Tomás Moro: el santo de Utopía




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títuloTomás Moro: el santo de Utopía
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Actuación política

Enrique VIII sucedió a su padre, Enrique VII , quien antes de morir obtuvo una bula de dispensa del papa Julio II para que Enrique pudiera casarse con Catalina de Aragón, viuda de su hermano mayor Arturo. La boda fue el 11 de junio de 1509. El rey fue coronado el 28 de ese mismo mes y Moro entra a su servicio.

Con la llegada de Enrique VIII, protector del humanismo y de las ciencias, Moro integró el primer Parlamento en 1510. Viajó por Europa y recibió la influencia de distintas universidades. Desde allí escribió un poema dedicado al Rey, que acababa de tomar posesión de su trono. La obra llegó a manos del Rey, quien lo hizo llamar, naciendo a partir de entonces una amistad entre ambos.

En 1516 escribió su famoso libro "Utopía", materia de estudio de este artículo.

En 1517 se produce una revuelta en Londres contra mercaderes extranjeros, que Moro logra refrenar hábilmente, por lo que el rey Enrique VIII lo nombra Consejero Real, renunciando a sus otros cargos. Más tarde es  nombrado Caballero, Speaker de la Cámara de los Comunes, Canciller del Ducado de Lancaster y High Steward de las Universidades de Oxford y Cambridge.

En 1520 ayudó a Enrique VIII a escribir  “Defensa de los siete Sacramentos”. A ello siguió su designación para diferentes cargos y su condecoración con distintos títulos honoríficos.

Ese mismo año su hija Margaret se casó con William Roper, quien sería su primer biógrafo.

En 1526 fue juez de la Cámara de la Estrella. Trasladó su residencia a Chelsea  pues se lo designó Lord Canciller en 1529. Fue el primer canciller laico después de varios siglos. Su cuidado se centraba en amparar y defender la Justicia y la Religión, y resistir con su autoridad, doctrina y libros que escribió, a los herejes protestantes que venían secretamente de Alemania a propagar sus enseñanzas.

Y aquí viene un hecho trascendental en la vida de Tomás Moro. Enrique VIII estaba casado con Catalina de Aragón12, hija de los Reyes Católicos, hacía ya veinte años. De este matrimonio tuvo una hija. Pero el rey se enamoró de Ana Bolena (13) y para casarse con ella se hizo el propósito de repudiar y apartar de sí a Catalina. El monarca insistió en obtener la nulidad de su matrimonio a fin de poder casarse nuevamente para conseguir su deseo de tener un hijo varón, que su esposa no podía ya darle.

Enrique consultó a muchas personas sobre este asunto, entre ellos a Moro quien respondió, con firmeza y libertad cristiana, que de ninguna manera podía parecerle bien el divorcio y apartamiento de la Reina.
Vázquez de Prada (1999) indica que “ante aquella negativa, Enrique VIII, en palabras de Moro: “generosamente me declaró que no quería que de ningún modo hiciera o dijese nada que no creyera de acuerdo con mi propia conciencia; y que debía mirar primero a Dios, y después de Dios a él”. Y Moro, desde entonces, se atuvo escrupulosamente a esa palabra.
Sin embargo en adelante el Rey le ofreció grandes beneficios y prebendas si apoyaba su resolución, y para que se decidiese le mandó que tratara este asunto con el Rector del Colegio Real de Cambridge, que fue el promotor de este asunto y gran adulador del Rey. Este decía claramente que más querría atraer a Moro a su voluntad que la mitad de su reino. Es más lo nombró Canciller, pensando que con ello cambiaría su opinión.
Conservó esta alta dignidad durante tres años, al cabo de los cuales habiéndose declarado el Rey Cabeza Suprema de la Iglesia de Inglaterra dimitió de su cargo de Canciller, dimisión que le fue aceptada por diversos motivos, principalmente porque no había respondido a los designios por los que se le había dado el nombramiento.
Y, tal como nos hace ver Melero (1998), Moro sabía que se convertía en presa fácil para sus enemigos. Por eso, en previsión de los malos tiempos que se avecinaban, se le ocurrió un golpe maestro: redactar y erigir su propio epitafio en vida.
Enterado el Papa de cuanto ocurría en Inglaterra, escribió al Rey rogándole que no decidiera nada hasta que se resolviera en justicia lo de su primer matrimonio, amenazándole con excomulgarlo. Pero Enrique, que ardía en las llamas de su pasión, no dejó su mal propósito y se valió de Crammer14, a quien había nombrado Arzobispo de Cantorbery, el cual dio sentencia de divorcio y se casó con Ana Bolena.
Cárcel, juicio y muerte
Pronunciada la sentencia de divorcio y coronada Ana Bolena como Reina, se mandó que todos jurasen que aceptaban el segundo matrimonio como legítimo, y que los hijos de él eran los verdaderos herederos del reino. Tomás Moro rehusó hacer tal juramento y por ello fue preso, con el mayor escándalo, junto con otros muchos que hablando mal del segundo matrimonio cayeron en la indignación del Rey.
Pero la cuestión no quedó ahí, en 1532 los sínodos provinciales de Cantorbery y de York reconocieron al Rey como Cabeza Suprema de la Iglesia en Inglaterra, si bien con esta reserva puramente formal: «en cuanto lo permite la ley de Cristo». Y dos años más tarde las Convocaciones rechazaron toda jurisdicción del Papa sobre el reino. Solo El cardenal Pole15, el arzobispo Fisher16 y Moro defendieron al Papa.
En un bote antes de ser apresado, hablando con su yerno Roper (2009) sobre la posibilidad de perder su libertad, Moro le manifestó: "La batalla está ganada". La batalla está ganada, existen muchas interpretaciones de esta expresión: la batalla de Moro consigo mismo, la batalla frente a la tentación, la batalla contra los temores, la batalla del bien contra el mal, la batalla de la verdad contra la mentira, la batalla de la muerte contra la vida, la batalla que ya Cristo ganó por nosotros.
Estando preso, escribió dos libros; uno titulado: "Consuelo en la tribulación", en inglés, y el otro en latín sobre la “Agonía de Cristo” del que me ocuparé al tratar el pensamiento de su autor.
Según Melero , “la prisión de Moro generó gran expectación a todo el reino, y sabiendo el Rey su gran autoridad y la estimación que todos le tenían, empezó a dudar si le convendría más el dejarle con vida o quitársela y caer en la indignación de todo el reino. Al fin se determinó por lo último. Pero antes comenzó por el Obispo Fisher, contra el que se enfureció más al saber que el Papa le había nombrado Cardenal estando en la cárcel. Pensaba que con la muerte del Obispo, que era gran amigo de Tomás Moro éste se podría intimidar y ablandar. Fisher fue condenado a ser arrastrado, ahorcado y desentrañado”
Fue avisado Moro de la muerte santa de su compañero, y temiendo que por sus pecados no merecía la corona del martirio, con el corazón lleno de amargura y el rostro de lágrimas, se volvió al Señor y lo dijo:Yo confieso, Señor, que no merezco tanta gloria, pues no soy justo ni santo como vuestro siervo Fisher, al cual habéis escogido como varón conforme a vuestro corazón entre todos los de este reino, pero no miréis, Señor, lo que merezco, sino a vuestra misericordia infinita, y si es posible, hacedme participar de vuestra Cruz y Cáliz, y de vuestra Gloria”.
Dijo esto con tanto sentimiento que los que no le entendían se figuraron que se enternecía con el temor de la muerte, y que ahora se podría ablandar e inclinar a la voluntad del Rey, y para moverle a ella volvieron a instarle muchos personajes, entre ellos su propia esposa para persuadirle de que no se dañara a sí mismo y a sus hijos, pero Moro siguió firme en su posición, como veremos más adelante.
Después de estar casi catorce meses en la cárcel, el día primero de julio de, 1535 fue llevado a la Torre de Londres, ante los jueces. En el juicio se hizo cargo de su propia defensa  y al ser preguntado por la ley promulgada mientras él estaba preso, en la que se quitaba la autoridad al Papa y se daba al Rey, respondió con gran firmeza, agudeza y constancia lo mismo que las otras veces.
Verdaderamente hermosas son las cartas que desde la cárcel escribió este gran sabio a su hija Margaret que estaba muy desconsolada por la prisión de su padre. En una de ellas le dice: "Con esta cárcel estoy pagando a Dios por los pecados que he cometido en mi vida. Los sufrimientos de esta prisión seguramente me van a disminuir las penas que me esperan en el purgatorio. Recuerda hija mía, que nada podrá pasar si Dios no permite que me suceda. Y todo lo permite Dios para bien de los que lo aman. Y lo que el buen Dios permite que nos suceda es lo mejor, aunque no lo entendamos, ni nos parezca así ".
Finalmente, y después de acusarlo de haber escrito a Fisher, animándole contra dicha ley, fue condenado a muerte, cuya noticia recibió con gran alegría diciendo: “Yo por la gracia de Dios, siempre he sido católico y nunca me he apartado de la comunión y obediencia al Papa, cuya potestad entiendo que está fundamentada en el Derecho Divino, y que es legítima, loable y necesaria, aunque vosotros temerariamente la habéis querido abrogar y deshacer con vuestra ley" Durante siete años he estudiado esta materia, y hasta ahora no he encontrado ningún autor santo que diga que en las cosas espirituales que tocan a Dios ningún seglar ni Príncipe temporal puede ser Cabeza y Jefe de los eclesiásticos, que son los que han de gobernar. También digo que el decreto que habéis dado es contra el juramento que antes hicisteis de no atentar jamás contra la Iglesia Católica, que es una e indivisa, y por vosotros solos no tenéis autoridad para hacer leyes, decretos ni Concilios contra la paz y la unión de la Iglesia Universal. Esta es mi fe; este es mi parecer, en el que moriré, con el fervor de Dios”.
Oyendo estas palabras que había dicho Moro delante del pueblo, que había acudido a la novedad de una causa seguida tan sin razón ni justicia contra un hombre tan insigne en virtud, prendas y demás circunstancias, les pareció a los jueces que no ganarían nada, y mandándole apartar, confirmaron la sentencia de muerte.
Terminado el juicio le volvieron a la cárcel, y a su paso le salió al encuentro su hija Margaret, a la que amaba tiernamente, para pedirle su bendición y el ósculo de paz, que le dio con mucho amor y ternura.
Cuando llegó a la cárcel se entregó a la oración y contemplación, recreando en el Señor su alma santa con muchos y suaves consuelos divinos.
Bouyer (1984) nos cuenta una confidencia hecha a su yerno Roper: «¡Ojalá quisiera el Señor, querido Roper, que me metieran en un saco y me arrojasen inmediatamente al Támesis, con tal de que quedaran bien establecidas tres cosas en la cristiandad!... La primera es que la mayoría de los príncipes cristianos, que se hallan en guerras mortales, tuvieran paz universal entre sí. La segunda, que la Iglesia de Cristo, que se halla de momento mortalmente afligida con errores y herejías, estuviera sosegada y en perfecta unidad de religión. Y la tercera, que el asunto del matrimonio del rey, que constituye ahora un problema, se concluyese felizmente para gloria de Dios y tranquilidad de las partes interesadas».

El Papa y el emperador Carlos V, quienes veían en él al mejor pensador del momento, presionaron para que se le perdonara la vida y se la conmutara por cadena perpetua o destierro, pero no sirvió de nada.

Él se despidió de su hijo y de su hija y volvió a ser encerrado en la Torre de Londres y el 6 de julio fue llevado al martirio. Al llegar allí puso por testigo al pueblo, que estaba presente, de que moría por la Fe Católica, encargando a todos que rogasen a Dios por el Rey, afirmando que moría como fiel ministro suyo, pero más aún de Dios, que es el Rey de Reyes.

Tomás Moro fue beatificado junto a otros 53 mártires, entre ellos John Fisher, por el papa León XIII en 1886, y finalmente proclamado santo por la Iglesia católica el 19 de mayo de1935 , junto a John Fisher, por el papa Pío XI.

Su fiesta se estableció el 9 de julio. Después del Vaticano II, fue cambiada y su nombre añadido al santoral católico en 1970 para celebración el 22 de junio junto a John Fisher.

El 31 de octubre del año 2000 Juan Pablo II lo proclamó patrón de los políticos y los gobernantes, respondiendo así a la demanda que, en 1985, le presentó el Presidente de la República ItalianaFrancesco Cossiga (), quien recogió centenares de firmas de jefes de Gobierno y de Estado, parlamentarios y políticos.

En 1980, Moro fue añadido al calendario de Santos y Héroes de la Iglesia de Inglaterra junto a John Fisher como "mártires de la reforma".
Epitafio
Los restos de Moro iban a ser lanzados al Támesis después de la decapitación, pero su hija Margarita consiguió conservar su cabeza, y parece ser que ésta fue descubierta en 1824 en la cripta de la familia Roper, en San Dunstan, Cantérbury. No obstante, Moro quiso que su “memoria” quedase grabada en la Old Church de Chelsea junto con los cadáveres de sus dos esposas.
Melero señala que efectivamente la tumba se instaló en la iglesia parroquial de Chelsea, junto al Támesis, donde Moro residía. Allí se trasladaron los restos de su primera mujer y allí campeó desde entonces, cincelada sobre piedra, su defensa prepóstuma frente a las calumnias que ya se propalaban. El Epitafio todavía se conserva hoy en día, aunque la piedra acusa los estragos de los bombardeos de 1941.
A continuación, introduzco el texto del Epitafio en castellano, indicando que Moro lo dejó escrito en latín:
“Aquí yace Joanna, la querida esposa de Tomás Moro, que quiere que sea también la tumba de Alice y la mía. Una de ellas, unida conmigo en nuestros años de vigorosa juventud, me dio un niño y tres niñas que me llaman padre. La otra ha sido mujer tan dedicada como si los hijos fueran suyos, una cualidad muy rara en una madrastra. Una vivió su vida conmigo, y la otra vive todavía conmigo de tal guisa que no puedo decidir cual de las dos me es más amada. ¡Qué felices hubiéramos vivido los tres si el destino y la religión lo hubieran permitido! Pero la tumba nos unirá y rezo para que el cielo también nos una. La muerte nos dará lo que la vida no pudo.”
Vázquez de Prada considera que “la santidad civil de Moro no sólo resalta en su final heroico por defender su conciencia sino también en la trayectoria que deja entrever el Epitafio. Hay en ella una calidad humana de base que lo acredita como un hombre extraordinariamente razonable, cuya vida ya era de por sí un testimonio. Como laico, Moro supo vivir en el mundo sin ser del mundo, de acuerdo con lo que él denominaba “mixed life”, y de acuerdo también con la idea de que no hay ningún orden ni estado de vida que sea, por definición, superior a otro. Moro encarnaba el ideal del caballero cristiano que proponía Erasmo: uno entre los diversos intentos de renovación que por entonces procuraban hacer frente a los males de la Cristiandad, abocada casi fatalmente a la confrontación entre Reforma y Contrarreforma”.
Personalidad
Teólogo, humanista, filósofo racionalista, crítico social intransigente, estadista nacional y mártir católico , tal fue Tomás Moro, uno de los hijos inmortales de Inglaterra y una de las más grandes figuras en la historia de su tiempo.
Desde temprana edad puso en evidencia que poseía una personalidad nada común, personalidad que gracias al concurso de dotes corporales y bienes del alma le hicieron, como veremos a continuación, varón clarísimo y dieron verdadera nobleza a su familia.
Aspecto físico
Erasmo nos describe así a Moro: “No es alto de estatura ni notablemente bajo; pero la simetría de todos sus miembros nada deja que desear. Tiene tez clara, más bien arrebolada que pálida, aunque no rubicunda [...] Su pelo es rubio oscuro, o si usted lo prefiere, castaño claro; su barba rala, sus ojos gris azulados con algunas manchas, lo que habitualmente denota naturaleza feliz [...] Su expresión corresponde a su carácter, y siempre muestra una alegría agradable y amistosa, muchas veces manifestada en una mirada sonriente [...]”
“Su salud no es tan robusta como satisfactoria, pero basta para el desempeño de todas las tareas que convienen a un ciudadano honorable ... Tiene todas las probabilidades de vivir mucho tiempo [...] Nunca he visto a nadie menos preocupado por la elección de comidas... Su voz no es fuerte ni débil es fácilmente audible, no es suave ni melodiosa , pero clara. No parece tener ningún don natural para la música vocal, aunque le deleitan todas las clases de música [...]”
Naturalidad
No se encuentra en los escritos de Moro ningún fenómeno que ocurrió a otros santos como apariciones, voces celestiales, milagros ni arrebatos místicos. Persevera anclado firmemente en la claridad de su conciencia cristiana frente a todo lo que tiene por delante. Sólo cuenta con su fe y su razón, su libertad anclada en el amor a Cristo y a la Iglesia. Ha formado su conciencia durante largo tiempo con estudio y reflexión. Su convicción es tan honda y tan pura que no tiene necesidad de juzgar, despreciar o condenar a los demás. Ni disminuye su amor y respeto al Rey que le envía a la muerte, ni su lealtad al país que tanto ama. Pero su amor a Cristo y a la Iglesia es mayor, y fundado en la clara razón, en la verdad. Por esto murió, no tanto por un principio o idea o tradición, ni siquiera doctrina, sino por una persona, por Cristo. No por un amor a Cristo en abstracto, sino a su Iglesia y a la verdad revelada en ella, en su caso la aceptación y defensa de la supremacía espiritual del Romano Pontífice, la "roca". Moro amaba a Cristo y comprendió que negar aquella verdad o punto doctrinal equivalía a renegar de Cristo.
Escribió la “Agonía de Cristo” con lucidez, afecto y ternura, pero sin ningún sentimentalismo.

Simpatía
Whittington (1932) afirmo sin lugar a dudas, “Moro es hombre de la inteligencia de un ángel y de un conocimiento singular. No conozco a su par. Porque ¿dónde está el hombre de esa dulzura, humildad y afabilidad? Y, como lo requieren los tiempos, hombre de maravillosa alegría y aficiones, y a veces de una triste gravedad. Un hombre para todas las épocas”.
A los 22 años ya es doctor en abogacía, y profesor brillante. Es un apasionado lector que todos los ratos libres los dedica a la lectura de buenos libros. Uno de sus compañeros de ese tiempo dio de él este testimonio: "Es un intelectual muy brillante, y a sus grandes cualidades intelectuales añade una muy agradable simpatía".
Whittington añade que “para con sus hijos, para con los pobres y para cuantos deseaban tratar con él, Tomás fue siempre un excelente y simpático amigo. Acostumbraba ir personalmente a visitar los barrios de los pobres para conocer sus necesidades y poder ayudarles mejor. Con frecuencia invitaba a su mesa a gentes muy pobres, y casi nunca invitaba a almorzar a los ricos. A su casa llegaban muchas visitas de intelectuales que iban a charlar con él acerca de temas muy importantes para esos momentos y a comentar los últimos libros que se iban publicando. Su esposa se admiraba al verlo siempre de buen humor, pasara lo que pasara. Era difícil encontrar otro de conversación más amena”.
Prudencia

De todas las virtudes exhibidas por Moro en estos tres años (la paciencia, la fortaleza, la sabiduría, la piedad, etc.), ninguna brilla tanto como aquella que aglutina todas las demás: la prudencia.

Moro sufre la pobreza (con paciencia), aguanta las presiones internas y externas (con fortaleza) se mantiene en oración y en la ejemplaridad de vida y, sobre todo, no comete ninguna imprudencia para poder mantenerse en lo esencial.

Melero apunta que “durante el ejercicio de sus funciones como Canciller trató a amigos y enemigos de tal manera que entre todos los ministros del Rey ninguno se destacó tanto en refrenarlos y dificultarles sus actividades cuando era necesario; por cuya razón fue tan amado y reverenciado de las personas virtuosas como aborrecido y perseguido por los perversos”.
No opina públicamente sobre el forzado divorcio, aunque el rey conoce su criterio contrario; está incluso dispuesto a aceptar la sucesión en Isabel (a la que considera bastarda) si el rey así lo ordena. No critica a su Rey, hace apología de la obediencia de los súbditos incluso ante decisiones erráticas... pero en lo accesorio.
Humanista
El mismo Erasmo dice: “Ha devorado la literatura clásica desde sus primeros años. De muchacho se aplicó al estudio de la literatura y la filosolia griegas; su padre, lejos de ayudarlo (aunque es en otros aspectos un hombre bueno y sensato), lo privó de todo apoyo en esta empresa. Se lo consideraba casi un renegado, por haber desertado de la profesión paterna; es decir, la jurisprudencia inglesa [...] Sin embargo, aunque la mente del joven, nacido para cosas mejores se rebelaba, y con cierta razón, después de conocer las disciplinas escolásticas se dedicó al Derecho con tal éxito que nadie fue luego más consultado por los litigantes. […]”
Moro llegó a ser un intelectual de primera línea, figura cumbre del humanismo renacentista europeo. Fue muy docto en todas las letras y elocuentísimo en las lenguas griega y latina.

En “Un cuadro perdido de HolbeinBouyer nos cuenta que “Erasmo, Holbein el joven, Moro, la segunda esposa y sus hijas éste Isabel, Cecilia y Margarita, su hijo John, su yerno William Roper y, a veces, el Rey Enrique VIII constituyeron un círculo humanista y tenían tertulias después de las comidas.
Holbein se preguntaba mientras pintaba: “¿cómo hacen para pasar en un instante no sólo de un tema a otro, sino de las bromas más distendidas a las afirmaciones filosóficas o religiosas de una profundidad inesperada aún en su manera de formularlas?”17





Humor, ironía y sátira
Un rasgo muy específico del humanismo político de Moro y de su amigo Erasmo será el uso del humor y la ironía.
En la mayoría de sus obras se dan ejemplos casi únicos de mezcla entre la ironía germana y latina, y el humor anglosajón.
Como bien sabemos, la ironía consiste en expresar cómicamente cosas en el fondo muy serías, y el humor, en soltar las mayores sandeces con seriedad impávida. El sacerdote Prévost 18 nos ha dado un análisis tanto de las fuentes como de las etapas de redacción y composición de la Utopía, que resultará difícil superar. El mismo es plenamente consciente del humor de Moro y no deja de apreciarlo. Sólo se le podría reprochar que, habiendo estudiado su obra con tal seriedad, quizás haya olvidado a veces la sonrisa disimulada con que, a la postre, la ofrece Moro al lector.
Efectivamente, en Utopía  Moro vuelca su modo irónico, satírico de denunciar la mala política. El humor de la descripción que hace de Nusquema, el país de ninguna parte, en la Utopía, terminada ante los ojos de Erasmo, se verá totalmente impregnado de una ironía muy erasmiana. Una vez atravesada así la corteza de respetabilidad postiza de las instituciones supuestamente cristianas de la propia Inglaterra, el humor siempre perceptible en el futuro Lord Canciller y hasta en el eventual mártir, tiene en ella la última palabra, haciendo derivar hacia la farsa las pretendidas reformas definitivas, sin excluir las del sorprendente Hythloday19.

Como bien anota Melero, “Moro mantuvo hasta el final su sentido del humor, confiando plenamente en el Dios misericordioso que le recibiría al cruzar el umbral de la muerte”.

En la madrugada del 6 de julio de 1535 le comunicaron que lo llevarían al sitio del martirio, él se colocó su mejor vestido. De buen humor como siempre, dijo al salir al corredor frío: "por favor, mi abrigo, porque doy mi vida, pero un resfriado sí no me quiero conseguir".

Mientras subía al cadalso se dirigió al verdugo en estos términos: «Le ruego, le ruego, señor teniente, que me ayude a subir, porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo». Luego, al arrodillarse dijo: «Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel; es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte». Finalmente, ya apartando su ironía, se dirigió a los presentes: «Muero siendo el buen siervo del Rey, pero primero de Dios».

Entereza y firmeza
Moro no aceptó jurar que aceptaba la supremacía del rey sobre la Iglesia. Ahí su conciencia recta y formada alega que era ley contraria a la ley de Dios explicada en el Evangelio, mantenida en la tradición de la Iglesia romano-católica, a pesar de tantos errores.
Durante uno de los juicios a los que Moro fue sometido el Duque de Norfolk le dijo:

-¿Cómo podéis declarar vuestro mal ánimo contra la majestad del Rey? Y él respondió:

-No declaro, señor, mal ánimo contra mi Rey, sino mi fe y la verdad. Porque en lo demás yo soy tan adicto al servicio del Rey que ruego a Dios que no me sea s propicio a , ni de otra manera me perdone, que como yo he sido fiel y afectuoso servidor de Su Majestad.
Entonces el Canciller replicó:

¿Pensáis, pues, que sois más sabio que todos los Obispos, Abades y Eclesiásticos? ¿Que todos los nobles, caballeros y señores? ¿Que todo el Concilio, o por mejor decir: que todo el reino?

-Señor - respondió -, por un Obispo que vosotros tengáis de vuestra parte tengo yo ciento de la a y todos los Santos; por vuestros nobles y caballeros tengo yo toda la caballería de los Mártires y Confesores, por un Concilio vuestro, que sabe Dios cómo se ha hecho, están en mi favor todos los Concilios que en la Iglesia de Dios se han celebrado de mil años acá; y por este vuestro pequeño reino de Inglaterra, defienden mi verdad los de Francia, Italia, España y todos los demás reinos, provincias y potentados amplísimos.
Melero nos cuenta que cuando recibió a su esposa, que el Rey le había enviado para que cambiara de opinión mantuvieron esta breve conversación:

“-Señora, a vuestro parecer, ¿cuántos años podré vivir?

-Veinte años, si Dios fuere servido - respondió ella.

-¿Pues queréis vos, señora - dijo él -, que por veinte años de vida pierda yo la eternidad? Si dijerais veinte mil ya sería algo, aunque tampoco este algo es nada comparado con la eternidad.”
En otra oportunidad volvió a visitarle su esposa quien le dijo:

-«Buenos días, Master Moro. Me sorprende que, habiendo pasado hasta hoy por hombre prudente, cometáis ahora la locura de permanecer en esta angosta y sórdida prisión, y que quizá os consideréis feliz conviviendo con ratas y ratones, cuando podíais estar libre gozando del favor y benevolencia del rey y de todo su consejo, haciendo simplemente lo que todos los obispos y hombres más doctos de este reino han hecho. Y cuando pienso que en Chelsea tenéis una hermosa casa, biblioteca, galería, jardín y huerta y tantas comodidades al alcance de la mano, donde podríais vivir feliz en compañía de vuestra esposa, de vuestros hijos y de vuestros criados, me pregunto, en nombre de Dios, qué es lo que tenéis en la cabeza que os hace languidecer aquí.» Después de haberla escuchado tranquilamente, Moro la respondió en tono alegre:

-«Por favor, mi buena señora Alicia, dime una cosa.

-A ver, ¿qué?, preguntó la dama.

-¿No se halla esta casa tan cerca del cielo como la mía?

-A lo que ella, que no gustaba mucho de este tipo de discursos, replicó en su estilo familiar: ¡Taratata!

-¿Por qué eso? ¿No es realmente así, señora Moro?

A lo que ella replicó:

-¡Bone Deus, Bone Deus!, querido esposo mío. ¿No

desistiréis nunca de esta decisión?»

Después de haber agotado todos estos argumentos, ¡y qué argumentos! estaba demasiado claro que él no daría nunca marcha atrás.

Obras

La producción de Tomás Moro es muy extensa y abarca obras referidas a retratos de personajes públicos, como el caso de Life of Pico della Mirandola (Vida de Pico della Mirandola) o Historia Richardi Tertii (Historia de Ricardo III); a poemas y epigramas de su juventud (Epigrammata).

Son también importantes los diálogos-tratados que realizó en defensa de la fe tradicional atacando duramente a los reformistas tanto laicos como religiosos. Entre este tipo de obras se encuentran por ejemplo Responsio ad Lutherum (Respuesta a Lutero), A Dialogue Concerning Heresies (Un diálogo sobre la herejía), The Confutation of Tyndale's Answer (Refutación de la respuesta de Tyndale) o The Answer to a Poisoned Book (Respuesta a un libro envenenado).

Además de estos escritos, que visan sobre todo la defensa de la Iglesia de Roma, también escribió sobre los aspectos más espirituales de la religión. Así, se encuentran escritos como Treatise on the Passion (Tratado sobre la Pasión de Cristo), Treatise on the Blessed Body (Tratado sobre el Cuerpo Santo), 

Otras obras que escribió son las traducciones, desde el latín, de Lucano, así como varias cartas y pequeños textos: Letter to BugenhagenSupplication of SoulsLetter Against FrithThe ApologyThe Debellation of Salem and BizanceA Dialogue of Comfort Against TribulationLetter to Martin DorpLetter to the University of OxfordLetter to Edward LeeLetter to a Monk.

Pero como acabamos de ver, Moro fue un destacado filósofo y político y como tal nos dejó un importante legado literario que, según Trillo- Figueroa (2013), fluye en tres grandes fuentes: la Historia del Rey Ricardo III; Utopía y las Actas que dan fe de su defensa en el proceso que le llevó al patíbulo.

No voy a abordar la primera y la tercera por no ser materia de este artículo. En cambio, si lo haré con su obra cumbre “De optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae” (Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía) (París, 1516), en la que describe y critica los problemas sociales de la humanidad y propone un nuevo tipo de sociedad. Con esta obra se ganó el reconocimiento de todos los eruditos de Europa. Uno de sus inspiradores fue su íntimo amigo Erasmo de Róterdam. La redactó durante una de las misiones asignadas por el rey en Amberes.
Como veremos más adelante, en ella criticó el orden político, social y religioso establecido, bajo la fórmula de imaginar como antítesis una comunidad perfecta; su modelo estaba caracterizado por la igualdad social, la fe religiosa, la tolerancia y el imperio de la Ley, combinando la democracia en las unidades de base con la obediencia general a la planificación racional del gobierno. Es por esto que Utopía fue condenada por la inquisición aunque luego se le levantó semejante arbitrariedad.20

La última obra que escribió fue Instructions and Prayers o De Tristia Christi (La Agonía de Cristo) 21, redactada en latín de su puño y letra en la Torre de Londres. El manuscrito, salvado de la confiscación decretada por Enrique VIII, pasó por voluntad de su hija Margaret a manos españolas y a través de Fray Pedro de Soto, confesor del Emperador Carlos V, fue a parar a Valencia, patria de Luis Vives, amigo íntimo de Moro. Actualmente se conserva dentro de la colección que pertenece al museo del Real Colegio del Corpus Christi de Valencia.

Silva y Verástegui (2007) nos cuenta que la obra fue más adelante traducida al inglés por una dama de la misma familia de More, Mary Basset, hija de William Roper.
Las “Obras Completas de Thomas More” han sido publicadas, en una edición crítica, por la Universidad de Yale en 1976.

Pensamiento de Tomás Moro

Como acabamos de considerar, la obra de Tomás Moro es muy amplia y abarca una gran cantidad de temas por lo que me sería imposible estudiar su pensamiento a partir de toda su producción literaria. Me tendré que contentar con trabajar la que llamamos Utopía y la Agonía de Cristo, por considerar que la primera es su obra magna y la segunda por ser la más ligada al espíritu cristiano que animaba a nuestro pensador.
De optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae (Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía) 22
He juzgado pertinente usar como título de este apartado el nombre original de la obra de Moro tal como lo hiciera al ocuparme de su producción literaria .
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