llegué a pensar que había adoptado esta casa como hogar. Lo siento, me caía bien.

-Padre, ¿tienes algún interés especial en que me licencie?

-¿Que si yo tengo algún interés especial? Por todos los santos, ¿por qué iba yo a querer tal cosa? A mí no me serviría de nada. Por lo que veo, a ti tampoco te sirve de mucho.

-Es precisamente lo que he estado pensando. Pensaba que quizá sería una pérdida de tiempo volver a Oxford.

Hasta ese momento mi padre había dedicado un escaso interés a lo que yo estaba diciendo, pero ahora dejó el libro, se quitó las gafas y me miró fijamente.

-Te han expulsado -dijo-. Mi hermano me previno de que podría ocurrir.

-No, no me han expulsado.

-Pero, entonces, ¿a qué viene todo esto? -preguntó irritado. Volvió a colocarse las gafas y buscó lo que estaba leyendo en la página-. Todo el mundo se queda al menos tres años. Conocí a un estudiante que tardó siete años en licenciarse en teología.

-Sólo he pensado que si no voy a dedicarme a una profesión en la que es precisa la licenciatura, quizá sería mejor empezar ya lo que tengo la intención de hacer. Y mi intención es ser pintor.

Pero aquel día mi padre no reaccionó ante mi propuesta.

La idea, sin embargo, parecía haber tomado cuerpo en su mente, y la siguiente vez que hablamos del asunto ya se había asentado firmemente en su ánimo.

-Cuando seas pintor -me dijo un domingo durante el almuerzo- necesitarás un taller.

-Sí.

-Bueno, aquí no hay ningún taller. Ni siquiera hay una habitación adecuada para adaptarla. No voy a permitir que pintes en la galería.

-Claro que no. Nunca tuve intención de hacerlo.

-Tampoco quiero modelos desnudas por toda la casa ni críticos de arte con su horrible jerga. Y no me gusta el olor de la trementina. Supongo que te vas a dedicar en serio a la pintura y que vas a emplear la técnica al óleo.

Mi padre pertenecía a la generación que dividía a los pintores en los de verdad y los aficionados, según emplearan óleo o acuarela.

-No creo que pinte mucho durante el primer año y, de todas formas, trabajaré en una escuela.

-¿En el extranjero? -preguntó mi padre, animado-. Según tengo entendido hay excelentes escuelas de arte en el extranjero.

Todo estaba ocurriendo con más rapidez de lo que yo había planeado.

-En el extranjero o aquí. Todavía no lo he decidido. -Decídete por el extranjero.

-Entonces, ¿estás de acuerdo en que abandone Oxford? -¿De acuerdo? ¿De acuerdo? Mi querido muchacho, tienes veintidós años.

-Veinte -le corregí-; cumpliré veintiuno en octubre. -¿Sólo veinte? Parece que ha pasado muchísimo más tiempo. Una carta de lady Marchmain completa este episodio:
Mi querido Charles:

Sebastian me dejó esta mañana para reunirse con su padre en el extranjero. Antes de irse, le pregunté si te había escrito. Me dijo que no. Y por esto debo escribirte yo, aun­que difícilmente podré expresarte en una carta lo que no

fui capaz de decirte durante nuestro último paseo. Pero no debes ignorar los hechos.

El College ha expulsado a Sebastian solamente durante un trimestre, y le volverán a aceptar después de navidad a condición de que vaya a vivir con monseñor Bell. Ahora depende de él. Mientras tanto, el señor Samgrass ha con­sentido en hacerse cargo de él. Tan pronto concluya la visita a su padre, Samgrass le recogerá y juntos irán a Levante, donde hace tiempo que Samgrass tiene mucho interés en estudiar algunos monasterios ortodoxos. Él confía en que ese viaje quizá despierte un nuevo interés en Sebastian.

La estancia de éste aquí no fue feliz.

Cuando regresen por navidad, sé que Sebastian querrá verte como todos nosotros. Espero que tus proyectos para el trimestre que viene no se hayan visto demasiado per­judicados y que todo te vaya muy bien.

Afectuosamente,

Teresa Marchmain

Entré en la salita del jardín esta mañana y me sentí tristísima.


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