Colección andanzas




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títuloColección andanzas
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Libro Segundo
Adiós a Brideshead

1
-Y cuando llegamos al punto más alto del desfiladero -dijo el señor Samgrass-, oímos a los caballos galopar detrás de nosotros; dos soldados vinieron a la cabeza de la caravana y nos obligaron a regresar. El general les había mandado, y nos alcan­zaron justo a tiempo. Había una banda a menos de una milla de donde estábamos.

Hizo una pausa y el pequeño grupo de oyentes permaneció en silencio, consciente de que trataba de impresionarles, pero dubitativos respecto a cómo podrían fingir una cortés curiosidad.

-¿Una banda? -preguntó Julia-. ¡Vaya!

El señor Samgrass parecía esperar más comentarios. Por fin, lady Marchmain dijo:

-Sí, me imagino que la música folklórica que se oye en aquellas regiones debe de ser muy monótona.

-Mi querida lady Marchmain, una banda de bandidos.

Cordelia, que estaba sentada a mi lado en el sofá, empezó a reírse sin hacer ruido.

-Las montañas estaban repletas de bandas -prosiguió el señor Samgrass-. Rezagados del ejército de Kemal; griegos que se quedaron aislados durante la retirada. Gentes muy desespe­radas, se lo aseguro.

-Pellízcame, te lo ruego -me susurró Cordelia.

La pellizqué y los muelles del sofá dejaron de agitarse.

-Gracias -dijo, secándose los ojos con el dorso de la mano.

-Así que nunca llegaron a ese sitio... ¿cómo se llama? -indagó Julia-. ¿No te sentías muy desilusionado, Sebastian?

-¿Yo? -dijo Sebastian desde las sombras, más allá de la luz de la lámpara, más allá del calor de la leña incandescente, más allá del círculo familiar y de las fotografías esparcidas sobre la mesa de cartas-. ¿Yo? Oh, creo que no estaba ese día ¿verdad, Sammy?

-Aquél fue el día en que estuviste enfermo.

-Estaba enfermo -repitió Sebastian como un eco-, así que tampoco habría llegado nunca a ese sitio... ¿cómo se llama? ¿Verdad, Sammy?

-Y esto, lady Marchmain, es la caravana de Alepo, en el patio del hostal. Este es nuestro cocinero armenio, Begedbian; ése soy yo montando un pony; aquello es la tienda de campaña plegada; aquél es un curdo bastante pesado que insistía en seguirnos por todas partes... Este soy yo en el Ponto, en Éfeso, en Trebisonda, en Krak de los Caballeros, en Samotracia, en Batumi... Claro, todavía no las he puesto por orden cronológico.

-Todas son de guías, ruinas y mulas -dijo Cordelia-. ¿Dónde está Sebastian?

-Sebastian -dijo el señor Samgrass, con un matiz de triunfo en su voz, como si hubiera estado esperando la pregunta y tuviese preparada la respuesta-, Sebastian manejaba la cámara. Llegó a ser todo un experto tan pronto aprendió a no tapar el objetivo con la mano ¿verdad, Sebastian?

No hubo respuesta desde las sombras. El señor Samgrass volvió a ahondar en su cartera de piel de cerdo.

-Aquí -dijo- hay una fotografía del grupo tomada por un fotógrafo callejero en la terraza del hotel St. George, en Beirut. Aquí está Sebastian.

-Vaya -dije-, si no me equivoco... éste es Anthony Blanche ¿recuerdan?

-Sí, le vimos bastante a menudo; le encontramos por casua­lidad en Constantinopla. Un compañero de viaje encantador. No entiendo cómo no le conocí antes. Nos acompañó durante todo el camino hasta Beirut.

Habían retirado el servicio de té y cerrado las cortinas. Era dos días después de navidad, la primera noche de mi visita; también la primera de Sebastian y el señor Samgrass, a quienes por casualidad había encontrado en el tren.

Lady Marchmain me había escrito tres semanas antes:
Acabo de tener noticias del señor Samgrass. Me dice que Sebastian y él estarán aquí para navidad, como esperába­mos. Hacía tantísimo tiempo que no había recibido noticias suyas que temía que se hubieran separado y no quisieran comprometerse hasta que yo lo supiera. Sebastian tendrá muchas ganas de verte. Te ruego que vengas a visitarnos en navidad, si puedes, o lo más pronto después de ese día.
Pasar el día de navidad con mi tío era un compromiso ineludible, así que tomé el tren directamente desde su casa de campo y cambié a la línea local a medio camino. Suponía que iba a encontrar a Sebastian ya instalado en su casa; pero allí estaba, en el compartimiento contiguo, y cuando le pregunté qué hacía allí, el señor Samgrass contestó con tanta locuacidad y .tan prolijamente, contándome algo acerca de un equipaje perdido, y de que la agencia Cooks estaba cerrada durante las vacaciones, que en seguida me di cuenta de que se reservaba para sí otra explicación.

Samgrass no estaba cómodo; sus ademanes seguían expresan­do su habitual confianza en sí mismo, pero un sentimiento de culpabilidad le rodeaba como el humo rancio de un cigarro. Cuando lady Marchmain le saludó al llegar, advertí en la actitud de la aristócrata un matiz de curiosidad. El refirió animadamente el viaje durante el té y después lady Marchmain le llevó arriba para mantener «una pequeña charla». Al irse con ella, sentí por él algo que se aproximaba a la compasión. Para cualquier jugador de póquer estaba muy claro que el señor Samgrass tenía una mano muy deficiente, y mientras le observaba durante el té, empecé a sospechar que no sólo se estaba marcando faroles, sino que además hacía trampas. Tenía algo que decir a lady March­main, pero no quería ni sabía exactamente cómo hacerlo. Era algo relativo a sus andanzas navideñas, pero intuí que tenía muchí­simo más que contar -y que no tenía la menor intención de hacerlo- acerca del viaje a Levante.

-Vamos a ver a Nanny -propuso Sebastian.

-Por favor, ¿puedo ir yo también? -preguntó Cordelia.

-De acuerdo, ven.

Subimos a la habitación de los niños, en la cúpula. Por el camino, Cordelia dijo:

-¿No estás contento de haber vuelto a casa?

-Claro que estoy contento -repuso Sebastian.

-Pues lo podrías demostrar un poco más. ¡Tenía tantas ganas de que volvieras!

Nanny no sentía ningún deseo de participar activamente en la conversación. Estaba más contenta cuando no le hacían caso quienes la visitaban y la dejaban seguir tranquilamente con sus labores de punto; así podía observar las caras y pensar en ellos tal como los había conocido de niños. Sus vidas actuales no significaban gran cosa al lado de aquellas primeras enfermedades y travesuras.

-Vaya -dijo-, sí que tienes mala cara. Supongo que son todas esas comidas extranjeras que no deben sentarte nada bien. Ahora que has vuelto tienes que engordar. También diría que has dormido poco, a juzgar por tus ojeras: muchos bailes, no me extrañaría. -Nanny Hawkins estaba convencida de que la clase alta pasaba la mayoría de sus veladas de ocio bailando-. Y habría que zurcir esa camisa. Tráemela antes de mandarla a lavar.

No hay duda de que Sebastian tenía muy mala cara; cinco meses habían conseguido cambiarle más que muchos años. Estaba más pálido, más delgado, con bolsitas debajo de los ojos, las comisuras de los labios caídas, y la huella de un forúnculo a un lado de la barbilla; su voz parecía más apagada y sus movimientos alternaban entre apáticos y nerviosos; también parecía abando­nado en el vestir y en el cuidado de su cabello que, si antes lucía alegremente desordenado, ahora estaba desgreñado. Y, lo peor de todo, advertí en su mirada la cautela que ya había descubierto durante las vacaciones de pascuas. Ahora parecía ser habitual en él.

Refrenado por esa expresión de cautela, no le pregunté nada acerca de sí mismo; en su lugar le conté cosas acerca de mi oto­ño y mi invierno. Le describí mi alojamiento en la ¡le Saint-Louis y la escuela de arte, lo buenos que eran los viejos profesores y lo malos que eran los alumnos.

-Nunca se acercan al Louvre -dije-. O, si lo hacen, es sólo porque una de sus absurdas revistas ha «descubierto» de repente un maestro que encaje con la teoría estética de ese mes. La mitad de ellos anhela un renombre momentáneo como el de Picabia; la otra mitad quiere simplemente ganarse la vida haciendo carteles publicitarios para Vogue y decorando clubs nocturnos. Y los profesores siguen esforzándose en hacer que pinten como Delacroix.

-Charles -intervino Cordelia-, el arte moderno es una gran tontería, ¿verdad?

-Una grandísima tontería.

-Uf, ¡me alegro mucho! Tuve una discusión con una de las monjas y ella dijo que no debemos criticar lo que no entendemos.

Ahora puedo decirle que me ha dado la razón un artista en persona y tendrá que tragarse sus palabras, vaya.

Llegó la hora de la cena de Cordelia, y Sebastian y yo bajamos al salón para los cócteles. Brideshead estaba solo, pero Wilcox llegó pisándonos los talones para decirle:

-La señora quiere hablar con usted arriba, señor.

-Qué raro; mamá suele atraerlos allí con sus propias artimañas -dijo Sebastian.

No había huella de la bandeja de los cócteles. Al cabo de unos minutos, Sebastian tocó la campana. Apareció un valet.

-El señor Wilcox está arriba con la señora.

-Bueno, no importa; traiga el servicio de los cócteles. -El señor Wilcox tiene las llaves, milord. -Oh..., pues dígale que lo traiga cuando baje. Hablamos un poco acerca de Anthony Blanche.

-Llevaba barba en Estambul, pero le obligué a cortársela.

-Y diez minutos después, dijo-: Bueno, tampoco quiero un cóctel; voy a darme un baño. -Y se marchó.

Eran las siete y media. Supuse que los demás habrían ido a vestirse, pero, cuando estaba a punto de hacer lo mismo, me encontré con Brideshead que bajaba las escaleras.

-Un momento, Charles, hay algo que tengo que explicarte.Mi madre ha dado orden de que no se dejen bebidas en ninguna de las habitaciones. Ya comprenderás por qué. Si quieres algo, llama y pídeselo a Wilcox... Pero mejor será que esperes a estar solo. Lo siento, pero así son las cosas.

-¿Es necesario todo eso?

-Por lo que veo, muy necesario. No sé si lo sabrás o no, pero Sebastian sufrió otro arrebato en cuanto pisó Inglaterra. Estuvo perdido durante las navidades. Samgrass no le localizó hasta ayer por la noche.

-Ya me figuré que había ocurrido algo así. ¿Estás seguro de que es la mejor manera de solucionar el problema?

-Es la manera de mi madre. ¿Quieres tomar algo, ahora que él ha subido?

-Imposible. Me atragantaría.

Me hospedaba siempre en la misma habitación que me dieron la primera vez; estaba situada al lado de la de Sebastian, y compartíamos lo que antaño había servido de vestidor, transformado en cuarto de baño hacía unos veinte años. Se sustituyó la cama por una bañera honda de cobre y enmarcada de caoba, que se llenaba bajando una palanca de latón tan pesada como una pieza de ingeniería marina. El resto de la habitación permanecía igual. En invierno siempre ardía fuego de carbón en la chimenea. Pienso muchas veces en aquel cuarto de baño -con acuarelas desvaídas por el vapor y la enorme toalla calentándose sobre el respaldo de la butaca de zaraza lustrosa-- y lo comparo con las salitas uniformes y clínicas, de cromados y espejos brillantes, que en el mundo moderno se llaman lujo.

Permanecí un rato tumbado en el baño y luego me sequé lentamente al lado del fuego, pensando todo el tiempo en el infausto regreso a casa de mi amigo. Me puse el batín y me dirigí a la habitación de Sebastian. Entré, como siempre hacía, sin llamar a la puerta. El estaba sentado al lado de la chimenea, a medio vestir, y cuando me oyó entrar se sobresaltó irritado y posó el vaso de lavarse los dientes.

-¡Ah, eres tú! Me has asustado.

-Así que has conseguido algo de beber. -No sé a qué te refieres.

-¡Por el amor de Dios, no tienes que hacer comedia conmigo! Podrías ofrecerme algo, creo yo.

--Es un poco que me quedaba en la petaca. Ya se ha acabado. -¿Qué pasa?

-Nada. Mucho. Ya te contaré.

Me vestí y volví otra vez en busca de Sebastian, pero le encontré sentado tal como le había dejado, a medio vestir, cerca del fuego.

Julia aguardaba sola en la sala de estar.

-Bueno -le pregunté-, ¿qué está pasando?

-Oh, otro aburrido drama de familia. Sebastian se volvió a emborrachar, así que todos tenemos que vigilarle. ¡Qué pesado es todo esto!

-También para él es bastante pesado.

-Bueno, la culpa es suya. ¿Por qué no puede comportarse como todo el mundo? Y a propósito de vigilar a la gente, ¿qué te parece Samgrass, Charles? ¿Has notado algo raro en ese personaje?

-Algo muy raro. ¿Crees que lo notó tu madre?

-Mamá sólo ve lo que le conviene. No puede someter toda la casa a su vigilancia. Yo también le preocupo, ¿lo sabías?

-No lo sabía -dije, y para no dar la impresión de que cualquier comportamiento suyo que pudiera causar preocupación no fuera ampliamente notorio, añadí con humildad-: Acabo de llegar de París.

La velada fue especialmente sombría. Cenamos en el «salón pintado». Sebastian tardaba y estábamos tan dolorosamente ex­pectantes que creo que todos pensamos que haría una entrada de vaudeville, tambaleándose y con hipo. Se presentó, natural­mente, impecable. Se disculpó, se sentó en la silla vacía y permitió que Samgrass reanudara su monólogo, que discurrió sin interrup­ciones y, al parecer, sin que nadie le escuchara.

Drusos, patriarcas, iconos, chinches, ruinas románicas, extra­ños platos de cabra y de ojos de oveja, oficiales franceses y turcos... Nos proporcionó, para nuestro entretenimiento, todo el itinerario de los viajes al Oriente Próximo. Observé cómo el champaña daba la vuelta a la mesa. Cuando llegó a Sebastian, éste dijo:

-Tomaré whisky, gracias.

Y vi la mirada de Wilcox a lady Marchmain, por encima de Sebastian, y cómo ella le contestaba con una ligera inclinación de la cabeza, apenas perceptible. En Brideshead se usaban jarritas individuales para las bebidas fuertes, que contenían cerca de un cuarto de botella, y siempre se colocaban llenas delante de quien las pidiese. La jarra que Wilcox puso ante Sebastian estaba medio vacía. Sebastian la levantó muy intencionadamente, la inclinó, la miró, y entonces, en silencio, vertió el licor en su vaso, donde cubrió dos dedos del fondo. Todos empezaron a hablar a la vez; todos menos Sebastian, de manera que, durante un momento, Samgrass se encontró sin público, hablándole a los candelabros sobre los maronitas. Pero en seguida volvimos a callarnos, y él tuvo a su merced a los comensales hasta que lady Marchmain y Julia salieron del comedor.

-No tardes, Bridey -dijo al llegar a la puerta, como siempre hacía, pero aquella noche no teníamos el menor deseo de que­ darnos hablando.

Habían llenado nuestros vasos de oporto y en seguida se llevaron la jarra. Bebimos de prisa y nos fuimos a la sala de estar, donde Brideshead pidió a su madre que nos leyera algo. Nos leyó animadamente The Diary of a Nobody*12 hasta las diez, cerró el libro y dijo que se sentía incomprensiblemente cansada, tanto que esa noche no haría su acostumbrada visita a la capilla.

-¿Quién va de cacería mañana? -preguntó.

-Cordelia -dijo Brideshead-. Yo me llevaré el potro de Julia, sólo para que se familiarice con los perros; no lo tendré fuera más que un par de horas.

-Rex vendrá por la mañana -informó Julia-. Será mejor que me quede para recibirle.

-¿Dónde se reúne la partida? -preguntó Sebastian de re­pente.

-Aquí, en Flyte St. Mary.

-Entonces, por favor, me gustaría unirme a la cacería si hay algún caballo para mí.

-Naturalmente que sí. Es una idea estupenda. Te lo habría propuesto, pero siempre te quejas de que te obligan a salir de casa... Puedes montar a Tinkerbell. Se ha portado muy bien esta temporada.

Y de repente todo el mundo se alegró de que Sebastian quisiera ir a la cacería; aquello disipaba en parte las tensiones de la velada. Brideshead llamó para pedir un whisky.

-¿Alguien más quiere?

-Tráigame a mí también -dijo Sebastian.

Aunque esta vez vino un valet y no Wilcox, me percaté de que se producía el mismo intercambio de miradas e inclinación de cabeza entre el criado y lady Marchmain. Todos estaban sobre aviso. Trajeron los dos vasos, ya servidos como «dobles» en un bar, y todas nuestras miradas siguieron la bandeja, como si fuéramos perros oliendo un plato de caza en un comedor.

Sin embargo, el buen humor generado por el deseo de Se­bastian de ir a la cacería persistió. Brideshead escribió una nota de instrucciones para los mozos de cuadra, y todos nos fuimos a dormir muy alegres.

Sebastian se metió directamente en la cama. Me senté a un lado de su chimenea para fumar una pipa. Le dije:

-Casi tengo ganas de acompañarte mañana.

-Pues no verías mucho deporte. Te diré exactamente lo que, pienso hacer. Me separaré de Bridey al llegar a la primera espesura, tomaré el camino hasta la taberna más cercana y pasaré el día empinando tranquilamente el codo en el salón del local. Si me tratan como a un dipsómano, van a tener a su dichoso dipsómano. De todas formas, odio la caza.

-Bueno, yo no puedo impedírtelo.

-Sí puedes, a decir verdad... Si no me das dinero. Han bloqueado mi cuenta bancaria ¿sabes? durante el verano. Ha sido una de mis mayores dificultades. Empeñé mi reloj y mi pitillera para asegurarme una feliz navidad, así que tendré que recurrir a ti para mis gastos de mañana.

-No lo haré. Sabes perfectamente que no puedo hacerlo.

-¿Que no lo harás, Charles? Bueno, supongo que me las arreglaré yo solo de alguna manera. Me he vuelto bastante listo en ese sentido últimamente... arreglándomelas yo solo. A la fuerza.

-Sebastian, ¿qué habéis estado haciendo Samgrass y tú?

-Ya os lo ha dicho en la cena: ruinas, guías y mulas, eso es lo que ha estado haciendo Sammy. Decidimos ir cada uno por nuestro lado, es lo que hemos hecho. En el fondo el pobre Sammy se ha portado bastante bien hasta ahora. Yo esperaba que siguiera así, pero parece haber sido muy indiscreto con respecto a mi feliz navidad. Supongo que pensó que si hablaba de mí demasiado bien, quizá perdiera su empleo de guardián.

»Saca muy buen partido del asunto ¿sabes? No digo que robe. Creo que en cuanto a dinero es bastante honrado. Además, tiene un librito muy molesto en el que apunta todos los cheques de viajero que cobra y en qué gasta el dinero, para que lo vean mamá y los abogados. Pero él quería ir a todos esos sitios, y le resulta muy práctico tenerme a mí para viajar con toda comodidad, en vez de viajar como suelen hacerlo los catedráticos. La única desventaja era tener que aguantar mi compañía, y eso lo solu­cionamos pronto.

»Iniciamos el viaje como un Grand Tour de verdad, ya sabes, con cartas de presentación dirigidas a la gente importante de todas partes, y nos hospedamos en casa del gobernador militar de Rodas y del embajador de Constantinopla. Precisamente fue eso lo que sedujo a Sammy desde el principio. Claro que tener que vigilarme le robaba tiempo de trabajo, aunque había preve­nido a todos nuestros anfitriones de que yo no era responsable de mis actos.

-Sebastian...

-No totalmente responsable... Y como yo no tenía dinero para mis gastos no podía escaparme a menudo ni muy lejos.

Hasta era él el que daba las propinas por mí; ponía un billete en la mano del camarero y apuntaba allí mismo la cantidad en su librito. Sólo tuve suerte en Constantinopla. Una noche, Sammy no estaba vigilándome y conseguí ganar algo a las cartas. Al día siguiente me escapé y estaba pasando un rato muy agradable en el bar del Tokatlian cuando ¿a que no te imaginas a quién veo entrar? A Anthony Blanche en persona, con barba y acompañado de un muchacho judío. Anthony me prestó diez libras un instante antes de que acudiera Sammy resoplando en mi rescate. Después de aquello no me dejó ni un minuto a solas. Gente de la embajada nos metió en un barco rumbo al Pireo y esperó a que nos hubiéramos hecho a la mar. Pero en Atenas fue fácil. Me limité a salir de la Legación un día después de comer, cambié mi dinero en Cook's, me informé sobre los barcos para Alejandría, simple­mente para despistar a Sammy, bajé al puerto en autobús, encontré un marinero que hablaba americano, me quedé con él hasta que zarpó su barco, volví a Constantinopla y todo resuelto.

»Anthony y el chico judío vivían en una casa destartalada y encantadora cerca de los bazares. Me quedé allí hasta que hizo demasiado frío, y entonces Anthony y yo fuimos bajando poco a poco hacia el sur hasta que nos reunimos con Sammy, hace tres semanas, tal como convinimos.

-¿No le importó a Sammy?

-Oh, creo que lo pasó bastante bien, a su manera macabra... Sólo que, claro, ya no podía darse la gran vida. Creo que al principio estaba un poco preocupado. A mí no me interesaba que mandara en mi busca a toda la Flota del Mediterráneo, así que le envié un cable desde Constantinopla diciéndole que me encon­traba perfectamente bien y que mandara dinero al Banco Otto­man. Acudió corriendo tan pronto recibió mi cable. Claro que se encontraba en una situación difícil porque soy mayor de edad, todavía no me han declarado oficialmente alienado y entonces no podía hacer que me arrestaran. Tampoco podía dejarme morir de hambre mientras él viviese de mi dinero, ni podía contárselo a mamá sin quedar en ridículo. Le tenía bien cogido, pobre Sammy. Mi idea original era abandonarle, sin más, pero Anthony me ayudó a ver claro el asunto, y dijo que era mucho mejor arreglar las cosas amistosamente. Y es verdad que las arregló amistosamente, muy amistosamente. Y aquí estoy.

-Después de navidad.

-Sí, me había propuesto pasar una feliz navidad, al menos. —¿Y lo has conseguido?

-Creo que sí. No lo recuerdo muy bien, y eso siempre es buena señal ¿no crees?
A la mañana siguiente, durante el desayuno, Brideshead lle­vaba su casaca roja de montería; Cordelia, también muy elegante, con la barbilla muy alta encima del alzacuello blanco, se lamentó a viva voz cuando Sebastian apareció ataviado con una chaqueta de tweed.

-Pero Sebastian, ¡no puedes venir así! Ve a cambiarte, por favor. ¡Estás tan guapo vestido de montero!

-Han guardado el atuendo en alguna parte. Gibbs no, ha podido encontrarlo..

-Eso es mentira. Yo misma he ayudado a sacarlo antes de que te despertaran.

-Faltan la mitad de las cosas.

-Lo único que conseguimos así es animar a los Strickland-­Venables a no ir correctamente vestidos. Incluso ya no obligan a sus mozos a llevar sombrero de copa.

Eran las once menos cuarto cuando trajeron los caballos, pero nadie más apareció. Parecía como si los que no fueran a salir estuvieran escondiéndose, aguzando el oído para oír alejarse al caballo de Sebastian antes de presentarse.

Cuando estaba a punto de salir -los demás ya se hallaban sobre sus monturas- Sebastian me hizo una seña para que le siguiera a la entrada. Sobre la mesa, al lado de su sombrero, guantes, látigo y bocadillos estaba el frasco que había dejado para que se lo llenaran. Lo cogió y lo agitó: estaba vacío.

-¿Lo ves? No pueden confiar en mí ni siquiera un poquito. Ellos están locos, no yo. Ahora no puedes negarme dinero.

Le di una libra.

-Más -pidió.

Le di otra libra y le vi montar a caballo y alejarse al trote para reunirse con sus hermanos.

Entonces, como si de una entrada en escena se tratara, Sam­grass apareció a mi lado, me cogió del brazo y me llevó junto a la chimenea. Calentó sus pequeñas y aseadas manos y luego se dio la vuelta para calentarse las posaderas.

-De modo que Sebastian ha ido a la caza del zorro, y nuestro pequeño problema se ve aplazado durante un par de horas.

Yo no estaba dispuesto a aguantarle aquello.

-Anoche me enteré de todo acerca de su Grand Tour -le dije.

-¡Ah, sí, ya me lo suponía!

No parecía consternado por el hecho de que alguien lo supiera; al contrario, parecía aliviado.

-No quería preocupar a nuestra anfitriona -explicó-. Después de todo, el viaje salió muchísimo mejor de lo que cabía esperar. Pero sí pensé que le debía una explicación sobre las festividades navideñas de Sebastian. Posiblemente observaste anoche que se tomaban ciertas precauciones.

-Sí, lo noté.

-¿Creíste que eran excesivas? Estoy de acuerdo contigo, sobre todo en cuanto tienden a comprometer el bienestar de la propia visita. He visto a lady Marchmain esta mañana. No debes pensar que acabo de levantarme. Ya he celebrado una pequeña charla arriba con nuestra anfitriona. Me consta que esta noche todo será mucho más relajado. Ninguno de nosotros desea una repetición de lo de ayer, estoy seguro. Me parece que coseché menos gratitud de la que merecían mis esfuerzos por entrete­neros a todos.

Me resultaba odioso hablar de Sebastian con Samgrass, pero era preciso que le dijera:

-No estoy seguro de que esta noche sea la mejor ocasión de empezar a suavizar las medidas tomadas.

-Pero ¿cómo? ¿Por qué no esta noche, después de un día en el campo bajo la mirada inquisitorial de Brideshead? Creo que no puede haber mejor ocasión.

-Sí, supongo que en el fondo son cosas que no me incumben.

-Ni a mí tampoco, estrictamente hablando, ahora que ya ha vuelto a casa sano y salvo. Lady Marchmain me ha hecho el honor de consultarme. Pero ahora me preocupa menos el bienestar de Sebastian que el nuestro. No quiero tener que sacrificar mi tercer vaso de oporto después de la cena; necesito aquella bandeja tan hospitalaria en la biblioteca. Y sin embargo, aconseja no seguir la costumbre precisamente esta noche. Me pregunto por qué. Sebastian no puede meterse en líos hoy. Para empezar, no tiene dinero. Lo sé. Me he encargado de ello. Incluso tengo su reloj' y su pitillera arriba. Está indefenso... siempre que no haya nadie que sea tan malvado como para darle... Ah, lady Julia, buenos días tenga usted, buenos días. ¿Y cómo está el pequinesito esta mañana?

-Oh, el pequinés está perfectamente. Escuche. Viene Rex Mottram. No debe volver a ocurrir lo de anoche. Alguien debe hablar con mamá.

-Ya se ha hecho. Yo he hablado con ella. Creo que todo irá bien.

-Gracias a Dios. ¿Vas a pintar hoy, Charles?

Llegó a ser una costumbre que en cada una de mis visitas al castillo de Brideshead pintara un medallón en las paredes de la pequeña habitación del jardín. La costumbre me gustaba, ya que me proporcionaba una buena excusa para alejarme de la gente. Cuando había muchos invitados, la habitación del jardín rivali­zaba con la de los niños, donde de vez en cuando algunos se refugiaban para desahogarse del acoso de los demás. Así, sin ningún esfuerzo por mi parte, me mantenía al corriente de lo que ocurría.

Ahora ya había acabado tres paneles, cada uno bastante gracioso a su manera, pero, por desgracia, de modos diferentes, porque mis gustos habían cambiado y había adquirido más des­treza durante los dieciocho meses transcurridos desde que empecé la serie. Como elementos decorativos, habían fracasado. Aquella mañana la habitación del jardín me servía particularmente bien de santuario. Me encaminé a ella con ánimo de ponerme a trabajar. Julia me acompañó para verme empezar y hablamos, inevitablemente, de Sebastian.

-¿No empieza a aburrirte ese asunto? -me preguntó-. ¿Por qué todo el mundo lo dramatiza tanto?

-Porque le queremos.

-Yo también le quiero, a mi manera, supongo, pero ojalá se comportara como todo el mundo. Me crié con un secreto vergonzoso de familia; ya sabes, papá. No se debía hablar de él delante de los criados, no se podía hablar de él delante de nosotros cuando éramos pequeños. Si mamá piensa convertir a Sebastian en un trapo sucio familiar, me parece excesivo. Si quiere estar continuamente borracho, ¿por qué no se larga a Kenia o a alguna parte donde no importe?

-¿Y por qué importa menos ser desgraciado en Kenia que en otra parte?

-No te hagas el tonto, Charles. Me entiendes perfectamente.

-¿Quieres decir que no te verías metida en tantas situaciones embarazosas? Bueno, lo único que intento expresar es que me temo que habrá una situación embarazosa esta noche si Sebastian se sale con la suya. Está de mal humor.

-¡Qué va! Un día de cacería le sentará de maravilla.

Era conmovedor ver hasta qué punto todo el mundo confiaba en las virtudes de un día de campo. Lady Marchmain, que me hizo una visita durante la mañana, se burlaba de sí misma a cuenta de eso con aquella delicada ironía que la había hecho famosa.

-Siempre he odiado la caza -me confesó- porque parece producir un cierto tipo de cinismo brutal en personas normal­mente muy agradables. No sé a qué se debe, pero desde el momento en que se visten y montan a caballo, se convierten en una manada de prusianos. ¡Y son tan jactanciosos luego! ¡Cuántas noches he cenado horrorizada de ver a hombres y mujeres que conozco convertidos en patanes atontados, presumidos y mono­maníacos...! Y, sin embargo, ¿sabes? debe ser algo que viene de siglos atrás, porque hoy me siento muy animada al pensar que Sebastian está allí con ellos. «En el fondo no le debe pasar nada grave», me digo. «Ha ido de cacería», como si fuera la respuesta a una oración.

Me interrogó sobre mi vida en París. Le describí mi aloja­miento con vistas al río y las torres de Notre-Dame.

-Espero que Sebastian pueda acompañarme cuando vuelva y quedarse un tiempo conmigo.

-Sería maravilloso -dijo lady Marchmain, con un suspiro que parecía expresar lo inalcanzable.

-Espero que venga conmigo a Londres.

-Charles, sabes que eso no es posible. Londres es el peor sitio. Ni siquiera el señor Samgrass fue capaz de controlarle allí. No tenemos secretos en esta casa; ¿sabes que desapareció durante las navidades? Samgrass lo encontró gracias a que no podía pagar la cuenta en el sitio donde se había metido, y llamaron a casa. Espantoso. No, Londres es imposible; si no es capaz de com­portarse aquí, con nosotros... Debemos procurar que esté feliz y sano aquí durante un tiempo, cazando, y luego le volveremos a mandar al extranjero con Samgrass... Verás, todo esto lo he pasado ya.

Estaba a punto de replicarle lo que ambos sabíamos: «No fue capaz de conservarle a él; él se escapó. Sebastian también lo hará. Porque ambos la odian a usted».

Se oía la corneta y los gritos de los cazadores en el valle, a nuestros pies.

-Allí están; ya vuelven por los bosques de la finca. Espero que esté disfrutando.

Y de este modo, con Julia y con lady Marchmain, llegué a un callejón sin salida, no porque no nos entendiéramos sino porque nos entendíamos demasiado bien. Brideshead vino a almorzar y también abordó el tema que ya corría por toda la casa, como un incendio muy hondo en la cala de un barco, bajo la línea de flotación, negro y rojo en la oscuridad, que saliese a la luz en acres bocanadas de humo por debajo de las escotillas y de las tuberías. Con Brideshead me hallaba en un mundo extrañó, un mundo para mí muerto, en un paisaje lunar de lava estéril, un lugar elevado donde escaseaba el oxígeno.

-Espero que se trate de dipsomanía -comentó-. En ese caso sería simplemente una gran desgracia que todos debemos ayudarle a sobrellevar. Antes temí que se emborrachara delibe­radamente cuando y porque quería.

-Eso es exactamente lo que hacía; lo que ambos hacíamos. Es lo que sigue haciendo cuando está conmigo. Yo podría lograr que no pasase de ahí si su madre confiara en mí. Si le molestan con guardianes y tratamientos, dentro de unos años estará físi­camente consumido.

-No tiene nada de malo estar físicamente destrozado ¿sabes? No existe ninguna obligación moral de convertirse en director de Correos o en maestro montero de una jauría, ni de caminar diez millas al día a la edad de ochenta años.

-Malo, obligación moral... -objeté-. Ya has vuelto otra vez al tema de la religión.

-No lo he abandonado ni por un momento -repuso Bri­deshead.

-¿Sabes una cosa, Bridey? Si alguna vez se me ocurriera convetirme al catolicismo, sólo tendría que hablar contigo cinco minutos para renunciar a la idea. Consigues reducir al absurdo lo que en principio pudieran parecer proposiciones bastante sensatas.

-Es extraño que me digas eso. No es la primera vez que me lo dicen. Es una de las muchas razones por las que no creo que fuera un buen sacerdote. Supongo que debe ser algo relativo al funcionamiento de mi mente.

Durante el almuerzo Julia no dejó de pensar en su invitado

que iba a llegar dentro de poco. Fue a la estación para esperar el tren y le trajo a casa a la hora del té.

-Mamá, mira el regalo de navidad que me ha traído Rex.

Era una pequeña tortuga viva, con las iniciales de Julia montadas en diamantes sobre el caparazón, y aquel objeto lige­ramente obsceno (que resbalaba impotente en el suelo encerado, caminaba a grandes pasos encima de la mesa de juego, avanzaba torpemente sobre una alfombra, se encogía al tacto, estiraba el cuello y meneaba la cabeza arrugada y antediluviana) se convirtió en parte memorable de la velada, uno de esos detalles vitales que atraen la atención cuando están en juego asuntos más graves.

-Pobrecita -dijo lady Marchmain-. Me pregunto si comerá lo mismo que una tortuga normal y corriente.

-¿Qué haréis cuando se muera? -preguntó el señor Sam­grass-. ¿Se podrá meter otra tortuga dentro del caparazón?

A Rex se le había hablado del problema de Sebastian -de lo contrario no hubiera podido soportar durante mucho tiempo la atmósfera de tensión reinante- y ya tenía preparada su solución. La expuso con jovialidad y abiertamente durante el té; después de haber pasado el día entero entre susurros, era un alivio ver que el tema se discutía en voz alta.

-Mandadle a Borethus, en Zurich. Borethus es el hombre que necesitan. Hace milagros todos los días en su sanatorio. Ya saben cómo bebía Charlie Kilcartney, ¿no?

-No -dijo lady Marchmain con aquella ironía dulzona tan suya-. No, me temo que no sé cómo bebía Charlie Kilcartney.

Julia frunció las cejas mirando a la tortuga al ver cómo se burlaban de su pretendiente, pero Rex Mottram era insensible a una malicia tan delicada.

-Dos esposas le dejaron por imposible -prosiguió-. Cuan­do se comprometió con Sylvia, ella le puso como condición que se sometiera a un tratamiento en Zurich. Y funcionó. Volvió al cabo de tres meses transformado en un hombre nuevo. Y no ha probado una gota desde entonces, ni siquiera cuando Sylvia le dejó plantado.

-¿Y por qué le dejó plantado?

-Bueno, el pobre Charlie se volvió bastante aburrido cuando dejó de beber. Pero no les cuento la historia por eso.

-No, supongo que no. En realidad, imagino que el objetivo de la historia es animarnos.

Julia dirigió una expresión furiosa a su tortuga.

-También trata casos relacionados con problemas sexuales ¿saben?

-Vaya, qué amistades más raras va a hacer Sebastian en Zurich.

-Hay que reservar las plazas con dos meses de anticipación, pero creo que si yo lo pidiera se encontraría sitio. Podría llamarle desde aquí esta noche.

(En sus momentos más amables, Rex demostraba un entu­siasmo amenazador, como si forzara a un ama de casa desganada a comprar una aspiradora.)

-Lo pensaremos.

Estábamos pensándolo cuando Cordelia volvió de la montería.

-¡Oh, Julia! ¿Pero, qué es esto? ¡Qué horror!

-Es el regalo de navidad de Rex.

-Vaya, lo siento. Siempre meto la pata. Pero ¡qué cruel! Debió dolerle muchísimo.

-No sienten nada.

-¿Cómo lo sabes? Apuesto a que sí.

Cordelia dio un beso a su madre, a quien no había visto en todo el día, estrechó la mano a Rex y llamó al timbre para pedir huevos.

-He merendado en casa de la señora Barney, desde donde llamé para que fuera el coche a buscarme, pero todavía tengo hambre. Ha sido un día fabuloso. Jean Strickland-Venables se ha caído en el barro. Fuimos al galope desde Bengers hasta Upper Eastry sin una sola parada. Debe haber unas cinco millas ¿no crees, Bridey?

-Tres.

-Como no has ido al galope... -Con la boca llena de huevos revueltos, nos fue narrando la jornada de caza-. Deberíais haber visto a Jean salir del barro.

-¿Dónde está Sebastian?

-Es una vergüenza. -Las palabras, en aquella voz clara e infantil, sonaban como una campana mortuoria, pero prosi­guió-: Mira que salir así, con esa horrible chaqueta y esa corbata tan fea, como si viniera de la academia de equitación del capitán Morvin... Ni siquiera le he reconocido, y espero que nadie más se haya dado cuenta de que era él. ¿No ha vuelto? Debe haberse perdido.

Cuando Wilcox vino a retirar el servicio, lady Marchmain le preguntó:

-¿Alguna noticia de lord Sebastian?

-No, milady.

-Debe haberse quedado a tomar el té con alguien. Es raro en él.

Media hora más tarde, Wilcox entró con la bandeja de los cócteles y anunció:

-Lord Sebastian acaba de llamar para que le vayan a buscar a South Twining.

-¿South Twining? ¿Quién vive allí?

-Ha llamado desde el hotel, milady.

-¿South Twining? -dijo Cordelia-. ¡Caramba! ¡Pues sí que se ha perdido!

Sebastian llegó con la cara enrojecida y los ojos demasiado brillantes, febriles; vi que estaba más que medianamente ebrio. -Querido muchacho -dijo lady Marchmain-, me alegro de verte tan saludable otra vez. El día al aire libre te ha hecho mucho bien. Las bebidas están en la mesa; sírvete, te lo ruego.

No había nada raro en sus palabras, excepto el hecho de que las pronunciara. Seis meses antes no lo hubiera hecho. -Gracias -dijo Sebastian-. Lo haré.
Un golpe, esperado, repetido, asestado sobre un hematoma, sin escozor ni sorpresa; un simple dolor sordo e insoportable y la duda de si sería posible aguantar otro igual: tal era mi sensación frente a Sebastian aquella noche durante la cena al ver sus ojos nublados y sus movimientos vacilantes, y oír su voz espesa interrumpiendo inoportunamente la conversación después de largos silencios ausentes. Cuando por fin lady Marchmain, Julia y los criados nos dejaron solos, Brideshead dijo:

-Mejor que te vayas a la cama, Sebastian.

-Primero voy a beber un poco de oporto.

-Sí, bebe oporto si quieres. Pero no entres en la sala de estar.

-Demasiado borracho, maldita sea -dijo Sebastian, sacu­diendo pesadamente la cabeza-. Como antaño. Los caballeros siempre estaban antaño demasiado borrachos para reunirse con las damas.

(Y sin embargo, no era como antaño ¿sabes? -me dijo más tarde Samgrass, que quería discutir el incidente conmigo, no era en absoluto como antiguamente. Me pregunto en qué reside la diferencia. ¿En la falta de buen humor? ¿La falta de compañerismo? Hasta creo que ha estado bebiendo a solas hoy. ¿De dónde habrá sacado el dinero?)

-Sebastian ha subido a su habitación -anunció Brideshead cuando llegamos a la sala de estar.

-¿Ah, sí? ¿Queréis que os lea algo?

Julia y Rex jugaron una partida de báciga; la tortuga, impor­tunada por el pequinés, se replegó dentro de su concha; lady Marchmain leyó The Diary of a Nobody en voz alta hasta que, a hora bastante temprana, dijo que había que irse a dormir.

-¿No puedo quedarme un ratito mas, mama? ¿Sólo tres partidas?

-Muy bien, querida. Ven a verme ante de irte a la cama. Estaré despierta.

Era evidente para Samgrass y para mí que Julia y Rex querían que les dejáramos solos, así que nosotros también nos marcha­mos. Pero no era evidente para Brideshead, quien se sentó cómodamente a leer The Times, que aún no había leído aquel día. Entonces, camino de nuestros dormitorios, el señor Samgrass dijo lo de:

-No era como antaño...

A la mañana siguiente pregunté a Sebastian:

-Dime sinceramente, ¿quieres que me quede?

-No, Charles; me parece que no quiero.

-¿No te sirvo de ayuda?

-De ninguna ayuda.

Así pues, subí para despedirme de su madre.

-Hay algo que quiero preguntarte, Charles. ¿Le diste dinero a Sebastian ayer?

-Sí.

-¿Sabiendo casi con certeza cómo lo iba a gastar?

-Sí.

-No lo entiendo. Simplemente, no entiendo cómo alguien puede ser tan cínicamente malvado.

Hizo una pausa, pero no creo que esperara respuesta alguna; tampoco había nada que yo pudiera decir, a menos que quisiera volver a empezar la misma discusión interminable de siempre.

-No voy a reprochártelo -continuó-. Dios sabe que no soy quién para reprochar nada a nadie. Cualquier fracaso de mis hijos es un fracaso mío. Pero no lo entiendo. No comprendo cómo has podido ser tan agradable en muchos aspectos y luego hacer algo que revela tanta insensibilidad, tanta crueldad. No entiendo cómo hemos podido quererte tanto. ¿Nos odiabas durante todo este tiempo? No comprendo qué hemos hecho para merecer esto.

Sus palabras me dejaron indiferente; nada en mi interior se sentía ni remotamente conmovido por su infortunio. Era como muchas veces había imaginado la expulsión del colegio. Casi esperaba que me dijera: «Ya he escrito para informarle a tu pobre padre». Pero al alejarme, y volverme para lanzar la que parecía mi última mirada a la casa, sentí como si abandonara una parte de mí mismo; que fuera donde fuera, a partir de entonces notaría su falta y la buscaría sin esperanza, como dicen que hacen los fantasmas cuando van a los lugares donde habían enterrado los tesoros que necesitaban para pagar su viaje al más allá.

«Nunca volveré», me dije.

Una puerta se había cerrado, la pequeña puerta de la pared que busqué y encontré en Oxford. Si la abría ahora, ya no descubriría ningún jardín encantado.

Salía a la superficie, a la luz del día normal y corriente, al fresco aire marino, tras un largo cautiverio en los palacios de coral sin sol y las ondulantes selvas del fondo del océano.

¿Qué dejaba a mi espalda? ¿La juventud? ¿La adolescencia? ¿El amor romántico? Lo mágico de todas estas cosas, «el com­pendio del joven mago», ese pequeño gabinete donde la varita mágica de ébano ocupa su lugar al lado de las engañosas bolas de billar, la moneda que se dobla y las flores de plumas que pueden transformarse en una vela hueca.

«He dejado atrás la ilusión», me dije. «A partir de ahora viviré en un mundo de tres dimensiones, con la ayuda de mis cinco sentidos.»

Después he aprendido que tal mundo no existe, pero entonces, al perder de vista la casa en un recodo del camino, pensé que no me costaría nada hallarlo, que se extendería ante mí al final de la avenida.
Volví a París, a los amigos que había hecho allí y a los hábitos que había adquirido. Pensé que ya no tendría noticias del castillo de Brideshead, pero en la vida las separaciones no suelen ser tan definitivas, tan bruscas. No habían pasado tres semanas cuando recibí una carta de Cordelia con su letra afrancesada de colegiala:
Queridísimo Charles:

Me sentí muy desgraciada cuando te fuiste. ¡Al menos podías haberte despedido de mí!

Me enteré de todo acerca de tu caída en desgracia, y te escribo para decirte que yo también he perdido el favor de la familia. Birlé las llaves de Wilcox para llevarle whisky a Sebastian y me pescaron. ¡Me pareció que lo necesitaba tanto! Y hubo (y hay) un escándalo terrible.

El señor Samgrass se ha marchado (¡bien!), y creo que él también ha caído un poco en desgracia, pero no sé por qué.

El señor Mottram le cae muy bien a Julia (¡mal!) y va a llevarse a Sebastian (¡muy mal!) para que le vea un médico alemán.

La tortuga de Julia desapareció. Creemos que se enterró, como suelen hacer esos bichos, así que un engorro menos (según expresión del señor Mottram).

Yo estoy muy bien.

Te manda muchos besos,

Cordelia.
Alrededor de una semana después de haber recibido esta carta, al regresar una tarde a mi casa encontré a Rex esperándome.

Serían las cuatro, más o menos; la luz se iba pronto del estudio en aquella época del año. Por la expresión de mi portera al decirme que tenía una visita, advertí que estaba impresionada; poseía gran habilidad para expresar las diferencias de edad o el atractivo de las personas. La expresión de entonces significaba que había alguien de mucha categoría y, ciertamente, Rex parecía justificarlo, con su largo abrigo de viaje, cubriendo con su figura la ventana que daba al río.

-Vaya -dije-, vaya...

-Vine esta mañana. Me dijeron dónde sueles almorzar; he ido, pero no te he visto. ¿Está contigo?

No era preciso preguntarle a quién se refería.

-¿Así que a ti también se te ha escapado? -comenté.

-Llegamos anoche y hoy íbamos a proseguir hasta Zurich. Le dejé en el hotel Lotti después de cenar porque me dijo que estaba cansado, y me fui a Traveller's a jugar una partida.

Noté que hasta conmigo buscaba excusas, como si ensayara su historia antes de contársela a otros. Eso de «porque me dijo que estaba cansado» era algo bueno. Era inconcebible que Rex permitiera que un muchacho medio borracho se interpusiera en su juego.

-¿Y al volver descubriste que se había ido?

-Qué va. Ojalá hubiera ocurrido así. Le encontré despierto, esperándome. Tuve una racha de suerte en el Traveller's y gané una bonita cantidad. Sebastian se lo llevó todo mientras yo dormía. Sólo me ha dejado dos billetes de primera a Zurich en el borde del espejo. ¡Había ganado casi trescientas libras, mal­dita sea!

-Y ahora podría estar en cualquier parte.

-En cualquier parte. ¿No le estarás escondiendo, por casua­lidad?

-No. Mi relación con su familia se ha acabado.

-Creo que la mía está empezando. Oye, tengo muchas cosas

que hablar contigo, pero prometí a un sujeto del Traveller's que

le daría la revancha esta tarde. ¿Quieres que cenemos juntos? -Sí. ¿Dónde?

-Suelo ir al Ciro's.

-¿Por qué no a Paillard?

-Nunca he oído hablar de él. Pago yo, naturalmente.

-Naturalmente. Pero deja que elija yo la comida.

-Bueno, de acuerdo. ¿Cómo has dicho que se llama ese sitio? Se lo apunté.

-¿Es de ésos donde se ve la vida parisiense? -Sí, podrías llamarlo así.

-Bueno, será una experiencia más. Pide algo bueno. -Esa es mi intención.

Llegué veinte minutos antes que Rex. Ya que debía pasar la velada con él, sería por lo menos a mi manera. Me acuerdo muy bien de la cena: sopa de oseille, un lenguado cocinado muy simplemente en vino blanco, un caneton á la prense, y un suflé de limón. En el último momento, temiendo que el menú resultara demasiado sencillo para Rex, añadí caviar aux blinis. En cuanto al vino, elegí una botella de Montrachet 1906, entonces en su mejor punto, y para acompañar al pato, otra de Clos de Bèze 1904.

La vida en Francia era fácil entonces; con el cambio, mi subvención me duraba muchísimo y no vivía frugalmente. Sin embargo, rara vez cenaba como aquella noche, y me sentía bien dispuesto hacia Rex cuando por fin llegó y entregó su abrigo y su sombrero como si no los fuera a ver nunca más. Recorrió con la mirada el pequeño y sombrío lugar como si esperara encontrar apaches o un grupo de estudiantes libertinos. Lo único que vio fue a cuatro senadores con la servilleta debajo de la barbilla, que comían en absoluto silencio. Le imaginaba muy bien contándoselo más tarde a sus amigos del mundo del comercio: «...Un tío interesante que conozco; un estudiante de arte que vive en París, me llevó a un restaurante muy curioso, uno de esos sitios por los que uno pasa sin mirarlos, donde quizá comí mejor que en toda mi vida. Además, había media docena de senadores, buena prueba de que el lugar era respetable. Y nada barato, no creáis».

-¿Algún rastro de Sebastian? -me preguntó.

-No lo habrá -repuse- hasta que necesite dinero.

-Ha ido demasiado lejos, marchándose de ese modo. Yo tenía la esperanza de que si la cosa salía bien yo saldría bene­ficiado en otro aspecto.

Era evidente que quería hablar de sus propios asuntos. Pero éstos podían esperar, pensé, hasta la hora de la tolerancia: hasta el coñac; hasta que la atención hubiera decaído y uno fuera capaz de escuchar con un solo oído; no era aún el momento oportuno: el maitre estaba dando la vuelta a la blinis en la cacerola y, en segundo plano, dos camareros preparaban la chapa. De modo que hablamos de mí.

-¿Te quedaste mucho tiempo en Brideshead? ¿Se mencionó mucho mi nombre después de mi marcha?

-¿Que si se mencionó? Llegué a marearme de tanto oírlo. A la marquesa le sobrevino lo que llama «mala conciencia» por tu causa. Exageró, según tengo entendido, la última vez que hablasteis.

-«Cínicamente malvado»; «insensible y cruel».

-Duras palabras.

-«No importa lo que la gente diga de ti, con tal de que no te llame pastel de pichón y te devore».

-¿Eh?

-Un dicho popular.

-Ah.

La nata y la mantequilla caliente se unían y desbordaban, cada grano glauco se separaba de sus compañeros y se vestía de blanco y oro.

-Me gustaría un poco de cebolla picada -dijo Rex-. Un tipo que sabe mucho me dijo que realzaba el sabor.

-Primero pruébalo sin ella -le aconsejé-, y cuéntame más cosas de mí mismo.

-Bueno, claro, este Greenacre, o como se llame, ese profesor entrometido, se dio un buen batacazo muy bien recibido por todos. Fue el niño bonito durante un par de días después de marcharte tú. No me extrañaría que hubiera sido él quien le dio a la vieja la idea de echarte. Siempre le teníamos encima, y al final Julia no lo pudo aguantar y le delató.

¿Julia hizo eso?

-Bueno, él empezó a meter sus narices en nuestros asuntos. Ella sabía que era un farsante y una tarde en que Sebastian estaba borracho -estaba borracho casi todo el tiempo- Julia le sonsacó toda la historia del Grand Tour. Aquello fue el fin del señor Samgrass. Y a raíz de eso la marquesa empezó a pensar que quizá había sido un poco dura contigo.

-¿Y qué hay del escándalo de Cordelia?

-Que eclipsó todo lo demás. Esa niña es una maravilla: le había estado dando whisky a Sebastian delante de nuestras propias narices durante una semana entera. No logramos des­cubrir de dónde lo sacaba. La marquesa se derrumbó del todo.

La sopa estaba deliciosa después de los suculentos blinis: caliente, clara, amarga y espumosa.

-Te diré una cosa, Charles, que mamá Marchmain no ha dicho a nadie. Está muy enferma. Podría diñarla en cualquier momento. George Anstruther la vio el otoño pasado y le dio dos años de vida.

-¿Cómo demonios lo sabes tú?

-Suelo enterarme de este tipo de cosas. Tal como se está comportando la familia yo no le daría ni un año. Conozco el médico que le hace falta, en Viena. Dejó como nueva a Sonia Bamfshire cuando todo el, mundo, incluido Anstruther, había perdido las esperanzas. Pero mamá Marchmain no quiere hacer nada al respecto. Supongo que el no cuidar el cuerpo tiene que ver con esa disparatada, religión suya.

El lenguado era tan sencillo y discreto que Rex ni siquiera se daba cuenta de que lo estaba comiendo. Mientras comíamos, nos acompañó la música de la chapa, el crujir de los huesos, el goteo de la sangre y del tuétano, los golpecitos de la cuchara al verter la grasa sobre las delgadas tajadas de pechuga. Se produjo una pausa de un cuarto de hora, mientras yo bebía el primer vaso de Clos de Bèze y Rex fumaba su primer cigarrillo. El se recostó en su silla, exhaló una bocanda de humo a través de la mesa y comentó:

-¿Sabes una cosa? La comida aquí no está nada mal; alguien debería ocuparse de mejorar este local.

Pronto volvió a hablar de los Marchmain:

-Y te diré otra cosa...: si no andan con cuidado van a llevarse un disgusto económico muy pronto.

-Creí que eran inmensamente ricos.

-Bueno, son ricos a la manera en que lo es la gente que no hace nada con su dinero. La gente así es más pobre de lo que era en 1914 y parece que los Flyte no se dan cuenta de ello. Imagino que esos abogados que llevan sus asuntos encuentran muy conveniente darles en efectivo todo el dinero que quieran, con tal de que no les hagan preguntas. Fíjate cómo viven: el castillo de Brideshead y Marchmain House funcionan a toda marcha, una jauría de perros zorreros, no suben el alquiler a nadie, no despiden a nadie, docenas de viejos criados que no pegan golpe servidos a su vez por otros criados y, por si fuera poco, el viejo se ha establecido por su cuenta, y no precisamente de un modo modesto. ¿Sabes qué cantidad tienen en descubierto?

-Desde luego no lo sé.

-Pues casi cien mil en Londres. No sé lo que deberán en otra parte. Bueno, es una bonita suma ¿no? para gente que no invierte su dinero. Noventa y ocho mil en noviembre pasado. Son cosas que oigo por ahí.

Las cosas que oía, pensé: enfermedades mortales y deudas.

Disfruté del borgoña. Parecía un recordatorio de que el mundo era un lugar más antiguo y mejor de lo que Rex sabía; de que la humanidad, en su larga pasión, había aprendido una sabiduría distinta de la suya. Por casualidad, volví a encontrar este mismo vino un día que almorzamos con mi vinatero en St. James's Street, durante el primer otoño de la guerra. Aunque algo más suave, con el acento puro y auténtico de su plenitud, seguía expresando las mismas palabras de esperanza.

-No digo que se vayan a quedar en la miseria; el vejancón siempre les pasará unas treinta mil al año. Pero pronto habrá una sacudida y, cuando las clases altas empiezan a oler algo, lo primero que suelen hacer es recortar la dote de las hijas. Me gustaría arreglar el asuntillo de mi petición de mano antes de que ocurra.

No faltaba mucho para llegar al coñac, pero ya estábamos hablando de él. Veinte minutos más tarde hubiera estado dis­puesto a oír cualquier cosa que quisiera contarme. Le cerré el paso mentalmente lo mejor que pude, y me dediqué a la comida que tenía delante. Pero algunas frases suyas estropeaban mi capacidad de disfrutar devolviéndome al mundo adquisitivo de Rex. Quería una mujer. Quería la mejor que había en el mercado, y la quería al precio que él marcase; nada más que eso.

-...No le caigo bien a mamá Marchmain. Bueno, tampoco se lo exijo. No es con ella con quien quiero casarme. No tiene agallas para decir abiertamente: «No es usted un caballero. Es un aventurero de las colonias». Se limita a decir que vivimos en ambientes distintos. Eso está muy bien, pero ocurre que a Julia le gusta mi ambiente... Y siempre saca el tema de la religión. No tengo nada contra su Iglesia; en Canadá no damos mucha importancia a los católicos, pero aquí es diferente: en Europa hay algunos muy distinguidos. Está bien; Julia podrá ir a la iglesia siempre que quiera. Yo no intentaré impedírselo. A ella le importa un comino, a decir verdad, pero me gusta que las mujeres tengan una religión. Además, puede educar a los niños como católicos; haré todas las «promesas» que quieran... Y luego está el asunto de mi pasado. «Sabemos muy poco de usted.» A mi juicio sabe demasiado. Quizá tú también sepas que he estado vinculado con otra persona durante un par de años.

Estaba enterado; nadie que conociese a Rex ignoraba su affaire con Brenda Champion; que de este idilio procedía todo aquello que le diferenciaba de los demás especuladores de bolsa: sus partidas de golf con el príncipe de Gales, su ingreso en Bratt's, hasta la buena reputación de que gozaba en la sala de fumadores de la Cámara de los Comunes ya que, cuando empezó a aparecer por allí, los jefes de su partido no decían: «Mirad, ahí va ese joven tan prometedor, representante de Gridley norte, que habló tan bien sobre las restricciones de la renta». Decían, en cambio: «Ahí va el último amor de Brenda Champion». Su relación con ella le había facilitado mucho su trato con los hombres; y las mujeres no solían resistir a sus encantos.

-Bueno, eso se acabó. Mamá Marchmain era demasiado delicada para referirse al tema; lo único que decía es que yo era «notorio». Bueno ¿y qué espera como yerno? ¿Un monje a medio cocer como Brideshead? Julia sabe lo de aquella aventura; si a ella no le importa, no veo por qué tienen que meterse los demás. Después del pato llegó una ensalada de berro y achicoria en medio de una ligera nube de cebollino. Intenté pensar únicamente en la ensalada. Y un poco más tarde me concentré en el suflé. Luego nos sirvieron el coñac, y llegó la hora apropiada para las confidencias.

-..Julia va a cumplir los veinte. No quiero esperar a su mayoría de edad. De todas formas, no quiero casarme sin hacerlo bien... Nada a medias... Tengo que asegurarme de que no le van a quitar la dote. Y como la marquesa no se quiere dar por aludida, voy a ver al padre para hablar claro con él. Tengo entendido que es muy fácil que dé su consentimiento a cualquier cosa que pueda molestar a su mujer. Está en Montecarlo en este momento. Yo proyectaba ir a verle después de dejar a Sebastian en Zurich, por eso me fastidia tanto que se haya escabullido.

El coñac no fue del gusto de Rex. Era claro y pálido, venía en una botella exenta de polvo y galimatías napoleónicos. Sólo tenía uno o dos años más que Rex y no había sido embotellado hacía mucho tiempo. Nos lo sirvieron en copas muy delgadas, no muy grandes y en forma de tulipanes.

-El brandy es una de las cosas sobre las que sé un poco -dijo Rex-. Este tiene mal color. Además no puedo catarlo en este dedal.

Le trajeron un globo grande como su cabeza. Les obligó a calentarlo encima de una llama. Entonces hizo girar el espléndido licor, metió la cara en el vapor y lo condenó como si fuera uno de esos brebajes que en casa se beben con soda.

Y entonces, avergonzados, sacaron de su escondite, en un carrito con ruedas, una botella enorme y mohosa, que guardaban para la gente como Rex.

-Eso está mejor -dijo él, removiendo la mescolanza em­palagosa de un lado para otro hasta que el líquido dejó círculos oscuros en la copa-. Siempre tienen alguna botella escondida, pero no te la sacan hasta que armas un jaleo. Pruébalo.

-Me satisface plenamente el mío.

-Bueno, sería un crimen que bebieras éste si de verdad no sabes apreciarlo.

Encendió un veguero y se echó hacia atrás, en paz con el mundo. Yo también estaba en paz, pero con un mundo diferente al suyo. Ambos éramos felices. Él hablaba de Julia y yo oía su voz, ininteligible desde tan lejos, como el ladrido de un perro a muchas millas, en una noche de calma.

A principios de mayo se anunció el compromiso. Leí la reseña en el Continental Daily Mail y supuse que Rex habría «hablado claro con el padre». Pero las cosas no salieron como es debido. La próxima vez que tuve noticias de ellos fue a mediados de junio, cuando leí que se habían casado muy modestamente en la capilla del hotel Savoy. Ningún miembro de la familia real estuvo presente, tampoco el primer ministro ni nadie de la familia de Julia. Daba la impresión de haber sido una boda «a hurtadillas», pero hasta varios años después no conocí toda la historia.
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